EL SILENCIO, EL RUIDO, LA MEMORIA (Rafael Fauquié)

En el año de 1948, Enrique Bernardo Núñez, uno de nuestros escritores más dolorosamente evocadores de una tradición que desaparecía, escribe en un periódico de Caracas un artículo que me atrajo siempre por su poesía, por su nostalgia, honda y triste. Dice así: "Gentes de todos los países se apoderan de Caracas (…) Mañana, tal vez, algún escritor se cuente entre sus descendientes. La brisa esparcerá en torno suyo el secreto de las cosas, de las generaciones desaparecidas. Y movido por la ternura del cielo, por el amor a la ciudad que ha visto desde niño, acaso escriba un bello libro". Entre esos nuevos emigrantes, en sus directos descendientes, distinguió Enrique Bernardo Núñez a los futuros cronistas del país, a los venezolanos de mañana nostálgicos de un ayer. Cada generación establece, a su manera, una especial relación con su lugar y su tiempo. El interés hacia el pasado es, frecuentemente, el resultado de una decisión. Cada quien escoge su propia relación con la tradición: hay voluntades más o menos indiferentes, actitudes más o menos acuciosas. Curiosidad o desinterés no son sino opciones. Yo escogí la curiosidad. Me gusta escuchar la locuacidad del tiempo. Opongo esa locuacidad al olvido y al silencio. Sin memoria no hay arraigo, sin arraigo no hay pertenencia. La voluntad de arraigar es una opción, tan personal, tan consciente, como cualquier otra.

 

Este prefacio tiene que ver con mi libro, claro, pero también con mi propia realidad personal; con mi historia. Soy, al igual que el "descendiente" del que habla Enrique Bernardo Núñez, hijo de extranjeros. Mis padres, españoles, llegaron a Venezuela en aquellos febriles años de comienzos de los cincuenta: el mayor momento migratorio que el país haya conocido. El espacio de una nueva nación que se forjaba a la sombra de un hiperdinamismo petrolero los acogió. Echaron raíces definitivas en una realidad y una geografía que les eran nuevas. Yo nací en la Caracas de finales del año 1954. En ella viví hasta mis seis años. Por razones diversas, toda la familia ‑escasamente tres personas: los tres que fuimos siempre‑ regresamos a España en 1960. Allí vivimos un corto tiempo. Curiosamente, mi padre no logró readaptarse a su país y un día decidió el regreso a Venezuela. Ya para entonces Venezuela y Caracas eran un muy lejano recuerdo: apenas vaga mención casi irreal. A mi regreso a la ciudad en que había nacido, me descubrí como extranjero en mi patria. Había perdido contacto con mi país. Durante varios años ese contacto fue forjándose de nuevo: lenta y trabajosamente.

 

Desde el colegio, durante años y más años de clases de historia patria y de Moral y Cívica, distintos profesores me enseñaron a tomar conciencia de la realidad nacional. Esos profesores nos mostraban a mí y a mis compañeros una historia hecha ejemplo pedagógico. Se enseñaba historia para educarnos políticamente. El pasado era ante todo una excusa para formar buenos y democráticos venezolanos. Libros y clases de historia enseñaban un país que no era país: era ejemplo de comportamiento cívico. No se me enseñó a comprender a mi patria: se me enseñó a venerar un decorado parcial en donde pequeños retazos del pasado eran dibujados con colores siempre moralizantes, con signos sólo ejemplares.

 

Y sin embargo aquello que jamás alcanzó a mostrarme ningún libro de Historia Patria durante todos aquellos años del colegio, sí existía. Estaba presente en distintos libros y artículos de Briceño Iragorry, de Picón Salas, de Arturo Uslar Pietri. La lucidez de estos autores contradecía los tediosos lugares comunes de los textos escolares, su estéril repetición de clichés, su machacona reiteración de parcelas de memoria. Era como si infranqueables abismos se hubiesen abierto entre nuestros intelectuales y nuestra burocracia educativa. No parecía haber diálogo alguno entre aquéllos y ésta. Curiosísima paradoja: se escuchaba respetuosamente a los pensadores ‑se los consagraba, incluso‑ pero sus ideas y puntos de vista no parecían llegar a ningún lado ni a nadie: chocaban con una inercia burocrática que, permanentemente, se encargaba de declarar la inviabilidad de todo, de sopesar, melindrosa, el significado político o la "utilidad ciudadana" de casi cualquier cosa.

 

La universidad ‑desde la carrera de Letras que escogí‑ me mostró otro particular aspecto del fenómeno: lo venezolano era un poco el pariente pobre de las distintas materias de los programas de estudio. La literatura venezolana, por ejemplo, se enseñaba poco y se enseñaba mal. Tampoco había en ese entonces ningún tipo de referencias sistemáticas al pasado, a la historia venezolana.

