EL GRAN GATSBY (Francis Scott Fitzgerald)


El gran Gatsby comienza como una ligera crónica de los extravagantes años veinte —sus millonarios, sus frivolos, sus gángsters, sus sirenas y la desbordante prosperidad que respiraban— y, luego, se convierte insensiblemente en una tierna historia de amor. Pero, poco después, experimenta una nueva muda y torna a ser un melodrama sangriento, de absurdas coincidencias y malentendidos grotescos, al extremo de que, al cerrar la última página, el lector de nuestros días se pregunta si el libro que ha leído no es, más bien, una novela existencialista sobre el sinsentido de la vida o un alarde poético, un juego de la imaginación sin mayores ataduras con la experiencia vivida.

Aunque no sea lo bastante compacto y misterioso para ser genial, es un bello libro, que ha conservado intacta su frescura, y al que el tiempo corrido desde su aparición, en 1925, ha conferido el valor de símbolo de lo que fue la irregularidad e impremeditación de la vida en una época de alegre irresponsabilidad y decadente encanto. En su impericia misma —esas elegiacas frases sensibleras que, de pronto, interrumpen la acción para extasiarse ante un detalle del paisaje o filosofar sobre el alma de los ricos—, El gran Gatsby resulta la personificación del tiempo que describe, mundo fastuoso en el que oexistían el arte y el mal gusto, el honesto empresario y el rufián, la pacatería y el desenfreno y Ja arrolladura abundancia de una sociedad que, sin embargo, se hallaba al borde del abismo.

Al final de su vida, en un texto autobiográfico, Scott Fitzgerald escribió de su personaje Jay Gatsby: «Es lo que siempre fui: un joven pobre en una ciudad rica, un joven pobre en una escuela de ricos, un muchacho pobre en uní club de estudiantes ricos, en Princeton. Nunca pude perdonarles a los ricos el ser ricos, lo que ha ensombrecido mi vida y todas mis obras. Todo el sentido de Gatsby es laj injusticia que impide a un joven pobre casarse con una muchacha que tiene dinero. Este tema se repite en mi obra porque yo lo viví.»

Toda novela es un complejo laberinto de muchas puertas y cualquiera de ellas sirve para entrar en su intimidad. La que nos abre esta confesión del autor de El gran Gatsby da a una historia romántica, de esas que hacían llorar. Un muchacho modesto se enamora de una bella heredera con la que no puede casarse por las insalvables distancias económicas que los separan: fiel a ese amor de juventud, luego de conseguir por medios ilícitos lo que parece una fortuna, multiplica las extravagancias y el despilfarro a fin de recuperar a la muchacha de su corazón; cuando parece que va a lograrlo, el destino (con mayúsculas, el de los grandes folletines y las estremecedoras historias decimonónicas) se interpone para impedirlo, precipitando un oportuno holocausto. Al cabo, el paisaje es el mismo del principio: una sociedad injusta e implacable donde las razones del bolsillo prevalecerán siempre sobre las del corazón.

La novela de Scott Fitzgerald es, también, eso, pero si sólo fuera eso no habría durado más que otras del género «amor imposible con derramamiento de sangre al final». Es, asimismo, una manera de contar, serpentina y traviesa, en la que, a través de un testigo implicado —el narrador Nick Carraway—, vamos descubriendo, antes de llegar a su entraña melodramática y fatalista, que la realidad está hecha de imágenes superpuestas, que se contradicen o matizan unas a otras, de modo que nada en ella parece totalmente cierto ni definitivamente falso, sino dotado de una irremediable ambigüedad. Nadie es lo que parece, por lo menos por mucho tiempo, todo lo es de manera muy provisional y según la perspectiva desde la cual se le mire. Esa provisionalidad de la existencia y el relativismo que caracteriza a la moral y a las conductas de sus personajes resulta, acaso, lo más original que tiene esta novela y lo que testimonia mejor sobre la realidad del mundo que la inspiró. Ya que los locos años veinte norteamericanos, la era del jazz y de la ley seca, de la cornucopia de oro y la gran depresión del 29, fueron, sobre todo, los de un mundo frágil, engañoso, de bellas apariencias, como una alegre fiesta de disfraces en la que las refinadas máscaras y los rutilantes dóminos ocultaran muchos monstruos y espantos.

