DE GRANUJILLA A MALHECHOR (Agustín Conchilla Márquez)

DE GRANUJILLA


A


MALHECHOR

PRIMERA PARTE

AUTOR:

AGUSTÍN CONCHILLA MÁRQUEZ

[…]

I

Filiberto salió dicharachero, canturreando y de buen contento: en similitud a otros días… Sin embargo, a pie de acera agarró una piedra y la lanzó a un punto indeterminado: al tuntún, aunque con tan mala uva que los cristales del vehículo de un discapacitado cayeron fragmentados. Yo indiné ante tal agravio, incluso como persona mayor y también como padre, he de reconocer y reconozco que pasé por alto mi propia cordura humana… Y también sobrestimé el contenido textual que algunos legisladores plasmaren en tan impropio panfleto de la Ley del Menor. Llevado por la ira salí tras Filiberto, le alcancé, le agarré de un brazo y le pedí explicaciones por tan ingratos e indignos modales. Filiberto, en cambio, no apaciguó su estado colérico y encabritó, aún más: pataleó, giró de costado, atizó un puntapié a la rueda y zarandeó el triciclo cuyos cristales ya cayeron destrozados. En consecuencia, los cupones que portaba el discapacitado se desperdigaron por el viento, el hombre lloraba sin consuelo y yo enternecí tanto con aquél desdichado que arreé un azote a Filiberto. Aunque, ¡Dios de los cielos, de la tierra, de las camadas de buenos y malos lobos y también de los infiernos…! Mejor que no lo hubiese hecho… Desde entonces miro a mi alrededor y, aún creo ver que el sol de aquél día no salió para irradiar el contorno de la tierra que yo piso, excepto para abrasarme a mí, en triste calor de penuria. O quizá aquel día el sol estuviese alineado a un turbador nubarrón que lo cubriera por entero y… El caso es que a mí me dio poco calor y muy mala suerte; aunque más que mala suerte creo que me dio muy mala espina, la de la peor sardina que en raras ocasiones se come a uno… En el mismo instante de castigar a Filiberto con un simple y espontáneo azote en el robusto trasero, por casualidad del destino, a saber, a nosotros nos sobrepasaba una patrulla de la policía nacional; los agentes ejecutaron un brusco frenazo, bajaron con pistola en mano y ante los lacrimosos ojos del discapacitado, sin pestañear siquiera, a mí me lanzaron contra el triciclo cuyos cristales ya fueran destrozados por la maldad y por la inercia de la piedra que lanzase Filiberto. Los agentes me cachearon, sujetaron mis muñecas a la espalda y las unieron con grilletes. En aquel momento sentí centenares de miradas vecinales y de transeúntes que, aunque no sabían el porqué, a mí ya me habían sentenciado bajo acusación de no sé cuántos delitos o ultrajes que presuntamente cometiera a mi libre albedrío y los vertiera sobre el conjunto de la ciudadanía. Aunque la verdad es distinta; muy distinta: