Cronopaisaje, de GREGORY BENFORD

Cronopaisaje

A menudo los divulgadores científicos afirman que la física teórica moderna raya en el misticismo.  Los herederos de Einstein, Schrö-dinger y Heisenberg tratan abstracciones fantásticas, completamente alejadas del sentido común cotidiano.  En realidad, las teorías de los físicos son a veces tan obscuras que escapan a la comprensión de los escritores de ciencia ficción, esos ingeniosos pensadores de lo impensable.  Gregory Benford (nacido en 1941) es un escritor de cf capacitado para comprender los más amplios alcances de la física teórica contemporánea y para incorporar a sus ficciones esos desconocidos mares de pensamientos.  Es profesor de física en la Universidad de California, un científico de primer orden que de alguna manera ha encontrado tiempo para escribir media docena de novelas de cf de gran calidad.  La ficción de Benford se distingue de las novelas de otros investigadores científicos, como Fred Hoyle o Robert L. Forward, porque tiene un genuino criterio literario y del lenguaje.  Sus obras pueden conte-ner unos cuantos longeurs.  No obstante, aparecen cuando la situación lo requiere, y en ninguna lo hacen tan magníficamente como en Cronopaisaje (Timescape).

Como lo sugiere el título, se trata de una novela sobre el tiempo.  Alcanza su climax el 22 de noviembre de 1963, cuando Lee Harvey Oswald mata a John F. Kennedy en Dallas.  Un hombre joven aborda a Oswald en el momento decisivo: el presidente Kennedy está malherido, pero todavía vive, y el lector advierte que la novela se ha desarrollado en una corriente temporal alternativa, una corriente en la cual el destino del mundo será muy distinto.  Es un momento conmovedor, no porque nos preocupe especialmente Kennedy (es un personaje secundario y marginal del drama), sino porque ahora sabemos que una difícil empresa científica ha tenido éxito y el mundo se ha salvado.

Una parte de esta larga novela está ambientada en la Inglate-rra de 1998, y otra en los Estados Unidos en 1962-1963.  Hacia el final de la década de 1990, el mundo está muriendo a causa de la conta-minación ambiental.  La superficie de los mares se cubre de «flores diatomeas», matando toda la vida marina y contaminando la tierra (un personaje cita oportunamente a Coleridge: «Bichos legamosos se arrastran caminando sobre un mar legamoso»).  Un pequeño grupo de científicos, que trabaja en condiciones adversas en una empobrecida Universidad de Cambridge, concibe la idea de utilizar taquiones -las partículas que viajan a velocidades superiores a la luz, y por lo tanto hacia atrás en el tiempo- para enviar un mensaje de advertencia que será recibido treinta y cinco años antes.  Podrán utilizarse ciertos datos biológicos, trabajosamente obtenidos, para prevenir que las flores diatomeas se reproduzcan.  Tienen la esperanza de que enviando taquiones adecuadamente codificados en Morse al punto del espacio que tres décadas y media antes ocupaba la Tierra, el mensaje pueda ser recibido por los dispersos grupos de personas que tengan el equipo necesario.  Es un proyecto ambicioso en verdad, y los obstáculos y las duras condiciones contra las cuales los personajes se rompen permanentemente la cabeza, hacen de este episodio el ejemplo más convincente de viajes por el tiempo de toda la ciencia ficción.

Las mejores partes del libro son las que corresponden a la Cali-fornia de comienzos de la década de 1960.  Durante un año un joven profesor asistente en La Jolla, Gordon Bernstein, trata de entender la «interferencia» que parece obstaculizar los experimen-tos sobre la resonancia nuclear.  Poco a poco se da cuenta de que está recibiendo un mensaje desde el futuro, un mensaje portador de una terrorífica carga de tragedia.  Ha de persuadir a sus escépticos colegas de la verdad de sus hallazgos, mientras esquiva los medios de comunicación sensacionalistas.  Finalmente, triunfa.  Es una hazaña heroica, silenciosa, y su descripción un tour de force de Benford.

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Mareas de luz (Gregory Benford)

A la hora de abordar una continuación o alguna de las partes siguientes de una serie de ciencia-ficción, siempre se corre el peligro, normalmente confirmado, de encontrarse con un considerable descenso de calidad con respecto a lo anteriormente leído de la misma. Seguramente el ejemplo más popular sea Dune, de Frank Herbert, y toda la saga posterior, aunque cualquier lector habitual del género podría, seguramente, dar otros títulos en el mismo orden de cosas. Para ser justos, hay que decir que esto no es un defecto exclusivo de la ciencia-ficción (me vienen a la memoria, por ejemplo, las continuaciones de El médico de Noah Gordon), pero es quizá en este género y en el de fantasía donde más se da el vicio de alargar el éxito logrado con una novela, convirtiéndola en una trilogía, pentalogía o vaya usted a saber. Afortunadamente, no todas las macroseries tienen su origen en la búsqueda del vil metal y en alargar lo inalargable. Hay algunos autores que, arrebatados por una idea gigantesca, imposible de expresar en una sola novela, deciden crear la serie como un todo, no como una retahíla de continuaciones sin sentido, sino como algo global, una gran novela en realidad, dividida en varias partes. Sólo en esos casos se puede dar el milagro de que uno de los capítulos posteriores sean superiores a lo anteriormente leído. El libro que nos ocupa es un ejemplo de ello.