 

Terminados mis estudios universitarios obtuve una beca Gran Mariscal de Ayacucho y fui a estudiar durante dos años a París: Sociología de la literatura. Mi estadía en Francia fue un descubrimiento: allí viví, sentí de cerca, la realidad del auténtico extranjero. En Francia era ‑a pesar de mi apellido de lejanas evocaciones francesas‑ un extranjero; esto es: alguien diferente que tiene otra cultura, que habla otro idioma. Las lenguas son siempre herederas de las diferencias entre los pueblos. Ramos Sucre dijo una vez que un idioma era infinitamente más que solo una suma de convenciones arbitrarias, que él era el universo todo a él traducido. Jorge Luis Borges, por su parte, expresó algo similar: "Un idioma es una tradición, un modo de sentir la realidad, no un arbitrario repertorio de símbolos". Físicamente las palabras se revisten de formas sonoras que identifican a las lenguas. Mayor o menor guturalidad, abundancia o escasez de vocales o consonantes: esa sonoridad, esa forma, expresa una cultura, descubre una geografía y una historia. En lengua esquimal hay trece términos para decir nieve. Los polinesios usan otros tantos para hablar del mar. Más cerca de nosotros, los castellanos fueron haciendo un idioma barroco, con gusto por el retruécano, acostumbrado a grandes maneras y abundantes fórmulas ‑fórmulas que hablaban de vasallaje ante un rey o de oraciones ante Dios. La libertad del idioma español, su barroquismo natural, hubo de enfrentarse luego ‑quizá de acuerdo a su lógica tendencia al respeto por las formas‑ a numerosas normativas de gramáticos y academias. Los franceses hablan el idioma de la lógica y la concisión. Dice un ilustrador adagio que "aquello que no es claro no es francés". En la lengua de Cartesius cada oración contiene una idea; poco gusto por las oraciones subordinadas: la mayor cantidad de sentido en la menor cantidad de espacio. Los ingleses, quizá el pueblo más pragmático de todos los que el mundo haya conocido, construyeron la lengua de los negocios: sin complicaciones innecesarias. El inglés es el idioma de lo utilitario; su funcionalidad es la eficacia. Era necesario convencer rápido y sin error al proveedor de materias primas baratas para las industrias del imperio.

 

Hablar otra lengua es saberse y sentirse diferente. Ser diferente, conduce a la necesidad de arraigar en aquello que es nuestro, definirnos en lo que nos identifica. En mi caso, descubrí casi dolorosamente que me era difícil alcanzar esa identificación: prácticamente no conocía a mi país. Venezuela empezó entonces a convertirse en una obsesión para mí. En mi contacto con estudiantes latinoamericanos, descubrí que frente a otros países del Continente, los venezolanos parecíamos tener rasgos menos precisos. También descubrí que la percepción que se tenía sobre nosotros era parcialmente homogénea: éramos frecuentemente los "hermanos latinoamericanos nuevos ricos": algo ostentosos en nuestra bulliciosa abundancia petrolera.

 

Terminados mis estudios, de regreso ya en Venezuela, la obsesión definitivamente me acompañaba. Entré como profesor en la Universidad Simón Bolívar de Caracas. Allí, en mis distintos cursos, a lo largo de mis proyectos de investigación, Venezuela se repetía siempre como tema. Redescubrí que lo venezolano era, paradójicamente, una escasa opción para profesores y estudiantes. Nunca he pensado que haya que magnificar lo autóctono sólo por serlo. Pasar de la indiferencia al patrioterismo es tan estúpido como permanecer en la indiferencia sola. Tampoco confundo ni he confundido nunca patriotismo con nacionalismo irracional o provincianismo a ultranza. Simplemente me incomodaba el desconocimiento del venezolano promedio sobre su país ‑desconocimiento que, por mucho tiempo, había sido también mío‑; ignorancia, la más de las veces, descomunal, abrumadora, total; y, lo que es peor: desenfadada, casi orgullosa.

 

El propósito de ayudar a disminuir un poco ‑así fuese en una mínima porción‑ esa desmemoria condujo también mis personales interpretaciones y desmitificaciones. Para explicar y definir ante mis estudiantes lo que Venezuela era, tenía que comenzar antes por explicármela a mí mismo. ¿Qué éramos los venezolanos?. Definitivamente no éramos una nación poblada sólo por directos descendientes de los "heroicos" indios que enfrentaron a los "desalmados" conquistadores ‑según promocionaban curiosísimos y delirantes distorsiones de muchos libros de Historia Patria. Tampoco encontraba lógico que nuestro pasado de cinco siglos se redujese a dos o tres frases del Libertador mal aprendidas y peor recitadas por la mayoría de los estudiantes. Es curioso: nuestra escuela pretende conculcar la sacralización de Bolívar y de otras escasas figuras patrias y, sin embargo, tampoco esas deidades son conocidas; todo lo contrario: ninguna de ellas ‑y Bolívar no más que cualquier otra‑ pasa de ser una referencia abrumadora e inexpresiva: irreal y pétrea.