yo jamás me entrometí en los asuntos del vecindario, ni hice daño o mal a nadie. Si bien, la vida enseña más que don Cipriano Tostones, en el cuartucho de la academia que a diario usa para impartir clase de dieciocho a veinte horas. Aunque lo peor, quizá, o a lo que no di mayor importancia; o lo que no llegué a ver; o lo que no supe cortar a tiempo, pudiera ser que Filiberto había nacido con el San Benito acuestas. A los cinco años ya imponía su voluntad: a las puertas del colegio exigía cien pesetas a su madre o en su defecto pataleaba y se negaba a entrar en clase. Isabel irritaba pero el niño seguía en sus trece, el autobús que a ella debería llevar al trabajo no esperaba e Isabel cedía o no llegaba a su destino. En cambio, cuando ocasionalmente me tocaba a mí reconducir a Filiberto, conmigo también intentaba tan hábil maniobra persuasiva, aunque por el gesto y la mirada de autoridad paternal que yo le dirigía, Filiberto resignaba, encarrilaba y cabizbajo y sin un duro ocupaba sitio en la fila del alumnado. Con todo, los años no han pasado en vano y Filiberto ha aunado la rebeldía a la inteligencia y la picardía más superdotada. Incluso, a estas alturas, yo diría que Filiberto conoce sus derechos mejor que cualquier obligación y sabe que una llamada al Centro de Atención al Menor coactiva mi autoridad y me colma de interrogantes… Yo debo andarme con pies de plomo antes de reprimir a mi hijo; o reñirle por tales o cuáles actos. Sin embargo, en la intimidad me desahogo con Isabel. Isabel es mi esposa y la madre de mis hijos; en ella deposité la semilla del amor que a buen fruto y a mayor esperanza, día a día y mes a mes fecundaría entre sonrisas y algarabías. Isabel les trajo a la vida con cariño y alevosía de niños deseados. Ahora, en cambio, en la adolescencia soporta el crudo dialecto de los chavales cuando entre la niñez y la pubertad cabalgan en busca de una formación, un carácter, una educación, una personalidad o un simple hueco en la sociedad. Sin embargo, a veces yo me amparo en el amor que proceso a Isabel para exponerle el sufrimiento que los padres padecemos cuando nos sentimos vetados en lo esencial, y por la propia administración del estado. Administración que a nuestro juicio: el de unos padres atormentados, debería acapararnos en su seno y apoyarnos en beneficio de la familia y del conjunto de la sociedad. Nosotros nos creemos padres en total normalidad social, aunque algo desafortunados ante el brutal comportamiento de un hijo con claros síntomas de in convivencia social y alto comportamiento irracional. Pero aun así, y, a pesar de mi dolor, también en su cara, en la de Isabel, veo las curvas de la sinrazón. Y también la huella de la impotencia y la insatisfacción…

