La ciudad gris y otros relatos

Da título al nuevo libro de Carlos de Tomás publicado por Chiado Editorial (Lisboa, mayo-2011). Natural de Navalmoral de la Mata (Cáceres) 1960, Carlos de Tomás ha escrito entre otras obras las novelas El cuaderno veintiuno (Chiado Editorial) y «Café Bramante». «La ciudad gris y otros relatos» (Chiado Editorial) incorporan una novela corta posterior, «Paisajes de ceniza». Cultiva otros géneros como la poesía, incluido en la Antología Novísimos Extremeños; tiene publicados varios libros de poemas, en 2010 vio la luz una antología: «En la soledad del escriba» (Ed.pasionporloslibros), obra que recoge el resumen de veinte años de escritura. También es colaborador de la revista suite101.net. Su web: carlosdetomas.es

En esta ocasión nos sorprende con una colección de relatos extraños como dice Otto Lecmar en el prólogo, en estos relatos oscuros nos encontramos tiernos personajes surrealistas, pero también suicidas, asesinos que no saben que lo son; historias de individuos cuya percepción de lo que llamamos realidad está trocada por otra más interesante a la literatura, pero no por eso menos cierta. En la mayoría atemporalidad y desubicación, eso es lo primero que se nos ocurre, pero quizá sea el presente más absoluto con escenarios que bien pudieran estar en N. York, en Madrid o en Buenos Aires. Los fantasmas narrados son los fantasmas de una sociedad a veces cansada de representarse a sí misma, otras veces cansada de acumular tanta basura subterránea. Como dice la contraportada del libro: “La posmodernidad es negra, ¿qué otra cosa cabe dada la situación?” Y extrayendo del prólogo:

“Lo más interesante de esta colección de relatos es la intrahistoria, o la historia dentro de la historia; y posiblemente sea lo que más nos hace disfrutar con la obra de este autor. La ciudad gris es la decadencia, el deterioro moral y existencial; esto se refleja en los escenarios, sobre todo en el relato que da nombre al libro y en el titulado «Nieve sucia en la ciudad». Y si el gris no lo encontramos en los escenarios donde transcurre la acción, lo encontraremos en la manera que tienen los personajes de afrontar la vida…”

En la tragedia clásica el mal nunca triunfa, ni moral, ni siquiera físicamente, más que a corto plazo. Es allí donde la obra concluye una vez el orden natural queda restablecido. En los relatos y en las novelas de Carlos de Tomás, unas veces el mal se posa en la acción prolongada y final, otras veces se trata del propio escenario, del decorado; la sociedad embebida del mal empapa al protagonista y éste comete la maldad sin ser consciente de ello. Pero cuidado, siempre hay alguna ventana abierta con luz, por la que entra aire fresco; aunque hay que saber encontrarla, y ahí está de nuevo la intrahistoria y el metalenguaje al que hacía referencia, y atraparla para concluir la historia leída y no quedar sumidos en un bucle conceptual.

Esta colección de relatos enturbia nuestra mente con una superposición de personajes, arquetipos sacados de los fantasmas del autor, o del imaginario colectivo, o de la neurosis de este nuevo siglo, o de no se sabe dónde, pero efectivos personajes que nos enturbian, porque después de leer cada relato, se siente un algo que no es ni fantasmagórico ni excesivamente inquietante a la manera de Poe, una vez leídos nos hace repasar de nuevo al personaje más que a la historia en sí, volver al punto de partida; y la reflexión es “extrañeza”. Qué extraño es todo, que turbio; es lo que nos sugieren estos breves relatos, aunque no tan breves, pues la incorporación, como he dicho antes, de la novela corta Paisajes de ceniza, obra posterior a los relatos de La ciudad gris, aporta una justa dimensión al conjunto de escritos.

La obra, como la estructuró originariamente el autor, se componía de ocho relatos. Desapareció el último, titulado «Agostinho Vieira», el cual ha sido publicado por Ediciones Rubeo, Barcelona 2011; en el volumen «El hombre que leía a Dumas». En su lugar Carlos de Tomás incrustó una novela corta, posterior en el tiempo a los relatos, pero que tiene una gran relación y está en la  misma tónica literaria, se trata de la ya citada «Paisajes de ceniza». La ceniza no deja de ser gris y tiene muchas connotaciones con la filosofía del resto de relatos.

