Intrusos (Uzma Aslam Khan)

Dia y Daamish se enamoran y comienzan una relación pese a la oposición de sus respectivas madres.

Esta historia de amor no se diferenciaría de cualquier otra de no ser por algunas características, tampoco demasiado originales que le imprime la autora.

Ambientada en 1992 en Pakistán, con diversos saltos temporales al pasado a modo de búsqueda de los motivos que han llevado a la situación actual, la novela intenta relatar además la forma de ser y vivir de un país y unas personas marcadas por los acontecimientos.

Mientras Dia ha permanecido toda su vida sin salir del país, Daamish acaba de regresar de cursar estudios en Estados Unidos, lo que ha cambiado su perspectiva del mundo, aunque al cabo de unas páginas no se percibe de forma significativa para el argumento.

Aún así, la trama incide de vez en cuando en la crítica de costumbres aún vigentes, equiparando los matrimonios concertados con vidas castradas a favor de la riqueza material.

Si bien el romance y los motivos que lo imposibilitan son hasta cierto modo fáciles de predecir y los saltos al pasado no aportan demasiadas sorpresas, las particularidades de los personajes sí resaltan un poco de lo habitual.

La autora ha hecho hincapié en mostrar como es cada uno de los personajes principales, lo que les mueve y les importa.

Día es una joven moderna, que se permite criticar los continuos anuncios que invaden la TV promocionando leches para la piel que hacen parecer más blancas a las mujeres. Ha pasado la vida en un criadero de gusanos de seda, cuyas costumbres la fascinan, así como la historia de la seda, casi obsesionada por la serie de circunstancias que llevaron a su descubrimiento, las luchas posteriores por hacerse con el monopolio etc…

Su madre, Riffat Marasur, es una viuda que se dedica a la sericultura, gobernando su negocio con mano firme y decidida a que su hija se case por amor. Ha pagado el precio de ser una mujer independiente, incluida la viudedad y la incomprensión de quienes la rodean.

Daamish vuelve a casa tras el fallecimiento de un padre al que veneraba, e intenta adaptarse a un mundo que ya no es el suyo. Su obsesión son las conchas que le traía su padre de sus diversos viajes, que tiene etiquetadas y estudiadas.

Su madre, Aru, es una mujer resentida, en apariencia sumisa, que al llegar a la viudedad decide tomar las riendas de la vida de su hijo para mantenerle a su lado, intentando concertarle un matrimonio con Niri, una amiga de Dia en lucha entre las tradiciones y la modernidad.
En la reunión para conocerse, Daamish elige a la muchacha equivocada.

Salaamat es hijo del cocinero de las Marasur, obsesionado por los autobuses y su diseño, por las tortugas y sus costumbres, rebelde, revolucionario y desengañado, que también se enamora de Dia.

Es el desarrollo de estos personajes principales, sus personalidades, motivaciones y decisiones lo que imprime el mayor interés a una historia conocida hasta en sus sorpresas que atrae precisamente por la minuciosidad que dedica a su estudio.
Aunque a ratos se puede hacer algo cansina, mantiene un relativo interés por los personajes hasta el final.

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El imperio de los lobos (Jean-Christophe Grangé)

Mientras Anna Heymes cree estar enloqueciendo porque no reconoce a su marido e intenta recomponer su vida, el capitán Paul Nerteaux investiga los terribles asesinatos de tres jóvenes trabajadoras del barrio turco de París, recurriendo Schiffer, un viejo ex policía que trabajó en el lugar.

La historia comienza con un misterio que se mantiene durante el examen médico de Anna, incapacitada para recordar el rostro de su marido pero que le resulta familiar un hombre que va a comprar bombones a su tienda y no parece conocerla.

Igualmente interesa la investigación de Paul con ayuda de Schiffer, incluso cuando se ve venir que ambos casos están relacionados y se va adivinando lo que le ocurre a Anne antes de que ella misma lo sepa.

El autor mantiene un ritmo de interés constante, no se alarga en las escenas de acción, explica la situación mental de Anna y las diversas pruebas a que se la somete con claridad, sin dar sensación de pegote, sobresaliendo el encuentro con el profesor Alain Veynerdi, experto en “leer” el pasado en las huellas que ha dejado la vida en el cuerpo. Mediante análisis de sangre, exámenes de cabello etc… el médico llega a una conclusión que ya se ha adelantado, sin anular la fuerza de la revelación vista a través de Anna.

