Veinte tochos, ningún tostón

Veinte tochos, ningún tostón

JOSE ÁNGEL GONZÁLEZ
 

Adiós a la añeja excusa de siempre: "No tengo tiempo". Hay por delante horas, días, incluso largas semanas de dulce tedio. Le proponemos que, de una maldita vez, se atreva con algunos de los grandes novelones y deje de lado los libritos leves, en extensión e intensidad, como kleenex higiénicos.

Hay aquí una veintena de propuestas de peso. En todos los sentidos: 16.600 páginas y bastantes kilos, pero también alto calibre literario para cargar el espíritu de aventura, palabras y luz. Veinte tochos, pero ningún tostón.

– Louis-Ferdinand Celine, Viaje al fin de la noche. Rabiosa y lúcida. Debiera leerse por decreto a los 15 años, pero nunca es tarde para bajar a la desesperanza. Furiosamente divertida, antibélica y nihilista. Predice el sin futuro del punk y el nirvana de beber alcohol de garrafa sobre una acera urbana tapizada de vómitos. Edhasa. 640 págs., 22,50 €.

– Fiodor M. Dostoievski, Crimen y castigo. ¿Necesita usted recordar que el verano tiene un irremediable final y el invierno siempre regresa? Asuste a su vecino de bronceado con la desventura de Raskólnikov y, de paso, juzgue su dilema: culpa o expiación. No se merece la catalogación de ser humano quien no la haya sufrido. Debolsillo. 700 págs., 9,95 €.

– François Rabelais, Gargantúa, Pantagruel. Aquellos que sitúan el umbral del escándalo en el vello púbico de Henry Miller, harían bien en repasar la obra de este médico y sacerdote del xvi: desde el mejor material para limpiarse el culo tras la defecación, hasta la ingesta inmoderada de todo alimento y bebida. Satírica desmesura. Cátedra. 700 págs. (2 vols), 19,20 €.

– Robert Musil, El hombre sin atributos. Pesimista pero sarcástica, cubista pero social. Musil arranca todas las caretas del obsceno disfraz cultural del siglo xx, cómplice de la barbarie que culmina en la II Guerra Mundial. Monumental tragicomedia que Musil dejó, tras 12 años de trabajo, bellamente inconclusa. Seix Barral. 1.560 págs. (2 vols), 59 €.

– Sir Thomas Malory, La muerte de Arturo. "Quien crea que Arturo no existió debe ser tratado como un necio", advierte el prólogo. Así debe ser tomada esta epopeya –la primera escrita en lengua inglesa–: con la credulidad que merecen los mitos. Todos los héroes artúricos en su esplendor. Los capítulos finales son hermosísimos. Siruela. 979 págs. (2 vols), 50 €.

– Joseph Conrad, Lord Jim. Otro de los trágicos héroes de Conrad, tantas veces mal clo-nados por el cine y las novelillas de poca monta. "He visto orillas misteriosas, aguas inmóviles, tierras de oscuras naciones (…) Pero todo mi Oriente cabe en aquella visión de mi juventud: un destello de sol sobre una orilla extraña", dice el protagonista hablando por todos nosotros. Pre-Textos. 508 págs, 25 €.

– Stendhal, La cartuja de Parma. Última novela publicada en vida por Stendhal y eterna enemiga de su otra gran obra, Rojo y negro. La opción de La cartuja… garantiza más pasión. La prosa de Stendhal, el gran maestro del realismo a pies juntillas, sigue siendo un asombro. La descripción de la batalla de Waterloo resulta insuperable. Mondadori. 608 págs, 22 €.

– Charles Dickens, Los papeles póstumos del Club Pickwick. Primera novela del gran Dickens, publicada cuando el autor tenía 24 años, esta sátira sobre la filantropía no concede tregua. ¿Necesita usted reír? Éste es su libro. El viejo verde Tupman y el gafe Winkle están entre los mejores payasos de la literatura. Mondadori. 832 págs, 29 €.

– Charles R. Maturin, Melmoth el errabundo. Balzac, Thacke-ray, Poe y Lovecraft celebraron el deambular de Melmoth, mezcla de Mefistófeles, dandi y vampiro, tras su pacto con el demonio. Sobre esta escenografía, la perversidad y el sufrimiento son la materia con la que trabaja el clérigo irlandés Maturin, quizá el mejor de los escritores góticos de su tiempo. Valdemar. 1.056 págs., 16,40 €.

