Los herederos (WILLIAM GOLDING)

heredWilliam Golding (nacido en 1911) es considerado hoy como uno de los más sobresalientes escritores ingleses. Durante mucho tiem­po he pensado que Los herederos (The Inheritors) es su mejor libro, y me satisface decir que es también su libro más genuino de ciencia ficción. Como he dicho en la introducción, defino la cf como una narrativa que explota las perspectivas imaginativas de la ciencia moderna. The Inheritors es un buen ejemplo de lo que entiendo por «perspectivas imaginativas». La novela no se publicó como cf, y en general no se la considera como tal, aunque para mí es un precioso ejemplo de una clase fácilmente reconocible de ciencia ficción. Es probable que no hubiera podido ser escrita sin los descubrimientos de la paleoantropología, el estudio de los fósiles y los utensilios de la Edad de Piedra. La perspectiva que explota Los herederos es la del obscuro abismo del tiempo pasado tal como nos ha sido revelado por la ciencia moderna.

Comienza con una cita de H. G. Wells de Outline of History: «Sa­bemos muy poco sobre la fisonomía del hombre de Neanderthal, pero lo que conocemos … parece sugerir una vellosidad extrema, una fealdad, o un aspecto de repulsiva rareza, sobre todo por la frente angosta, las cejas hirsutas, el cuello simiesco y la estatura baja…». Golding hace más vivida la descripción de Wells invirtiendo todos los valores implícitos en las palabras «fealdad», «repul­siva» y «baja». Estos Neanderthal son gente; simpatizamos con ellos. Constituyen un gran grupo familiar: la anciana cuida el fuego, el anciano decide cuándo trasladarse de las zonas frías a las cálidas, los hombres y las mujeres cazan y recolectan, y todos cui­dan de los niños. Entre los hombres jóvenes se encuentra Lok. Es grande, ágil y des-preocupado, dulce por naturaleza, pero no muy inteligente. Se ríe mucho y es bueno con la pequeña Liku. Segui­mos a la familia cuando ésta regresa a su cueva de verano, cerca de una cascada. Sentimos la enorme tristeza del pueblo cuando el an­ciano enferma, muere y es enterrado bajo el suelo de la cueva. Aun­que utilizan pocas palabras, y todo es narrado en términos muy ele­mentales, Golding nos obliga a reconocer que la cultura de los Neanderthal es humana. Adoran a una diosa–madre (Liku lleva una raíz torcida, de forma femenina, a la que le llama Pequeña Oa o Pequeña Diosa), son fundamentalmente vegetarianos y se sienten culpables cuando, ocasionalmente, comen carne de carroña.

Algo nuevo sucede en sus vidas inocentes. Uno de sus miem­bros desaparece, y lentamente se van percatando de que ha sido asesinado por extraños. A la zona han llegado hombres –hombres extremadamente delgados y lampiños–, equipados con canoas, lanzas, arcos y flechas. Son los Herederos, los primeros seres huma­nos de nuestro tipo (aunque hasta el último capítulo sólo los cono­cemos a través de los Neanderthal). Uno a uno, todos los Neander­thal son asesinados. Sólo quedan con vida Lok y una mujer, Fa. No obstante su terror, tratan de rescatar a un bebé de manos de los re­cién llegados. Fa es asesinada y arrojada por la cascada. Se produce entonces una escena extraordinaria, en la que por primera vez ve­mos desde fuera al pobre y solitario Lok: «La criatura roja estaba de pie al borde de la terraza sin hacer nada … la barra de la ceja le bri­llaba a la luz de la Luna, sobre las grandes cavernas donde se escon­dían los ojos…». Lok llora, por él mismo y por su especie, y el lector también tiene ganas de llorar por esa criatura desolada y por la Caída del Hombre. Ese pasaje puede leerse de muchas maneras, pero, al igual que el resto del libro, es intensamente conmovedor.

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La isla del tesoro (Robert L. Stevenson)

Jim Hawkins, ya adulto nos narra la historia según la recuerda, a excepción de tres capítulos que relata el Doctor Livesey.