Las veladuras sutiles que el narrador va apartando en su relato, a medida que él, muchacho provinciano y sencillo del Medio Oeste, descubre los ritos, enredos, excesos y locuras del mundo de los ricos neoyorquinos, liman las aristas que afean las entrañas de esta sociedad y, en cierto modo, la redimen estéticamente. Aunque, juzgados en too, la mayoría de los personajes merecerían una severa condena moral, es imposible sentenciarlos porque no hay lanera de juzgarlos enfrío: ellos llegan hasta nosotros enriados y absueltos por la delicada y generosa sensibilidad con que los baña, al verlos, el simpático Nick Carraway, quien, con toda justicia, se considera a sí mismo na de las pocas personas honradas que he conocido». es, sin la menor duda. Y, también, un ser de una benevolencia y comprensión tan persuasivos que todo aquellc que pasa por su sensibilidad, mejora, pues de alguna manera se contagia de su limpieza y su bondad.

El narrador —visible o invisible— es siempre el personaje al que el autor debe crear con más cuidado, pues de él —de su habilidad, de su coherencia, de su astucia— dependerá la suerte de todos los otros. Si Scott Fitzgerald no hubiera inventado un tamiz tan fino y eficiente como el del sencillo agente de bolsa que nos cuenta la historia, El gran Gatsby no hubiera podido trascender los límites de su truculenta, irreal anécdota. Gracias al discreto Nick, esta anécdota importa menos que la atmósfera en que sucede y que la deliciosa imprecisión que desencarna a sus seres vivientes y les impone un semblante de sueño, de habitantes de un mundo de fantasía.

La salud de Nick Carraway empuja a la irrealidad al enfermizo vecindario del elegante balneario de West Egg, en Long Island. Pero estos personajes, de su lado, sueler ser también propensos a despegar del mundo concreto para refugiarse en los castillos de la ilusión. Es el caso de James Gatz, por ejemplo, el muchacho pueblerino que para vivir mejor su fantasía empieza por inventarse otra identidad: la de Jay Gatsby. ¿Cuál es su verdadera historia? Nunca llegaremos a una certidumbre al respecto; fuera de algunas pistas que nos revela Nick —que su carrera de contrabandista de alcohol y negociante luctuoso prosperó a la sombra de Meyer Wolfsheim, por ejemplo—, nos quedamos en ayunas sobre parte de su biografía. Le seguro, en todo caso, es que, para conocer a Gatsby, más importantes que las peripecias concretas de su vida son sus espejismos y delirios, ya que, como dice el narrador, él «nació de su platónica concepción de sí mismo».

Hijastro de una larga genealogía literaria, Gatsby es un hombre al que un agente fatídico, inflamando su deseo y su imaginación, pone en entredicho con el mundo real y dispara hacia el sueño. Como al Quijote las novelas de caballerías y a Madame Bovary las historias de amor, a Gatsby son Daisy y su entrevisto mundo de gentes ricas los que le hacen concebir un mundo sustitutorio del real, una realidad de pura fantasía que, luego —como la secta del relato borgiano Tlön, Uqbar, Orbis Tertius—, intentará filtrar en la realidad objetiva, encarnar en la vida. Igual que sus ilustres predecesores, el ingenuo idealista —en la más prístina acepción de la palabra— verá cómo la realidad despedaza su ilusión antes de arrebatarle la vida. La grandeza de Gatsby no es aquella que le atribuye el generoso Nick Carraway —ser mejor que todos los ricos de asistencia, viejos apellidos que lo desprecian— sino estar dotado de algo de lo que éstos carecen: la aptitud para confundir sus deseos con la realidad, la vida soñada con la vida vivida, algo que lo incorpora a un ilustre linaje literario y lo convierte en suma y cifra de lo que es la ficción. Por su manera de encarar la realidad, huyendo de ella hacia una realidad aparte, hecha de fantasía, y tratando luego de sustituir la auténtica vida por este hechizo privado, Jay Gatsby no es un hombre de carne y hueso, sino literatura pura.