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CUMBRE DE ÁGUILAS 2 parte (Agustín Conchilla Márquez)

CUMBRE DE ÁGUILAS NARRATIVA SEGUNDA PARTE Autor: Agustín Conchilla Márquez Inscrito en el Registro Provincial de la Propiedad Intelectual de Alicante. […] I Torpedo llegó a casa, remojó el pelo, la cara y el cuello; agarró un peine de dilatadas púas, se peinó hacia la parte de atrás; abrió la puerta, avistó disconformidad con cielo entre turbador a grisáceo, cubrió el cuello con la solapa de la cazadora y salió más ligero que un murciélago del orificio de un poste. Pese a ello, y aunque salió más desaseado que el tejón en verano, sí evitó el chasquido de la puerta con cual eludir la riña, el reproche o la sinrazón. No obstante, y, a pesar de la evasiva, con cual distanciarse de Paula, a los vecinos y transeúntes que le salían al paso les dejaba claro que marchaba a la taberna del Tosco, regentada por Dionisio, El Manchego; donde se acomodó en la mesa del rincón y esperó a Lecherito; aunque Lecherito no se hizo esperar… Lecherito llegó tan requetelimpio como él, se colocó a su lado y aunque nada dijo, la tristeza que a ambos les causare la muerte de la fiel Estrellita crecería con la riña o el descontento que Lecherito también encontrara en la cara de Asunción. Quizá por ello, y por espacio de un rato se mantuvieron tan cerca y tan distantes que, aunque se miraban, lo hacían de soslayo, recelosos y en silencio… Claro que, eso sería hasta que de reojo vieran que por un costado se les acercaba El Tieso. El Tieso se les aproximaba tan insuperablemente peinado, sonriente y revestido que parecía la fotografía de un candidato a p en pancarta de autonomía… —¿Queréis trifulcas? —dijo El Tieso a modo de saludo. —¡Trifulcas…! No sé… Torpedo, ¿te apetece? —preguntó Lecherito. —¡Hombre…! Aún me siento condolido, pero bueno, creo que porque haya muerto nuestra estimada Estrellita no habré de vestir luto ni colocarme el esmoquin: como hicieron los guardas, Miguelón, El Foca y Aristóteles, Barriga triste. Cuando se murió la suegra de don Luis, el boticario, al velatorio fueron tan pingüinos que en principio no les reconocieron. Bueno, no hasta que a Miguelón vieran rascando los bajos de la espalda… —¡Qué buenas piezas, tan propias e idénticas, aunque del mismo modo lo sean tan desiguales a las que tú acabas de nombrar, Torpedo! —dijo Lecherito. —Bueno, no creas que son tan desiguales: Barriga triste no se quedaba corto, ni mucho menos: en semejanza a Miguelón, llevaba los dedos a la nariz, manipulaba las fosas nasales, creaba pequeñas bolitas, las dejaba caer al suelo, las empujaba con la punta del zapato y las ocultaba en los bajos de féretro… ¿Es eso acaso lo qué queréis o lo qué os gustaría de mí, cochinadas, falsedad o parabién…? —¡No, hombre, yo…! —dudó Lecherito—. Bueno, vale; si os apetece vamos los tres. Pero eso sí, de antemano quiero y deseo dejar claro que con el vehículo no andaré por los caminos rurales, y ni siquiera saldré de las callejuelas de Aldea Chica. —No te preocupes, iremos con la burra —dijo Torpedo. Lecherito asintió en silencio y entre chanzas y algarabías siguieron en la Taberna del Tosco hasta que cargaditos, con faz sonrosada y bien entrada la noche marcharían a sus respectivos hogares. Al siguiente día, en cambio, y aún de madrugada, se reunirían los tres a la salida de la aldea; donde a lomos de la burra, sobre la albarda, cargarían los arreos y las escopetas. Sin embargo, ya en trasiego, Lecherito caminaba más triste que la beata en procesión, aunque su tristeza quedaba lejos de cualquier seguimiento religioso y, cerca, muy cerca de la sinrazón, por aquello de que Asunción no aceptara esa otra salida furtiva, le riñera y una vez más le negara el revolcón y refunfuñara como gata siamés con el pelo erizado. Aunque Lecherito se hallaba acostumbrado al reproche, al rechazo, a la evasión o a la incomprensión y no por ello se disgustaba. Si bien, con las amenazas que en los últimos tiempos percibía y que Asunción enarbolaba como pendón a bandera hondeada por el viento, a Lecherito le corroía la incertidumbre y le torturaba en inseguridad crítico-local; además de la propia inestabilidad conyugal en que ello pudiera deparar… En