Centrada también en la descripción del barrio turco dentro de París, muestra un mundo distinto, violento, corrupto, con sus propias leyes y costumbres, que Schiffer conoce muy bien, logrando que quien lee se sumerja en su interior.

Grangé presta especial atención a la descripción de los personajes, sobre todo los dos policías protagonistas y sus diferentes formas de ser:

A Paul Nerteaux se le muestra como un idealista que se siente afectado incluso físicamente ante la violencia desplegada por Schiffer; un romántico que se enamoró de Reyna, una delincuente que pretendía regenerar y de la que está divorciado.

Mientras, Schiffer es un hombre duro, un jubilado al que Nerteaux, pese a buscarle, teme: “A su manera, el Cifra era el padre de todos los policías. Mitad héroe, mitad demonio, encarnaba por sí solo lo mejor y lo peor, la rectitud y al corrupción, el Bien y el Mal. Una figura fundadora, un Gran Todo al que Paul admiraba a su pesar, como había admirado, desde el fondo de su odio, a su alcohólico y violento padre”.

Schiffer es una obvia figura paterna para Paul, que el autor parece acentuar al referirse siempre a uno por su apellido y al otro por el nombre, destacando aún más la diferencia entre quien cree que la ley soluciona las cosas y quien sabe que a veces es necesario transgredirla para hacer justicia.

Los personajes femeninos, Anna en lucha por recuperar su vida y Mathilde Wilcrau como la psiquiatra que la ayuda, son fuertes, con personalidad y motivaciones.

Resaltar que cuando crees conocer las principales tramas, el autor sorprende con un cambio de registro que incluye violencia casi gore, motivaciones inesperadas y la recuperación de la memoria de Anna…

Sobresale de la mayoría de las publicaciones actuales por estar correctamente escrita, incluyendo afortunadas metáforas y descripciones, tiene un argumento a ratos intrigante llevado con buen pulso y casi sin exceso de texto y, sobre todo, personajes interesantes en su fuerza y debilidad, con una excelente construcción que incluye a los secundarios.

Diferente.

– “El imperio de los Lobos ha sido llevada al cine en 2005 por Chris Nahon, protagonizada por Jean Reno (que también intervino en la adaptación de otra novela de Grangé, “Los ríos color púrpura”), Jocelyn Quivrin, Arly Jover y Laura Morante, como Schiffer, Paul, Anna y Mathilde.

http://reginairae.blogcindario.com/2005/12/00246-el-imperio-de-los-lobos-de-jean-christophe-grange.html

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Juntos, nada más (Anna Gavalda)

Camille, Paulette, Philibert y Franck son cuatro personas solitarias y desarraigadas cuyas vidas cambian al relacionarse.

Aunque la principal protagonista es Camille, y es a su alrededor que se desarrollan todos los acontecimientos, también el resto de personajes: Philibert, Paulette y Franck, están bien definidos.

Todos son personas solitarias, con pasados familiares borrascosos y destructivos, que arrastran heridas que se manifiestan de formas diferentes.

Philibert es un aristócrata venido a menos y despreciado en su núcleo familiar, enfermizamente tímido en parte debido a su tartamudez y baja autoestima.

Franck es un joven hosco, sin cultura, básico, incapaz de mostrar el amor que siente por su abuela Paulette, torturado por la culpa de abandonarla en el asilo.

Paulette es quizá el personaje menos atendido de la novela aunque comienza con una impresionante escena en que se relata la degeneración de la existencia en la vejez y muestra el patetismo de la mujer al intentar ocultar con ropa los golpes que le producen las caídas accidentales.

Camille es una joven casi anoréxica, que ha abandonado la pintura y a su familia, que trabaja como señora de la limpieza y “adopta” a todos aquellos seres que se encuentra, tan indefensos como ella, siendo la “responsable” de ellos, asumiendo un papel casi maternal con el resto de los personajes.

La autora consigue hacerlos creíbles, cercanos y conmovedores mediante los diálogos que mantienen entre sí, recurriendo a descripciones casi exclusivamente cuando se trata de lugares (la casa de Philibert, la de Paulette…) e imágenes.