Herman Melville, Moby Dick. Borges la llamó "la novela infinita" porque "página por página el relato se agranda hasta usurpar el tamaño del cosmos". ¿Qué más añadir? Una advertencia: no es un libro sobre ballenas, sino la eterna historia de la batalla contra el Mal. Leerla es tan necesario como inhalar o alejarse de las entidades bancarias. Alianza. 880 págs., 8 €.

José Lezama Lima, Paradiso. Humedad sexual e imaginería barroca para una pieza avanzada (1966) y catártica. Un resumen de la cubanía y, como ella, un palmeral denso de metáforas. No conviene tratar de entenderlo todo, sino nadar con inocencia en una novela que, sin dejar de serlo, refresca el paladar como si se tratase de pura poesía. Alianza. 608 págs., 30 €.

Anthony Burgess, Poderes terrenales. Divertidísimo ajuste de cuentas del cascarrabias Burgess. Todos salen mal parados: Joyce, Kipling, T. S. Eliot, Kubrick, la Iglesia católica, Satanás y la mafia gay. La novela más panorámica del compulsivo fumador (80 pitillos /día), experto en sexo, borracho y afilado crítico de todas las formas del cinismo. El Aleph. 1.008 págs., 26,90 €.

Roberto Bolaño, 2666. La obra póstuma del llorado Ro-berto Bolaño –acaso el más brillante de los escritores en castellano del último medio siglo– es al tiempo feroz, di-vertida y suma-mente triste. Un tour de force sobre la muerte, la literatura y los asesinados sin nombre (en este caso, las mujeres de Ciudad Juárez). Sublime. Anagrama. 1.128 págs., 20 €.

Don Delillo, Submundo. En ocasiones, a DeLillo le pierde su demasiada presente genialidad. Aquí, sin embargo, la historia contada a través de las pequeñas historias de los sin nombre aparente fluyen con magia: Frank Sinatra, el siniestro Edgar Hoover, Lenny Bruce, Capote, una pelota de béisbol, los neoartistas de la posmodernidad… En fin, usted y yo. Circe. 712 págs., 30 €.

Cormac McCarthy, Suttree. Uno imagina a los personajes de McCarthy invariablemente sin afeitar, con lumbalgia y una gran herida en el alma. En esta novela temprana, muy anterior a la fama que llegó de Hollywood, no hay excepción: Cornelius Suttree es una especie de Ulysses en Knoxville (Tennessee). Húmeda y cana-lla. El lado bar-budo de la vida. Mondadori. 568 págs., 25 €.

Robertson Davies, Trilogía de Deptford. Uno de los espacios en blanco más sangrantes de los catálogos editoriales españoles está, al fin, cubierto. La obra del canadiense Robertson Davies –una calibrada mezcla de novela psicológica jungiana y crónica negra– es de lectura entretenida y prosa inteligente. Libros del Asteroide. 900 págs. (3 vols), 57,86 €.

Thomas Pynchon, V. Los lectores de Pynchon no conocemos su cara –sólo existe una foto–, pero sabemos bien que está como una cabra. Este fue su debut (1963) y la locura era palpable: la búsqueda circular, en tiempo y forma, de V. y todas sus encarnaciones. Emborracha más que toda la cerveza que sea usted capaz de beber. Tusquets. 520 págs, 22 €.

Lawrence Durrell, Cuarteto de Alejandría. Cuatro tomos, cuatro puntos de vista y un mismo escenario: Alejandría, viciosa y tórrida. Una saga sen-sual que huele a sábanas e invoca el placer de todos los sentidos. Una recomendación del autor: "Ríete hasta que duela y sufre hasta la risa". Trágica, pero rebosante de vida. Edhasa (4 vols). 1.176 págs., 39,80 €.

Wilkie Collins, La dama de blanco. Genio de muchos recursos y maestro de la trama Wilkie Collins, autor de la inolvidable La piedra lunar, también merecedora de estar en esta lista, apasiona con anzuelos de altura. Esta novela victoriana y gótica es tóxica. De propina, uno de los más atractivos villanos: el Conde Fosco. Punto de Lectura. 896 págs., 12,80 €.