los avatares de una aldea, la presunción e incertidumbre individual no habría de ser para menos, si Asunción cumplía las amenazas aflorarían las críticas con más resonancia que ya lo hicieran en verano, cuando alguna turista pasaba por Aldea Chica y vestía sensual o atrevida. Aunque el máximo esplendor de crítica local llegaría con injurioso lenguaje por indecente atrevimiento a destape femenino, en las cercanías de la alberca del hortelano. Por tal motivo, a las atrevidas, aunque decentes, las propias lugareñas o aldeanas las tachaban de calentonas verbeneras y rasca lomos en troncos salientes; además añadían aquello de pendones de pronta encendida a expansión yesquera o a celeridad de llueca en nido de huevos vanos… A veces incluso, en semejanza calificativa le añadían aquello de gallina ardiente, desplumada o sin alas para el vuelo; además de presumida en ronroneo de rápida sumisión para entrega al canto del gallo. O seguían con aquello de conejita de amago resurgir, provocadora y carente de olfato ante los morros del hambriento zorro… Y nada he de decir si por > o por > a las turistas, en fechas estivales, se les ocurría aquello de tomar el sol en tanguita de poco o menos tape; o en semi-bolas (top-lees) ¡Dios de las aldeas, de las albercas, de los cortijos, de los ríos y de los pueblos de mi Andalucía…! Aunque lo peor para la mentalidad de Lecherito pudiera radicar en el presunto escándalo-crítico-local. Si Asunción cumplía las amenazas podría desatar tortuosos rumores, blasfemias o críticas, incluso injurias que distraerían a parlantes de tertulias y a él lo llevarían a la intimidad de sus hogares como instrumento de indecencia: como ya hicieran con el señor Alfredo, el hortelano, que previo pago de tres duros y bajo promesa de respeto e higiene a las aguas de la alberca y a las hortalizas, a las turistas dejaría tomar el sol en bragas y sujetador… Aquello, sin embargo, andaba mal, muy mal visto e indecoroso en la mentalidad de las mujeres del lugar, aunque los picarescos ojos de aldeanos se abrían de par en par, dilataban las pupilas o las giraban como la lechuza en seguimiento del ratón… No obstante, con aquello agudizarían las críticas en las callejuelas de Aldea Chica y salpicarían comentarios e incertidumbres que serpentearían como aguas de tormentas por campos labrados y aún podrían causar mayor escandalizar… —¿Qué te pasa? —preguntó El Tieso. —A mí… Nada, nada —respondió Lecherito. Y cabizbajos seguían tras los pasos de la burra. Ella, en cambio, les recompensaba con el levantar del rabo, unas decenas de boñigas y maloliente pedorrera. —¡Si te arreo un puntapié vas a pedorrear al pájaro que no vuela! —gritó Lecherito a la burra. Torpedo soltó la carcajada, El Tieso le imitó y siguieron con la intriga. —Bueno, Lecherito —reanudó El Tieso—, el caso es que me pareció verte triste y… —¡Será cosa del vino…! Anoche nos pasamos un rato y, bueno, a lo que vamos: ¿os parece bien que dejemos la burra en Arroyo Turbio y entremos a pie, por la Umbría del Lobo? —A mí me da igual —dijo Torpedo—, cuando salgo de mi casa para mí todo el monte es de orégano. —¿Y tú, Tieso? ¿Qué opinas? —Lo mismo que Torpedo; fuera de mi casa todo me da igual; incluida la panza de Aristóteles, Barriga triste, o el abultado cuello de Miguelón, El Foca; o la fantochada figura de Luciano Rodríguez, el presidente de todas y cada una de las asociaciones locales y vecinales de caza, pesca, flora, hermandades religiosas, cooperativas agrícolas… —¡A esos ni mentarlos…! —advirtió Lecherito—. Aunque si los dos estáis de acuerdo dejamos la burra en Arroyo Turbio, cruzamos el río, entramos por la senda que serpentea la colina de Mata Puercos y llegamos hasta la Umbría del Lobo. Torpedo y El Tieso parecían conformes, aunque Lecherito seguía cabizbajo, tras los pasos de la burra, y de vez en cuando levantaba la cabeza para mirarle el rabo, por si acaso… En cambio, la burra de animal tenía el nombre, y a la primera advertencia de Lecherito entendió la riña o no tuvo más necesidad de evacuar excrementos y ventosidades… Aun así, Lecherito adelantó unos pasos, le agarró la punta de la oreja y casi al tacto con el vello, dijo: —¡Más te vale…! ¡Si me vuelves a pedorrear…!