También Daisy es un personaje deliciosamente inmaterial, una linda mariposa que revolotea, indiferente, por una vida que es para ella sólo forma, superficie, juego, diversión. Su egoísmo es tan genuino y natural como su canta de muñeca y nada tiene de extraño que sea incapaz de seguir a Gatsby en su quimérico empeño de abolir el pasado, renegando del amor que en algún momento debió sentir por su marido, Tom Buchanan. La estructura mental de Daisy está hecha para el coqueteo o el discreto ulterio, es decir, para las fantasías más o menos convencionales y rampantes, pero lo que Gatsby quiere de ella —el amor-pasión, la locura amorosa— está totalmente fuera de sus posibilidades. Por eso, al fin se resigna a quedarse con su marido, el inepto —pero también inofensivo— Tom Buchanan.

Tom debería ser algo así como el malvado de la historia, por su moral hipócrita, sus prejuicios racistas y su cinismo. Pero, gracias al generoso intermediario que nos refiere y muestra al personaje —Nick Carraway—, las negras prendas de Tom se decoloran y disuelven en simple estupidez y mediocridad. A fin de cuentas, más que odioso, el marido de Daisy nos resulta risible.

Según Hemingway, Scott Fitzgerald vivió fascinado por los ricos, a quienes creía «distintos» de los demás seres humanos. Y es sabido que, en el corto período en que fue rico él mismo, gracias al éxito extraordinario de su primera novela, A este lado del paraíso (1920), él y Zelda vivieron una vida de extravagancia y derroche equiparable a la que lleva a cabo Jay Gatsby para atraer la atención de la muchacha que tuvo y que perdió. Pero lo cierto es que, en El gran Gatsby, el mundo de las mujeres y hombres con fortuna no parece distinguirse de manera esencial del de los otros mortales, salvo por detalles cuantitativos: casas más grandes, caballos, autos más modernos, etc. El único que aprovecha las posibilidades que brinda el dinero para despegar de la vida municipal de los hombres comunes hacia ciertas formas espectaculares y paradigmáticas de existencia, no es un rico auténtico, sino un postizo, un «parvenú»: Gatsby. Los ricos verdaderos de la historia, como Tom, Daisy o la golfista Jordan Baker, parecen gentes tan previsibles e insustanciales como la mesocrática Myrtle o su esposo, el confundido asesino Mr. Wilson. De tal manera que si aquello que Hemingway le atribuyó —y tan cruelmente, en la parodia que hizo de él en su relato Las nieves del Kilimanjaro—, vivir obsesionado por la superioridad que confería la riqueza, era cierto, en esta novela al menos, Scott Fitzgerald no lo demostró.

La mitología humana que de algún modo destaca en el libro no es la que rodea al rico, sino al marginal, al hombre de vida turbia y solapada, que opera y prospera en contra de la ley. Es el caso de Gatsby, por supuesto. Y también el del caricatural Meyer Wolfsheim, cuyo paso por la historia, aunque fugaz, es memorable, pues deja tras de sí un relente de catacumba, delito, violencia y tipos humanos fuera de lo común, que intrigan al lector. Pero esta curiosidad tan bien creada, el libro no llega a satisfacerla, pues sólo deja entrever de paso y a hurtadillas la existencia de ese submundo delictuoso, algo así como el sótano lóbrego y lleno de alimañas de la sociedad donde los ricos perpetran sus vidas de agitada inconciencia. Son alimañas, desde luego, porque transgreden la norma social, pero son también gentes interesantes, intensas, que saben del riesgo y del cambio, en los que vivir significa todo menos rutina y aburrimiento. Por eso, aunque merezcan ir a la cárcel, el lector no vacila en preferir a Gatsby y a su pintoresco mentor que a sus insustanciales congéneres. Ellos no sólo proceden de la realidad histórica del tiempo que describe la ficción —ya que los locos años veinte fueron, también, años de rufianes— sino, sobre todo, de Conrad y del folletín romántico, es decir, de la tradición literaria.

