LA CULTURA COMO ERROR (Wilhelm Klopper)

El libro del profesor W. Klopper La cultura como error es, sin duda, una obra digna de interés, porque representa una hipótesis antropológica original.  Sin embargo, antes de pasar a su análisis, no puedo abstenerme de formular una observación respecto a la forma de sus ideas.  ¡Es un libro que sólo pudo ser escrito por un alemán!  El amor a la clasificación, al orden concienzudo que dio origen a innumerables Handbucher, transformó el alma alemana en un archivador.  Al contemplar el impecable ordenamiento del índice de materias de la obra, no podemos evitar el pensamiento de que si Dios fuese de nacionalidad alemana, nuestro mundo sería un lugar tal vez no necesariamente mejor para vivir en él, pero sí más metódico y disciplinado.  La perfección de su orden es literalmente abrumadora, aunque podría suscitar cierto tipo de reservas.  No puedo dedicarme aquí a reflexionar sobre la cuestión de si tanto apego, meramente formal, al ordenamiento, a la simetría, al «-un-dos, un-dos», no habrá tenido una influencia notable en algunas ideas típicas de la filosofía alemana y, sobre todo, en su ontología.  ¡Hegel amaba el cosmos porque le parecía tan bien ordenado como el estado prusiano!  Incluso aquel pensador loco por la estética, Schopenhauer, mostró lo que podía ser la rigidez del método en su disertación Ueber die vierfache Wurzel des Satzes vom zureichenden Grunde.  ¿Y Fichte?  Pero tengo que privarme a mí mismo del placer de divagar, lo que me cuesta mucho, tanto más que no soy alemán.  ¡Al grano!  ¡Al grano!
Klopper proveyó su obra, en dos tomos, de prólogo, introducción y prefacio.
(¡El ideal de la forma: la triada!)  Entrando en el méritum del asunto, primero le ajusta las cuentas a la interpretación de la cultura como error, que considera falsa.  Conforme a esa interpretación (equivocada según el autor) típica de la escuela anglosajona, representada sobre todo por Whistle y Sadbottham, todo lo que constituye una forma de comportamiento del organismo que ni entorpece ni favorece su vida, es erróneo.  En la evolución, el único criterio para determinar la sensatez de las conductas estriba en su capacidad de ayudar a sobrevivir.  De acuerdo con dicho criterio, el animal que gracias a su manera de ser sobrevive a los demás, se comporta más razonablemente que los que mueren.  Los herbívoros desdentados no tienen sentido desde el punto de vista de la evolución, puesto que, apenas nacidos, tienen que morir de hambre.
Análogamente, unos herbívoros que aun teniendo muelas las usaran para masticar piedras en vez de hierba carecerían también de sentido, ya que su especie tendría que extinguirse con gran rapidez.  A continuación, Klopper cita un conocido ejemplo de Whistle: supongamos —dice el autor inglés— que en una manada de babuinos el macho más viejo, jefe de la tribu, por pura casualidad empieza a comer los pájaros cazados por el lado izquierdo.  Lo hace, por ejemplo, porque tiene un corte en un dedo de la mano derecha y le es más cómodo sostener la presa con el lado izquierdo vuelto hacia arriba.  Los babuinos jóvenes observan el comportamiento del jefe, para ellos modélico, y pronto, en la segunda generación, todos los babuinos de la manada darán el primer mordisco a los pájaros cazados por el lado izquierdo.  Desde el punto de vista de la adaptación, su actitud carece de sentido, porque para el organismo de los babuinos el lado del alimento por el que empiecen a comer no tiene la menor importancia.  A pesar de ello, ese tipo de conducta se establece en el grupo.  ¿Y qué es esto?  Es el principio de la cultura (la protocultura), manifestado en un comportamiento insensato bajo el punto de vista de la adaptación.  Esta concepción de Whistley ha sido desarrollada ulteriormente por J. Sadbottham, que no es antropólogo, sino filósofo de la escuela inglesa lógico-analítica; Klopper resume (y ataca) sus ideas en el siguiente capítulo del libro («Das Fehlerhafte der Kulturfehlertheone von Joshua Sadbottham»).
El filósofo británico sostiene en su obra principal que las comunidades humanas crean la cultura a través de errores, pasos en falso, fracasos, tropiezos, equivocaciones y malentendidos.  Los hombres se proponen hacer una cosa y hacen otra.  Desean comprender bien el mecanismo de los fenómenos, pero lo interpretan de una manera falsa.  Buscan la verdad y encuentran la mentira.  Y así nacen las costumbres, los temores, la fe, lo sagrado, los misterios; ése es el origen de preceptos y prohibiciones, totems y tabúes.  Si la humanidad crea una clasificación falsa del mundo que la rodea, aparece el totemismo.  Las generalizaciones equivocadas originan el concepto de lo absoluto.  De las ideas erróneas acerca de la constitución de su propio cuerpo, los humanos deducen las nociones de virtud y pecado.  Si los órganos genitales se pareciesen a las mariposas y la fecundación a una canción (en la que la información hereditaria residiría en unas vibraciones del aire), dichas nociones se hubieran formado de un modo muy distinto.  Los hombres crean las hipóstasis: de ahí el concepto de las deidades; hacen plagios, y ya tenemos unas entretejeduras eclécticas de mitos, o sea, las religiones doctrinales.  En una palabra, se comportan de cualquier manera, imperfectamente bajo el punto de vista de la adaptación, interpretan mal la conducta de otras personas, de su propio cuerpo, de los objetos de la Naturaleza, consideran lo casual como determinado y lo determinado como casual, lo que equivale a inventar cantidades cada vez mayores de existencias imaginarias.  Por ende, los humanos erigen su alrededor las murallas de la cultura, falsean la imagen del mundo para hacerla coincidir con los dictámenes de aquélla, y después, al cabo de milenios, se extrañan de no sentirse demasiado cómodos en esa cárcel.  Al principio, las cosas son innocuas y sin importancia.  Como en el caso de los babuinos que mordían las pechugas de los pajaritos por el lado izquierdo.  Pero cuando esos granitos de arena se componen en un sistema de significados y valores, cuando los errores, equivocaciones y malentendidos se agrupan en cantidad suficiente como para constituir una estructura cerrada (en el sentido matemático), el hombre queda a su vez encerrado en lo que, siendo una mezcolanza totalmente accidental de conceptos, le aparece como una necesidad suprema.
Sadbottham, muy erudito, apoya sus afirmaciones en un sinfín de ejemplos sacados de la etnología.  Recordamos incluso que sus confrontaciones hicieron en su tiempo mucho ruido (sobre todo las tablas «casualidad versus determinismo» en las que evidenciaba las falsas interpretaciones culturales de los fenómenos: en efecto, varias culturas consideran que el hombre era primitivamente inmortal, pero, o él mismo había anulado esa propiedad a causa de su caída, o bien la había perdido por culpa de la intervención de una fuerza maligna.  En cambio, todas las culturas atribuyen a la necesidad ineludible lo que es casual: el aspecto del hombre formado por la evolución física.  En consecuencia, las religiones hoy día imperantes afirman que el hombre no es accidental en su aspecto, puesto que está hecho a semejanza de Dios).