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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CUMBRE DE ÁGUILAS 1º PARTE (Agustín Conchilla Márquez)

CUMBRE DE ÁGUILAS

NARRATIVA


PRIMERA PARTE

Autor:

Agustín Conchilla Márquez

Inscrito en el Registro Provincial de la Propiedad Intelectual de Alicante.

[…]

­­
I

Cipriano salía temprano, giraba en la esquina de la calle Benjamín y se desperezaba mientras paseaba entre jardines de la pequeña iglesia de Aldea Chica. Parte de aquella iglesia quedaba resguardada de fríos, lluvias, nieves, rachas de viento o excesiva calina por un arcaico revestimiento de madera, cañas, barro y tejas de canalillo, a estilo árabe. Revestimiento que tiempo atrás sirviera de protección y guarida a los rebaños, propiedad de una casa señorial de la época, cuya procedencia data de la expulsión de almohades sobre tierras de al-Ándalus, y que aconteciese o iniciara su cabalgadura tras la famosa batalla de las Navas de Tolosa en 1212.

En premio a su ferviente cristianismo, encarnizada lucha, alto coraje, y en reparto de bienes incautados a los moros, junto a otras tierras y edificaciones, aquellas heredades serían otorgadas al abuelo del tatarabuelo del señorito Germán, quien altruistamente las ofrendaría al primer vicario que a falta de techo se atreviera a decir misa bajo las ramas de un almendro floreado, alumbrado por dos antorchas y un sinfín de estrellas en el firmamento. Aquel rústico cachivache, sin embargo, cambiaría de apariencia en tiempos de prosperidad eclesiástica; a excepción de una pequeña parte que mantendría esplendor de origen y el vaticano conservaría como la más valiosa reliquia del pasado. No obstante, para que los aldeanos venerasen la simbología de posteriores efigies, provenientes de beneficencias, donaciones o sacrificios, aún de alba, Cipriano, el sacristán, alineaba medio centenar de banquetas, prendía cirios, repasaba pinturas, efigies o litografías y se acomodaba en la poltrona del altar. Desde aquella cómoda postura inclinaba la cabeza ante la Crucifixión de Nuestro Señor Jesucristo, oteaba en su entorno y buscaba posibles desperfectos, descolocaciones o anomalías; aunque  pocos recovecos más encontraba, excepto el del pilón de agua bendita cuyo nivel revisaba a diario. Agua que él mismo purificada y antes de marchar a la cama dejaba tapadita en un cofre dorado: un cofre bañado a imitación a oro, sobre el que mimosamente dejaba caer el paño de encaje que Adela, la beata de los Mendoza, en tardes de ocio y buena gana elaborase a mano, sobre aguja de ganchillo y para conservar la pureza que don Julián otorgase al contenido del recipiente.

Sin embargo, no por vulgar o iglesia manifiestamente pobre, la capilla o su pilón dejarían de venerarse en la dignidad de grandeza de un lecho sagrado. Para ello, cantidad de fieles y habitantes, asistentes y curiosos consideraban aquella estancia y el líquido que don Julián purificaba tan bendito como agua de pila bautismal. Incluso la igualaban a las aguas de aquellas que en domingos y festivos, presuntamente recibieran las cabezas de niñas y niños en la pila bautismal de la catedral de Sevilla. O la asemejaban a la del pilón que presuponían sobre alzapiés de piedra tallada, de mármol o granito, en la mismísima catedral de Granada.

Los habitantes de Aldea Chica, en cambio, ahuecaban la mano, la introducían en un pilón de nadería: elevado sobre alzapiés de madera perfeccionada; untaban la punta de los dedos, inclinaban la rodilla y se santiguaban para la plegaria o la pasión espiritual que, una vez más, como todos los domingos acontecería en la pequeña iglesia de Aldea Chica.

En el recinto religioso se aglutinaban decenas de aldeanas y aldeanos, escuchaban la misa de absolución por los pecados, atendían las necesidades del cepillo, escuchaban al párroco y un alto número de fieles, en familiaridad cristiana tomaban la eucaristía. Pese a ello, en transcurso ceremonial don Julián vociferó como gallo de corral, amenazó con castigo divino, tarareó como grajilla aupada en la rama de una encina; encapotó como un búho al acecho del ratón y dirigió la mirada al frente, al vacío, donde por espacio de interminables segundos la mantuvo quieta o perdida en las figuradas y presuntuosas tinieblas del mismísimo más allá… Pese a ello, tras aquel  repentino lapso, en abrir y cerrar de ojos pestañeó, giró la cabeza, depositó la vista en el escote y en la minifalda de una feligresa y, añadió: <>. Los feligreses cruzaban las miradas entre sí, y susceptibles ante lo inmoral o pecaminoso intentaban comprender el porqué de aquellas desentonadas palabras que a diestro y siniestro les lanzaba don Julián entre huecas y lejanas resonancias del templo. En consecuencia, y aunque los feligreses intercambiaban fugaces y furtivas miradas, como no encontraban anormalidad pestañeaban bajo incredulidad o desazón y amodorraban como las ovejas sorprendidas por una oleada de alta temperatura estival.