Acaso ésa podría ser una buena definición de El gran Gatsby: una novela muy literaria. Es decir, muy escrita y muy soñada, en la que la irrealidad, congénita al arte narrativo, es algo así como una enfermedad o vicio compartido por muchos de sus protagonistas y la impalpable sustancia con que ha sido amasado de pies a cabeza y lanzado a vivir, el héroe, James Gatz, alias Gatsby.

Como todos los relatos y novelas que Scott Fitzgerald escribió, esta ficción también nos da la impresión de haber quedado inconclusa, de que alguien o algo faltó para darle esa esfericidad suficiente y compacta de las obras maestras. Pero la inconclusión, en El gran Gatsby, tiene una razón de ser, pues es también atributo del mundo que describe, de los seres que inventa. En éstos y en aquél hay un vacío, algo que no llegó a cuajar del todo, que se quedó a las puertas del horno, una indefinible sensación de que la vida entera se quedó a medio hacer, que se escurrió de las manos de la gente cuando iba a ser una vida plena y fértil. ¿Es el secreto del éxito de El gran Gatsby haber mostrado en una ficción el inacabamiento de una época, su romántica condición de promesa incumplida? ¿O lo que Scott Fitzgerald encarnó en la inconclusión de su historia fue su propio destino, de joven príncipe de la literatura que no llegó a rey? La respuesta justa es tal vez afirmativa para ambas preguntas. Porque, en su caso particular, el genio precoz que escribió A este lado del paraíso, premonición de una futura obra maestra que nunca hizo, prefiguró trágicamente el tiempo en que su anunciado talento se desperdició y frustró, un tiempo que, a fin de cuentas, no fue otra cosa que el palacete de Gatsby: un castillo en el aire.

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Suave es la noche (Francis Scott Fitzgerald)

Dice mi solapa de Suave es la noche que Francis Scott Fitzgerald "ha retratado como nadie a la clase alta estadounidense en el periodo de entreguerras".

Si pensamos bien esta frase, creo que habría que aplicársela más bien a un buen fotógrafo profesional, a un redactor de artículos de serie b en la columna de un periódico de la época o en un grabador con piedra y cincel. Pero no en un "clásico del siglo XX" (bajotítulo de la colección). Siempre he pensado que la verdadera literatura, el "arte literario" o los "clásicos" son aquellos que sobreviven al paso del tiempo y trascienden el tema del que parten. Decir lo ut supra mencionado de Scott Fitzgerald es casi como decir de Goya que "retrató como nadie a la familia de Carlos IV durante su reinado". Los que conozcan a fondo la obra de Goya sabrán el sentido del "como nadie", pero no arroja luz ninguna en la oscura estepa mental del ignorante…

Suave es la noche no es, para mi gusto, un retrato de la clase alta estadounidense en el periodo de entreguerras, por más que la novela esté ambientada en dicho periodo y por más que sus protagonistas pertenezcan a ese oscuro segmento poblacional que es la clase alta estadounidense. Si así hubiese sido, no me habría encandilado desde el principio hasta el final a lo largo de 526 páginas. Cambien el título por: "Estudios inéditos acerca del comportamiento de la clase social alta estadounidense en el periodo 1914-1939". La verdad es que no creo que fuese muy interesante.

Suave es la noche es un pausado retrato del género humano, no te importe la raza ni el color de la piel. Las inquietudes, sinvivires y sin amares de los personajes son los de los seres humanos, no los de la clase alta norteamericana. Dick Diver es un hombre que, en su empalabrado camino de 526 páginas pasa de ser un joven prometedor con el futuro que desee a sus pies, a un hombre entrado en años, que no ha conseguido completar ninguno de los proyectos con que soñaba de joven y que se ve, cuando echa la vista atrás con ojos de diacrónica melancolía, como la versión errada y defectuosa de lo que fue antes. El lector asiste con él, lenta e casi imperceptiblemente a este cambio. El declive de Dick Diver se va insinuando en sus acciones, en su lenta escisión con el mundo que le rodea -y en el que tan bien se desenvolvía al principio-, en su incapacidad para acometer hazañas y enderezar entuertos al final de su vida y en el conocimiento que traba con palabras como "renunciar", "ceder", "resistir" y "soportar".