La crítica a la cual Klopper somete la hipótesis de su colega inglés no es la primera ni tampoco original.  Como buen alemán, el profesor la divide en dos partes: la inmanente y la positiva.  En la inmanente, se limita a refutar las tesis de Sadbottham; vamos a dejar de lado esta parte de la obra, puesto que repite las objeciones que la literatura especializada ya había hecho constar.  En la segunda parte de la crítica, la positiva, Wilhelm Klopper pasa finalmente a exponer su propia contrahipótesis.
El autor empieza su exposición, según nuestra opinión de manera eficaz y acertada, por el siguiente ejemplo conceptual: Los pájaros de distintas clases emplean para la construcción de sus nidos materiales diferentes.  Además, los pájaros de la misma clase no usan los mismos materiales en distintas regiones, ya que dependen de lo que encuentran en el lugar.  La casualidad determina el tipo de material que los pájaros encuentran sin mayor esfuerzo, sean briznas de hierba, trocitos de corteza de los árboles, hojas, pequeñas conchas, piedrecitas, etc. Por tanto, en unos nidos habrá más conchas y en otros más piedrecitas; unos estarán construidos preferentemente de tiritas de corteza, y otros, de plumas y musgo.
No obstante, aunque el material de construcción tiene indudablemente una influencia sobre la forma del nido, sería insensato decir que los nidos de los pájaros son obra de la casualidad pura y simple.  Los nidos son un instrumento de la adaptación, aun cuando se construyan con partículas halladas accidentalmente.  También la cultura es un instrumento de la adaptación.  Pero —y aquí el autor plantea una idea nueva— se trata en este caso de una adaptación esencialmente diferente de la típica en el mundo de la flora y la fauna.
Was ist der Fall?  —pregunta Klopper.  «¿Cuál es la situación?» La situación es la siguiente: en el hombre, como ser corporal, no hay nada inevitablemente necesario.  Según los conocimientos de la biología contemporánea, el hombre podría tener una constitución diferente de la que tiene; podría vivir 600 y no 60 años por término medio; podría poseer el tronco y las extremidades formados de diferente manera, tener un aparato de reproducción distinto, distinto tipo de sistema digestivo, ser exclusivamente herbívoro, ovíparo, adaptado a la vida marina, presentar la capacidad de reproducción una vez al año durante el período de celo, etc. Sin embargo, posee un elemento inevitablemente necesario para que el hombre sea hombre: un cerebro capaz de crear el habla y la reflexión; si el ser humano reflexiona sobre su cuerpo y su destino, obtiene de ello muy poca satisfacción.  Su vida es breve y, por añadidura, su infancia, sujeta a la voluntad ajena, dura mucho tiempo; la edad de su madurez más eficaz forma solamente una pequeña parte de su vida; apenas llegado a su plenitud, empieza a envejecer, sabiendo, a diferencia de todos los otros seres, adonde lo lleva la vejez.  En los ámbitos naturales de la evolución, la vida está siempre expuesta a algún peligro, de modo que para sobrevivir hay que estar incesantemente alerta.  Por esta razón, la evolución desarrolló muy marcadamente en todos los seres vivos los detectores del dolor, los órganos del sufrimiento, para que señalicen la urgencia de emprender las tareas de autoconservación.  En cambio, no hubo ninguna razón evolucionista, ninguna fuerza formadora de los organismos, para equilibrar «con justicia» esa disposición, suministrando a los cuerpos la correspondiente cantidad de órganos de placer y goce.
Nadie negará —dice Klopper— que el sufrimiento provocado por el hambre, el suplicio de la sed y las torturas de la disnea son más intensos en su crueldad que la satisfacción que sentimos respirando normalmente, bebiendo y comiendo.  La única excepción de la regla general de asimetría entre sufrimientos y placer es el sexo.  Es un fenómeno bien comprensible; si no fuéramos seres bisexuales, si nuestro aparato genital estuviera organizado como, por ejemplo, el de las flores, funcionaría fuera de toda vivencia positiva sensual, ya que su actividad no necesitaría ninguna clase de aliciente.  La existencia del goce sexual, peana de los grandes monumentos del amor (Klopper, cuando deja de ser seco y concreto, se vuelve en seguida sentimental y poético), es el resultado directo de la bisexualidad.  Se equivoca quien cree que homo hermafroditicus (si esta especie existiera) sentiría el amor erótico hacia su propia persona.  Nada de eso; se autoprotegería exclusivamente dentro de los límites prescritos por el instinto de conservación.
Lo que llamamos narcicismo, imaginándonos que significa la atracción del hermafrodita hacia sí mismo, es, en realidad, una proyección secundaria, una especie de rebote: el individuo de esta clase traslada en la imaginación a su cuerpo la efigie externa de un compañero ideal (aquí siguen unas setenta páginas de hondas reflexiones acerca de las distintas naturalezas exóticas humanas que se derivarían de la uni, bi y plurisexualidad.  Nos permitimos omitir esas largas consideraciones).
¿Qué tiene que ver la cultura con todo esto?, pregunta Klopper.  La cultura es el instrumento de una adaptación de tipo nuevo, ya que no tanto se elabora en base a las casualidades, cuanto cumple la tarea de adornar todo lo accidental de nuestra condición con la aureola suprema de lo inevitablemente necesario.
Su actividad se efectúa mediante la religión, las costumbres, leyes, órdenes y prohibiciones, a fin de transformar carencias en ideales, minus en plus, desventajas en ventajas, imperfecciones en perfecciones.  ¿El sufrimiento es una tortura?  Sí, pero ennoblece, e incluso trae la salvación.  ¿La vida es corta?
Sí, pero la existencia extraterrena dura eternamente.  ¿La infancia es molesta y boba?  Sí, pero idílica, angelical, poco menos que santa.  ¿La vejez es atroz?  Sí, pero prepara para la vida eterna; a los asistencia, viejos hay que respetarlos porque son asistencia, viejos.  ¿El hombre es un monstruo?  Sí, pero no por su culpa: nuestros primeros padres han hecho de las suyas, o bien el demonio se inmiscuyó en el acto divino.  ¿El hombre no sabe qué quiere, busca el sentido de la vida, es desgraciado?  Sí, pero eso es consecuencia de la libertad, que representa el valor supremo; si pagamos caro por poseerla, no debemos quejarnos: el hombre privado de la libertad sería más desgraciado de lo que es ahora.  Los animales —observa Klopper— no diferencian los excrementos de la carroña: evitan ambas cosas como desechos de la vida.  Para un materialista consecuente, la relación de los cadáveres con las heces debería tener el mismo significado.  Sin embargo, de estas últimas nos desprendemos secretamente y de los primeros, con pompa y solemnidad, empaquetando los despojos mortales en envoltorios costosos y complicados.  Así lo exige la cultura, como sistema de apariencias que nos ayudan a aceptar hechos indignos.  Las solemnes ceremonias de los entierros son unos medicamentos tranquilizantes contra nuestra protesta natural, contra nuestra rebelión provocada por la infamia de la mortalidad.  ¿No es, acaso, una infamia el hecho de que el cerebro, nutrido durante toda la vida de conocimientos cada vez más vastos, termine convirtiéndose en un charco de podredumbre?