El libro está dividido en seis partes con un total de 34 capítulos, no muy largos y con un lenguaje bastante técnico respecto al barco y la navegación y con algunas palabras ya en desuso.

La historia transcurre hace varios siglos, cuando embarcarse para hacer un largo viaje era una gran aventura.

Stevenson tenía 30 años cuando comenzó a escribir La Isla del Tesoro, su primer éxito como novelista. Los quince primeros capítulos fueron escritos en Braemar en las Tierras altas escocesas en 1881. Era un verano tardío, frío y lluvioso y Stevenson estaba con cinco miembros de su familia de vacaciones en una casita en el campo. El joven Lloyd Osbourne, hijastro de Stevenson, pasaba los días lluviosos pintando con acuarelas. Recordando esos momentos, Lloyd escribiría:

A los tres días de dibujar el mapa de Lloyd, Stevenson había escrito los tres primeros capítulos. Iba leyendo cada uno en voz alta a su familia que le hacía sugerencias. Lloyd insistió en que no hubiera mujeres en la historia. El padre de Stevenson se divertía como un niño con la historia y pasó un día escribiendo el contenido exacto del cofre marino de Billy Bones, que Stevenson adoptaría palabra por palabra. Fue también su padre quien sugirió la escena donde Jim Hawkins se oculta en el barril de manzanas. Dos semanas más tarde, un amigo, el doctor Alexander Japp, llevó los primeros capítulos al editor de la revista Young Folks, que se mostró de acuerdo con publicar un capítulo semanal. Stevenson escribiría un capítulo al día durante quince días, pero llegado cierto momento comenzaron a faltarle las palabras.

Cuando el otoño llegó a Escocia, los Stevenson dejan sus vacaciones de verano y regresan a Londres. Stevenson tenía un problema crónico en los bronquios. Preocupado por el plazo de entrega viajó en octubre a Davos, Suiza, donde la interrupción del trabajo y el aire limpio de montaña obran maravillas. Ya recuperado, fue capaz de seguir a razón de un capítulo por día y pronto termina la historia.

Durante su lanzamiento inicial en Young Folks entre octubre de 1881 y enero de 1882 la historia no logró atraer la atención ni sirvió para aumentar las ventas de la revista. Pero cuando salió a la venta como libro en 1883 no tardó en hacerse muy popular. El primer ministro Gladstone, se cuenta, permaneció despierto hasta las dos de la madrugada para terminarlo. Los críticos la elogiaron profusamente. El novelista americano Henry James alabó éste «…perfecto como un juego de muchachos bien jugado». Gerard Manley Hopkins escribió «creo que Stevenson muestra más genio en una página que Sir Walter Scott en todo un volumen».

Stevenson unió a los piratas para siempre con mapas, goletas negras, islas tropicales, y marineros con una sola pierna con loros sobre sus hombros. El mapa de tesoro con una X que marca de la posición del tesoro enterrado es uno de los apoyos piratas más familiares «, sin embargo es completamente una invención ficticia que debe su origen al mapa original de Stevenson. El término «La Isla del Tesoro» ha pasado a la lengua como una frase común, y a menudo es usada como un título para juegos, paseos, sitios, etc.

Gracias a las cartas y ensayos de Stevenson, sabemos mucho sobre sus fuentes e inspiraciones. El catalizador inicial era el mapa de la isla, que era esencialmente el argumento entero a él como el autor, como él dijo. Envió el mapa con su manuscrito al editor del libro, que más tarde dijo que el mapa se había perdido. Stevenson no tenía ninguna copia y quedo devastado. En los días anteriores a las fotocopiadoras, tuvo que construir otro mapa tediosamente desde el principio, asegurándoselo emparejó la trama esta vez. El nuevo mapa carecía del encanto del primero y nunca fue realmente la isla del tesoro de Stevenson, sin embargo, también se refirió a los recuerdos de las obras de Daniel Defoe, Edgar Allan Poe «El escarabajo de oro», y Washington Irving «Wolfert Webber», Stevenson dijo:

Stevenson dijo que la novela At Last, de Charles Kingsley también fue una inspiración clave. La idea para el personaje de John Silver El Largo fue inspirada por su amigo de vida real William Henley, escritor y editor. Henley perdió una pierna por tuberculosis en un hueso; El hijastro de Stevenson, Lloyd Osbourne, describió a Henley como:

Stevenson nunca había tropezado con un verdadero pirata en su vida. Sin embargo sus descripciones de navegación y marineros y la vida de mar son muy convincentes. Su padre y su abuelo eran a la vez faro-ingenieros y viajó con frecuencia en torno a la inspección de los faros de Escocia. Dos años antes de escribir La Isla del Tesoro, Stevenson había cruzado el Océano Atlántico. Tan auténticas eran sus descripciones que en 1890 William Butler Yeats dijo a Stevenson que La Isla del Tesoro era el único libro del cual su abuelo marinero había tenido nunca ningún tipo de placer parecido.

El protagonista es un adolescente que narra en primera persona sus aventuras, su nombre es Jim Hawkins y trabaja en la posada de sus padres llamada El Almirante Benbow. Él es un chico valiente, inteligente e ingenioso.

Un día llegó a la posada un viejo marinero con una gran cicatriz llamado Billy Bones. Al morir este Jim se hace con un viejo libro de cuentas y un mapa. Por eso se entera de la existencia de un tesoro legendario. Tras esta revelación Jim junto al doctor Livesey y el caballero Trelawney preparan una expedición para ir en su búsqueda.

Para ello el caballero compra un barco llamado “La Española”, pero al principio tiene problemas para encontrar tripulantes, hasta que un día se encuentra por casualidad con Long John Silver que es un antiguo marinero, pero que tiene muchas ganas de volver a la mar. Este es contratado inmediatamente como cocinero y él a su vez encuentra al resto de la tripulación que según sus palabras son unos “lobos de mar”. Así en tan extraña compañía se inicia la larga travesía.

Durante la travesía, Jim se cayó a un barril de manzanas, y allí escondido escuchó como Silver, preparaba un motín.

A partir de ahí la tripulación se divide en dos frentes. Uno con Jim, Redruth, Trelawney, Livesey, Gray, Humter, Joyce y el capitán Smollet. Y del otro lado el resto de la tripulación, borrachos la mayor parte del tiempo, dirigidos por John Silver, un pirata que a pesar de tener una pata de palo es muy ágil y posee una gran inteligencia.

El primer grupo, al llegar a la isla consigue salir del barco y refugiarse un una cabaña llamada la “Estacada”, una casa de madera con una empalizada para la defensa que había sido construida por el capitán Flint.

Cuando llevaban unos días en la isla la situación dio un gran cambio. Jim encontró a Ben Gunn que era un pirata que Flint dejó abandonado en la isla. Otro día Jim se marchó de la “Estacada”, sin decir nada a nadie y se dirigió al barco con la intención de recuperarlo ya que había quedado en poder de los piratas, y era su único medio de poder salir de la isla. Gracias a la astucia y a la buena suerte logro hacerse con el control y llevar la goleta a otra cala donde la dejo varada, para que los piratas no la pudieran encontrar.

A su regreso a la “Estacada”, Jim se llevo una gran sorpresa, ya que en lugar de encontrar a sus amigos. A quien encontró fue a Silver con los piratas que quedaban, que no eran muchos. Allí se entero de que sus amigos habían hecho un trato con Silver, quien a cambio de dejarles salir se quedaba con el mapa, la cabaña, las provisiones, la pólvora y la promesa de que el doctor visitaría a los enfermos.

Los piratas, decidieron ir a buscar el tesoro, llevando a Jim como prisionero. Al llegar al lugar señalado en el mapa, se encontraron con que el tesoro no estaba. Alguien se les había adelantado. En ese momento aparecen los amigos de Jim rescatándole y tomando como prisionero a Silver.

