Babel, Isaak Emmanuilovich

Isaak Emmanuilovich Babel

(Odessa, Rusia, 1894-Moscú, 1940) Escritor soviético. De origen judío, pertenecía a la generación de escritores surgidos de la Revolución de Octubre. Sus relatos, de gran maestría literaria, beben de la literatura francesa, en especial del naturalismo, y los primeros fueron publicados bajo la supervisión de Gorki, aunque pronto se dejaron de publicar en su periódico debido a su tono erótico y agresivo. Participó en la guerra civil y en la campaña de Polonia, experiencias en las que se basa la novela Caballería roja (1926), donde da parte de las dos facciones de la Revolución, por lo que recibió algunas críticas. En los Cuentos de Odessa (1931), su obra más reconocida, sigue la línea autobiográfica y retrata la vida de la burguesía provincial judía en la Rusia prerrevolucionaria, ambiente que también recreó en piezas teatrales. Con la subida de Stalin al poder, fue arrestado y fusilado por el régimen estaliniano, contrario al individualismo romántico de los primeros tiempos de la Revolución.

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Rascacielos (J. G. BALLARD) Una alegoría de la violencia urbana.

Rascacielos

«En mi ficción, el futuro no ha estado nunca a más de cinco minu­tos.» Esto dijo Ballard en una entrevista reciente, una de las tantas que aparecieron a propósito de la publicación de su novela El Impe­rio del Sol (1984), que no es cf. Ese libro, que integró la lista de bestse­llers a lo largo de más de seis meses, ha convertido a Ballard en una celebridad literaria y ha servido para que su obra fuera conocida por muchos nuevos lectores. Durante veinte años, sin embargo, los lectores de cf más perspicaces sabían que Ballard era alguien espe­cial, posiblemente el escritor de ciencia ficción más importante desde H. G. Wells. Crash sigue siendo su obra maestra, su «metá­fora más extrema», pero Rascacielos (High–Rise) la sigue de cerca como relato de horror tecnológico.

El escenario de la novela es un lujoso edificio de apartamentos de cuarenta plantas en las afueras de Londres. Es, en efecto, «una pequeña ciudad vertical», con unos dos mil habitantes de clase me­dia. Dentro del edificio hay tiendas, bancos, restaurantes y piscinas. El personaje central, el doctor Robert Laing, trabaja en una escuela médica cercana. Pero no lo vemos en el trabajo, sino sólo en su casa, donde se instala en su «sobrevalorada celda» con las comodidades, el anonimato y la falta de imperiosas obligaciones sociales que en­traña ese moderno estilo de vida. «Las torres de Londres le parecían cada día un poco más distantes, como el paisaje de un planeta abandonado que retrocedía alejándose lentamente.» El rascacielos es un paraíso tecnológico autónomo que les permite a sus habitan­tes ser tan egoístas y reservados como deseen.

Crecen los problemas. Una botella de vino se estrella contra el balcón de Laing; el perro de alguien es ahogado deliberadamen-te en una piscina. Entre los habitantes del edificio estallan mezqui-nas peleas. Gradualmente, pero sin remordimiento, siguiendo lo que Ballard llamaría una «lógica errónea», la vida en el rascacielos se vuelve muy desagradable. Durante un apagón estalla la violen-cia, y pronto los ocupantes del edificio se encuentran estratificados en clases sociales provisorias; la posición jerárquica es determina-da por la altura de la planta en que uno vive. Se hacen alianzas nocturnas. Muere gente, pero nadie informa a la policía; todo el mundo disfruta demasiado de la experiencia como para perturbarla con in­tromisiones del mundo exterior. Los propietarios dejan de ir a tra­bajar, y el rascacielos se convierte en su mundo exclusivo, un lugar de excitación y peligro que los absorbe por completo. Hacia el final, cuando ya las mayores batallas han terminado, y el edificio está semidestruido, la vida parece establecerse en un nuevo nivel: los so­brevivientes, como Laing, son cazadores–recolectores casi solita­rios, que se abren camino a través de los apartamentos en ruinas, fe­lices en su autosuficiencia. En la última página, Laing advierte que las luces acaban de apagarse en un rascacielos vecino. Ve las linter­nas de los residentes y observa sus movimientos con satisfacción, «listo para darles la bienvenida a un nuevo mundo».