Así pues, la cultura tiene la misión de suavizar las objeciones, indignaciones y pretensiones del hombre con respecto a la evolución natural, las propiedades del cuerpo, accidentalmente aparecidas, accidentalmente desacertadas, heredadas, sin haberlo deseado, de un proceso de adaptaciones sumarias desarrollado a lo largo de varios millones de años.  Víctimas de esta execrable herencia, marcados por el atropello incoherente de debilidades y estigmas anidados en nuestras células, nuestros huesos y nuestra carne, nos enfrentamos con la cultura, abogado defensor de lo que nos es adverso.  Su defensa se compone de un sinfín de mentiras y embrollos, de argumentos contradictorios, ora dirigidos a nuestros sentimientos, ora a la razón, ya que para este abogado todos los métodos son buenos, con tal de que logren su propósito: la transformación de signos negativos en positivos, la de nuestra miseria, nuestra debilidad e infortunio, en la virtud, la perfección y la necesidad ineludible.
La primera parte de la obra del profesor Klopper, resumida aquí en términos lacónicos, termina de modo altisonante, con un estilo teñido de grandilocuencia académica.  La segunda nos habla de la importancia que posee la comprensión de la función real de la cultura, necesaria para que podamos interpretar correctamente los signos precursores de un futuro que el hombre ha preparado para sí mismo al desarrollar la civilización científico-técnica.
¡La cultura es un error!, declara Klopper; la forma lacónica de esta afirmación nos recuerda la frase de Schopenhauer: «Die Welt ist Wille».  La cultura es un error, pero no en el sentido de su supuesto origen accidental.  No, al contrario, la cultura proviene de una necesidad perentoria, ya que sirve —como se demuestra en la primera parte— a la adaptación.  Sólo que su servicio es puramente mental: el hombre no se transforma realmente en un ser inmortal gracias a los dogmas de la fe y los mandamientos; la cultura no ofrece al hombre accidental, homini accidentali, un Dios Creador real.  No anula realmente el menor átomo de sufrimiento individual, dolor, tormento (aquí también Klopper es fiel a Schopenhauer): lo hace todo a nivel exclusivamente espiritual, teórico e interpretativo.  La cultura confiere un sentido a lo que carece de él en la inmanencia, separa el pecado de la virtud, la gracia de la caída, lo infame de lo sublime.
Pero he aquí que, primero lentamente, paso a paso, arrastrándose al principio sobre la chatarra de unas máquinas primitivas, la civilización técnica se introdujo bajo la cultura.  Tembló el edificio, se hicieron añicos las paredes de cristal, porque la civilización técnica promete mejorar al hombre, arreglar de veras su cuerpo, su cerebro y su alma.  La enorme fuerza, inesperadamente potenciada, de la información recogida durante siglos, que estalló como una bomba en nuestra centuria, proclama la posibilidad de una vida larga, cuyo límite se confunda, tal vez, con la inmortalidad; anuncia una madurez prolongada y pronta, sin envejecimiento; el incremento de los goces corporales y la reducción definitiva de sufrimientos, tanto «naturales» (senilidad), como «casuales» (enfermedad).  Pronostica la libertad donde hasta ahora el azar se asociaba con lo inevitable (libertad de determinar aspectos de la naturaleza humana, reforzar los talentos, conocimientos e inteligencia; libertad de conferir a los miembros humanos, a la cara, al cuerpo y a los sentidos las formas que se prefieran, funciones que duren casi eternamente, etc.). ¿Qué actitud debemos tomar ante esas promesas, confirmadas ya por muchas realizaciones?  Debemos iniciar una danza triunfal y dar la espalda a nuestra anacrónica cultura, ese bastón de cojo, muleta de inválido, silla de ruedas de paralítico, ese montón de parches destinados a cubrir la miseria de nuestro cuerpo y las deficiencias de nuestra penosa condición, esa vieja criada que ha servido demasiado tiempo.  ¿Acaso necesita prótesis alguien a quien pueden crecerle miembros nuevos?  ¿Le sigue haciendo falta el bastón al invidente si le devuelven la vista?  ¿Ha de pedir que lo cieguen de nuevo aquel a quien le quitan la venda de los ojos?  ¿No es más acertado mandar al museo ese trasto inútil y avanzar con paso firme hacia nuevos objetivos, nuevas tareas, difíciles pero magníficas?  Mientras la naturaleza de nuestros cuerpos, la lentitud de su maduración y la rapidez de su decadencia era un muro, una barrera infranqueable y la frontera de la existencia, la cultura facilitó a miles de generaciones la adaptación a ese deplorable estado de cosas.  Permitía aceptarlo y, más aún, se ocupaba —como dice el autor— de metamorfosear las faltas en valores y los defectos en virtudes.  Es como si el propietario de uncoche viejo, feo y destartalado se enamorara de sus defectos y viera en su imperfección los síntomas de un ideal supremo, y en sus continuos fallos, las leyes de la Naturaleza y de la Creación, tomando los estornudos del carburador por la mismísima voluntad del Todopoderoso.  Mientras no exista ningúncoche nuevo, esta política será justa, conveniente, la única acertada e incluso racional.  ¡Qué duda cabe!  Pero ahora, cuando en el horizonte resplandece un vehículo nuevo, ¿debemos abrazarnos a la carrocería abollada, desesperarnos porque vamos a perder ese colmo de la fealdad, pedir socorro ante la eficiente belleza del modelo nuevo?  Psicológicamente, esta clase de actitud tiene una explicación: demasiado tiempo —¡milenios!— duró el proceso de acostumbrar al hombre a su propia naturaleza remendada por la evolución; durante demasiado tiempo el hombre hizo el enorme esfuerzo de amar su condición con todas sus flaquezas, sus limitaciones, sus miserias y complicaciones fisiológicas.
El ser humano trabajó tanto en esto a través de las sucesivas formas culturales, tanto se sugestionó a sí mismo, tan fuertemente se convenció de que su destino era definitivo, único, excepcional y, sobre todo, carente de alternativas, que ahora, a la vista de la salvación, retrocede, tiembla, se tapa los ojos, grita de temor, vuelve la espalda al Salvador técnico, quiere huir lejos, al bosque, a cuatro patas o como sea.  Quiere romper con sus propias manos la flor de la ciencia, la maravilla del conocimiento, destrozarla, pisotearla, con tal de no entregar al almacén de chatarra los asistencia, viejos valores que ha criado con su propia sangre, celado de la vigilia y en el sueño, hasta imponerse la obligación de amarlos.  Pero, desde el punto de vista racional, esta actitud tan absurda, este shock, este miedo, son, sencillamente, una tontería.