Mareas de luz ocupa el cuarto lugar en la hexalogía imaginada por Gregory Benford, y sin embargo es mejor novela que las tres anteriores. En realidad, cada una de ellas es diferente de las demás, pero significativamente complementaria, hasta tal punto que quien cierre finalmente esta cuarta novela tendrá la sensación de que algo grande, un collage enorme, comienza a tomar forma y sentido en su cabeza.

ocupa el cuarto lugar en la hexalogía imaginada por Gregory Benford, y sin embargo es mejor novela que las tres anteriores. En realidad, cada una de ellas es diferente de las demás, pero significativamente complementaria, hasta tal punto que quien cierre finalmente esta cuarta novela tendrá la sensación de que algo grande, un enorme, comienza a tomar forma y sentido en su cabeza.

Dentro de la rama que explora la gran aventura de la Familia Bishop, la novela narra las vicisitudes sin fin de Killeen y la Familia en un nuevo planeta en el que habrán de luchar al lado de otros humanos, gobernados por un megalómano -que finalmente resultará ser otra cosa-, contra una nueva especie más poderosa incluso que los mecs, y a los que los humanos dan el nombre de cíbers, Para éstos, los componentes de la Familia no son más que una molestia insignificante a la que exterminar. Poseedores de una increíble tecnología capaz de "domar" cuerdas cósmicas con las que sangrar los distintos planetas por donde pasan, los cíbers pretenden desvelar el misterio que ata a los mecs con los múltiples cuasares de la galaxia, totalmente ajenos, por otra parte, a la importancia que los humanos tienen en su propia herencia genética.

Con esta nueva aventura, la epopeya de los Bishop adquiere tintes majestuosos en su constante lucha contra la plétora de seres superiores que se les van poniendo por delante, y a los que uno por uno van superando. La acción no decae en casi ningún momento, y los asistencia, viejos elementos, como los ya imprescindibles Aspectos (personalidades grabadas e implantadas en soportes cerebrales), ayudan a dar más profundidad si cabe a los ya conocidos personajes. Los elementos hard, más abundantes en esta novela que en las anteriores, son de una magnitud gargantuesca. Cuerdas cósmicas, enormes inteligencias orgánicas como el Sembrador del Cielo, cuyas maniobras en el planeta Nueva Bishop despiertan el sentido de la maravilla, las construcciones de los cíbers en órbita, la insolente maniobra del protagonista a través del eje planetario, o la de la misma cíber Quath, asida al enorme tallo espacial para escapar de la batalla con los protagonistas en su interior, sólo pueden ser propias de un autor con gran imaginación y enorme dominio del arte de contar y hacer creíble lo narrado. Todo esto se suma a los imprescindibles elementos propios del arco central de la serie, configurando un misterio cada vez mayor, con un apéndice final que sumerge al lector en una intriga a escala cósmica, y le empuja a querer saber más sobre ese universo.

Pero sin duda, el punto más logrado de toda la novela es la creación por parte de Benford de una especie enormemente interesante y magistralmente descrita, a la que los humanos llaman cíbers, y que el lector conoce como las podia. Auténticos ciborgs, mitad orgánicos, mitad máquinas, estos seres, que recuerdan en todo momento a gigantescas arañas (aunque lógicamente no se diga de manera expresa, puesto que los humanos de las familias nunca han visto una), constituyen, con su comportamiento y su creíble organización social, una de las más interesantes especies alienígenas que el género haya visto últimamente.

De todas formas, Mareas de luz no es un libro perfecto. Benford sigue insistiendo en castigarnos de vez en cuando con un par de páginas descriptivas de las suyas, a las que no hay manera de encontrar sentido literal, siendo imposible imaginarse espacialmente lo que nos quiere enseñar. Esto se hace patente especialmente en esta novela, donde llega a acompañar algunas acciones con dibujos, seguramente porque él mismo se da cuenta de lo farragoso de sus definiciones, como por ejemplo en la primera aparición y modo operativo de la cuerda cósmica. En mi opinión, el medio escrito debería bastarse y sobrarse para hacer llegar al lector lo que se quiere contar: cualquier cambio de formato siempre acaba sacando al lector de la historia.