Se podrían establecer tres grupos en los relatos. Un primer grupo donde la atemporalidad nos traslada a un futuro gris y desesperanzado; lo compondrían los relatos «Nieve sucia en la ciudad», «La ciudad gris» y tal vez la novela corta «Paisajes de ceniza». Un segundo grupo donde el personaje principal toma una especial relevancia y están escritos la mayoría en primera persona, serían: «La misión», «El señor Nájero» y «Agostinho Vieira».  Y un tercer grupo, donde el más allá o el mundo de ultratumba interfiere en la narración de una manera o de otra, se trataría de: «Desde el otro lado», «el húngaro» y «El bicho». Podrían hacerse otras divisiones, por ejemplo, atendiendo a la negrura o no del argumento, etc.

La mayoría de los relatos están situados en el claro-oscuro, gris como los comic antiguos dibujados a plumilla. Sugieren algunos un mundo futuro que fuera congestivo, policial. Describen otros lugares más bonancibles como la ciudad verde o la ciudad azul, en contraposición a la actual o futura ciudad gris. Y los personajes son tipos raros, o neuróticos, perdedores, etc. La mayoría no son bien intencionados, la mayoría delincuentes, asesinos, tarados; y lo más inquietante de todo es que muchos de ellos no saben que lo son, como por ejemplo el caso del protagonista de «La misión». En este conjunto de escritos no existe un estilo único, el autor juega, investiga: primera persona, tercera persona, fundido narrativo, cuento, mini novela, etc. Sin embargo, todos tienen un nexo común, un sello de identidad que los hace tan peculiares. Me gusta como escribe este extremeño, hombre viajero de una gran experiencia vital.

Eladio Martín

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¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (PHILIP K. DICK)

Philip K. Dick

Es la última de las novelas de Philip Dick que he escogido para in­cluir en el presente volumen. Podía haber mencionado su Ubik (1969), Fluyan más lágrimas, dijo el policía (1974), o Una mirada en la obscuridad (1977), a las cuales les sobran méritos para ser recomen­dadas. Incluso pensé incluir su última novela, VALIS (1981), que algunos consideran incomprensible, y que a mi juicio es una con­fesión honesta y dolorosamente divertida, pero en algún sitio hay que trazar la línea. ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (Do Androids Dream of Electric Sheep?) se ha convertido en la novela más leída de Dick desde que se la convirtió en guión del hermoso filme de ciencia ficción Bladerunner en 1982. Es también una de sus mejo­res obras.

El héroe, Rick Deckard, es un cazador mercenario, cuya tarea consiste en disparar sobre androides vagabundos. Estas sofisticadas máquinas son casi idénticas a los seres humanos y sólo mediante la aplicación de ciertos tests psicológicos puede Deckard asegurarse de que son efectivamente androides. (El impreciso límite entre lo natural y lo artificial es el tema principal de este libro, como de gran parte de la obra de Dick.) Los androides han sido fabricados para ser utilizados en otros planetas del sistema solar, pero algunos de ellos han escapado de los mundos coloniales y vagan ilícitamente por la Tierra. Se trata de una Tierra decadente y subpoblada dentro de unas cuantas décadas: la guerra mundial ha terminado, y casi todos los animales se han extinguido, muertos por efecto del polvo radiactivo. Gran parte de la humanidad sobreviviente ha emigrado fuera del mundo, e inmensos bloques de apartamentos cubren de­sordenadamente el paisaje californiano, llenos de polvo, de televiso­res inútiles y de todos los detritos entrópicos que el otro personaje principal, J. R. Isidore, llama kipple. Como explica Isidore, kipple son los «objetos inútiles, como la correspondencia publicitaria o una caja de cerillas vacía, el envoltorio de un chicle o el periódico de ayer. Cuando no hay nadie cerca, los kipple se reproducen. Por ejemplo, si uno se va a la cama y deja algunos kipple en el suelo, cuando se despierta, a la mañana siguiente, se han duplicado. Cada vez son más y más». Isidore es tonto, un «cabeza de chorlito», pero hay sabiduría en su simplicidad.