 

Concluí que ruidos y silencios habían sido los causantes de mi desconcierto y del generalizado desconcierto venezolano: colectivo y permanente. Ruidos y silencios parecían cubrir todo el tiempo venezolano: su pasado y su presente, su vieja pobreza agraria y su nueva riqueza petrolera, sus memorias sacralizadas o sus recuerdos satanizados. Ruidos y silencios compendiaban, en fin, el paso de Venezuela por el tiempo, su itinerario de nación.

 

Fue ruidoso el presente venezolano. Hasta el Viernes Negro de febrero de 1983, el festín petrolero financió grandes proyectos estatales, acompañó formas de vida atosigantes e, incluso, absurdas. Hoy el bullicio parece haber amainado; un tanto al menos. Sin embargo, el ruido no se ha disipado aún: perdura en formas que se consolidaron durante cincuenta años. Son ruidosas, también, nuestras formas de venerar breves recuerdos, esas tan escasas pasiones nuestras (actitud ante la que siempre me resultó difícil no ser crítico). Bolívar era un gran personajes histórico, de acuerdo; la gesta de independencia había sido un gran momento del pasado, de acuerdo; pero había otros espacios; no eran ésos los únicos dignos de memoria. Y sobre todo: ellos no eran los únicos espacios transitados.

 

Después de esos ruidos, aparte de esas escasas convulsiones y estruendos, en Venezuela había silencio: exasperante y agobiador. Hay formas del pasado que se repiten siempre en el presente: eso no se percibe en Venezuela. Aquí ruidos y silencios terminaron por truncar el diálogo natural de los tiempos. A menudo he sentido que sólo en la literatura se ha logrado establecer eficazmente ese diálogo. Sólo en ella he distinguido esa voz. En novelas, en ensayos, en biografías, pude descifrar cierta coherencia en el itinerario de mi país. La historia ficcionada, los ensayos de interpretación crítica, las biografías originales, fueron instrumentos que lograron transmitirme, coherentemente, la evocación del pasado, el dibujo de un tiempo donde personajes y hechos se hacían inteligibles. Ojalá más literatos ‑imagineros, fantaseadores de vocación‑ se hubiesen encargado de edificar la memoria del país. Mil veces preferible hubiese sido eso a dejar semejante responsabilidad en manos de burócratas de la memoria histórica, en "funcionarios del recuerdo".

 

Poco a poco nació en mí el propósito de escribir un libro como éste: no muy académico, tampoco demasiado sujeto a normas de investigación científica: libro sobre el que volcar mis percepciones. Una de las opciones de la literatura es la de ser compañera de nuestros descubrimientos; acompañante de nuestro paso por la vida, de nuestros asombros y nuestras curiosidades. La literatura es, al igual que todo, opción. Se convierte en aquello en que la convertimos. Puede ser clandestinidad: ejercicio más o menos marginal, más o menos subrepticio sobre el que exorcisar arraigados fantasmas personales. Puede ser conflicto: paralelo hermano de otros conflictos. Pero puede también ser afirmación y apoyo: la escritura como signo con el que trazar nuestros desciframientos, nuestra lucidez. Esa es y ha sido siempre mi opción frente a ella. Usé el ensayo como la forma de un diálogo que establecí conmigo mismo. La palabra se hizo identificación de dudas y de certidumbres. Quise escribir un libro que me clarificase interrogantes: itinerario intelectual que recorriese asistencia, viejos desconciertos.

 

 

Caracas, septiembre de 1988

 

 

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RÓMULO GALLEGOS: LA REALIDAD, LA FICCIÓN, EL SÍMBOLO (Rafa