Entre éstas destacan los cuadros que pinta Camille, de cuya técnica y resultados hace una magnífica presentación en el capítulo ocho, cuando la joven dibuja sobre los manteles de un restaurante chino, o los platos que cocina Franck en su trabajo (y luego Camille, que llega a decorar los postres).

También hay escenas impresionantes cuando muestra la vida de Paulette en el asilo, sobre todo al compararla con los recuerdos en su casa, cuidando el jardín.

La novela baja en interés (para mí) cuando, hacia la página doscientas, se centra en el naciente romance entre Camille y Franck ( que, evidente y previsiblemente, habían comenzando casi odiándose), abandonando a su suerte a un personaje tan interesante como Philibert, del que no se relatan las dos semanas de “tortura” en la casa familiar, mientras la pareja inicia su relación, y del que sólo al final se menciona su enamoramiento y posterior compromiso con una joven, o la degradada vida de Paulette en la .

Durante unas trescientas páginas la historia se centra principalmente – excepto escenas puntuales – en un romance cuyas circunstancias se presienten desde el momento en que sus protagonistas se conocen, mejorando cuando se retorna a la relación entre los cuatro y comienzan a contar los motivos por los que han llegado a una situación de dejadez expuesta y razonada con credibilidad.

Sobra un epílogo que resulta demasiado idílico, que contrasta en exceso con lo anterior y que no me puedo creer, no me parece que a las personas reales les cambie la vida de forma tan radical por obra y gracia del amor (de pareja, de amistad, a la vida…), por mucho que éste sea el motivo principal de la historia.

Aún así, la evolución de unos personajes derrotados, desengañados, que parecen condenados a la soledad y acaban despertando a la vida está bien desarrollada y mantiene el interés pese a la insistencia en el romance y un final poco creíble.

Leeré más historias de Gavalda.

– Nació en 1970 en Boulogne-Billancourt (París).
– Vive cerca de París, donde trabaja como bibliotecaria a tiempo parcial.

– En 1999 se dió a conocer con "Quisiera que alguien me esperara en algún lugar", que ganó el Grand Prix RTL-Lire 2000, colección de relatos de la que se han vendido setecientos mil ejemplares en Francia y ha sido traducida a diecinueve idiomas.

– Sus novelas "La amaba" y "Juntos, nada más", serán llevadas al cine.

Títulos publicados en Seix-Barral:

-Juntos, nada más (Biblioteca Formentor)
-La amaba (Biblioteca Formentor)
-Quisiera que alguien me esperara en algún lugar (Biblioteca Formentor)

http://reginairae.blogcindario.com/2005/11/00238-juntos-nada-mas-de-anna-gavalda.html

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La feria del progreso (Gabriel Zaid)

La feria del progreso es un libro que recoge el trabajo ensayístico del intelectual mexicano Gabriel Zaid. Como buen intelectual a la antigua usanza, Zaíd asiste a todos los palos y habla de muchos temas muy diferentes. Eso sí, siempre emitiendo opiniones argumentadas, contrastadas y basadas en datos. Bueno, muchas veces, las páginas de este libro son también terreno expedito para la ironía y la sana sonrisa para con el género humano.

El libro está dividido en seis partes. Casi todas ellas están dedicadas a la literatura, al arte de leer, a la corrupción editorial o a la ágrafa sociedad actual. Pero también dedica una parte a ensayos variados y otra llamada “El progreso improductivo”, a hablar de economía. No voy a hacer un análisis pormenorizado de esta parte porque me resultó bastante densa y farragosa. En parte debido a mi ignorancia, en parte a que las circunstancias descritas en el libro ya son pasto del pasado en México y en parte a que el propio Zaíd no supo hacerme entender sus ideas. (No iba a tener yo toda la culpa, oigan). De todas formas, es una parte pequeñita del libro que no hace desmerecer al conjunto.

Ya los títulos de las distintas secciones son bonitos, sugerentes, evocadores e incluso misteriosos: “La máquina de cantar”, “Los demasiados libros” o “Cómo leer en bicicleta”. Estos títulos revelan algo acerca del conjunto de artículos o ensayitos que acogen: y es la capacidad que éstos tienen para iluminar partes ocultas de temas manidos, para hacernos adoptar nuevas perspectivas sobre temas que, de tan sobados, ya teníamos arrinconados en la carpeta de lo asumido. Gabriel Zaid plantea, a cada página, un reto al lector, un desafío a romper con lo convencional, con las firmes asideras del pensamiento común; Zaid nos pide que caminemos solos y para ello, nos muestra cuántas de nuestras ideas son lo que los franceses llaman “idées reçues” (ideas recibidas) y a lo que nosotros decimos prejuicios.