En realidad, todo este mundo degradado es absurdo. Rick Deckard conserva una oveja electrónica sobre el techo de su edificio de apartamentos. Puesto que los animales son tan escasos, el estatus social se mide por la cantidad de animales que uno tiene, y abun­dan las falsificaciones. En relación con esta casi adoración hacia los animales, existe una extraña y nueva religión, el mercerismo, a la que todos los personajes se adhieren: tienen visiones mientras co­gen las manijas de una «caja de empatía». Detalles como éste, que hacen del libro algo más que una narración violenta de persecución y pánico, faltan en la citada película Bladerunner. Por buena que ésta sea, carece de la característica más típicamente dickiana: el humor. Por ejemplo, Deckard y su mujer (en la novela está casado, a dife­rencia del macho solitario de la película) superan sus penas utili­zando un «órgano Penfield de estado de ánimo». Tienen junto a la cama este ingenioso aparato, que les programa el humor para el día. La mujer de Deckard, perversamente, programa para sí misma una «depresión de seis horas». Él se lo reprocha, sugiriéndole que saque el número correspondiente a «deseo mirar TV, no importa cuál sea el programa» o, mejor aún, el de «estoy dispuesta a recono­cer la sabiduría superior del marido en todos los terrenos».

La acción de la novela tiene lugar en un período de veinti-cuatro horas, y la historia se refiere a la persecución que Deckard hace de un grupo de peligrosos androides: «Nexus–6». Eventualmente si­gue el rastro de los últimos androides hasta el solitario apartamento de J. R. Isidore, y allí los mata, pero antes tiene la perturbadora ex­periencia de enamorarse de un androide hembra, la hermosa Rachael Rosen (a quien deja en libertad). Ha «retirado» seis androides en un día, pero no está contento. Vuelve a su casa, y mientras se des­ploma en la cama, su mujer prepara el órgano del estado de ánimo para una «larga y merecida paz».

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Homo plus, de FREDERIK POHL

Homo plus

Tras la fructífera colaboración con el ya desaparecido C. M. Korn-bluth, Frederik Pohl escribió solo varias novelas, menos importan­tes. Luego dejó de escribir durante casi una década. Regresó a la escena con Homo plus (Man Plus), que a mi juicio es el libro más sa­tisfactorio de los muchos que escribió en los últimos diez años, aun cuando Pórtico (1977) y los que le siguieron hayan recibido mayor atención. Homo plus es hasta hoy la obra que mejor trata el tema de los cyborgs (organismos cibernéticos). Escrita en un momento en que nombres, mujeres y perros biónicos saturaban las pantallas de televisión, la novela de Pohl nos da una visión más comprometida y menos sentimental de los seres humanos poten-ciados por aparatos electrónicos.

Han transcurrido dos décadas, y su mundo es un sitio más som­brío. Las guerras y las hambrunas asuelan el globo, pero el progreso tecnológico continúa avanzando. La última y mejor esperanza para la especie humana es el Proyecto Homo Plus, que intenta en secreto rediseñar a los hombres para que puedan vivir sin ayuda en la su­perficie hostil de Marte. Roger Torraway es un astronauta norte­americano, veterano de varios vuelos orbitales y de un fracasado descenso en Marte. Ahora es un hombre de relevo en el proyec­to cyborg. Cuando su colega, quirúrgicamente alterado, muere a causa de una sobrecarga sensorial, a Roger le toca el turno de some­terse al doloroso proceso que lo transformará en un grotesco «mar­ciano». Le quitan los ojos y los pulmones, junto con gran parte de los músculos y la piel. Le ponen una resistente cobertura artificial y una musculatura mecánica, así como unos grandes ojos multifacéticos capaces de ver las ondas ultravioletas e infrarrojas. Lo más lla­mativo es que le colocan un par de alas, enormes estructuras de una tela muy fina, no para volar, sino para absorber energía solar. Roger tiene el aspecto de un cruce entre un monstruo de cine de terror ja­ponés y Oberón, el rey de los elfos.