Escribí este libro hace veinte años. Y hoy, a la hora de decidir sobre una nueva edición, quise escribirlo de una manera un poco diferente. Originalmente, él fue pensado como un trabajo académico (de hecho, fue mi tesis doctoral). Ahora, y siempre respetando su condición de “estudio”, me he propuesto incorporar en él algunas miradas nuevas, otras perspectivas y reflexiones que, quizá, complementen o difieran un poco de algunas de las cosas en las que creí y pensé hace veinte años. En estos días leí una frase que me llamó la atención: “El hombre se mueve por intereses, no por ideales … Pero los ideales pueden ayudar a diseñar los tales intereses”. La idea quedó dándome vueltas a la cabeza. Los ideales que Gallegos soñó y deseó para Venezuela, siguen vigentes hoy. No sé si ellos llegaron nunca a convertirse realmente en intereses. No sé si los ideales puedan realmente hacerse cuerpo en los intereses inmediatos y prácticos que todos podemos distinguir y comprender alrededor nuestro. Pero, en todo caso, lo que si sé es que los ideales de Gallegos siguen teniendo vigencia en nuestro país. Continúo distinguiendo en él al escritor, al pensador y, quizá sobre todo, al maestro que, en su momento, dijo cosas que tenía muchísimo sentido decir. Sigo viendo en él al educador que logró influenciar a toda una generación de jóvenes que se convirtieron en los protagonistas de la vida política venezolana por más de medio siglo. Cincuenta años de conquistas y de aciertos; cincuenta años, también, de errores, de muchísimos errores; pero, en todo caso, cinco décadas de tiempo que están allí, que los venezolanos no podemos ni debemos ocultar ni, tampoco, olvidar. Precisamente, en la medida en que pertenece a todos, el tiempo construido es útil, necesariamente útil. De lo que se trata es de recordarlo, no para repetirlo sino para seguir “haciendo” desde él, a partir de él.

 

Gallegos fue un novelista del que no podrían ignorarse sus facetas de educador y de político, pues éstas estuvieron extraordinariamente relacionados en él. O quizá habría, sobre todo, que relacionar a dos de ellas: la del escritor de mundos de fantasía, y la del maestro inspirador de ideales justos. La presencia de Gallegos fue necesaria en esa Venezuela que despertaba a la modernidad; y quizá siga siéndolo en un país que, habiendo entrado ya en el siglo XXI, sigue sumido en contradicciones, incertidumbres y desasosiegos. Creo que hurgar en el escritor que iniciaba su aventura literaria es hurgar, en muchos sentidos, en el comienzo de una de las obras más dignas de la cultura venezolana. De allí la vigencia que, pienso, posee este trabajo; escrito cuando comenzaba a enseñar en la Universidad en la que por más de veinte años no he dejado de hacerlo: la Simón Bolívar, mi universidad.

 

 

Caracas, agosto de 2003

 

 

Rafael Fauquié

 

 

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RÓMULO GALLEGOS: LA REALIDAD, LA FICCIÓN, EL SÍMBOLO (Rafae

Escribí este libro hace veinte años. Y hoy, a la hora de decidir sobre una nueva edición, quise escribirlo de una manera un poco diferente. Originalmente, él fue pensado como un trabajo académico (de hecho, fue mi tesis doctoral). Ahora, y siempre respetando su condición de "estudio", me he propuesto incorporar en él algunas miradas nuevas, otras perspectivas y reflexiones que, quizá, complementen o difieran un poco de algunas de las cosas en las que creí y pensé hace veinte años. En estos días leí una frase que me llamó la atención: "El hombre se mueve por intereses, no por ideales … Pero los ideales pueden ayudar a diseñar los tales intereses". La idea quedó dándome vueltas a la cabeza. Los ideales que Gallegos soñó y deseó para Venezuela, siguen vigentes hoy. No sé si ellos llegaron nunca a convertirse realmente en intereses. No sé si los ideales puedan realmente hacerse cuerpo en los intereses inmediatos y prácticos que todos podemos distinguir y comprender alrededor nuestro. Pero, en todo caso, lo que si sé es que los ideales de Gallegos siguen teniendo vigencia en nuestro país. Continúo distinguiendo en él al escritor, al pensador y, quizá sobre todo, al maestro que, en su momento, dijo cosas que tenía muchísimo sentido decir. Sigo viendo en él al educador que logró influenciar a toda una generación de jóvenes que se convirtieron en los protagonistas de la vida política venezolana por más de medio siglo. Cincuenta años de conquistas y de aciertos; cincuenta años, también, de errores, de muchísimos errores; pero, en todo caso, cinco décadas de tiempo que están allí, que los venezolanos no podemos ni debemos ocultar ni, tampoco, olvidar. Precisamente, en la medida en que pertenece a todos, el tiempo construido es útil, necesariamente útil. De lo que se trata es de recordarlo, no para repetirlo sino para seguir "haciendo" desde él, a partir de él.