Nicole, su mujer, es una joven estupenda y maravillosa pero que estuvo ingresada en un hospital psiquiátrico durante su juventud, debido a las secuelas que en ella habían dejado los abusos sexuales de su padre. Nicole tiene dos caras: la enferma y la recuperada, que se entretejen en torno a su marido, Dick, formando una red tensa y resistente de la que él no es capaz de (querer) escapar. Nicole tiene comportamientos de pasiva-agresiva al más puro estilo Mia Farrow, pero también tiene arrebatos adolescentes, dudas más femeninas que una tienda de ropa interior, ansias de ser siempre hermosa, preocupaciones acerca de lo que los demás piensen de ella… El retrato de esta pareja es tan humano que llega a hacerse doloroso a través de las palabras.

Además, tenemos a Rosemary, la lánguida, ingenua e impávida actriz; al alcohólico señor North, a Mary la trepadora; al escritorzuelo de masas McKisco y a algún impasible americano más que pasa sin hacer ruido por el relato. Todos estos personajes, descritos y concretados hasta el más íntimo detalle, son en realidad, vehículos que Scott Fitzgerald utiliza para lanzar a la cara del lector reflexiones sobre el ser humano, descripciones preciosas y perfectas de algunos sentimientos, argumentaciones más que lógicas sobre las causas de posibles comportamientos… en definitiva, utiliza a todos estos personajes para “retratar como nadie al género humano de cualquier época”. Leída hoy, parece casi una defensa de la inmutabilidad del ser humano. Miren si no, la riqueza de las descripciones de lo que ocurre en el interior de cada ser (y qué plausibles son):

”El príncipe Chillicheff salió de su ensimismamiento –tal vez estaba estudiando una vez más las posibilidades que tenía de salir de Rusia algún día, pensamiento al que había dedicado tanto tiempo que era dudoso que pudiera abandonar de inmediato – y se dispuso a marcharse con ellos.

La trama carece totalmente de importancia, pero es el columpio que utiliza Scott Fitzgerald para mecernos en el vaivén de las decisiones que una persona cualquiera debe tomar a lo largo de su vida. Quizás soy demasiado reiterativa si digo que la novela es una linterna, una antorcha para andar entre la gente. Discutía hace poco con mi dios de las pequeñas cosas sobre si en una novela importaba más el qué se dice o el cómo se dice. Suave es la noche es el ejemplo perfecto de la fusión de ambas both cosas: el cómo se dice es totalmente relevante porque ilumina los rincones de la historia sacando de ella aspectos desconocidos, convirtiendo a los hechos en únicos por la forma en que están contados. Con Dick Diver pasa como con Raskolnikov: somos todos pero no es nadie. Y es que Scott Fitzgerald utiliza comparaciones y descripciones tan explicativas, tan lúcidas y tan gráficas para describir lo que le pasa a sus personajes que, al leerlas, uno piensa que es algo que ya ha sentido en sus propias carnes o que podría llegar a sentir (o lo siente en el instante en que lo lee):

” Siempre estaba perfectamente relajado, preparado para el combate, como ocurre con los buenos deportistas que, cuando están de suplentes, están realmente descansando la mayor parte del tiempo, mientras que alguien menos preparado hace creer que está descansando pero la constante tensión nerviosa le deja físicamente agotado.”

Y bien, se preguntará el lector de reseñas, ¿cómo utiliza don Scott Fitzgerald el lenguaje para conseguir todo eso? Aunque gusta de la frase larga, Scott Fitzgerald consigue un ritmo muy fluido gracias a la precisa construcción de las acciones: cada frase tiene sentido completo (por supuesto), pero deja abierto un interrogante que se contestará en la frase o trozo de frase siguiente.