John Cheever, La familia Wapshot. El Shakespeare de los suburbios abandona aquí su registro habitual y presenta una saga trazada con tiralíneas (y trufada de algo parecido al realismo mágico en el espacio mítico de Saint Botolphs) sobre una familia de clase alta, sus promesas incumplidas y tenebrosos secretos. Engancha desde la primera línea. Emecé. 624 págs., 24 €.

http://www.20minutos.es/noticia/401155/

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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DE GRANUJILLA A MALHECHOR (Agustín Conchilla Márquez)

DE GRANUJILLA


A


MALHECHOR

PRIMERA PARTE

AUTOR:

AGUSTÍN CONCHILLA MÁRQUEZ

[…]

I

Filiberto salió dicharachero, canturreando y de buen contento: en similitud a otros días… Sin embargo, a pie de acera agarró una piedra y la lanzó a un punto indeterminado: al tuntún, aunque con tan mala uva que los cristales del vehículo de un discapacitado cayeron fragmentados. Yo indiné ante tal agravio, incluso como persona mayor y también como padre, he de reconocer y reconozco que pasé por alto mi propia cordura humana… Y también sobrestimé el contenido textual que algunos legisladores plasmaren en tan impropio panfleto de la Ley del Menor. Llevado por la ira salí tras Filiberto, le alcancé, le agarré de un brazo y le pedí explicaciones por tan ingratos e indignos modales. Filiberto, en cambio, no apaciguó su estado colérico y encabritó, aún más: pataleó, giró de costado, atizó un puntapié a la rueda y zarandeó el triciclo cuyos cristales ya cayeron destrozados. En consecuencia, los cupones que portaba el discapacitado se desperdigaron por el viento, el hombre lloraba sin consuelo y yo enternecí tanto con aquél desdichado que arreé un azote a Filiberto. Aunque, ¡Dios de los cielos, de la tierra, de las camadas de buenos y malos lobos y también de los infiernos…! Mejor que no lo hubiese hecho… Desde entonces miro a mi alrededor y, aún creo ver que el sol de aquél día no salió para irradiar el contorno de la tierra que yo piso, excepto para abrasarme a mí, en triste calor de penuria. O quizá aquel día el sol estuviese alineado a un turbador nubarrón que lo cubriera por entero y… El caso es que a mí me dio poco calor y muy mala suerte; aunque más que mala suerte creo que me dio muy mala espina, la de la peor sardina que en raras ocasiones se come a uno… En el mismo instante de castigar a Filiberto con un simple y espontáneo azote en el robusto trasero, por casualidad del destino, a saber, a nosotros nos sobrepasaba una patrulla de la policía nacional; los agentes ejecutaron un brusco frenazo, bajaron con pistola en mano y ante los lacrimosos ojos del discapacitado, sin pestañear siquiera, a mí me lanzaron contra el triciclo cuyos cristales ya fueran destrozados por la maldad y por la inercia de la piedra que lanzase Filiberto. Los agentes me cachearon, sujetaron mis muñecas a la espalda y las unieron con grilletes. En aquel momento sentí centenares de miradas vecinales y de transeúntes que, aunque no sabían el porqué, a mí ya me habían sentenciado bajo acusación de no sé cuántos delitos o ultrajes que presuntamente cometiera a mi libre albedrío y los vertiera sobre el conjunto de la ciudadanía. Aunque la verdad es distinta; muy distinta: yo jamás me entrometí en los asuntos del vecindario, ni hice daño o mal a nadie. Si bien, la vida enseña más que don Cipriano Tostones, en el cuartucho de la academia que a diario usa para impartir clase de dieciocho a veinte horas. Aunque lo peor, quizá, o a lo que no di mayor importancia; o lo que no llegué a ver; o lo que no supe cortar a tiempo, pudiera ser que Filiberto había nacido con el San Benito acuestas. A los cinco años ya imponía su voluntad: a las puertas del colegio exigía cien pesetas a su madre o en su defecto pataleaba y se negaba a entrar en clase. Isabel irritaba pero el niño seguía en sus trece, el autobús que a ella debería llevar al trabajo no esperaba e Isabel cedía o no llegaba a su destino. En cambio, cuando ocasionalmente me tocaba a mí reconducir a Filiberto, conmigo también intentaba tan hábil maniobra persuasiva, aunque por el gesto y la mirada de autoridad paternal que yo le dirigía, Filiberto resignaba, encarrilaba y cabizbajo y sin un duro ocupaba sitio en la fila del alumnado. Con todo, los años no han pasado en vano y Filiberto ha aunado la rebeldía a la inteligencia y la picardía más superdotada. Incluso, a estas alturas, yo diría que Filiberto conoce sus derechos mejor que cualquier obligación y sabe que una llamada al Centro de Atención al Menor coactiva mi autoridad y me colma de interrogantes… Yo debo andarme con pies de plomo antes de reprimir a mi hijo; o reñirle por tales o cuáles actos. Sin embargo, en la intimidad me desahogo con Isabel. Isabel es mi esposa y la madre de mis hijos; en ella deposité la semilla del amor que a buen fruto y a mayor esperanza, día a día y mes a mes fecundaría entre sonrisas y algarabías. Isabel les trajo a la vida con cariño y alevosía de niños deseados. Ahora, en cambio, en la adolescencia soporta el crudo dialecto de los chavales cuando entre la niñez y la pubertad cabalgan en busca de una formación, un carácter, una educación, una personalidad o un simple hueco en la sociedad. Sin embargo, a veces yo me amparo en el amor que proceso a Isabel para exponerle el sufrimiento que los padres padecemos cuando nos sentimos vetados en lo esencial, y por la propia administración del estado. Administración que a nuestro juicio: el de unos padres atormentados, debería acapararnos en su seno y apoyarnos en beneficio de la familia y del conjunto de la sociedad. Nosotros nos creemos padres en total normalidad social, aunque algo desafortunados ante el brutal comportamiento de un hijo con claros síntomas de in convivencia social y alto comportamiento irracional. Pero aun así, y, a pesar de mi dolor, también en su cara, en la de Isabel, veo las curvas de la sinrazón. Y también la huella de la impotencia y la insatisfacción…

