El secuestro (Georges Perec)

Un tal Tonio Vocel ha desaparecido. De inmediato, un grupo de gente de nombres extravagantes inicia las pesquisas para averiguar qué es lo que ha ocurrido. Varias muertes se suceden en el grupo. Pero el misterio es más obvio de lo que parece…

Novela totalmente metaliteraria y Oulipiana, que se puede considerar un alarde en sí misma. Dado que resulta imposible hacer el comentario sin revelar el supuesto "misterio" que subyace, aviso que a partir de aquí se descubre todo, para que dejen de leer si no les interesa saberlo. Si en "La Vida, instrucciones de uso", Perec realizaba una unión casi perfecta entre el fondo y la forma, en esta novela, o mejor dicho, en su traducción, se trata en un noventa por cien de forma, sin casi contenido. Repito lo de la traducción, ya que el original de Perec, que no he leído, obviamente, no lo puedo juzgar. No es una cuestión baladí en este caso. Tal y como reza en la introducción de la novela, ésta se consideraba intraducible, debido a los juegos de palabras del autor y al hecho de que no utiliza la vocal "a" en todo el texto (la "e" en el original): se trata de lo que se denomina una lipograma. Esa es la famosa "desaparición" a la que alude el título original, el misterio a que se enfrentan los seudopersonajes del libro y que para el lector es bastante evidente en el momento en que se encuentra con giros lingüísticos inusuales, sinónimos rebuscados, abreviaturas (tb por "también"), palabras en otros idiomas, diálogos y frases sin pies ni cabeza, nombres de personajes reales deformados como Levi-Stross, Rimbó, etc (para evitar la "a") y sobre todo, a las pistas que da el mismo editor, plantando una gigantesta A en la portada del libro. El libro se hace pesadísimo de leer debido a la forma en que está hecha la traducción, tan forzada (aunque los traductores se defienden en el prólogo diciendo que es "la mejor posible"). Prácticamente, no te enteras de nada de lo que está pasando, si es que pasa algo (intuyo que los "personajes" son las demás letras del abecedario, pero no estoy segura). Lo mismo te meten textos plagados de palabras cultas como nívea (para no poner "blanca"), grosso modo (que se repite como la cebolla), deceso, jurisperito, cubículo, pubescente, vergel, etc… como te saltan con expresiones de argot y lenguaje coloquial ("que te den", "curritos", "pijo", etc). El argumento queda oscurecido debajo de estos velos impenetrables que hay que navegar con muy poco viento en las velas, pues las ganas de llegar a puerto son casi nulas. Los traductores recurren incluso a la "adaptación" a la cultura española de detalles culturales propios, llegando a utilizar iconos de los dibujos animados patrios como "Willy Fogg", o nombres de editoriales españoles, o textos de poetas como Bécquer, que se adaptan, lógicamente, para que no aparezca la "a" dichosa.
Me resulta incomprensible la razón por la cual Perec afrontó la ardua tarea de escribir un libro sin "e" ("a" en español). Si quería demostrar que podía hacerse podría haber escrito un relato o algo más breve. Este es un ejemplo de la literatura que se aleja voluntariamente del lector y busca meramente el alarde y el más difícil todavía, quizás la vanidad del autor. Por suerte, no hay muchos libros como este, de lo contrario, nadie leería, puesto que el placer que se puede obtener de un ejercicio vano y egocéntrico de esta categoría es nulo. Tal vez el original sea mejor, o al menos se entienda, pero esta traducción es directamente ilegible e ininteligible.

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ME ACUERDO (Georges Perec)

George Perec, o el aforismo sin losa

La literatura, o quizás el marketing, nos han acostumbrado a asociar los libros de aforismos con los pensamientos de altos vuelos. O al menos de pretendidos altos vuelos. Sin embargo, en esta obra del originalísmo Perec nos encontramos con un amplio conjunto de frases sueltas, todas iniciadas por la fórmula "me acuerdo…" en la que no se pretende ni moralizar al lector ni darle siquiera una idea para reflexionar. Se intenta algo mejor que eso: acercarle a su propia realidad y demostrarle a un tiempo que el recuerdo es una vivencia única y se engarza en las pequeñas cosas; en las propias.

"Me acuerdo" es un recorrido por los posos de la memoria, por todas esas minucias, edsas insignificantes cominerías, que constituyen la impresión que nos queda de lo que hemos vivido. Perec lucha en este libro contra ese recuerdo kitschizante y falso de los anuarios, esa recensiñohn oficial en la que los medios de comunicación seleccionan lo que tenemos que considerar memorable, dirigiendo en cierto modo la consolidación de nuestro pasado con la misma osadía con que tratan de influir en la constitución del futuro.

¿Pero quién era este Geroges Perec?

Lo más probable es que para el gran público español su nombre resulte desconocido, a pesar de su gran influencia en las vanguardias culturales y de su innegable originalidad.

Georges Perec nació en París 1936 en el seno de una familia de origen judío. Cuando tenía cinco años, su padre murió en el frente durante la Segunda Guerra Mundial(uno de los pocos franceses que tuvo tan mala suerte) y él fue evacuado al campo, donde pasó gran parte de la guerra con su familia paterna. Su madre fue deportada por los nazis en 1943 y nunca se supo más de ella.

Posteriormente, y tras hacer el servicio militar como paracaidista, se irá a Túnez, de donde regresará tiempo después con un importante bagaje de recuerdos, imágenes y sensaciones. Autor de crucigramas para un diario parisino, poeta, guionista, y eternamente empeñado en buscar a las palabras nuevo peso, nueva combinación y nueva consistencia, Perec es un personaje que suscita la admiración de los que se acercan a su obra por su capacidad para la síntesis de distintos estilos, y sobre todo por su maestría a la hora de generar sensaciones e impresiones más amplias que las situaciones que describe. Además de etes curioso libro, Perec es autor de varias novelas, entre las que cabe destacar "Las cosas", premio Renaudot de 1965, "el secuestro", "la vida, instrucciones de uso", y "W, o el recuerdo de la infancia". Perec falleció en 1982, víctima de un cáncer.

Por nuestra parte, cabe decir tamn sólo que en un momento como el presente, en que muchos autores caen en la tentación de tratar de dejarlo todo demasiado claro al lector para evitar que haya equívocos, o peor aún, se sienta frustrado por no entender de qué le hablan, resulta refrescante acercarse a una obra como "me acuerdo", en la que se busca todo lo contrario: contar lo que era París, lo que eran los años sesenta y lo que era la Europa de entonces a través de las muescas de los billetes de metro, las pequeñas anécdotas del Tour de Francia y los nombres, sonoros y cálidos, de las marcas de chocolate en polvo.

No esperen grandes frases en este libro, pero acérquense a él con el ánimo dispuesto a encontrar sus proipios recuerdos y sin duda saldrán de sus páginas con una idea más clara de lo que fue, de veras, su propio pasado. Esa es la única memoria histórica que cuenta.

 

Javier Pérez

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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