Roger está desesperadamente preocupado por su bonita y joven mujer, Dome, de quien sospecha que lo engaña. Sus senti-mientos de insuficiencia sexual llegan al máximo cuando, sin aviso previo, el equipo quirúrgico le quita los genitales (estos aparejos no le servi­rían para nada en Marte). Pero a los pocos días se tranquiliza y co­mienza a prepararse física y mentalmente para el inminente viaje espacial. Un ordenador portátil le ayudará a mane-jar los potencia­dos sentidos y a mantener el control del cuerpo, inmensamente po­deroso. El viaje a Marte y el descenso en ese mundo están muy bien descritos: una ficción espacial resuelta-mente realista. La superficie del planeta rojo es un infierno para los seres humanos normales, pero a Roger le parece un paraíso. Por fin vuelve en sí, se quita los restos de arena, absorbe energía con las alas, y goza de la belleza de nuevos colores y nuevas sensaciones. Pocas semanas después de­cide quedarse en Marte para siempre.

En ese momento se produce un giro en la historia. Hasta allí ha sido contada en un misterioso «nosotros»: ahora el lector descubre que esta primera persona del plural corresponde a un grupo de in­teligencias no humanas, «la red de ordenadores del mundo». Las máquinas han adquirido conciencia, y mediante la subrepticia pro­moción del Proyecto Homo Plus pretenden defenderse de la ame­naza de una guerra nuclear. El ordenador portátil de Roger es por lo menos tan importante como el hombre mismo. Un subproducto afortunado de esta conspiración de inteligencias artificiales será la preservación de la humanidad, aunque en una forma drástica­mente alterada. Es un giro inteligente, pues refuerza el tema central del libro: la idea de que en el futuro no sólo dependeremos de las máquinas, estaremos siempre con ellas, nos confundiremos con ellas. El cyborg es una de las figuras simbólicas más poderosas de la cf contemporánea, pues parece encarnar muchas de nuestras espe­ranzas y de nuestros miedos. Frederik Pohl sostiene muy bien esta poderosa ambigüedad.

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El doctor Moneda Sangrienta (PHILIP K. DICK)

Bob Dylan cantó una vez «Puedes estar en mi sueño si yo puedo es­tar en el tuyo», y en esencia ése es el tema de este libro. El «doctor Moneda Sangrienta» del título es Bruno Bluthgeld, un científico nacido en alemania que trabaja para los militares norte-america­nos. La época es la década de 1980; el lugar, California. Bluthgeld sufre una crisis nerviosa. Diez años antes fue responsable de un te­rrible error de cálculo que produjo la contaminación de muchas personas por radiación nuclear. Ahora tiene la fantasía de que está desfigurado, de que tiene la cara cubierta de manchas. También cree que lo persigue una «conspiración comunista internacional». Aparte de Bluthgeld, peligrosamente paranoico, hay muchos otros personajes (es una novela ricamente poblada): Stuart McConchie, un vendedor negro de aparatos de TV estereofónica; Hoppy Harrington, un joven víctima de la talidomida, sin brazos y sin pier­nas, que trabaja como técnico de reparaciones en una tienda de TV; Walt Dangerfield, un gracioso astronauta –«una mezcla de Voltaire y Will Rogers»– que queda atrapado en una órbita in­finita alrededor de la Tierra, y Bonny Keller, una frívola hechi­cera, que dará nacimiento a una niña que lleva un gemelo siamés en el estómago.

La historia comienza el día en que estalla la tercera guerra mun­dial. San Francisco es destruida, pero la vida continúa en el con­dado de West Marin, al norte. Los sobrevivientes rehacen allí su vida, y en unos cuantos años construyen una economía rural de trueque. Superficialmente, la situación se parece a la de Ay, Babilo­nia, de Pat Frank. Sin embargo, como en todas las novelas de Philip K. Dick, el desarrollo no es convencionalmente realista. Esa socie­dad bucólica posterior a la bomba se mantiene unida gracias a la perspicacia y la sabiduría de un disc jockey. Walt Dangerfield, el as­tronauta lanzado al espacio el día en que cayeron las bombas, tiene «un millón y medio de kilómetros de cintas de vídeo y de audio», y transmite incesantemente música y lecturas de libros clásicos a la gente de allá abajo (Servidumbre humana, de Somerset Maugham, es muy popular).