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Resucitados de la guerra civil (Antonio García Parrot)

Bajo semejante título podemos encontrar un interesante trabajo de investigación en el anecdotario de nuestros pueblos y ciudades, y las historias más o menos truculentas que siguieron a las represalias de la guerra civil española.

Según dice el autor en la introducción de su libro, escuchó con tanta frecuencia casos de personas que habían reaparecido después de haber sido dadas por muertas que decidió escribir una recopilación de estas historias.
 
A lo largo de las trescientas y pico páginas del libro podemos encontrar personajes endeudados que consiguieron aparecer en las listas de fusilados para evitar pagar, delincuentes de todo tipo que aprovecharon la conmoción para cambiarse de nombre y desaparecer sin dejar rastro hasta muchos años después, bígamos que emigraron a América dejando aquí su nombre a un cadáver anónimo o a una tumba vacía, otros que se hicieron bígamos en la emigración, y unos cuantos personajes que soslayaron la prohibición del divorcio en España inventando cartas desde prisiones diversas hasta su final desaparición, supuestamente ejecutados.
 
En este libro se habla solamente de los que volvieron a aparecer más tarde, por mejora de su fortuna, circunstancias personales o porque fueron descubiertos.

Quizás nunca fue tan necesaria esta aproximación al industrioso mundo de la picaresca y al modo en que cualquier tragedia, incluso las peores, puede convertirse en una oportunidad para el que sabe aprovecharla.
 
Si no es usted demasiado moralista, le arrancará una sonrisa.

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La Isis Dorada (Jorge Magano)

Jaime Azcárate, harto de trabajar en las catacumbas de la biblioteca del CIH (Centro de Investigaciones Históricas) ve el cielo abierto cuando se entera de que una ex compañera de la universidad dirige la revista "Arcadia". Acude a pedirle un empleo y ella le pone a prueba, quiere un artículo. En busca de la historia que le consiga un trabajo fijo que le permita conservar su buhardilla y la independencia paterna, el joven comienza a investigar los destrozos que se han realizado en algunas tiendas de reproducciones egipcias.

Al comenzar la novela se puede tener la impresión de estar ante una aventura de Dirk Pitt, puesto que el autor sigue la misma estructura que Clive Cussler: un capítulo situado en un pasado lejano y exótico (522 de la Era Cristiana, en que se "pierde" un gran tesoro), un segundo mucho más cercano (Madrid, 1970, con la llegada del templo de Debod), y el tercero y definitivo en la Navidad de 2007, aunque las similitudes acaban ahí.