“No es desacertado que se diga de los esquizofrénicos que tienen doble personalidad.” (y aquí el lector se pregunta por qué no es desacertado) “Nicole era alternativamente una persona a la que no hacía falta explicar nada y otra a la que nade se le podía explicar”

O bien esta otra escena:

” En cuanto salió Abe con su paso vacilante, Dick y Rosemary se abrazaron precipitadamente. Les cubría a ambos una especie de polvillo de París a través del cual percibían sus respectivos olores (…) Durante medio minuto más, Dick se aferró a aquel estado. Rosemary fue la primera en volver a la realidad. “

Como podemos ver el “en cuanto” nos remite a algo que sucederá después, así como el “durante medio minuto más” nos da la idea de que sea lo que sea lo que describe la frase que se inicia así, enseguida se verá abortado por otra cosa; es decir, nos hace albergar dos expectativas distintas. Finalmente, “fue la primera en volver a la realidad”, nos abre el interrogante de cómo volvió a la realidad, no nos deja todos los nudos atados.
Pero además, Scott Fitzgerald tiene algunas frases que parecen casi juegos de palabras conceptistas pero que en realidad, son abrasadoramente descriptivas: “tenía la arrogancia propia de los hombres altos de un país de bajos” y “no soy más que un conjunto de muchas personas diferentes, todas ellas muy sencillas” son dos de mis preferidas.

Es cierto que todos los personajes principales de la novela pertenecen a la clase alta norteamericana, es cierto que Scott Fitzgerald fue un conocidísimo juerguista en París; pero lo que no es cierto es que sus novelas sean un retrato de la clase alta estadounidense en el periodo de entreguerras: Scott Fitzgerald retrata al género humano de una forma certera y tan sagaz, que a veces nos duele vernos reconocidos. Es un pulidor de espejos descarnadamente reales. Por eso es un clásico del siglo XX.

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Zelda y Francis Scott Fitzgerald (Kyra Stromberg)

Francis Scott Fitzgerald resume ejemplarmente la mayoría de las virtudes y defectos de su época, hasta el punto de que su asociación con los "felices veinte" o la era del jazz toma rasgos de simbiosis.

Su origen de clase acomodada no le impidió padecer de un fuerte sentimiento de inferioridad respecto a quienes ocupaban una clase superior a la suya y junto a los que trataba de situarse como un igual, no por su dinero sino por su talento. De este modo, la literatura se convirtió en el arma con la que pretendió asaltar las mansiones con vistas a Central Park o las villas de la Riviera francesa. Afortunadamente para sus lectores (y para él mismo) su talento literario estaba a la altura de este empeño por lo que la calidad de su obra está fuera de discusión en nuestros días.

Con un afán tan grande por acceder a lo más selecto de la sociedad de su tiempo, no parecía lógica la elección de su esposa, una hermosa sureña, hija de un hacendado de clase alta de Montgomery. Zelda le habría permitido formar parte de la pequeña aristocracia del lugar, pero no satisfacer sus anhelos de notoriedad, reconocimiento y riqueza a un nivel más amplio.

Por otro lado, Zelda aspiraba a vivir en el lujo indolente en que se había criado, y sin embargo acabó casándose con un escritor que no había publicado más que un puñado de cuentos y que acababa de ver impresa su primera novela. Un escritor que tenía que consolidar su talento prometedor que aún no le impedía vivir en la estrechez.

Sin embargo, el romance culminó (no sin ciertas tensiones) y el sol brilló sobre la estrella de Scott quien comenzó a ganarse una reputada fama a través de sus cuentos (llegó a ser el escritor de relatos mejor pagado de Estados Unidos) y de los adelantos por cuenta de sus futuras novelas que, generosamente, le daba su editor.

De este modo, provisto de fama y dinero, Scott y Zelda pasaron a ser el ingrediente de moda en cualquier acontecimiento social relevante. El despilfarro y el exceso con el alcohol, sus peleas públicas y las consiguientes reconciliaciones no hicieron otra cosa que aumentar la fama de la pareja.