Ese estado de cosas relativamente feliz es amenazado por dos personajes que desean rehacer el mundo según sus propios y enfer­mizos patrones. Bruno Bluthgeld se cree responsable de las bom­bas H, lo que en cierto sentido es verdad. Al principio vive tranqui­lamente bajo un nombre falso, protegido por Bonny Keller, el único personaje que conoce su verdadera identidad. Cuando otros comienzan a sospechar que es el terrible doctor Moneda San­grienta, la locura de Bluthgeld vuelve a aparecer, más fuerte que nunca. Amenaza con destruir el mundo otra vez. El otro personaje con características megalomaníacas es Hoppy Harrington, el me­cánico sin extremidades. Hoppy se traslada en un carro mecánico inventado por él mismo; repara las cosas por medios telequiné-sicos. En ese loco mundo de anormalidades biológicas, el talento de Hoppy crece sin medida. Es capaz de llegar al satélite en órbita y controlar los reproductores de Walt Dangerfield; imitando la voz de Dangerfield, intenta transmitir sus propios mensajes al mundo. Choca con Bluthgeld, a quien mata arrojándolo por el aire. El único personaje que puede enfrentarse con Hoppy e impedirle con­vertirse en dictador es Bill Keller, el insospechado hijo de Bonny, de siete años, que lleva una vida invisible en el interior del vientre de su hermana…

El doctor Moneda Sangrienta (Dr. Blood Money) es un libro dispara­tado, grotesco y cautivante. En cierto momento, el simpáti-co Stuart McConchie, que después de la guerra se gana la vida vendiendo trampas para animales pequeños, se encuentra con un hombre que le habla de su ratita, un mutante como tantas criaturas de la novela: «Es muy lista; puede tocar la flauta. No te estoy engañando. Es ver­dad. Le he hecho una pequeña flauta de madera y la toca con la na­riz… Es prácticamente una flauta asiática de nariz, como las que tienen en la India». Esa imagen de una rata que toca la flauta con la nariz es, en cierto modo, central. Resume la visión cómica que Dick tiene de la vida, que se reproduce de mil maneras diferentes, a pesar de los «malos sueños» de los Hoppy Harrington y de los doctores Moneda Sangrienta.

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Herzog (Saul Bellow)

Herzog

Aunque Saúl Bellow había publicado antes seis novelas, algunas de las cuales —The Adventures of Augie March y Henderson the Rain King, sobre todo— fueron bien recibidas por la crítica, fue Herzog (1964) la que lo hizo famoso. El extraordinario éxito de esta novela en Estados Unidos, donde, un cuarto de siglo después de su aparición, todavía se reimprime con frecuencia, es un fenómeno intrigante. Cierto, es la mejor novela de Bellow y una de las más ambiciosas de la moderna narrativa norteamericana, pero no hay en ella, por lo menos de primera impresión, ninguno de los ingredientes que caracterizan al best-seller. Es una novela libresca, atiborrada de citas y referencias filosóficas, científicas, históricas y literarias, muchas de las cuales están fuera del alcance del lector común, ése que no lee para preocuparse, aprender o enriquecerse (ésos son los lectores impuros) sino sencillamente para divertirse. Lo curioso es que ha sido entre los lectores puros donde Herzog triunfó de manera arrolladura, en tanto que los críticos académicos aceptaban la novela con reticencias o la acusaban de nihilista, conservadora, antifeminista o de caricaturizar abusivamente el mundo judío. Tal vez la explicación del misterio resida en el humor que transpiran los monólogos de Herzog aún en sus momentos más dramáticos, en las burlas, juegos de palabras, sabrosas invectivas y grotescas ocurrencias que salpican su desesperación y su angustia, aliviándolas e imprimiéndoles un aire casi juguetón. Ése es uno de los mayores logros de Bellow en el libro: haber conseguido vestir con las alegres prendas de la comedia, una historia que es, de un lado, trágica y, del otro, un severo cuestionamiento de la cultura intelectual —la cultura de ideas— como instrumento para enfrentar la vida corriente, los problemas del hombre común.