¡Sí, la cultura es un error!  Pero sólo en el sentido en que es un error cerrar los ojos a la luz, rechazar el medicamento en la enfermedad, pedir el incienso y las ceremonias de la magia cuando un sabio médico se encuentra junto al lecho del enfermo.  Este error no existía mientras la ciencia no se había elevado hasta la altura necesaria; este error no es otra cosa que las ganas de clavarse para siempre en el mismo sitio, la testarudez del asno, la oscura malevolencia, los espasmos de terror llamados por los «pensadores» el «diagnóstico intelectual de las transformaciones del mundo».  Tenemos que rechazar la cultura, ese sistema de prótesis, para confiarnos a la tutela de la ciencia.  La ciencia nos transfigurará y nos otorgará la perfección.  Y no una perfección imaginaria ni resultante de una convicción falsa, ni deducida de los sofismas de definiciones y dogmas esencialmente contradictorios y torcidos, sino puramente concreta, material, absolutamente objetiva: ¡la misma existencia será perfecta, y no sólo su teoría y su interpretación!  La cultura, el defensor de las Idioteces Operacionales de la Evolución, el abogaducho de una causa perdida, el patrocinador del primitivismo y la incuria somática, ha de largarse de aquí, puesto que el proceso del hombre entra en otro nivel, más alto, puesto que se está resquebrajando el muro de fatalidades hasta ahora inamovibles.  ¿El desarrollo técnico acaba con la cultura?  ¿Trae la libertad donde hasta ahora reinaba la opresión de la biología?  ¡Sí, indudablemente!  Y en vez de verter lágrimas sobre la cárcel que se está desmoronando, hay que apresurar el paso para salir cuanto antes de su oscuro recinto.  Por consiguiente (aquí empiezan las pausadas conclusiones del finale): todo lo que se dice acerca del peligro al que la nueva tecnología expone a la cultura tradicional, es pura verdad.  Pero no debemos preocuparnos por este peligro; no debemos pegar parches sobre las deshilacliadas costuras de la cultura, sujetar con grapas sus dogmas y defendernos contra la invasión de nuestros cuerpos y vidas por una ciencia mejor.  La cultura no deja de ser un valor, pero se convierte en un valor distinto: el anacrónico.  Ha sido la gran incubadora, la matriz, el nido donde proliferaron los inventos y parieron con dolor la ciencia.  Así como el embrión absorbe para desarrollarse la inerte y pasiva substancia del material nutricio del huevo, la técnica absorbe y digiere la cultura, incorporando en su desarrollo el material que la nutre.
Vivimos en una época de transición —dice Klopper— y nunca es tan difícil abarcar con la vista el camino recorrido y el que el futuro nos depara, como en las eras de transición, ya que en ellas suele darse el caos conceptual.  Sin embargo, no hay nada que detenga el implacable proceso.  En cualquier caso, no debemos creer que la transición entre el estado de la esclavitud biológica y el de la libertad autocreadora pueda constituir un solo y único acto.  El hombre no es capaz de perfeccionarse de una vez por todas.  El proceso de autotransformación continuará durante siglos.
«Me atrevo —dice Klopper— a afirmar que este dilema tan ofensivo para el pensamiento del humanista tradicional, atemorizado por la revolución científica, recuerda la nostalgia del perro por el collar que le están quitando.  Ese dilema se reduce a la creencia de que el hombre está formado de un amalgama de contradicciones absolutamente imposibles de eliminar, aunque fuera técnicamente factible.  En otras palabras, que no tenemos derecho a cambiar la forma del cuerpo, debilitar el impulso de agresividad, potenciar el intelecto, equilibrar las emociones, organizar de diferente manera el sexo, liberar al hombre de la vejez y de las complicaciones de la procreación… Y no tenemos derecho a hacerlo simplemente porque nadie lo había hecho hasta ahora: lo que nunca se hizo tiene que ser naturalmente muy malo.  Al humanista no se le puede decir, conforme a la ciencia, que las causas del estado actual del espíritu y el cuerpo humano son la resultante de una larga serie de juegos de azar del destino, de las infinitas convulsiones internas del proceso evolutivo, agitado constantemente por movimientos orogénicos, enormes glaciaciones, estallidos de estrellas, desplazamientos de polos magnéticos y un sinfín de otros incidentes.  ¿Debemos ver una especie de orden sagrado, intocable e inamovible, en lo que la evolución de los animales primero y luego la de los antropoides ha montado como se monta un sorteo de lotería?  ¿En lo que se ha grabado de día en día en los genes como por arte de unos dados tirados sobre la mesa de juego?  ¿Dónde está la razón de hacerlo?  Aparentemente, estamos ultrajando la cultura con nuestro diagnóstico sobre su modo de proceder, defendible en cuanto a la intención, pero que, de hecho, es la mayor, la más difícil, la más fantasiosa y falsa de las mentiras que el homo sapiens ha elaborado, para aferrarse a ella, una vez expulsado al espacio de la existencia racional desde aquel antro tenebroso donde el proceso de la evolución graba sus trucos de tahúr en los cromosomas.  Todo ese juego es una trampa sucia, sin el menor valor ni objetivo de índole superior; si lo dudamos, he aquí un hecho convincente: se trata solamente de vivir hoy, y nadie se preocupa —ni por el amor de Dios ni por el del diablo— de lo que pasará mañana con aquellos que viven su día de hoy con tanta aceptación, oportunismo y obediencia, en una palabra: con tanta bajeza.  Sin embargo, como todo ocurre exactamente al revés de lo que sueña el humanista muerto de miedo, obtuso e ignorante, que se hace pasar sin el menor derecho por racionalista, la cultura será socavada, parcelada, desmontada y mejorada, conforme a los cambios experimentados por el hombre.  En una existencia determinada por el juego sucio de los genes y el oportunismo de la adaptación, no hay ningún misterio: sólo el Katzenjammer de los engañados, el mal recuerdo de nuestro antepasado simiesco, el subir al cielo por una escalera imaginaria, de la cual siempre te vienes abajo (porque la biología te tira de los pies), aunque te pongas alas de pájaro, aureolas, inmaculadas concepciones, o bien quieras afirmarte en un heroísmo hecho por encargo.  Podemos estar seguros de que no será destruido nada que fuera necesario.  Sólo se desvanecerá lentamente el tinglado de supersticiones, desinformaciones, subterfugios, gatos por liebre, en una palabra: toda la sofística a la cual la desgraciada humanidad se había agarrado durante siglos para hacer más soportable su atroz condición.  De la nube de la explosión informática asomará en el siglo próximo el Homo Optimíssans Se Ipse, Autocreátor, y se reirá de nuestras Casandras (si es que tiene con qué reírse).  Debemos alegrarnos de esta posibilidad, considerarla como un concurso de circunstancias cósmicas y planetarias increíblemente ventajoso, y no temblar de miedo ante la fuerza que salvará a nuestra estirpe del cadalso y nos quitará las cadenas que arrastramos hasta el agotamiento de nuestras fuerzas físicas y nos ahogamos en la agonía.  Y aunque el mundo entero continuara expresando su conformidad con el estado de cosas con el que la evolución nos ha marcado como con un hierro candente, yo nunca estaré de acuerdo con él y aun en mi lecho de muerte gritaré: ¡Fuera la Evolución, Viva la Autocreación!» La extensa obra, con cuya cita terminamos nuestra crítica, es muy aleccionadora.  Lo es, sobre todo, porque revela que no hay cosa, por mala y desafortunada que parezca a unos, que otros no tomen por salvadora y digna del mayor encomio.  Este crítico no cree que la evolución tecnológica pueda considerarse una panacea existencial para la humanidad, aunque sólo fuera porque los criterios de optimación son demasiado relativos como para poder establecer una pauta universal (o sea, un código inequívoco de comportamientos salvadores, formulado en el lenguaje empírico).  En cualquier caso, recomendamos La cultura como error a la atención de los lectores, ya que representa un notable intento de esclarecer el futuro, todavía oscuro a pesar de los esfuerzos reunidos de futurólogos y pensadores de la categoría de Wilhelm Klopper.