“La máquina de cantar” aborda los temas de la escritura automática, la posibilidad de crear máquinas capaces de mezclar palabras que constituyan canciones; la posibilidad de conseguir una máquina que fabrique sonetos. Esto ya lo planteó el sabio Juan de Mairena y aún así se hizo realidad. Zaid plantea un sistema lógico que será capaz de escribir y ordenar todos los sonetos del mundo, por ejemplo, al mendeveliano modo. De las distintas aberraciones que surgen de las máquinas fabricadas y concebidas por distintos gurús de la literatura, Zaid pasa a hacer una defensa de la lectura personal, de lo que él llama una “lectura concreta”, que obedece a ciertas necesidades y es capaz de dar significados no mecánicos a lo escrito. “La literatura, dice Zaid, es el medio abstracto de alcanzarse a uno mismo como concreto”. Esto, parece lo mismo que “lo universal concreto” hegeliano, ¿verdad? Zaid une los actos de escritura y lectura y no los quiere disociar. Y es que, efectivamente, fundirse en lo literario, hallarse a uno mismo en lo concreto no es más que verse maravillosamente bien expresado en una obra de otro. Por eso las obras literarias son antorchas que nos iluminan el camino y también las causas de que caminemos. Nos hacen conocernos mejor y nos aportan la reconfortante sensación de que no estamos solos, puesto que hay quien es capaz de expresar lo que yo siento tal y como yo lo siento. Así, dice Zaid, “una de las más válidas razones para escribir es poder leer algo que uno necesitaba leer”. La verdad es que me parece una idea bastante cierta: escribimos para expresarnos porque no hemos encontrado la expresión exacta de lo que nos sucede en otros. (Y a veces, dice Zaid, se escriben cosas anodinas, poco interesantes y poco literarias, precisamente porque se ha leído poco y no se sabe que lo nuestro, lo que nos abre las carnes ya está expresado excelsamente en Dostoievski o en Flaubert).

Otra de las grandes ideas de Zaid en esta primera parte del libro habla de la naturaleza creadora de la literatura. Y es que cuando dudamos desesperadamente, ¿no pensamos siempre en Hamlet? Cuando acometemos hazañas en pos de un sentimiento anacrónico, ¿no nos acordamos de Alonso Quijano? Dice Zaid que la duda hamletiana o la noche oscura del alma son cosas que cobraron existencia con su verbalización, que fueron creadas e incorporadas a la naturaleza y por lo tanto, han pasado a formar parte del acervo humano.

En “Leer poesía”, Zaid aborda aspectos de eso tan controvertido que es “la lectura de poemas”. Y es que… ¿cuánta gente dice que no lee poesía porque no la entiende o porque no le transmite nada o porque le aburre? Para Zaid sólo hay una solución: la única manera de leer poesía es embarcándose. En esta parte del libro, el autor no se adentra sesudamente en los recovecos de lo que significa o deja de significar tener una experiencia poética al timón de un poema, sino que coge tres o cuatro versos que a él le encantan y nos los lee y nos enseña lo que ha encontrado en ellos, y se deja llevar por la corriente de belleza, y simplemente, al final, grita: ¡qué hermoso! Y a uno le quedan ganas de saber leer como él.