Sin embargo, estos excesos no parecían mermar la calidad de la obra de Scott Fitzgerald quien parecía capaz de captar la imagen de toda una generación, de toda una época caracterizada (en esos ambientes) por el lujo y el desenfreno, el relativismo moral y la falta de principios y compromiso. Scott era capaz incluso de captar ese lado oscuro del glamour y la riqueza, y así lo dejó plasmado en su novela más conocida, El Gran Gatsby, en la que el protagonista esconde el origen de su fortuna incierta y sufre las consecuencias de su éxito, como si de una justicia se tratase que equilibrara la balanza de la vida.

Al igual que en este personaje, la sombra también se cernía sobre Scott ya que sus gastos (rigurosamente contabilizados en su ledger) superaban con creces los ingresos que su obra literaria le reportaba lo que no hacía otra cosa que aumentar la presión que sufría por publicar más relatos y adelantar su próxima novela y, con el fin de aliviar dicha tensión, se sumergía en nuevos viajes y fiestas alcohólicas acrecentando la espiral en que se veía envuelto.

Entre tanto, la vida y personalidad de Zelda siguió su propio curso. En los principios de su relación actuó como el centro de atracción de las fiestas sociales. Su belleza y encanto cautivaban a sus anfitriones, si bien los excesos con el alcohol terminaban por crear ciertas suspicacias. Pasada esta primera época como Miss Fitzgerald, trató de crear su propia personalidad, desarrollando los más diversos intereses. Así, se dedicó (recuperando una afición de su juventud) a la danza de manera intensiva para luego optar por la literatura como forma de consolidar su propia identidad.

 

Siempre ha sido muy discutido el papel de Zelda en la literatura de Scott. Es un hecho probado que el escritor tomó prestado abundante material de los diarios y cuadernos de Zelda (lo que no hizo más que crear un cierto sentimiento confuso en ambos). De ahí que el intento de Zelda por publicar sus pequeños relatos (y su única novela) contaron siempre con cierta desconfianza por parte de Scott. De una parte temía que las obras de Zelda se adueñaran del tema de su próxima novela, de otra temía enfrentarse a ella en este campo en el que él siempre había sido el creador admirado. Así, en ocasiones aconsejó que algunos relatos se publicaran como obras conjuntas, para obtener un mejor precio gracias a su nombre. En otras, aconsejó al editor de Zelda, a espaldas de ésta, que la persuadiera para que cejase en su empeño de publicar su novela.

 

En cualquier caso, y tomara lo que tomara prestado de las ideas de Zelda, el principal papel de ésta en la obra de Scott Fitzgerald es el de modelo de sus personajes femeninos hasta un punto en que es difícil si las protagonistas de sus obras imitan a Zelda o ésta a aquéllas. Un nuevo modelo de mujer, atrevida, autónoma, aflora en sus libros al mismo tiempo que lo hacía en la vida real, flapper era su nombre y Zelda su icono.

 

Finalmente, la inestable vida de Zelda se quebró comenzando una peregrinación por diversos sanatorios, en Europa y Estados Unidos, para tratarla de diversos problemas nerviosos.

 

La relación de la pareja se mantuvo pese al forzoso alejamiento y, casi recíproca indiferencia, que se refleja en la correspondencia que intercambiaban. Las nuevas obras de Scott habían perdido el apoyo de gran parte del público que antaño las acogía con admiración; no en vano, la Gran Depresión había modificado definitivamente el panorama de la sociedad norteamericana. Sus relatos cada vez se vendían a peor precio y los problemas económicos continuaban amenazando la vida de Fitzgerald, de modo que éste buscó el refugio en la única industria que parecía sobrevivir a la gran crisis: Hollywood.

 

En el mundo del cine trató de comenzar una nueva vida marcada por su dedicación, poco fructífera, a la escritura de guiones que apenas verían la luz. Junto a estos trabajos coleccionó pequeñas historias detectivescas en torno a un personaje singular, Pat Hobby, y comenzó a elucubrar sobre su próxima novela, basada en el mundo del cine del que ahora tenía un conocimiento de primera mano.

 

Esta última novela, El gran magnate, sería publicada póstumamente ya que la vida abandonó a Scott en 1940. Zelda le seguiría penosamente ocho más tarde al fallecer en el incendio del sanatorio en el que estaba internada.