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El gato sobre la cacerola de leche hirviendo (Manuel Valero)

I

Crítico Literario.- Buenas tardes, estimado Autor.

Autor.- Buenas.

Crítico Literario.-
Mi primera apreciación viene referida al hecho de que Ud. establece un
claro paralelismo entre el Autor y Dios, parafrasea al narrador bíblico
del Génesis, lo que le ubica semióticamente del lado de los escritores
omniscientes…

Autor.- …

Crítico Literario.-
… y para reforzar ese efecto, crea el artificio, la paradoja, de la
libertad de los personajes, libertad circunscrita no obstante a los
deseos de un Autor que, sólo en apariencia, se ha ausentado…

Autor.- Bueno, como he escrito, me quedé dormido en la cocina, …

Crítico Literario.-
“me dormí”, nuevamente otro bello símil tomado de la Biblia, el sueño
de Jacob, a través del cuál, Dios (o el Autor) manifiesta su Voluntad.
¿En qué personaje de la novela se ha metamorfoseado el Autor?¿Tal vez
en el rebelde Candelas?¿En el libertario Sirfrido?

Autor.- Bueno, el gato, del que toma nombre el relato…

Crítico Literario.-
Ah, …, el gato. Interesante apreciación ya que el zoomorfismo tiene
una extensa tradición literaria desde Esopo hasta Tomeo. Por eso, el
gato es el responsable de la multiplicación de los guiones, claro.

Autor.- …

Crítico Literario.- Es interesante, cuanto más se adentra uno en la compleja trama, más relaciones parece descubrir.

Autor.- ¡Camarero! A mí, casi que no me traiga la cerveza, se me ha puesto un tremendo dolor de cabeza.

Crítico Literario.-
Otra vía de aproximación a la temática central de su novela, es la idea
de Poder y la corruptibilidad de sus ejecutores. Querría preguntarle
por su pesimista visión del Hombre y la imposibilidad de redención que
obliga a la renuncia de cualquier forma de dominio sobre otro. Y sin
embargo, algunos personajes emplean con buen fin ese Poder.

Autor.- ¿Se refiere a la pareja fornicadora?

Crítico Literario.-
No, me refería al grupo de Candelas, pero ya que menciona el sexo, en
su novela parece darse un alto grado de promiscuidad, más aún, si me
permite, estos ayuntamientos se enmarcan fuera de cualquier relación
institucionalizada.

Autor.- Que no están casados, vamos.

Crítico Literario.- Si, eso mismo. Que no están casados, lo cuál parece implicar una desmitificación…

Autor.- La verdad es que creo que le da muchas vueltas a la novela.

Crítico Literario.- … es mi intención aclarar y desvelar aquellos aspectos que puedan resultar más oscuros para el lector.

Autor.- Pero, ¿Ud. cree que habrá alguna persona que sea incapaz de entender el libro?

Crítico Literario.- Mi trabajo es que nadie corra ese riesgo.