Fueron a la cueva de Ben Gunn, que es donde este había trasladado el tesoro. Tardaron casi un día en poder transportar el tesoro a “La Española.”

Asi emprendieron el viaje de regreso. Llegando a Bristol, tan solo unos pocos. Silver logra escapar con una parte del tesoro.

Al recordar el viaje y que parte del tesoro seguía donde Flint lo enterró, Jim hace esta reflexión: “Ni atado con cadenas a una pareja de bueyes podría nadie obligarme a volver a aquella maldita isla”.

Como se trata de una novela cuyos derechos pertenecen ya al dominio público, aquí os dejamos un enlace para descargarla. Si no es así, rogamos que alguien avise.

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Barbagrís, de BRIAN W. ALDISS

Algunas partes de esta novela me recuerdan After London (1885), una pequeña obra maestra del escritor victoriano Richard Jefferies. En el libro de este último –que podría considerarse como una de las primeras novelas inglesas de desastre–, Londres ha sido ba­rrido por algún obscuro cataclismo, y desde entonces la naturaleza ha recobrado el terreno que había perdido. La primera parte de la narración es una prolija descripción de las plantas y de los animales salvajes que pululan en los abandonados condados provinciales. En Barbagrís (Greybeard), de Brian Aldiss, la especie humana ha sido golpeada por una terrible epidemia de infertilidad: durante déca­das no ha nacido ningún niño, la población disminuye debido a su propio proceso natural de desgaste, y el paisaje termina parecién­dose al imaginado por Jefferies:

          

La vida salvaje invadió la Tierra con más fuerza que nunca…

La Tierra era realmente pródiga … Había cobijado diferentes tipos de vida a través de diferentes épocas. Sin embargo, la fauna y la flora de aquel inútil pedazo de tierra europea conocido como Islas Británicas, nunca pudieron recuperar totalmente la riqueza que habían disfrutado antes del Plioceno. Durante aquel período, los glaciares descendieron … Pero el hielo se retiró nuevamente y la vida lo persiguió hasta las fortalezas del norte … como una gran mano que se abre, un torrente de vida inundó las tierras hacía poco arrasadas. La explotación del hombre sólo había afectado en parte la fertilidad de ese torrente.

Ahora el torrente era una marea de pétalos, hojas, pieles, esca­mas y plumas. Nada podía detenerlo … El caudal aumentaba to­dos los veranos mientras seguía los senderos y hábitos ya estableci­dos, en muchos casos, en las lejanas épocas anteriores a la fugaz aparición del Homo sapiens…

El anciano del título es Algy Timberlane, uno de los hombres más jóvenes del mundo, a pesar de tener más de cincuenta años. Ha nacido precisamente antes del «Accidente» de 1981, cuando las armas nucleares estallaron en la órbita terrestre y produjeron la este­rilidad universal. Ahora estamos en el año 2029, y Algy y su mujer, Martha, viven en la pequeña aldea de Sparcot, junto a las orillas del Támesis. Allí han pasado toda una década, durante la cual el mundo se ha vuelto salvaje y boscoso. El resto de la población tiene sesenta años o más –la mayoría de los contempo-ráneos de Algy murieron en la infancia a causa de enfermedades producidas por la radiación– y el entorno es para todos objeto de superstición y miedo. Hay rumores sobre duendes y hadas, saqueadores escoce­ses, voraces hordas de armiños y crías de tejones salvajes. Algy y un pequeño grupo deciden abandonar Sparcot, desesperanzados, y dirigirse río abajo en una embarca-ción, hacia el mar. Viajar parece seguro otra vez, ahora que el país se ha vuelto tranquilo y más viejo. Será el último viaje de descubrimiento.