En el apartado "técnico" cabe señalar cierta falta de revisión que deja en el texto muchos gerundios, palabras que se repiten (y no siempre de la forma deliberada – y algo cansina por la reiteración – que se permite el autor en plan irónico) y alguna que otra rima (supongo) involuntaria.

También se advierte que en el texto se alternan, a veces en una misma página, varias frases hechas con otras tantas expresiones ingeniosas.

El autor recurre a "avisar" de vez en cuando que va a pasar algo ("… tampoco sabía que hacía casi cuarenta y ocho horas que había fumado el último cigarrillo de su vida", pág. 81, y otras), truco que personalmente encuentro algo burdo.

También utiliza otros métodos clásicos de crear expectación, como acabar un capítulo en un momento de cierta intensidad para comenzar el siguiente con otros personajes o comentando otro tema, y consigue encontrar el equilibrio adecuado entre lo que es crear interés y enrollarse demasiado, además de relatar cosas que vienen a cuento o son divertidas, por lo que no da la sensación de engaño o que sea texto de relleno.

En cuanto a los personajes, la arrolladora personalidad del protagonista destaca por encima del resto (un perdedor adicto a las bandas sonoras de películas, a los enigmas egipcios y a las mujeres misteriosas), que quedan algo desdibujados, aunque se nota que el autor ha tratado de diferenciarlos. En algunos casos mediante coletillas en su forma de hablar, como la frase "¡Vete al traste Jaime Azcárate!" (Ingrid) o la palabra "compi" (Fidel) además de por cómo se comportan.

En una historia donde hay buena cantidad de personajes femeninos de relevancia (Iratxe, Ana, Laura Rodríguez, Amelia Campillo…) se agradece que, pese a que casi todas son jóvenes y bellas (excepto doña Consuelo y Begoña Gil Redondo, quizá…), se les dote de sentido del humor, ironía, inteligencia y que no caigan rendidas a los posibles encantos de Azcárate.

La trama es clásica a más no poder: un grupo de personajes en busca de un tesoro, otro grupo (este de villanos) que quiere lo mismo, algún que otro asesinato, misterios, enigmas anclados en el pasado que nadie hasta ahora ha conseguido resolver y un decepcionante desenlace (de la aventura – ¡Ay, Fidel!, qué buen candidato a Giordino… -, no de la novela) que no huye de los tópicos del género sino que los enriquece con ingenio.

Es este humor que invade casi toda la historia (excepto un par de capítulos históricos -19 y 20, creo-, aunque después hay un cierto bache que remonta cuando comienzan a resolver las pruebas) lo que diferencia esta de otras novelas del género, sobre todo por lo inhabitual que es contar una historia de aventura y misterio en clave de humor irónico, a ratos surrealista y absurdo, que le da personalidad y la diferencia del resto.

Utilizando ese mismo tono, el autor se permite cierta crítica más o menos sutil hacia las religiones y su capacidad de manipular a las personas y la realidad, y cómo se puede influir a las masas distorsionando la realidad.

También se agradece el humor en los capítulos "asensianos" (la resolución de enigmas al estilo de Matilde Asensi aunque mejor relatados y más comprensibles) y el homenaje/guiño (o lo que sea) a "El Señor de los anillos" de Tolkien (final del cap. 40 y comienzo del 41).

O los encuentros de Jaime con "Fofito", con Vir y Luis y más personajes divertidos y excéntricos.

En resumen, una novela entretenida, ingeniosa, divertida, que intenta no ser convencional y apartarse, mediante el humor inteligente, de las normas del género.

Por cierto, la alusión a Malena Gracia (dos veces) y la pitonisa Lola (curioso, yo me había imaginado justo así a Begoña Gil Redondo) puede suponer una dificultad de adaptación ante eventuales traducciones a otros idiomas.

http://reginairae.blogcindario.com/2007/06/00435-la-isis-dorada-de-jorge-magano.html

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El problema de la vertebración del Estado en España (Santiago Mu&n