Resulta curioso el artículo “Un gato cruza el puente de la luna”, en el que se ofrecen diversas interpretaciones de distintos lectores sobre este verso de Octavio Paz. En el ensayo “Dicho sea con temor”, Zaid parte de la perogrullada: “Los textos de poesía… son más breves que los de prosa”, para demostrarnos que ni siquiera obviedades como ésta están exploradas a fondo y que, alguien como él, es capaz de decir muchas cosas nuevas acerca de la poesía partiendo de esta frase. Y efectivamente, la narrativa se mueve en espacios más amplios, abarca más, la poesía (e incluso el poema en prosa) ha de ser capaz de soltar el resplandor en un espacio más acotado, en un texto más breve, en definitiva, en un número muchísimo menor de sílabas. “La riqueza del poema es como la riqueza del dibujo: dibujar es omitir”. ¿Se puede prosificar un poema? Sí, claro, cómo no, se puede contar en prosa lo que viene dado en un poema. Imaginemos que en vez de “Enhiesto surtidor de sombra y sueño/que al cielo acongojas con tu lanza” alguien dice: en el centro de un claustro de piedra surge un ciprés tan natural y tan alto que parece que está pinchando el cielo. Pero no es la misma verdad la que opera en ambos casos. Los versos de Gerardo Diego son una verdad que depende del número de palabras que la expresan. Y ahí está la magia de la poesía. Parece casi un misterio pitagórico. Los siguientes ensayos de esta parte son lecturas de Zaid, desde “los azules que se caen de morados” hasta un soneto de Manuel Ponce. En este sentido, Zaid nos aporta su maleta llena de libros y nos deja conocer nuevos autores, pero además, nos da las claves para aprender a leer como él.

“Los demasiados libros” se mete con los libros en tanto objetos físicos. El primer ensayo de este grupito se llama “La superación tecnológica del libro” y es una defensa absoluta de la superioridad tecnológica del libro frente a otros soportes. Aporta los siguientes argumentos: 1. Los libros pueden ser hojeados. 2. Un libro se lee al paso que marca el lector. 3. Los libros son portátiles. 4. Los libros no requieren cita previa (lo abres cuando quieres). 5. Los libros son baratos. 6. Los libros permiten mayor variedad (a diferencia de los programas de televisión). Son todas ellas razones, que de tan obvias, quizás ni siquiera habíamos pensado. En otro ensayo aborda los porqués de que se lea tan poco, preocupación anual de nuestros ministerios.

En este grupo de artículos, Zaid también hace reflexiones muy certeras sobre la infinitud de libros editados, sobre las bibliotecas personales como “proyectos de lectura” y sobre el ansia de escribir pero no de leer. El artículo “La oferta y la demanda de la poesía” me llamó mucho la atención porque pone ejemplos de revistas que tienen la oferta de publicar poemas de un suscriptor que compre cuando menos cinco libros al año (por ejemplo). Dice, por ejemplo, que Plougshares “recibe 16.000 textos al año de unas 6.000 personas, de las cuales ni 200 están suscritas a la revista”. Por lo visto, si todos los que quieren escribir en la revista mencionada comprasen la revista, ésta triplicaría sus ventas. Es decir, que hay mucha gente que lo que quiere es escribir, no leer. Pero si todos queremos escribir y no leer, entonces, ¿quién leerá lo que escribimos? “Si todos los que quieren ser leídos leyeran, habría un auge nunca visto”. La solución que da Zaid para evitar esta proliferación de autores que no leen (que como hemos visto antes, hace que se escriba mucho texto inválido), es que el que quiera escribir demuestre que ha leído: por cada 1000 libros leídos, te daremos un cupón que vale por la publicación de un poema tuyo. O algo así. La solución que la sociedad moderna ha encontrado es otra. Seguro que sabéis cuál es… (hay premio, un cupón en blogs.ya.com, por ejemplo jeje).

Otra cosa que molesta a Zaid del mundo de los “demasiados libros” es la absurda necesidad que sienten algunos del show off, de presumir, de fardar de lector, de ir por ahí presumiendo de lo mucho que se lee: ”Bajo el Imperativo Categórico de Leer y Ser Culto, una biblioteca es una sala de trofeos. La montaña mágica es como una pata de elefante que da prestigio, sirve de taburete y permite conversar de peligrosas excursiones al África”. En realidad, esto no tiene ningún sentido, dice Zaid, dada la inmensa cantidad de libros que existen y que se publican cada año, no importa si uno ha leído todos los libros. Lo que importa es otra cosa:

”Lo que importa es cómo se anda, cómo se ve, cómo se actúa, después de leer. Si la calla y la nubes y la existencia de los otros tienen algo que decirnos. Si leer nos hace, físicamente más reales”.