 

Scott Fitzgerald escribió siempre desde un cierto hedonismo y con una perspectiva vital claramente superficial; sin embargo, supo incrustar en sus personajes suficientes vetas agridulces que humanizan su carácter dotándoles de una profundidad de la que sin duda carecían muchos de los amigos en que se inspiró. Sus crecientes problemas económicos no hicieron sino poner de manifiesto su escepticismo ante las clases acomodadas y la relación fluctuante que mantuvo con ellas. Este sabor amargo vela el optimista paisaje con que suelen abrirse sus obras y nos adentra en dramas sutiles en los que el lenguaje (para cuyo reflejo escrito tenía gran talento) es capaz de impulsar por sí mismo una trama.

 

Su relación con Zelda refleja igualmente las mismas contradicciones vitales. Deseoso de tener una mujer admirada y de ser envidiado por su causa pero al tiempo, celoso de la sombra que ésta pudiera arrojar sobre su fama. No aceptó los intentos de Zelda por afianzarse como una personalidad propia, empujándola a una crisis psíquica (cuyo origen, no obstante, fue fundamentalmente hereditario) que acabó por hundirla y por destruir su ya delicada relación.

 

Al cabo, esta relación no hizo sino satisfacer sus intereses. Ambos obtuvieron parte de aquello por lo que se habían unido y, ciertamente, conocieron el amor en sus primeros años. Kyra Stromberg narra este proceso de un modo algo desorientado. Culpemos también a la era del jazz, quizá un poco de mareo y desenfoque sean apropiados cuando se habla de esta vibrante pareja y el tiempo en que vivieron.

Confieso que he leído
Al caer la noche

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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EL GRAN GATSBY (Francis Scott Fitzgerald)

Jay Gatsby era un joven millonario con un pasado dudoso. No tiene enlaces con la sociedad que le rodea y nadie sabe como consiguió su fortuna. Algunos creen que lo ganó vendiendo alcohol ilegalmente. También hay rumores que se trata de un asesino a sueldo o un espía alemán de la primera guerra mundial o que quizás es un sobrino del emperador Guillermo.

De todas formas y a pesar de las grandiosas fiestas que organiza, donde tolera numerosos intrusos, Gatsby es un hombre solitario. Todo lo que quiere realmente es revivir el pasado para reunirse con el amor de su vida, Daisy. Pero Daisy ahora está casada con el respetable millonario Tom Buchanan con quien tiene una hija. Para Gatsby esto casi no es ningún problema en seguir con su amor hacia Daisy y Daisy, sintiéndose atrapada y aburrida en su matrimonio, se ve elogiada por la atención de Gatsby.

El narrador de la historia es Nick Carraway, un joven banquero de Wall Street en lo alto del mercado floreciente de los años \’20. También es primo de Daisy. Carraway se muda a un pequeño bungalow cerca de la mansión de Gatsby. Con el tiempo Carraway se da cuenta que los ricos – por muy respetables que pueden parecer a la superficie – son de verdad personas sin cuidado y Tom y Daisy no son ninguna excepción.

Tom tiene una amante, Myrtle, la mujer del dueño de la estación de servicio en el descampado entre la fabulosa mansión en Long Island y la ciudad de Nueva York aproximadamente donde hoy en día se encuentra el barrio de Queens. Una tarde tras una confrontación entre Tom y Gatsby a causa de Daisy esta atropelle a Myrtle en su camino de vuelta desde la ciudad. Tom confunde de manera inintencionada al marido de Myrtle en primera instancia, indicando que la culpa del accidente era de Gatsby. Georg Wilson, cuyo corazón está roto por la muerte de su mujer, luego de inquirir violentamente a Tom en su casa con un revolver confirma que es Gatsby (hecho que se revela de la propia boca de Tom al mantener un diálogo casual con Nick al final de la novela) y le pega en consecuencia un tiro y luego se suicida.

Nadie, ni siquiera Daisy, aparece en el funeral de Gatsby. Este es enterrado con el mismo misterio con que había aparecido de repente.

versión española de Wikipedia

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