La novela está muy bien estructurada. Mientras Algy sigue su camino, Támesis abajo, se cuenta su vida anterior en capítulos al­ternos y en orden inverso al de los acontecimientos. Así, cuando llega al final de su viaje, nosotros llegamos a su infancia. Por el ca­mino, el grupo se encuentra con extraños personajes locales, como Norsgrey, a quien confunden con un gnomo, o el curandero Bunny Jingadangelow, quien vende sueros de rejuvenecimiento y tiene una barraca en Swifford Fair, donde exhibe a un «joven» que, en realidad, es un anciano castrado y hábilmente maquillado. Llegan a Oxford, donde unos cuantos ancianos eruditos llevan todavía una vida de «estudio», y luego atraviesan el Mar de los Ladridos. El li­bro termina con una señal de esperanza. Las leyendas de las hadas del bosque son confirmadas: unos pocos niños sobreviven en la so­ledad. Algy comprende, con tristeza, que debe permitírseles vivir a su manera, alejados de una civilización en rápida decadencia que sólo los someterá y explotará como objetos de exhibición.

Brian Aldiss ha escrito muchas novelas de cf después de Barbagrís. A raíz de la publicación de Informe sobre probabilidad A (1968) se lo identificó con la «nueva ola» británica. Una de sus últimas obras es quizá su magnum opus, una trilogía de ciencia ficción que co­mienza con Helliconia Primavera (1982).

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Algo más oscuro que la noche (Thomas Glavinic)

Titulada originalmente en alemán «los trabajos de la noche«, esta novela se editó en España como Algo más oscuro que la noche, seguramente para evitar que su título indujera a confusión con otros temas más prosaicos.

En algunos catálogos han clasificado esta obra como literatura de terror, lo que no hace sino demostrar que las editoriales no leen los libros: sólo los venden. Se trata de una novela inquietante, peor hasta el punto de poder considerarla una obra de terror, sino más bien un juego psicológico sobre la soledad, la importancia de los demás y el olvido.

La premisa inicial de esta novela es  conocida y no muy original: un hombre que por circunstancias desconocidas se queda como único ser vivo en el mundo, y pasa el tiempo rebuscando por todas partes para saber si hay alguien más. La trama fantástica, la posible trama, no existe en absoluto,  aunque en todo momento aparece esbozada. El verdadero centro de la novela es el horror del que se encuentra solo y la devaluación de todo lo que le rodea.

Un día cualquiera, el protagonista despierta y empieza  su rutina habitual. Baja a la parada del autobús, pero el autobús no aparece. No hay personas por las calles, ni animales. Nadie. El silencio se ha adueñado de Viena, la ciudad donde siempre ha vivido. Los periódicos son todos del día anterior. En la radio y la TV tan solo hay ruido, ninguna emisión. Ahí empìeza la búsqueda de los otros y la lucha contra su mente, que es el verdadero y gran enemigo.

 El protagonista no se pregunta lo que ha sucedido. No es eso lo que le interesa, sino la progresiva caída del protagonista en la paranoia, en la disociación del ego, la inevitable inmersión en una locura que sin embargo parece lúcida. ¿Cómo puede alguien soportar la absoluta soledad? ¿Puede un hombre resignarse a no encontrarse nunca más con nadie? ¿A no mantener una conversación? ¿A no sentir un contacto humano, un roce, una caricia, un beso?

El lector asiste a una paulatina desintegración de su personalidad, de la que surge una nueva psique bastante desequilibrada. Glavinic consigue dotar al relato de una atmósfera opresiva en la que el protagonista, a pesar de saberse solo, se asusta hasta de su propia sombra. El desasosiego se instala en su vida y en la mente del lector, acompañando a Jonas en un camino que solo puede terminar con desencanto.

El mundo despoblado tiene una cualidad de pesadilla, saca a relucir todos los miedos ancestrales del ser humano, de modo que la oscuridad se convierte en un enemigo temible, fuente de desconocidos terrores, donde, a pesar de que la razón le dice que no hay nada en ella la mente no puede evitar poblarla de infinitas amenazas.