Aun así, esto no parecen más que pequeñeces al lado de la alta calidad de esta obra. Quedan muchas preguntas por contestar en una serie que cada vez se revela más importante. Qqué pasó con los humanos? ¿Por qué en su momento de mayor gloria y poder -la llamada Era de los Candeleros, esas enormes ciudades en el espacio- comenzaron a decaer hasta llegar a la situación que se narra en los libros de los Bishop? ¿Qué extraños objetivos persiguen los mecs en el Centro Galáctico, y por qué su interés en hacerse con todos los cuasares de la galaxia? ¿Qué será de la familia Bishop? ¿Se encontrarán con Nigel Walmsley en el Centro Galáctico? ¿Qué más sorpresas esconde el pasado de las podia?

Una auténtica invitación para que todo aficionado al género consiga el siguiente volumen de la monumental serie del Centro Galáctico, Abismo frenético.

Santiago L. Moreno

www.bibliopolis.org

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Cronopaisaje (Gregory Benford)

Estamos en 1998. El mundo está sumido en un gran desastre ecológico. Los gobiernos imponen restricciones y burocráticamente intentan paliar el desastre. En esta situación, el físico John Renfrew propone una solución: enviar un mensaje por medio de taquiones -hipotéticas partículas que de existir viajarían a velocidades superiores a la de la luz- al pasado para advertirles de la catástrofe por venir.

De esta forma entra en el argumento otro mundo más: la California de 1962 donde Gordon Bernstein detecta accidentalmente esas emisiones. El problema está en mantener por un lado los mensaje en medio de un mundo que se desmorona y por otro en convencer al mundo de que se están recibiendo mensajes del futuro.

Según el autor, el tiempo es el tema rara vez comentado pero siempre presente de esta novela. Enviar un mensaje al pasado significa asumir que existe una continuidad en el tiempo, que el tiempo es de alguna forma un ente sólido. El tiempo como objeto es ese cronopaisaje al que hace referencia el título de la novela. Y sobre ese fondo se desarrolla el drama humano. Cronopaisaje es un intento de mostrar que el tiempo es uno de los problemas fundamentales de la física moderna. Cronopaisaje intenta hacernos ver que ese problema nos afecta a todos.

La imagen omnipresente en la novela es la de las ondas. El autor juega continuamente con imágenes oceánicas (juego que por supuesto se pierde en la traducción, ya que en español las palabras \’ola\’ y \’onda\’ no evocan el mismo fenómeno) mezclando las ondas de probabilidad de la mecánica cuántica con las olas del mar. Los personajes se dan cuenta de que viven en el espacio tiempo que es "Un gran animal en el oscuro mar" y en ese mar de probabilidad dónde somos como olas "rompiéndose en una blanca espuma".

Pero también se trata de una novela sobre la comunicación, o sobre la imposibilidad de la misma. No sólo el futuro intenta hablar con el pasado, sino que los personajes intentan hablar entre sí, sin alcanzarse o sin entenderse. Renfrew no consigue conectar con el burócrata Peterson del que depende para conseguir el dinero que mantenga el experimento en marcha. Gregory Markham (el alter ego de Gregory Benford en la novela, y el lector deberá recordar durante la lectura que Gregory Benford tiene un hermano gemelo) vive sólo para sus ecuaciones. Gordon intenta comunicarse con su madre, que vive en el universo de Nueva York, muy lejos del nuevo mundo de su hijo. Gordon Berstein debe además enfrentarse al mundo académico de la universidad para la que trabaja y a la difícil y compleja (aunque quizá sea complicada) relación que mantiene con su novia Pam.

Esta novela, en suma, puede disfrutarse de varias formas. El análisis de la vida académica muestra la ciencia tal y como es: un producto creado por seres humanos, con todas sus grandezas y miserias. Los personajes son todos grandiosos. Cada uno intenta su manera de adaptarse a los cambios por venir. Algunos intentan mantener la apariencia de orden, mientras que otros luchan hasta el final por lo que creen.

El lector puede apreciar además otro curioso juego. Al final, en el último capítulo, Gordon Bernstein está a punto de recibir un premios por su labor científica. En un momento comienza a hablarnos de su mujer y a recordar lo que sucedió después de la recepción del mensaje del futuro. Si el lector está atento, descubrirá que esos recuerdos aparentemente sin importancia recapitulan todo lo que ha sucedido en la novela.

Quizá la imagen más poderosa de esta novela sea la de unos estantes de cocina. Marjorie, la mujer de John Renfrew, le pide a su esposo que los coloque. John utiliza sus herramientas para asegurarse de que los estantes están perfectamente horizontales con respecto al suelo. Pero la casa está inclinada y da la impresión de que los estantes también lo están. De nada sirve que John Renfrew discuta los métodos empleados para montar los estantes, finalmente comenta: "la estantería está a plomo. Son las paredes las que están inclinadas" (p. 129). Más tarde, cuando el desastre se acrecienta, comprende que a veces son los estantes los que están inclinados y las paredes rectas.

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