Mientras España se rompe, se va al garete, es vendida en almoneda a los pérfidos catalanes como solución de compromiso a entregársela al Islam (que lleva siglos reclamándola y ahora controla a nuestro Presidente) y sus políticos afilan refrendos estatutarios, recursos al Tribunal Constitucional y presión mediática, una serie de astutos profesores están copando las librerías con obras dedicadas a reflexionar sobre la cuestión con algo más de calma. No pretenden competir con Pío Moa o Gustavo Bueno, estandartes de la literatura españolista de consumo en sus diferentes nichos de mercado (libros para arrojar a la cabeza de Ministros traidores y obras de mesita de la tele para que las visitas sepan que estás generacionalmente desubicado, respectivamente), pero a este paso, como se generalice la cosa, no podemos descartar ninguna posibilidad. Tampoco que empiece a madurar, al fin, en España, un mercado para la literatura dedicada a la reflexión cultivada. Es que desde que se casan los maricones, la verdad, uno ya no se sorprende con casi nada, por inconcebible y pecaminosos que suene.

Imagínense los efectos terribles que algo así podría provocar en el debate territorial español e incluso en la lucha esencialista-identitaria tan cara a todos nosotros. Porque en vez de tirarse los trastos a la cabeza con el 36, nuestros representantes se verían obligados por culpa de la instruida ciudadanía, no sé, a repensar en serio la estructura de España en tanto que Estado, confrontar posiciones y ver quién se llevaba el gato al agua en plan democrático. Sería un cambio notable respecto a las opacas negociaciones con las que en la actualidad se ventilan estas cuestiones, gracias a un texto constitucional que deja todo abierto y a una tradición de negociación basada en el consenso y en minimizar daños que supone un permanente debate y una constante puja por mejorar posiciones competenciales. Vamos, un asco. Y yo tendría que vender en mercadillos para turistas mis banderas autonómico-independentistas por cuatro perras.

La obra de Santiago Muñoz Machado El problema de la vertebración del Estado en España es una excelente muestra de que el peligro, si bien latente, ahí está. Es decir, de que trabajos de mérito, completos, documentados, que aúnan el esfuerzo de explicar de forma general y entendible algunas de las más habitualmente ocultas en jerga especializada claves jurídicas del asunto con el rigor intelectual, existen. Otra cosa es que el debate público los tenga demasiado en cuenta o trasciendan del mundo de los especialistas o de una pequeña minoría interesada en estas cuestiones. Uno, que es optimista con estas cuestiones, cree que la aparición de estudios como el que reseñamos es una excelente noticia precisamente porque alientan la esperanza de que su misma calidad y claridad ayude enormemente a que este proceso de construcción de una cultura nacional se realice un día. Seguro que así será. Y que hasta las masas instruidas en la Guerra Civil del 34 por Pío Moa, en el fondo, contribuirán a ello. Cierto interés, que es el comienzo de todo, ya han demostrado. Algo es algo.

Frente a las muestras de preocupación y el dramatismo que acompaña a las mismas cuando se plañe la ruptura de España, Muñoz Machado se enfrenta al análisis del problema de fondo, las carencias de vertebración de España en tanto que Estado con cierta tranquilidad. Estudia las diferentes causas que pueden haber dado origen a su debilidad estructural y cómo la afirmación de la nación española no ha logrado históricamente superarlas. Lo hace comenzando, de la mano de Ortega, desde la constatación de la existencia de ese problema de vertebración de España que, a diferencia de lo que ocurrió en el resto de grandes naciones europeas, tan agudamente se plantea y del que ya desde principios del siglo XX se ha sido plenamente consciente.

El autor trata de buscar las raíces del caso de autos, para lo cual acomete una revisión de la evolución de la cuestión nacional y de los diferentes y sucesivos (unos más exitosos que otros) intentos conducentes a la creación de un Estado unitario y centralista a lo largo de los últimos trescientos años. Pero más allá de las más habituales indagaciones esencitarias, rayanas en la poesía, se centra en el análisis de los verdaderos esfuerzos de construcción nacional y de afirmación ciudadana, en lo que podríamos llamar, afrancesadamente, chantiers publics de la nation. A fin de cuentas, todo el análisis parte de la base de que un Estado se vertebra a partir de la existencia de objetivos ciudadanos comunes, de buenas infraestructuras, de comercio justo y libre, de derechos y garantías amparados en leyes iguales para todos que sean respetadas, más que en comidas de coco alemanas, rollos fichteanos y demás salidas de tiesto propias del idealismo romántico. Es decir, justamente de todo lo que no tuvo España desde que existe como tal en tanto que Estado moderno.