Y las cosas que lo rodean, todas accesibles y abundantes, todas a su alcance, van perdiendo valor poco a poco, hasta que cambia la escala de cotización. Si en los primeros días de su soledad el protagonista abandonó su viejo coche delante de un concesionario de automóviles deportivos de lujo y cogió el que más le gustó, ahora, poco a poco,se va dando cuenta de que hay ciento, miles de coches como ese y todos al alcance de su mano, peor ninguno contiene recuerdos de su vida, de su novia y de su pasado como lso cntiene el suyo, y vuelve de nuevo en su ´busca, dispuesto a cualquier cosa para mantenerlo en funcionamiento el mayor tiempo posible. Lo mismo sucede con otro objetos: trata de buscar los platos de casa de su padre, y recuperar cuanto sea posible de sus cosas y de su entorno, y hasta va en busca de su novia al extranjerol por ver si puede recuperar algunas de sus cosas.

El problema de la soledad se acrecienta, se descontrola, y afecta a todas las facetas de la vida. El protagonista es diseñador de muebles y lo hace pro gusto, pero cuando se sienta a trabajar, por el placer de trabajar, no puede evitarpensar en para qué´ diseña esos muebles si nadie los construirá, si nadie lo pondrá en su casa. Los demás pueden ser un estorbo, pero son también los que dan algún sentido a lo que se hace.

El final, que no contaré, por supuesto, es toda una legoría de lo que desaparece y lo que no, con una lectura llena de posibilidades en cuanto a las ideas que suscita., En el mundo no quedan ni personas ni animales; sólo plantas. Pero hay una posibilidad, una concreta, de sentirse de nuevo acompañado y al protagonista le hierve la cabeza pensando en ella, en si aún encontrará alguien allí. El final, como digo, es una apoteosis de lo que es la cultura, la Humnidad como conjunto global y la fuerza de las ideas frente a la realidad.

Un libro totalmente recomendable

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El regreso, de Bernhard Schlink

Una vez más, Bernhard Schlink nos obliga a enfrentarnos con el filo de las ideas en una novela que, sin ser propiamente una obra filosófica, emplea la parte profunda de pensamientos cotidianos para construir su trama.

El regreso plantea la lucha presente y el recorrido mítico del hombre por volver a un origen, o a un lugar que al menos le resulte conocido. El protagonista pasa los veranos en casa de sus abuelos paternos, pero nunca ha conocido a su padre, y allí, mientras los ancianos corrigen pruebas de libros que luego edita una pequeña empresa local va conociendo algo de su pasado hasta que un día lee una de esas novelas ínfimas en las que trabajan sus abuelos y se encuentra con la historia de un soldado que regresa a casa después de estar prisionero en Rusia y descubre que su mujer está casada con otro.

La historia, inconclusa, le obsesiona y trata de buscar al autor, quizás proque encuentra algún lejano paralelismo con su propia vida.

Con el paso del tiempo, la obsesión no desaparece y, siguiendo ese hilo, busca más información sobre su propio padre y qué le sucedió en la guerra, hasta encontrarse con sombrías facetas de su pasado, y del de alemania toda. Quizás cabría esperar aquí que Bernhard Schlink cayese en el trillado sendero de los lamentos y las víctimas del nazismo, pero no sucede nada de eso: el protagonista de la novela trata de comprender aquelolos tiempos, lo que la gente hizo y lo que la gente pensó, ya través de diversas andanzas se encuentra con que es tan grave comprender las cosas como no comprenderlas en absoluto.

Y se encuentra con algo aún peor que pone ante el rostro del lector: no hemos mejorad nada ni somos mejores que aquella gente. Cualquier presión mínima o cualquier pequeña penuria puede convertirnos en mezquinos, egoísta y delatores.

Como siempre, Bernhard Schlink, porta un espejo. Pero no lo pasea por el camino como haría Stendhal, sino que lo lleva inquietantemente a cuestas por los laberintos del alma humana hasta obligarnos a reflexionar sobre lo más hondo de la nuestra naturaleza. Quizás pro eso algunos creen entender cierto toque de maldad en lo que este autor escribe: porque no da concesión alguna a lo que debería ser, ni deja resquicio al buenismo que tantas veces nos ataca por la espalda confiscándonos la realidad. Con Schlink todo es tremenda, despiadadamente real.

Con Schlink no hay más demonios que nosotros mismos.

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