 

Gallegos fue un novelista del que no podrían ignorarse sus facetas de educador y de político, pues éstas estuvieron extraordinariamente relacionados en él. O quizá habría, sobre todo, que relacionar a dos de ellas: la del escritor de mundos de fantasía, y la del maestro inspirador de ideales justos. La presencia de Gallegos fue necesaria en esa Venezuela que despertaba a la modernidad; y quizá siga siéndolo en un país que, habiendo entrado ya en el siglo XXI, sigue sumido en contradicciones, incertidumbres y desasosiegos. Creo que hurgar en el escritor que iniciaba su aventura literaria es hurgar, en muchos sentidos, en el comienzo de una de las obras más dignas de la cultura venezolana. De allí la vigencia que, pienso, posee este trabajo; escrito cuando comenzaba a enseñar en la Universidad en la que por más de veinte años no he dejado de hacerlo: la Simón Bolívar, mi universidad.

 

 

Caracas, agosto de 2003

 

 

Rafael Fauquié

 
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LA SEGUNDA VISITA DE WILLIAM BOURROGHS (Carlos Calderón Fajardo) Lima, Pe

La novela es un tratado sobre el fracaso. La historia está muy bien estructurada, los personajes correctamente formados y el lenguaje, que utiliza el escritor para presentarnos esta tragedia que sólo se contenta, como en las tragedias griegas, con la destrucción de todos sus personajes, es esquisito.
En mi lectura, el narrador inicia la historia como un individuo que va a contar su vida y de pronto la desdobla y hace que su yo se bifurque en dos posibilidades de sí mismo, su yo y su alter ego. Es decir, la del novelista-idealista, pero extremamente tímido, Portillo, un “Soñador que no domina el absurdo arte de la felicidad”, al que trata con deferencia a pesar de su vida miserable de inacción, y la del poeta, Montero, aparentemente triunfante, dueño del mundo y de las mujeres, pero fatuo, falso, violento, infiel y excesivamente orgulloso, que se contrapone, en todas las facetas posibles, al primero. En el fondo ambos son la misma persona que se desdobla en dos para permitirle al escritor el análisis de lo qué hubiera pasado si este hombre tímido hubiera decidido hacer lo que hizo su alter ego. Sin embargo, es importante recalcar que el narrador se ensaña con Montero. Al narrador no le gusta el personaje Montero. Montero no piensa, Portillo, sí.
Con esta novela, Carlos Calderón demuestra la madurez que corresponde a su edad como narrador. Es decir, es una novela que corresponde a hombre ya cuajado, un hombre que ha experimentado una vida completa y ha sacado conclusiones que son le son importantes.
La vida de Portillo, la versión del introvertido, es exasperante. Su inacción es tan dramática que es difícil de aceptar. Es un hombre dedicado a “una vocación tan insulsa que en realidad es una enfermedad silenciosa.” Allí aparece el extraordinario manejo de la prosa que hace Calderón, que nos permite soportar a este ser miserable, “que le importa más escribir que ser leído”, en una historia personal tan larga. Portillo-personaje es tan real que se convierte en amigo del lector y por lo tanto se sufre la miseria de su inacción, se le compadece. Al leer la novela me sentí tentado de hablar con Portillo y decirle a gritos que abandonara a Raquel. Que saliera de esa prisión ridícula y sin puertas, que construyera una vida propia, que luchara por publicar y que asumiera la gigantesca tarea que implica el querer ser “el mejor”, no importa cuánto trabajo demande.
Montero, el extrovertido fanfarrón, es una buena representación de lo que a Portillo le falta, incluida la posesión de Berenice, la mujer que Portillo desearía con locura tener, pero todo esto, sólo hasta un determinado momento. Aquí me da la impresión que Calderón ha dejado de lado la oportunidad de enfrentar, de igual a igual en el tiempo, a Portillo y su inacción con un escritor extrovertido, dueño de sí mismo (“un poeta joven que, a pesar de no haber publicado aún su primer libro, ya era famoso”), que pudiera vivir y terminar su vida como escritor. Pero esta es sólo mi lectura.
De todas maneras, Montero es un personaje totalmente creíble, conozco varios Monteros en la vida real, con los cuales alterné en el Perú de los 70 y los 80, período de tiempo en que viví allí. Pero Montero representa el otro tipo de inacción frente al arte. En el libro, Montero prefiere la inacción en el arte, en la literatura o en todo caso en la poesía que era su territorio, y se dedica a la búsqueda del dinero y el poder, con el único objeto de usufructuarlos y disfrutar de sus beneficios o consecuencias, en lugar de continuar la lucha y hacer realidad las premoniciones que tenía de ser un gran poeta. Los dos, Portillo y Montero abandonan su amor por la literatura (desde diferentes perspectivas), y se niegan a vivirlo plenamente, con todas sus consecuencias positivas y negativas. Sin embargo, es bueno aclarar que Montero tiene, al final de la novela, un chispazo de redención, cuando después de una inmensa borrachera y sintiéndose al borde de la muerte, busca una hoja de papel para escribir un poema.
Burroughs es tan sólo una bisagra que une elementos dispares en la historia que se narra. Su presencia en la novela sirve para darle un tono exótico, como dicen los gringos. La obsesión de Burroughs por las drogas, su estadía en México tras el peyote y en la amazonia peruana tras la ayahuasca, hacen posible la inserción del chamán y la niña selvática, víctima del sacrificio-asesinato hacia el final de la novela. Este elemento, sin embargo, permite al escritor mantener la tensión, la expectativa de la historia y con ello hace agradable y rápida su lectura.
Considero que esta es una novela que debe ser leída porque entretiene y cautiva por la belleza de su prosa. Además, subyacente a la historia que cuenta, se puede percibir otra diferente que es profundamente filosófica. Es un análisis y cuestionamiento, muy honesto, de la vida transcurrida. No de la vida en general, sino de una vida en particular. Pero en fin, esta es sólo una lectura, la mía.
Publicada en Lima, por la Editorial de la Universidad Mayor de San Marcos
Carlos Calderón Fajardo: Juliaca 1946; Sociólogo (PUCP); Maestría en Francia.