En cambio, cuando las feligresas y los feligreses menos lo esperaban, don Julián cesó en dialecto de embestida a la inmoralidad y en símbolo de súplica, de rezo o en busca de perdón ajeno y pecador o del más allá, abrió los brazos y reflexivo perdió la mirada en las pinturas de la bóveda…

Por aquel desvarío le creyeron los feligreses altamente pensativo y relajado. Sin embargo, don Julián irguió su estampa en menos que canta el gallo, giró en redondo, bamboleó la túnica como guardia civil en desfile de conmemoración y bajó los peldaños del altar más erguido que un pendón ondeando la bandera republicana: con la mirada al frente, las manos unidas y los pulgares sobre la barbilla. Don Julián, sin embargo, se detuvo en seguida, en seco y a pocos pasos del altar: a la altura del tercer banco giró de sopetón, agarró por un brazo a la señora Asunción -cuya notoriedad femenina y de joven agraciada resaltaba por la cima de las vestiduras- y sin saludo, comprensión o explicación la dirigió y la encaminó hacia la puerta de salida. Asunción no entendía ni comprendía el mal o la razón, aunque mientras don Julián la dirigía, ella percibía indecorosas miradas de fieles que a sí mismas se presuponían en dignidad de bienaventuradas. Asunción salió de aquel recinto que algunos ciudadanos, incluso ella misma, de vez en cuando llamaban sagrado. Y salió tan turbada y ruborizada que su cara enrojeció casi tanto como cuando en romería usaba coloretes para buscar ardiente entonación facial. En tal estupor alcanzó la calle tan desolada, tan avergonzada y tan baja de aliento que bajo aquella desdicha de resignación dirigió la mirada al cielo, manoteó y, dijo:

—Dios de todos y cada uno de nosotros; creador del mundo, de los muertos, de los vivos, de las cosas, de los casos y de su entorno. ¿Señor, si tú eres el padre de mi Señor Jesucristo, también de mi hermano, padre mío, de mi marido y de mi hijo, dime por qué dejas que tu representante en la tierra, en la iglesia y en la aldea, don Julián, el cura, sea tan torpe, tan confuso y tan demente o vano e incomprensivo con los hábitos y las necesidades de sus hermanos y de tus hijos?

Los ojos de Asunción chispeaban de fulgor mientras permanecían a la espera de algo: una respuesta, un rayo de luz o aliento a la razón de la fe, de la esperanza y la comprensión humana. No obstante, al no obtenerla zarandeó la cabeza, guiñó el labio, absorbió la mucosidad y emprendió camino. Meditativa, cabizbaja, en silencio y con semblante pálido y preocupado avanzaba sin ton ni son. Pero así, en cabizbajo, triste y en solitario cruzaba los jardines por el paso de la fuente cuando de súbito o de sopetón se vio reflejada y se detuvo junto a las aguas embalsadas. Asunción limpió unas lágrimas, fisgoneó los pececitos de colores, la ciénaga del fondo, la pequeña serpiente que tímida y temerosa de imprevisible emboscada avanzaba en diagonal, agitaba la lengua y junto a la pared interior buscaba el tranquilizador resquicio de la superficie. Con aquella imagen Asunción perdió el norte, el malhumor y el recuerdo a la sinrazón. Ahora, en cambio, aún con la sonrisa desfigurada observaba aquellos prodigios de la naturaleza, acarició la barbilla y por espacio de imprecisos segundos se mantuvo quieta, en pensativo. Aunque de súbito desperezó y siguió visualizando el deslizar de los renacuajos, el embarrancamiento de sanguijuelas en el fondo del embalse y las ondulaciones sobre el perímetro al máximo nivel. En aquel ir y devenir también se entretenía en visualizar diversidad de insectos acuáticos que como aeroplanos en aeródromo aterrizaban sobre la superficie, y agitaban, aún más, las pequeñas olas que iban y venían como si anduviesen atraídas por un encantamiento celestial. Después seguía visualizando el revolotear de preciosas abejas y peligrosas avispas y a toda ella la recorría tal escalofrío que cruzó los brazos sobre sus propios pectorales, los acarició y masculló algo inusual.