Autor.- ¿Y cree que hablando del sueño de Jacob aclara algo de lo que cuento?

Crítico Literario.- Pongo en valor su obra, por supuesto.

Autor.- Pero yo no quiero que tenga más valor que el que le de el lector.

Crítico Literario.- Ah, el lector; ése es otro aspecto sobre el que he reflexionado largamente…

Autor.- Disculpe, ¿Ud. se ha reído alguna vez leyendo El gato sobre la cacerola de leche hirviendo?

Crítico Literario.- He comprendido el uso que hace del humor como instrumento revelador de una realidad que trasciende.

Autor.- ….

Crítico Literario.- Pero, ¡¡Autor!! ¿Dónde va? Aún no hablamos de la alteridad en El gato sobre … ¡Maldita sea, otra entrevista que tendré que inventarme!

II

El
humor es subversivo. No hay dictadura u opresor conocidos por su
sentido del humor. Nada desconcierta más a los poderosos que la ironía;
la temen y persiguen. Si eres uno de aquellos a los que no les gusta
ver sus ideas puestas en solfa, aparta de ti este libro, no lo
entenderás, no te resultará fresco, divertido, sólo intuirás el feroz
ataque que se esconde tras sus páginas, inocentes en apariencia, y su
falta descabellada de trama, argumento o sentido.

Porque de eso
se trata: de una novela breve en la que cada cuál se organiza como
puede o sabe, aprovechando el vacío temporal de poder de un autor que
prefiere dormir a enderezar la acción, que renuncia a su poder dejando
un vacío que algunos se encargarán de arrogarse convirtiéndose en
oráculos de la voz dormida. Otros verán la oportunidad de asumir su
propio destino y otros, la mayoría, apenas notarán el cambio, sujetos
al dictado del autor, o de otros personajes, cumplirán las órdenes que
se les imparta, de donde quiera que vengan, cualesquiera que sean.

Los
primeros capítulos parecen traer inevitablemente a la memoria del
lector los seis personajes en busca de autor de Pirandello, pero, al
transcurrir la obra, al profundizarse en la peculiaridad de cada
personaje y en las dinámicas que van surgiendo entre ellos, los
aspectos existenciales ceden al paso a cuestiones más generales.
Rebelión en la granja parece una referencia más apropiada para El gato sobre la cacerola de leche hirviendo.

Pero aquí los animales han sido sustituidos por personajes de una ficción que lleva por disparatado título El gato sobre la cacerola de leche hirviendo
(ni el propio título escapará a las críticas de algunos de los
personajes de la obra), y las implicaciones políticas que pretendía
Orwell han ampliado sus miras a la sociedad actual, su razón de ser,
sus tiranías y manipulaciones (mejor aún, sus tiranos y manipuladores).
Y es que, tal y como ocurre en la ficción orwelliana, el vacío del
Poder es prontamente ocupado por una nueva casta dominante que replica
los vicios del pasado, que impone aún mayores sufrimientos a sus
antiguos camaradas. En este contexto, cualquier discrepancia es
aniquilada.

Y, a diferencia de lo que ocurre en Rebelión en la
Granja, donde una nueva ideología reemplaza a la anterior para que nada
cambie, los personajes huérfanos de Autor, gozarán del liderazgo de
quien asegura hablar en su Nombre, de quien actuará como medium e
intérprete, lo que se asemeja más al tipo de manipulaciones a que
estamos más acostumbrados hoy en día (la ficción de que nada ha
cambiado, aunque todo lo haya hecho).

Aparte de la
desconcertante trama, las reflexiones sobre el Poder, la Libertad o el
albedrío, conforman el núcleo central de la obra y no dejarán de
atrapar al lector en la trampa que el Autor le ha preparado. Será el
propio lector quien deba extraer las conclusiones, quien deba tomar
partido por las opiniones de los personajes, quien deberá implicarse en
su disputa. Y ese es uno de los mayores logros del Autor, lograr esa
complicidad con el lector, arrastrarle a dejar el plácido papel de
notario de una ficción para asumir el riesgo del pensamiento.

Pero
el humor bien entendido debe comenzar por uno mismo, y Manuel Valera lo
hace, en su faceta de Autor, un autor algo peculiar que, a ritmo de
jazz cae dormido permitiendo que su novela se desbarate con los locos
devaneos de sus personajes. En su nombre se construirán tapias, se
cometerán atropellos e iniquidades y, finalmente, será ninguneado por
sus personajes quienes se autodeterminarán para esquivar la palabra FIN
que cualquiera quiera imponerles. Valera recurre con ironía a la
clásica disquisición entre quienes sostienen que el Autor determina la
totalidad de la obra (quedando su grado de maestría acreditado por la
mayor o menor visibilidad de su innegable presencia) y aquellos que se
otorgan el papel de meros instrumentos de sus personajes, con vida
propia, resistentes a plegarse a los deseos de su creador, capaces de
pasar de un segundo plano al protagonismo absoluto. Aquí, el Autor
simplemente se duerme mientras la novela se escribe por sí misma. Los
personajes apenas son capaces de actuar entre tinieblas ante la falta
de un guión al que someterse y sólo los más lucidos lograrán vislumbrar
las oportunidades que esto supone.

No desvelaremos más de la
obra (mucho hemos dicho ya) pero se puede tener por cierto que
cualquiera que se acerque a ella encontrará diversión y originalidad a
partes iguales y, si lo desea, momentos para la reflexión sin por ello
perder la sonrisa. Para justificar el humor, a veces se le adjetiva de
“inteligente” como si pudiera existir lo uno sin lo otro; El gato sobre la cacerola de leche hirviendo es una buena prueba de ello.

Por
último, unas palabras para la editorial, Evohé. Por alguna razón, no
nos resultará extraño que un libro tan especial sea publicado desde los
extrarradios del gran mundo editorial, en una joven editorial que
compite con ancianas de venerables barbas y bolsillos repletos. Resulta
más fácil acudir a una gran feria internacional y comprar los derechos
de un libro que ya esté funcionando en otros mercados (\»mercados\», qué
palabra aplicada a los libros); es más fácil promocionar el libro de un
autor reconocido, comprar espacios en revistas y periódicos, negociar
con grandes cadenas de librerías, que asumir el riesgo de publicar un
libro como El gato sobre la cacerola de leche hirviendo. Que aún en nuestros días haya quienes crean en lo que hacen nos reconcilia con el futuro soñado.