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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EL CANTAR DE LOS NIBELUNGOS

  

 La trágica historia del tesoro de Andvari perdura en dos versiones famosas. Ya consideraremos una de ellas, la Völsunga Saga, escrita en Noruega o Islandia a mediados del siglo XIII; ahora consideraremos la otra, el Nibelungenlied, Cantar de los Nibelungos, escrito en Austria a principios del mismo siglo. El poema alemán, si bien algo anterior en el tiempo, corresponde a una etapa posterior en la evolución de la fábula. El ámbito de la Völsunga es mítico y bárbaro; el del Nibelungenlied, cortesano y romántico. En 1755 se descubrió en Hohenems (Suiza) un texto manuscrito completo del Nibelungenlied o, según las palabras del último verso de la obra:
 
 hiet hat das maere ein ende: / das ist der Nibelunge not
 
 Aquí tiene su fin el cantar / ésta es la desdicha de los Nibelungos
 
del Nibelunge Not, Pena o Desdicha de los Nibelungos. Se encontraron después en distintas bibliotecas de alemania, de Austria y de Suiza, veinticuatro manuscritos, completos y fragmentarios, en pergamino, anteriores al siglo XV, y diez manuscritos en pergamino o papel, de fecha posterior. La primera edición crítica del Nibelungenlield fue la de Lachmann, en 1826; la más acreditada de las versiones al alemán moderno es la de Karl Simrock, en el metro original, publicada un año después.
 A favor del movimiento romántico y del culto a Ossian, la fama del Nibelungenlied se dilató. Federico II, sin embargo, negó su entusiasmo al viejo poema; dijo que nada bueno podía salir de alemania. Hay que tener en cuenta que Federico, discípulo de Voltaire, casi no admitía otra literatura que la francesa; el idioma alemán era para él un idioma doméstico, y tal vez lo ignoraba tanto como su padre, Federico I, que acuñó la famosa frase: «Ich stabiliere die Monarchie wie auf einem Rocher von Bronze.» La guerra de liberación exaltó, como era natural, el nacionalismo alemán; una consecuencia fue la reimpresión del Nibelungenslied en una edición barata, para soldados. Goethe observó que el redescubrimiento del poema señalaba un período en la historia de la nación; en otra oportunidad juzgó que el Nibelungenlied era clásico, pero que no debía tomárselo por modelo, como tampoco «a los chinos, a los serbios, o a Calderón». Algunos panegiristas lo llamaron Ilíada del Norte; Carlyle opinó que, fuera del carácter narrativo y de la materia guerrera, nada tenían en común las dos obras. Schopenhauer dijo que comparar el Nibelungenlied con la Ilíada era una blasfemia, a la que no había que exponer los oídos de la juventud. Croce, hace poco, ha escrito: «Se podría, tal vez, encontrar un término medio entre el juicio desdeñoso de Federico II y las exaltaciones de aquellos críticos románticos que han hecho del Nibelungenlied el gran poema nacional de alemania y hasta, no se sabe por qué, el libro de las gentes germánicas.»
 Como en los poemas homéricos los versos iniciales anuncian el tema general de la obra:
 
 Uns ist in alten maeren / wunders vil geseit
 von heleden lobebaeren, / von grosser arebeit,
 von frouden, hochgeziten, / von weinen und von klagen.
 von kuener recken striten / muget ir nu wunder hoeren sagen.
 
 
 Las asistencia, viejas historias nos cuentan muchas maravillas
 de héroes admirables, de grandes trabajos,
 de alegrías, de fiestas, de llantos y de quejas;
 ahora escucharéis prodigios de los combates de arrojados guerreros.
 