Casado dos veces y dos veces divorciado; autor de Romanticismo y cristianismo, un ensayo que causó cierto impacto en los círculos académicos; padre de dos hijos —uno de cada una de sus ex esposas—, Herzog, que tiene 47 años y pertenece a una familia de inmigrantes judíos rusos que se establecieron primero en Canadá y luego en Chicago, es un hombre presa de la ansiedad, en los umbrales del extravío y la paranoia. Su separación de Madeleine, quien lo echó de la casa después de engañarlo con Valentine Gersbach, a quien Herzog tenía por su mejor amigo y confidente, ha sido, por lo visto, demasiado fuerte para él, un golpe que no consigue encajar. La experiencia lo ha descentrado, puesto en un estado de total confusión y confinado en sí mismo. En la soledad de su conciencia, Herzog se desdobla, para entablar un diálogo consigo mismo, haciendo un recuento de su vida, de sus desgracias y errores, o intenta un imposible diálogo —mediante cartas imaginarias— con todas las personas vivas o muertas —familiares, amigos, enemigos, políticos, científicos, celebridades, etc.— a las que de un modo u otro considera responsables de su infelicidad.

La novela está narrada, con breves fugas al mundo objetivo, desde esa intimidad malherida y doliente del personaje, esa subjetividad a la que el sufrimiento y el rencor vuelven a menudo un narrador sospechoso: la conciencia de Herzog. Éste no es el único narrador de la historia, aunque sus monólogos ocupen la mayor parte del relato; hay también un narrador omnisciente que narra a Herzog, desde muy cerca de él y según la técnica del estilo indirecto libre. A menudo la barrera entre el narrador-personaje que monologa en primera persona y el narrador omnisciente que narra desde la tercera se evapora —el yo se confunde con el él— y el lector experimenta una especie de vértigo, pues en esos instantes el mundo ficticio se vuelve absoluto desorden. Se tiene entonces la impresión de que el entrevero de identidades entre quien narra y quien es narrado simboliza el colapso definitivo de la mente de Herzog. Pero son sólo amagos de anarquía; la realidad ficticia pronto se recobra y reaparece, organizada y estable, aunque siempre falaz.

¿Por qué falaz? Porque la lastimosa historia de Herzog nos es contada desde el punto de vista del propio Herzog, quien de este modo hace a la vez de juez y parte de lo que le ocurre. ¿Debemos creerle a pie juntillas, como finge creerle todo lo que dice y cuenta ese narrador omnisciente, discreto y servil, que jamás osa contradecirlo ni enmendarlo aun en los momentos en que a todas luces Herzog exagera o miente? Sí, debemos creerle. Porque, en las falsedades y truculencias de Herzog, en la distorsión de la realidad a la que lo inducen su rencor y su impotencia —como ocurre con las mentiras de que está hecha toda ficción— se esconde una verdad profunda. Una verdad secreta e inasible, huidiza como el azogue, que trasciende lo episódico y no se puede verificar objetivamente, una verdad sutil cuya silueta sólo se delinea a través de las fantasías (las mentiras) que ella misma inspira.

A medida que progresa la historia, el lector va descubriendo, en los melodramáticos lamentos del personaje, en su patética necesidad de ser oído, compadecido y justificado que se transparenta tan claramente en esas cartas que fantasea sin llegar nunca a escribir, que el culpable de su drama no es su ex mujer, como él cree. Ni su desleal amigo Valentine Gersbach, ni el repulsivo abogado Himmelstein, el deshonesto psiquiatra Edvig o las decenas de personas a las que su neurosis acusa de ser cómplices, en la enmarañada conjura para hacerlo desgraciado, sino él mismo. O, mejor dicho, alguien que, sin ser él mismo, se halla tan incorporado a su personalidad, tan absorbido en su ser, que es el rasgo que mejor lo define.