Confieso que he leído

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Justicia sin Estado (Bruce L. Benson)

Unicamente con leer el título muchos de Ustedes habrán percibido un cierto aroma a liberalismo de lo más sugerente. Si además les decimos que la obra está publicada por Unión Editorial -empresa dedicada a difundir el pensamiento liberal por estos parajes- y que su autor, en definitiva, aboga por una paulatina privatización de los servicios de justicia y orden público, es posible que ya estén pensando, quizá con razón, que “a estos liberales habría que colgarlos por las pelotas en la plaza mayor del pueblo”. Si es así, mejor dejen de leer esta reseña y vayan a la sección de sexo, porque esto no ha hecho más que empezar y además ya les adelantamos que están Ustedes ante un rollazo de los que hacen época.

En realidad el libro es cojonudo, pueden creerlo. Pero como nos pasaríamos de concisión si dejáramos el análisis ahí, y además estamos seguros que el precio del volumen -en la línea de la casa, por otra parte- es otro aliciente para no comprarlo, vamos a exponerles en pocas líneas la tesis principal del autor con lo que les ahorramos unos euros (que pueden transformar en un modesto óbolo para LPD), y al mismo tiempo contribuímos a hacer patria liberal y a luchar contra el anófeles colectivista. (Increíble, no pensábamos que llegaría Ud. leyendo hasta aquí. Nuestra enhorabuena y por supuesto siga, siga).

La mayoría de Ustedes podrían pensar que resulta imposible la existencia de la Justicia sin un Estado que la imparta y sostenga. Si es así pueden apuntarse un punto negativo por rojos, puesto que, tal y como describe Benson, la justicia y el orden público son “inventos” muy anteriores a las instituciones estatales. A principios de la Edad Media, por ejemplo, el derecho mercantil era de origen consuetudinario. Eran los usos comerciales propios de la época los que dictaban las normas no escritas que todo mercader había de cumplir. Si algún comerciante intentaba convertirse en un tiburón de las finanzas usando métodos irregulares, el resto de colegas dejaban de hacer negocios con él. Bastaba esta tácita amenaza de exclusión para que todos se condujeran dentro de la legalidad, sin necesidad de que ninguna autoridad impusiera ninguna normativa específica. Con la aparición del Estado aparece el derecho autoritario, que llega hasta nuestros días. La regulación de la vida individual y colectiva de las sociedades deja de estar basada en los usos y costumbres de la tradición, pasando a regularse por las normas emanadas del poder político cuya observancia es impuesta por métodos coercitivos. ¿Es esto bueno o malo?. Para Benson es una putada, y en su lugar se decanta por el derecho primigenio de fuerte raíz consuetudinaria que utilizaba los incentivos sociales en lugar de la violencia como medio de imposición de la ley.

Benson analiza este estado de la justicia desde el punto de vista de la teoría económica -con dos pelotas- según la cual “las funciones principales del Estado son actuar como mecanismo redistributivo que quita riqueza a unos para transferírsela a otros, así como discriminar entre grupos para determinar quién gana y quién pierde, en proporción a su poder relativo.” De esta forma, resulta evidente que las leyes irán destinadas principalmente a satisfacer a los grupos de presión más poderosos, perdiendo el amplio apoyo social que tenían bajo el sistema consuetudinario. Súmenle a ésto el constante aumento de la burocracia necesaria para aplicar el ingente volumen de normas con que las administraciones públicas nos inundan todos los días, y llegarán a la conclusión de que vamos por muy mal camino.

En cuanto al problema del orden público, Benson hace notar la necesidad de perseguir especialmente las agresiones contra las personas o su propiedad en detrimento de los delitos en los que no existe víctima salvo el propio infractor. Por poner un ejemplo, la polícia debería dejar de molestar a los jovenzuelos que se emporran en los parques públicos y perseguir en su lugar a los delincuentes armados y peligrosos. Además, según su teoría, las agresiones contra una persona o su propiedad deberían llevar aparejado un castigo en forma de una “multa” pagadera directamente a la víctima de cuantía suficiente para resarcirla de los daños causados, además de los gastos legales ocasionados. Esta es la diferencia fundamental con el sistema actual, que basa la represión del delito en el castigo al delincuente, con casi total olvido de las víctimas y sus derechos. De hecho, resulta evidente que la encarcelación no sólo no compensa a las víctimas sino que les exige cargar con más costes derivados de los gastos del proceso, lo que origina que cada vez haya más ciudadanos que renuncian a denunciar agresiones contra su libertad o propiedad, salvo casos especialmente graves.

La propuesta de Benson para paliar este estado de cosas consiste, en pocas palabras, en iniciar una progresiva privatización de los servicios de justicia y de orden público, que basen su acción en la protección de la libertad de los ciudadanos y de su propiedad particular, y con especial preocupación por resarcir a las víctimas por los daños causados. Estarán de acuerdo con nosotros en que hay que tener un par de cojones para defender una propuesta tan políticamente incorrecta en público sin usar seudónimo. Y el caso es que después de ver el estado actual de la justicia en países como el nuestro -totalmente homologable en este aspecto con cualquier otro país occidental- la teoría de Benson suena bastante sensata. ¿Llegará a cristalizar algún día?, es difícil saberlo, pero tengan ustedes en cuenta que muchas de las ideas que hace unos años parecían descabelladas actualmente son asumidas con toda naturalidad, ¿o es que alguien sospechaba que se volverían a ponerse de moda la perilla y los pantalones de campana?.

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Zapatos Italianos (Henning Mankell)

Rl autor es conocido swobre todo por sus novelas policiacas, pero en este caso se pasa al género intimista.
Y cuando el autor de novela negra se pone sentimental, puede llegar a impregnarse de existencialismo hasta un punto que resulta difícil otra clase de escritores, más acostumbrados a la introspección, y por tanto proclives a veces a un registro más automático, o desgastado por el uso.

Zapatos italianos es una historia intimista y existencia escrita por un sueco. Pueden ustedes ponerse en lo peor, o en lo mejor, según sus prejuicios.

Un médico retirado después de un grave error profesional, vive solo en una isla heredada de su familio y pasa el tiempo escribiendo en su diario las evoluciones de las aves marinas y los pequeños achaques de su perro y de su gato.

La llegada a la isla de una mujer con un andador, en medio del hielo y la ventisca, lo saca de semejante rutina para conducir su vida al cumplimiento de asistencia, viejas promesas, o para convertirla en una auténtica vida, en vez de una especie de espectro de lo que fue.