 Kriemhild, hermana de tres reyes, Gunther, Gernot y Giselher, es la más hermosa de las doncellas y vive en la ciudad de Worms, sobre el Rhin. Sueña que dos águilas destrozan a su halcón favorito; su madre interpreta que el halcón es símbolo de un hombre a quien Kriemhild va a tener y a perder. Sigfrid, el más valiente de los caballeros, hijo de un noble rey de los Países Bajos, ha ganado el tesoro de los Nibelungos, la espada Balmung y la Tarnkappe, capa que hace invisible a quien la lleva; nuevas le llegan de la hermosura de Kriemhild y se encamina a Worms, con su séquito. Un año pasa Sigfrid sin ver a Kriemhild, hasta que un día, al volver de una guerra victoriosa en que ha sometido a dos reyes, hay una fiesta en el palacio y el héroe y la doncella se ven:
 
 Sam der liebte, mane / vor den sternen stat.
 der sein so luterliche / ab den wolken gat,
 dem stuont si nu geliche / vor maneger frouwen guot.
 des wart da wol gehoehet / den zieren heleden der muot.
 
 Como la clara luna que, al surgir de las nubes,
 borra la luz de las estrellas,
 así estaba Krimhild entre las mujeres,
 alegrando el corazón de los guerreros.
 
 El héroe, al ver a Kriemhild, queda tan embelesado, que parece una figura dibujada en pergamino por la destreza de un maestro.
 Gunther ofrece a Sigfrid la mano de Kriemhild, a condición de que éste lo ayude a conquistar a Brünhild, reina de Islandia que somete a sus pretendientes a difíciles pruebas. Al cabo de doce días de navegación, Sigfrid y Gunther arriban al castillo de Isenstein. Invisible por obra de la Tarnkappe, Sigfrid ejecuta las proezas que el rey simula hacer, por medio de gestos. Brünhild arroja una piedra que siete hombres no podrían levantar, y salta más allá de la piedra. Sigfrid arroja el proyectil aún más lejos y luego salta, llevando en sus brazos a Gunther. Brünhild se confiesa vencida.
 Son tantos los vasallos que acuden al castillo de Isenstein para dar plácemes a la reina por su próxima boda, que Hagen, uno de los caballeros de Gunther, teme una traición. Sigfrid, entonces, busca refuerzos en el país de los Nibelungos, del cual es rey.
 En la Edda Mayor, donde los Nibelungos son los Niflungar, se habla muchas veces de Niflheim, Tierra de la Niebla, Tierra de los Muertos; los Nibelungos son acaso los muertos y quienes logran su tesoro están condenados a unirse, un día, a ellos. Así interpreta Wagner el mito; quienes conquistan el tesoro se convierten en Nibelungos.
 Un día y una noche bastan a Sigfrid para llegar a ese país, que otros no hubieran alcanzado en cien noches; vuelve de allí con mil guerreros que asombran a los súbditos de Brünhild.
 En Worms, las dos bodas se celebran el mismo día. La indómita Brünhild rechaza el amor de Gunther; éste, para conquistarla, debe de nuevo recurrir a Sigfrid y a su Tarnkappe. Sigfrid guarda de la aventura un anillo de Brünhild, que luego, para su mal, regala a su esposa, refiriéndole lo acaecido.
 Sigfrid lleva a Kriemhild a su país. Al cabo de diez años regresan; Brünhild y Kriemhild disputan sobre quién entrará primero en la catedral; Kriemhild, airada, revela a la reina que fue Sigfrid quien verdaderamente la conquistó y confirma sus palabras con el anillo. Brünhild, para vengarse del engaño y del desdén de Sigfrid, decide que éste debe morir.
 Hagen se encarga de la muerte del héroe. Este era invulnerable, por haberse bañado en la caliente sangre del dragón, que mojó y fortaleció todo su cuerpo, salvo un lugar entre los hombros, donde había caído una hoja de tilo. Poco después hay una cacería; Sigfrid mata un jabalí, un león, un bisonte, cuatro toros y un oso; al inclinarse a beber en un arroyo, Hagen lo apuñala entre los hombros. Sigfrid, antes de morir, derriba a Hagen; luego, «el hombre de Kriemhild cae sobre las flores» (Do viel in die bluomen der Kriemhilde man). Kriemhild iba todos los días a la primera misa; Hagen deposita en la puerta el cadáver ensangrentado, para que ella lo encuentre al amanecer. Tres días y tres noches vela a Sigfrid la inconsolable Kriemhild. Cuando lo llevan al sepulcro, hace abrir el ataúd y lo besa.
 Gernot y Giselher entregan el tesoro a Kriemhild. Para granjearse la voluntad de la gente, ella comienza a repartirlo entre pobres y ricos. El tesoro de los Nibelungos es de tal suerte que no puede agotarse ni disminuirse; aunque se comprara el mundo entero con él, no faltaría, después una sola moneda. Hagen, temeroso de que Kriemhild logre muchos vasallos, se apodera del tesoro y, de acuerdo con Gunther, lo hunde en el Rhin. Así termina la primera parte del Cantar.
 Trece años después, el margrave Rüdiger llega a Worms y pide la mano de Kriemhild para su señor el rey de los hunos, Etzel (Atila). Kriemhild acepta, con el propósito de vengar la muerte de Sigfrid. Emprende el largo viafe a Etzelnburg; se casa con el rey de los hunos y le da un hijo, Ortlieb. Otros trece años pasan y Kriemhild invita a sus hermanos a Etzelnburg. Hagen procura disuadirlos, pero éstos se empeñan en ir. Atraviesan el Danubio; una sirena, Sigelind, profetiza que, salvo el capellán del rey, todos perecerán. Hagen, para desmentir la profecía, arroja al capellán por la borda. Este se salva. Hagen acepta el inevitable destino y, cuando tocan la otra margen, rompe la nave. En Etzelnburg, Kriemhild pregunta a Hagen si ha traído el tesoro; Hagen responde que ha traído su escudo y su espada. Mil guerreros han acompañado a Gunther y a Hagen; miles de hunos ponen cerco a la casa en que están alojados. Todo el día combaten; los sitiadores, esa noche, prenden fuego a la casa. Los guerreros, atormentados por la sed, beben la sangre de los muertos. Kriemhild ofrece llenar de oro rojo el escudo de quien le traiga la cabeza de Hagen. La batalla prosigue; de los sitiados sólo quedan, al fin, Gunther y Hagen. (Esta escena no carece de afinidad con el fragmento de Finnsburh.) Los acomete Dietrich von Berne (Teodorico de Verona), los vence y los entrega atados a Kriemhüil. Hagen dice que no revelará el lugar del tesoro mientras viva su rey; Kriemhild hace matar a Gunther. Hagen le dice: «Sólo Dios y yo sabemos ahora el lugar del tesoro» (den scaz den weiss nu niemen wan got unde min) Kriemhild le corta la cabeza con la espada de Sigfrid; Hildebrand, uno de los caballeros de Dietrich, la mata, horrorizado.
 El poema se cierra con esta estrofa:
 