Ocurre que Herzog, antes que cornudo o masoquista, incluso antes que judío, es un intelectual. Su conciencia razonante está siempre en movimiento, ordenando el mundo que lo rodea y las relaciones con los demás, e, incluso, sus propios sentimientos y deseos. Es un hombre hecho de ideas, como otros lo son de instintos o convenciones; en Herzog, las ideas hacen las veces de epidermis, frontera obligatoria que todo debe cruzar antes de llegar a su cerebro o a su corazón. Aunque él no acabe nunca de entenderlo, nosotros, confidentes de su historia, lo advertimos: el fracaso de Herzog no es haber sido incapaz de conservar a Madeleine o de escribir la obra maestra que anhelaba o de establecer una relación creativa y durable, sino su impericia para funcionar normalmente en el mundo, su ineptitud para adaptarse a la vida tal como es. Ésa es la fuente de todas las desgracias que le ocurren; éstas son apenas consecuencias de la desarmonía radical entre Herzog y la sociedad. Su fracaso es el de las ideas que lo habitan y que se han convertido en su segunda naturaleza: ellas no sirven para vivir. El tipo de cultura que él encarna aparece irremediablemente en entredicho con los requisitos básicos para triunfar o tener una vida normal en el mundo de Herzog.

Éste, pues, eligió mal. Sus hermanos, en cambio, hombres de negocios o constructores, como Will y Shura, son ahora ricos y perfectamente adaptados, acaso felices. La pobre familia de inmigrantes no lo ha hecho mal, desde los duros días en que el padre contrabandeaba whisky; en una sola generación ha trepado muchos peldaños en la pirámide social de América. Pero Herzog se equivocó: esa cultura humanista por la que optó —las laboriosas meditaciones filosóficas, los afanes históricos— sólo le hubiera servido, en la realidad que vive, si hacía de ella —como hace el oportunista Gersbach o como, sin duda, hará Madeleine una vez que se doctore— una técnica de promoción, una herramienta para conseguir poder dentro de la jungla académica, es decir, algo que se ejercita, se enseña y se ostenta. Pero el ingenuo de Herzog ha hecho algo distinto: ha creído en ella, ha practicado esa cultura como una religión, la ha convertido en su moral. Ése es el crimen que está pagando: haber transubstanciado en su vida unas ideas que la cultura del mundo contemporáneo volvió ficciones, algo cuya función social es ahora decorativa. La realidad es impermeable a los valores humanistas, a las ideas y creencias que encarna Herzog y la calamitosa historia de su vida ilustra esta otra calamidad: la de una tradición intelectual que, aunque aletea en los recintos universitarios, se conserva en las bibliotecas y entusiasma todavía a algunos excéntricos como el protagonista de la novela, tiene cada vez menos asidero en la vida colectiva e influye menos en la marcha de la sociedad.

Pero resumir Herzog como una novela que describe simbólicamente la muerte lenta de la cultura humanista en la civilización industrial moderna, sería hacerle un flaco servicio. Porque, aunque también es eso, es, sobre todo, una novela, una vida ficticia que seduce al lector por la riqueza de su verbo (algo de ello se ha perdido en la traducción al español), por su ironía y su comicidad y por la densa atmósfera social, espléndidamente dibujada, por la que evoluciona el desbaratado intelectual Moses Elkanah Herzog.

No es cierto que una novela profunda no pueda ser al mismo tiempo pintoresca. Ésta lo es, en abundancia, con sus impresionistas imágenes de Manhattan —su vida callejera, sus tribunales de justicia, sus apartamentos—, de Chicago, de la campiña de Massachusetts, o con la vivida reminiscencia de la aclimatación de una familia judía rusa a la vida norteamericana. El amargo pesimismo que subyace a la historia, está contrapesado por ciertos personajes risueños, como el científico Lucas Asphalter, que trata de salvar de la muerte, haciéndole respiración artificial boca a boca, a un mono tuberculoso, o el malsonante leguleyo Himmelstein, la caricatura más deliciosa y perversa del libro.

