No es costumbre por aquí reseñar libros de arte, pero haremos una excepción con esta auténtica maravilla.
El recorrido por la época romántica y los autores que influenciaron al genio alemán o fueron influenciados por él es una delicia para los sentidos y para el conocimiento, sin sesudas disquisiciones ni lamentable jerga técnica. El libro, compuesto sobre todo de imágenes de distintos cuadros, se divide en varias partes que se van entrelazando entre sí: la época, la vida de Caspar David Friedrich, el análisis pormenorizado de algunas de sus obras, la explicación de su pensamiento y simbolismo, y los pintores de su tiempo, que lo encardinan en una época y en una corriente artística.
Desde sus primeras obras de juventud a sus cuadros casi terminales, cuando su salud física y mental se había resentido, podemos atravesar toda una era en la historia europea, con el culto a lo irracional y las fuerzas más profundas de la mente y los sentidos como intención y motivo último.
Caspar David Friedrich no es sólo un paisajista sombrío, sino también un hombre profundamente espiritual que busca la trascendencia y la plasma a través de símbolos que hoy son casi universales.
Quien quiera acercarse al romanticismo alemán, con sus cuadros llenos de niebla, ruinas góticas y nevados cementerios no va a encontrar ni mejor ocasión ni mejor ejemplo.


Durante la primavera y el verano de 1952 recorrí Francia de arriba abajo pidiendo viajes a los vehículos que pasaban. Vivía de casi nada, dibujaba sobre papel estraza y escribía sin parar: el lenguaje me había afectado como una diarrea. Además de ciertos cantos bastante epigonales (creo yo) sobre él difunto timonero Palinuro, produje un largo y tumoroso poema en el que Oskar Matzerath, antes de llamarse así, aparece como anacoreta estilista.
Ésta es una de las más grandes novelas fantásticas en lengua inglesa. Descrita con frecuencia como «gótica», Titus Groan no contiene elementos sobrenaturales obvios. Sin embargo, es indeciblemente extraña, una tragicomedia de dimensiones fantásticas. El relato se desarrolla en un gran castillo en ruinas llamado Gormenghast, que parece elevarse en un mundo paralelo que está en alguna parte fuera de nuestro espacio y tiempo. Los nombres de los personajes son ingleses (un inglés dickensiano) pero el escenario no es Inglaterra. Gormenghast existe en un ámbito alegórico, un mundo pétreo de antiguos rituales y tradición sofisticada, que incluso podría ser un símbolo de una Gran Bretaña en decadencia (o una civilización europea en decadencia). Pero el libro no tiene una atmósfera alegórica: pese a los nombres absurdos o portentosos –Rottcodd, Excorio, el doctor Prunescualo, Agrimoho, la niñera Tata Ganga–, los personajes parecen reales; nos involucramos en su destino; no son meros «caprichos».