Se ponga la fecha donde se ponga (sea en 1705, sea en 1802, sea en 1834), España como Estado moderno ha sido un fracaso desde sus orígenes. Y lo ha sido por la incapacidad o incompetencia de las estructuras estatales en afirmarse en la realización de todas esas tareas, en el mejor de los casos. Cuando no, en el peor, por la inexistente voluntad de acometerlas. Lo cual provoca que, en la época histórica en que los pasos del Estado constitucional han de suponer la uniformización de derechos y deberes, en España se consolidan cuando no constituyen situaciones de privilegio absolutamente excepcionales en el marco comparado. Que esos son los polvos de los que vienen los lodos actuales (desvertebración del Estado en España) es evidente: de la no formación de un estado unitario sólido cuando fue el tiempo histórico, en todas partes, de hacerlo (siglo XIX). A partir de ese momento, todo viene mal dado, pues ciertas regiones, sea por mor de tradición histórica y la aspiración a recuperar cotas de autogobierno perdidas, sea por desarrollarse industrialmente en mayor grado y desear contribuir en menor media al esfuerzo de solidaridad nacional, sea por lo que sea, el caso es que no se sienten ni integradas ni cautivadas por un proyecto nacional español que no sabe hacerse atractivo pero tampoco tiene capacidad para imponerse.

No puede ser de otra forma cuando, por lo demás, demuestra poco interés por sus ciudadanos y su mejora, por integrarlos en un proyecto de país, de nación, de mejora colectiva e individual. También esto último me parece un síntoma más de la debilidad, triste y brutal, del Estado español decimonónico. Y, la verdad, no faltan datos de todo tipo que demuestran la indigencia de los esfuerzos estructuradores de la nación española. Basta comparar las tasas, por ejemplo (testigo que a mí particularmente me gusta especialmente porque creo que es de enorme relevancia), de alfabetización a finales de siglo que Muñoz Machado comenta (las tasas de analfabetos en alemania – 5%; Inglaterra – 5%; Francia – 17%; Italia – 50%; España – 70%). Lo dicen todo sobre los resultados de los proyectos nacionales respectivos. Así como dan bastantes pistas sobre la naturaleza e intensidad de los esfuerzos de construcción nacional realizados en cada país.

Nos pongamos como nos pongamos, la España invertebrada mítica existe. Y es consecuencia de severas deficiencias de concepción del proyecto común. No de unos nacionalismos periféricos insolidarios y mendaces. Tampoco de un Estado fortísimo y represor que ha llevado a una reacción como la que tenemos. El problema es más bien que lo que nosotros teníamos en el siglo XIX era poco más que un remedo de Estado, una estuctura con pies de plomo que servía para más o menos garantizar la seguridad y el negocio de los amos del cortijo. Y así no se va a ninguna parte. A ese proyecto tampoco se han sumado nunca con excesivo entusiasmo las elites de los nacionalismos periféricos, que, al revés, han aprovechado su escualidez para consolidar situaciones de privilegio. Lo que pasa es que ¿hasta que punto se puede criticar apurar al máximo un modelo de rapiña y diferenciación?, ¿cómo cuestionar a los que han buscado y cultivado el privilegio, a través de la historia, de la cultura o de la mitología, cuando nada hacía el Estado por igualar y nivelar sino todo lo contrario?

Se ha llegado así hasta finales del siglo XX, culminando un centenio de, por fin, intentos de mejora y regeneración. Podemos incluso incluir algunas políticas de la Restauración entre ellos. Y a la II República. Y las pretensiones de ruptura con el franquismo. Todos ellos sistemáticamente respondidos, saboteados. La historia de España es desde hace un siglo, casi prácticamente en su totalidad, la historia de la reacción. De la reacción de los privilegiados, que en el fondo lo que han boicoteado sistemáticamente ha sido, precisamente, la construcción y afianzamiento de un Estado nacional fuerte. Porque precisamente a estos caciquillos y privilegiados de toda la vida es a los que más ha interesado que España haya sido una filfa de Estado. Que sirviera para mantener el orden público, más o menos y de esa manera, pero poco más. Así se evita que un Estado fuerte dé poder y formación a los menos favorecidos, incremente la justicia y la porosidad social, potencie la meritocracia… todas las medidas en definitiva propias de un Estado que quiere avanzar y fortalecerse y aspira a crear un circulo virtuoso con sus ciudadanos. Es un ejemplo paradigmático a estos efectos la Dictadura del Caudillo y su incapacidad, ni siquiera desde el totalitarismo y la represión, de construir nada sólido. Porque España esta gente no se la toma en serio, en general, como no sea para sabotear. La mítica y fanfarria españolista que acompaña a estas posiciones tiene tanta solidez como los orígenes del vasquismo a la sombra de Jaun Zuría y se explica de forma muy semejante: conservación de rentas y privilegios envueltas en banderas nacionales.