La última parte dedicada al viaje de la literatura es “Cómo leer en bicicleta”, un batiburrillo de artículos más socarrones, más cínicos, destinados a destapar algunos convencionalismos que están asentados como matronas en nuestro pensamiento acerca de las letras. Se ríe de los críticos literarios, de los premios, de las ansias de publicación, del malditismo afectado de los poetas de ahora y de tantas otra dolencias de nuestros (i)letrados corazoncitos.

Personalmente, leo ese anuncio de “País sumamente importante de ejemplar y brillante subdesarrollo con una literatura en plena expansión al mercado internacional solicita crítico literario ideal” y, qué quieren, me ruborizo toda y me arrepiento de haber estado profanando y lapidando las ideas de Zaid con este texto…

PD. Esta reseñita también va con dedicatoria: para Seven, Don Mario y Oscar Cid, que para mí, le ponen la letra al México de Zaíd y que yo no conozco. Y, sin lugar a dudas, mis tres mexicanos favoritos 🙂

Cristina Núñez Pereira

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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El adiós de Stella (Linn Ullmann)

Stella se ha caído del tejado de su casa en la calle Frogner de Oslo. Varios testigos la vieron poco antes andar por el tejado con su marido, de modo que quizás no se haya tratado de un accidente o suicidio. La detective Corinne investiga el caso recopilando datos de los testigos. Al tiempo, un paciente de Stella (que era enfermera) un tal Axel, rememora su relación con ella. También una de sus hijas, Amanda.

Aunque por el argumento podría pensarse que se trata de una novela de género negro, con investigación policial donde se intenta dilucidar las causas de la muerte de la tal Stella, el caso es que no es eso en absoluto. El cómo no importa ni el por qué, y es una excusa para hablar de la vida familiar de Stella, sus problemas con el marido, su deseo de tener un nuevo hijo, que él no comparte, su trabajo como enfermera de pacientes terminales, etc, etc…

Sin embargo, la novela no consigue ni una ni otra cosa. La vida de Stella es sosa, y sus problemas con el marido están como un poco en aire. No se sabe muy bien por qué se llevan "mal". Yo lo llamaría relación difícil pero no sabría especificar por qué. Quizás porque ya terminó la pasión y es una relación un poco… no, fría tampoco es… Es que no sé ni definirlo. Ellos juegan, hablan mucho, se graban en video para un agente inmobiliario, y dicen muchas intimidades.

Quizás la parte más conflictiva es la relación de Martin, el marido, con la primera hija de Stella, de otro hombre, e incluso con la suya propia. No las reconoce como hijas. A decir verdad, incluso le producen rechazo. Parece que eso es lo que deteriora el matrimonio, aunque no estoy muy segura, porque todo en esta novela es inconcreto y abstracto.

Los personajes piensan mucho. De hecho, está contada en primera persona por varios de ellos: Corinne, la detective, cuyo cometido sobra totalmente, al no estar planteada como novela de investigación y de género, tres o cuatro testigos del crimen que no dicen nada, o más bien dicen todos lo mismo, que lo mismo pudo caerse, que tirarse que ser empujada por el marido; Amanda, la hija pre-adolescente, que lo único que hace es contar sus fantasías sexuales con el fontanero y en general, y hablar a su hermana pequeña algunas vaguedades sobre la madre difunta; Axel, el enfermo terminal, que aprovecha para mezclar su relación con Stella, que también es sosa y sin interés, nada del otro barrio, con recuerdos de su propia familia; Martin, e incluso, al final, la propia Stella.

Nada de lo que se cuenta sirve para hacernos una idea de qué ha pasado. Tampoco la vida de Stella es llamativa, si es que la intención de la autora era narrárnosla usando la excusa de su muerte. Mucho sentimiento, mucho divagar, mucho pensar… pero esta novela es vacía y sin sustancia. No se ve la intención de la autora al escribirla, va como a la deriva y no logra despertar la atención en ningún momento.

Lo bueno es que muchos de los monólogos de los personajes son cortos, con lo cual hay muchos saltos de página (algunos capítulos son de apenas un párrafo) y es más corta de lo que parece a simple vista.

La anterior novela de Linn Ulmann, también reseñada en este blog, Antes de que te duermas, era muy más rica en matices, fantasía y contenido, y más coherente. Lo único que destaca en esta es la mezcla de técnicas narrativas, como transcripciones de cintas de video, narración en primera persona, etc… Pero el conjunto es irregular. El final no aclara nada y es muy flojo.

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