Pero la criatura más pintoresca de la novela es el propio Herzog, quien, a la vez que un símbolo, es también una personalidad concreta pletórica de vitalidad. Estrafalario, ansioso, desbocado, impráctico, inteligente, melodramático, cultísimo, tortuoso y tierno, nos deja una impresión muy fuerte, aunque contradictoria. Es imposible no compadecerlo, porque es verdad que sufre, y, sobre todo, porque su desgracia es haber creído en las «grandes ideas» y haberlas usado como norte de su propia vida. Pero, de otro lado, no hay duda que buena parte de sus problemas se los ha buscado él mismo; e, incluso, es probable que no pueda vivir sin ellos. Porque a Herzog le gusta sufrir casi tanto como plañir, qué duda cabe. ¿Por qué seguiría tan enamorado de Madeleine, si no fuera así? Las mujeres que son dóciles y tiernas con él, como la japonesa Sono Oyuki, o que harían cualquier cosa por hacerlo feliz, como Ramona, a él lo dejan tibio, se desencanta de ellas muy pronto. En cambio, Madeleine, que lo domina y lo maltrata, que lo explota, se le ha metido en el fondo del alma y es probable que nunca la saque de allí.

¿Esa vocación masoquista y plañidera es suya o heredada? Buena parte de la autopsia intelectual a que Herzog se somete tiene por objeto averiguar si las raíces de lo que le ocurre se hunden en la tradición judía de la que proviene, una tradición que él ha abandonado sólo a medias, pues ella reaparece continuamente en sus reacciones y en su memoria. ¿O es más bien el choque de aquella tradición con la cultura moderna norteamericana, la difícil coexistencia de ambas en su persona, lo que hace de Herzog el ser escindido y desambientado que es?

La pregunta no tiene una respuesta en el libro. Acaso Herzog no quiera encontrarla, para poder continuar sufriendo, o, más bien, para seguir exhibiendo su dolor. Ambas cosas no son idénticas ni se implican la una a la otra, pero ambas se relacionan en su caso de una manera muy estrecha. Una interpretación posible es que Herzog sufra para exhibir su dolor ante el mundo, que sea —sin darse bien cuenta de ello— ante todo un histrión. Exhibiéndolo, su dolor se neutraliza a sí mismo, se vuelve otro, un dolor público, para los demás, que se ha emancipado de su fuente y convertido en espectáculo. Acaso el intelectual, el masoquista, el desesperado Herzog sea un hombre de teatro que se ignora, alguien que ha hecho de su vida una representación escénica, una tragicomedia que lo distrae (igual que a sus lectores) del mundo real y lo (nos) marea de ficción.

La alusión al teatro no es gratuita. Al terminar la última página de Herzog el lector queda con la misma sensación dulzona y melancólica con la que sale el espectador de una pieza teatral que le gustó. Aquella historia ocurrió, pero, en realidad, no ocurrió: fue sólo teatro. Una brillante y fugaz simulación de la vida, no la vida; una fantasmagoría que nos engañó, al conmovernos como si hubiera sido realidad auténtica. ¿Es un acierto o una derrota del autor que el lector quede con esa sensación de haber leído sólo una magnífica novela?

Tal vez sea injusto formular semejante pregunta. En efecto ¿por qué exigirle a una novela ser algo más que una obra de ficción? Porque hay ciertas novelas —muy pocas, en relación con tantas que se escriben— perturbadoras para el género. Al leerlas son capaces de persuadirnos de que, contaminados y trastornados por la hirviente fuerza de sus páginas, literalmente desertamos la miserable realidad de nuestros días para habitar esa otra, más rica y perfecta (a veces más cruel y temible), nacida de la fantasía y la palabra, que de alguna manera nos cambió. Aunque es imposible demostrarlo, los lectores de La cartuja de Parma, de La guerra y la paz o de Luz de agosto saben que regresaron al mundo real distintos de lo que eran antes de emprender la ficticia aventura. La existencia de ese puñado de anomalías en la historia de la literatura hace que seamos tan injustos como para exigir de las novelas no sólo que sean, como ésta, excelentes novelas, sino todavía algo más.

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