Estamos en una novela sobre la renuncia, sobre la culpa, sobre la dificulta de establecer lazos y sobre el miedo al compromiso, pero no visto desde el hoy, sino desde los efectos que ese miedo al compromiso, o deseo de libertad, va dejando notar con el paso de los años.

La novela entretiene, y se lleva con gusto. Un defecto lo encuentro, si acaso: no se puede contar una historia como esta en primera persona y cuatrocientas páginas y decir, además, que el protagonista es un hombre silencios, remiso a malgasta palabras e incluso adicto al silencio.

Las novelas en primera persona conducen al lector a componerse un narrador locuaz, y ser locuaz y lacónico a la vez debe de ser duro hasta para un sueco que vive en una isla. Supongo.

Por lo demás, toca los tópicos con delicadeza, los temas duros sin sensacionalismo y los afectos sin ternurismo.

Vale la pena si se es aficionado al género afectivo. O al voyeurismo sentimental.

 

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Cómo se reparte la tarta (Noam Chomski)

Me compré este librito cuando estuve en Barcelona. Me pareció una buena opción para cubrir el expediente de los tres libros que tengo que leer para la asignatura Periodismo Internacional. La verdad es que no me apetecía leer uno de esos libros de "Estuve en una guerra y como soy periodista ahora escribo un libro". No niego que los habrá muy interesantes, pero no tenía el ánimo para eso, así que me compré un librito de Chomsky (puedes consultar su bibliografía aquí), a ver si al menos, me reía un poco.

Pero nada. Ni ironía, ni tampoco ideas brillantes, ni abstracción, ni nada.

Noam Chomsky nació en Filadelfia en 1928. Por influencia de Zellig Harris estudió Lingüística. A finales de 1954 se convirtió en investigador en el MIT (Massachussetts Institue of Technology). Desde entonces se dedicó de lleno a la Lingüística. Acutalmente es profesor de en el MIT de lenguas modernas. Sus teorías acerca del lenguaje y su gramática revolucionaron el mundo de la lingüística.

"Los intelectuales están en condiciones de exponer las mentiras de los gobiernos, de analizar las causas y motivos de los hechos, y a menudo sus intenciones ocultas. Al menos en el mundo occidental, tienen el poder que les da la libertad política, el acceso a la información y la libertad de expresión. A una privilegiada minoría, la democracia de Occidente le brinda el tiempo de ocio, los medios y la formación necesarios para ver la verdad que yace oculta tras el velo de distorsiones y engaños, de ideologías y de intereses de clase a través del cual se nos presentan los acontecimientos de la historia actual…"

Esta cita resume las ideas de Chomsky respecto del compromiso que deben adquirir los intelectuales y pensadores como vigilantes de las acciones políticas.

Cómo se reparte la tarta es un libro en que se denuncian las acciones políticas estadounidenses desde los años 80 hasta mediados de los años 90 (el libro fue publicado en 1996). Efectivamente, Chomsky trata de esclarecer quién se encarga de cortar el pastel del dinero estadounidense, por qué las porciones resultan tan espeluznantemente desiguales y quién se lleva las porciones más grandes.
El libro se divide en tres partes diferenciadas en las que se da cuenta de las reducciones que se han hecho en los presupuestos estatales del dinero que va destinado a ayudar a los más débiles.

La primera parte del libro se dedica a denunciar cómo los ricos y poderosos tienen mucho más peso y poder de decisión y siempre resultan beneficiados, en detrimento de los más pobres. Así resulta mucho más fácil persistir en la desigualdad: los conservadores estadounidenses se parapetan en el libre mercado y el no intervencionismo para ir empobreciendo a los pobres y enriqueciendo a los ricos.
En la segunda parte, Chomsky denuncia cómo las políticas de Estados Unidos, la reducción de ayudas a familias necesitadas y a minorías en desventaja provoca que estos se van totalmente desfavorecidos en el salvaje capitalismo de David Ricardo. Pero a los ricos y poderosos no les interesa que existan estos menesterosos, por lo tanto, los mete en cárceles y los encierra en suburbios. Se trata, si nos paramos a pensar bien, de una política claramente represiva, que pasa por ir encerrando los "problemas" en el armario hasta que éste reviente. No parece una sociedad en que prime la idea de progreso.

La última parte da cuenta de las agresiones contra la democracia y contra los derechos humanos por parte de Estados Unidos, tanto dentro de su país como fuera de él. En muchos casos, Chomsky compara los sistemas sanitarios de Estados Uniods y Europa o el sistema educativo. Siempre Estados Unidos sale muy mal parado. Chomsky denuncia que el control que se ejerce sobre los medios de comunicación se utiliza para presentar el sistema como algo liberal y progresista y no como lo que es: un sistema de enriquecimiento para los grandes magnates dedicado a despojar a los más desfavorecidos de lo poco que tienen.

Sin embargo, no se trata de un libro de ideas. Se trata de un libro en el que Chomsky utiliza un montón de números, porcentajes, datos estadísticos y titulares para denunciar las injusticias que se cometen en Estados Unidos desde arriba. Leer este libro es como abrir una caja. Por desgracia, al no ser estadounidense ni estar muy enterada de cómo funciona este país por lo que a burocracia, sistema de reparto de ayudas, porcentajes de población negra, índices de desarrollo por estado y demás cuestiones necesarias para el conocimiento del país (aquí se me olvidó el verbo se refiere, menos mal que Otis me lo ha dicho!!), pues no he podido hacerme una idea clara de hasta qué punto son flagrantes algunos de los hechos numéricos que Chomsky denuncia.

Eso sí, me encanta pensar que Chomsky es un grano en la popa de los ricos y poderosos de Estados Unidos, y que pese a que esos ricos y poderosos tengan tanto poder como para extirparse los efectos que la crítica de Chomsky pueda producir, al menos se les levantará algún dolor de cabeza.

Aún así, he de reconocer que el libro no me ha gustado mucho porque no he conseguido hacerme una idea clara de los hechos que Chomsky denuncia, de su calado en la sociedad, del conocimiento que la población pueda tener de esto, de las vías de solución que pueden tener… Por otra parte, habría que analizar las causas de que estas violaciones de derechos prosperen y habría que intentar sistematizar los datos y los hechos para poder intentar ofrecer una solución… Utópica que es una.

http://blogs.ya.com/lomejordeloslibros/200505.htm

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