 I\’ne kan iu niht bescheiden / was sider da geschach:
 wan ritter unde vrouwen / wein man da sach,
 dar zuo die edeln knehte, / ir lieben friunde tot,
 hie hat das maere ein ende: / das ist der Nibelunge not.
 
 No puedo referir qué pasó después.
 Caballeros, mujeres y nobles escuderos lloraron
 a sus queridos amigos muertos.
 Aquí la historia tiene fin: éste es el Pesar de los
 [Nibelungos.
 
 
 Treinta y nueve cantos que llevan el nombre de aventuras (aventiuren) forman el Nibelungenlied. Se cree que el autor fue un juglar austríaco; dos nombres de ciudades imaginarias, Zazamanc y Azagouc, que figuran en el poema, parecen tomadas del Parzival de Wolfram von Eschenbach, obra de principios del siglo XIII. Cada estrofa consta de cuatro versos largos (langzeilen); las rimas son pareadas; hay, a veces, rima interior. La métrica del poema ha sido estudiada por Colleville y Tonnelat, en su edición de 1944, publicada en París.
 La primera mitad del Nibelungenlied es acaso inferior a la parte correlativa de la Völsunga; la Tarnkappe no es una invención muy afortunada. No así la segunda mitad, dominada por la titánica figura de Hagen. Este guerrero, Hagen von Tronege, en algunos textos, Hagen de Troya, encarna la lealtad germánica que, según observa Otto Jiriczek (Deutsche Heldensage), «no era incompatible con el crimen y la traición, con el engaño y el perjurio, porque los antiguos germanos no concebían la lealtad como una abstracta y universal ley ética, sino más bien como una relación legal y personal». Hagen es leal a su señor, de cuya fama es celoso; esa lealtad le permite engañar a Kriemhild y asesinar a Sigfrid, sin desmedro de su honor. Hagen no espera que el destino sea piadoso con él; las leyes que rigen su mundo son tan duras como los hombres.
 Gudrun venga la muerte de los hermanos; Kriemhild, la del marido. En la última, el vínculo cristiano del matrimonio es más fuerte que el antiguo vínculo pagano de la sangre.
 Puede dolernos que el juglar del Nibelungenlied haya suprimido o atenuado lo maravilloso; pensemos que, al obrar así, ayudó a construir el camino que va del cuento de hadas a la novela.
 

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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