Mientras tanto, palomas, vencejos, golondrinas y gorriones revoloteaban sobre su entorno, como atraídas por una corona de laureles que vitorea conquista de nueva fortaleza. Incluso dóciles y románticas palomas y apacibles gorriones aterrizaban a sus pies y la saludaban con arrumacos de ternura, galantería, compasión, comprensión o necesidad: a la espera de pipas, maíz, grano o molla de pan, a cuales andaban tan habituados. Aunque ella, Asunción, iba tan afligida, confusa y acalorada que ni ganas le quedaban para guiñadas, arrojes ni sonrisas.

Asunción llegó a casa tan pálida, tan malhumorada y con el rostro tan abucheado que Lecherito intuyó anomalía. Aunque Lecherito era astuto como el viejo zorro y la observaba en silencio y de soslayo… Sin embargo, tan risueño como irónico, en abrir y cerrar de ojos gesticuló los labios, mordisqueó el interior-inferior, chasqueó la lengua, le guiñó un ojo y esperó a tal o cuál evento. Asunción, en cambio, amodorró aún más, aunque en breve tomaría aliento y entre sollozos y profundos suspiros se dispondría para narrarle el motivo de su tormento.

—Cariño, no sufras por tal o cuál evento —dijo Lecherito al corriente del suceso—. El cura puede decir misa e imponer su voluntad. Para eso es cura y dueño de su parcela; aunque mi amor, qué quieres que yo le añada al tormento de mujer ultrajada si soy como los del dicho popular que piensan y argumentan que cuanto se hayan de comer los gusanos, antes que lo disfruten los humanos…

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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Reyezuelos (Antoine de Saint Exupery)

                 Junto a Ciudadela, también inacabada, esta es la obra en la que trabajaba Saint Exupery en el momento de su muerte y que por fin trae hasta nosotros Editorial Caralt.
                 En un extraño planeta, viven varias razas de seres, cada uno con una forma distinta, pero siempre producto de sus vicios, y en cada una de esas razas es elegido rey el que más se acerque al estereotipo predefinido de su raza. Los problemas comenzarán cuando la envidia y la soberbia decidan unir sus reinos para format un gran imperio, pue slo que en principio parecía una buena idea para todos acabará por derivar en una guerra civil, ya que a la muerte de los reyes originales no podrá determinarse quién debe ser el sucesor.
                 Un niño plano y ancho del país de la pereza,  tendrá la solución. O la tendría si el autor hubiese terminado el libro. Así, queda a juicio del lector.

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LA TORTUGA ALICIA

DEL PRADO MORALES, Julia (2007). LA TORTUGA ALICIA. Editorial Zignos. Lima. 77 pp. Si este hermoso y singular libro hubiese llegado a mi vida a tiempo, esa Alicia habría influido en mí con decidida fuerza, ternura y poesía a la vez. Y, de seguro, mis letras tendrían sonido, vigor, dulzura y alegría permanentes. Por eso yo reconvengo al destino y , aunque no quiera escucharme, le pregunto con férrea aflicción: ¿Por qué mi querido amigo, el larguirucho Hugo Peña Canga, fue tan mishico, que no nos presentó a la mamá de Alicia en nuestras épocas de colegiales, allá en la lejana pero cercana Yurimaguas? Mas, nunca es tarde para tener la suerte de apreciar, y de agradecer, la feliz aparición de una obra tan exquisita, para niños y adultos, escrita con brillantez por una fina Maestra de las letras peruanas. ¡Doña Julia, enhorabuena!(Walter Meza Valera. Balsapuerto, Alto Amazonas. Loreto. Set. 08).

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