En los ultimos años la historia de España ha sido la de la contemporización exitosa con la reacción, a base de opacidad y de apelaciones al “consenso” que han permitido una especie de democracia otorgada, con grandísimos déficits participativos, pero que ha funcionado medianamente bien. Y que gracias a la entrada en la UE ha diseñado un entramado mínimo que no tiene marcha atrás. Comparado con lo que ha sido nuestra historia reciente, es para estar contentísimos. Si nos ponemos mínimamente exigentes o empezamos a utilizar a naciones desarrolladas como término de comparación, la verdad es que no tanto.

No llega a estos extremos Santiago Muñoz Machado, que hace bien en quedarse en una exposición más informativa y menos militante. Pero profundamente ilustrativa de esa tendencia histórica, desde la II República y la creación de la mano de Azaña de un Estado integral que tratara de acomodar las peticiones, esencialmente, de los nacionalismos vasco y catalán, al actual marco constitucional tan inspirado en ese modelo.

El problema es que tampoco con la Constitución de 1978 se afronta recto y por derecho la cuestión de la vertebración de España. La Carta Magna de la democracia es hija del compromiso y de la negociación entre bastidores, muy al margen de la ciudadanía y de la honradez intelectual de plantear los términos del problema y llegar a una solución, si fuere posible. Por el contrario, la estructura territorial del Estado, como solución de compromiso, queda desconstitucionalizada en la Constitución de 1978, preterida al desarrollo que, dentro de un marco de mínimos, realicen las propias Comunidades Autónomas.

Señala acertadamente Muñoz Machado que nada de los procesos de reforma estatutaria que el siglo XXI está alumbrando (desde el fallido vasco al aprobado tras profunda reformulación para Cataluña) es ajeno a la misma lógica histórica y constitucional española. Tan normal es que las regiones con grandes aspiraciones de autogobierno intenten apurar al máximo las opciones que un texto marco ciertamente vago y poco preciso concede, como que el resto de regiones pasen a continuación a copiar los avances, apelando a la dinámica del agravio comparativo. Esto es, más o menos, lo que ocurre con el actual Estatuto catalán, más allá de algunos excesos o de que su carácter prolijo esté o no justificado por la jurisprudencia dominante del Tribunal Constitucional (generalmente expansiva respecto de las competencias estatales). Tampoco, por otro lado, ha sido presentado desde Cataluña el texto como nada de diferente naturaleza o de aspiraciones mayores a las de, justamente, apurar al máximo lo constitucionalmente posible. El nuevo Estatut es, así, extremadamente consciente del escaso margen para la asimetría que el marco constitucional concede y de los problemas de ordenación que supone el establecimiento (o la aspiración de) de relaciones bilaterales con el Estado.

Conviene por ello situar el análisis de la actual situación en su correcto contexto histórico y jurídico. Y no dramatizar en exceso lo que no es la definitiva ruptura de España sino una muestra más de los problemas que suscita el carácter abierto del Título VIII de la Constitución, tampoco particularmente dramática porque no es en el fondo el Estatuto catalán un texto en desacuerdo con los principios y contenidos que inspiran la ordenación territorial en España. Cuestión distinta, claro, es hasta qué punto, si bien asumiendo que no podrá ser ya desde la uniformidad centralista propia del siglo XIX (pero que también había dejado de ser, entrado el XX, la posible solución tanto aquí como en los países de nuestro entorno), no conviene afrontar de una vez un intento solvente de vertebrar el Estado a partir de la confluencia de intereses y de la puesta en marcha de estructuras sólidas, claras, fijas, que permitan una mejor realización y consecución de afanes, por una vez, verdaderamente comunes.

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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