Rascacielos no es una sátira social desalmada, ni una pesimista alegoría moral de involución y degradación. Es más sutil y significa­tiva que eso. Como Crash, enfrenta al lector con una serie de inquie­tantes cuestiones acerca de nuestro modo de vida, o por lo menos el modo en que viviremos en un futuro muy cercano. ¿En qué medida hemos creado inconscientemente nuestra tecnología a fin de satis­facer nuestras perversiones secretas? ¿Cuánto orden y cuánta pací­fica razón somos realmente capaces de soportar? ¿Estamos presen­ciando la «muerte del afecto», el fin de los sentimientos humanos tradicionales? Y si es así, ¿qué clase de mundo nos espera al final de este breve período de transición? Concentrándose obsesivamente en el futuro tal como se revela en el presente, Ballard se ha conver­tido en el más mordaz de los profetas modernos.

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Flores para Algernon (DANIEL KEYES)

Es la obra más conocida de un tríptico de novelas modernas nortea­mericanas de cf que tratan del acrecentamiento de la inteligencia en los seres humanos. Las otras dos son Pánico en la Tierra (Brain Wave, 1954), de Poul Anderson, que había pensado incluir en esta lista hasta que descubrí al releerla lo mal escrita que está y su inconsis­tencia, y Campo de concentración, de Thomas M. Disch, a la que me referiré más adelante. El propósito de elevar el cociente intelectual individual es un tema natural para la ciencia ficción, dada la ten­dencia del género a los cuentos de ruptura conceptual. En realidad muchas historias acerca de la percepción extrasensorial y de otros inverosímiles poderes mentales tratan precisamente este tema de un modo ligeramente enmascarado. Pero abordarlo sin ambages es una ímproba tarea de imaginación. ¿Cómo se describe la inteligen­cia trascendente? Aun cuando el escritor tenga la capacidad que el caso requiere, ¿cómo puede conseguir la comprensión y la simpatía del lector respecto al personaje en cuestión? El notable acierto de Daniel Keyes en Flores para Algernon (Flowers for Algernon) fue el des­cubrimiento de una retórica, de un ardid, para lograr ese objetivo. Es la historia de Charlie Gordon, un joven de treinta y dos años y de inteligencia subnormal, quien trabaja limpiando el suelo de una panadería. Llama la atención de Alice Kinnian, maestra en una escuela para adultos retardados, que lo recomienda a unos investigadores universitarios que están buscando a alguien con quien experimentar. Han encontrado una manera de incrementar la inteligencia humana por medios quirúrgicos, y Charlie se con­vierte en el primer sujeto de prueba. Charlie conoce a Algernon, una rata de laboratorio que ya ha sido sometida a la operación. Se le pide a Charlie que lleve un diario, y la novela sigue el orden de sus cotidianos «informes de progreso». Al comienzo, éstos son muy in­fantiles, están llenos de temor, perplejidades y errores de ortografía. Después de la operación, las percepciones y la prosa de Charlie co­mienzan a mejorar lenta y sostenidamente. Lo vemos lle-gar a la plena inteligencia, y luego superarla hasta alcanzar el nivel de ge­nio. Pierde su trabajo en la panadería y tiene una relación de-safortunada con Alice Kinnian. Se rebela contra la universidad y su pa­pel de cobayo. Continúa fascinado con la rata, Algernon, y cuando el comportamiento de Algernon se vuelve errático y su inteligencia parece decrecer, Charlie prevé su propio y triste fin…

Es un tour de force emocionante, hermoso y de una lógica despia­dada. Una mente humana es sacada de la obscuridad y lle-vada a la luz; tras un breve período de claridad intensa se la vuelve a relegar a la obscuridad. Cualquiera puede identificarse con el pobre Charlie Gordon: su historia es una parábola de la condición humana.

Daniel Keyes (nacido en 1927) escribió un puñado de cuentos de cf durante la década del cincuenta. Uno de ellos era una versión abreviada de Flores para Algernon. Después de su primera aparición en The Magazine of Fantasy and Science Fiction en 1959, fue reeditado varias veces, incluso adaptado para la televisión. El éxito de la histo­ria animó a Keyes a escribir la versión definitiva de la novela, ya que el cuento de Charlie Gordon había sido llevado al cine y, créase o no, convertido en un espectáculo musical. No cabe duda de que en los próximos años aparecerán otras versiones, pues se trata de uno de los relatos más universalmente atractivos de nuestro tiempo.

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Nova (SAMUEL R. DELANY)

Es un título apropiado. Aunque tenía apenas veinticinco años cuando la escribió, Nova fue la octava novela de Samuel Delany. Fue también la primera en aparecer con tapas duras. Las obras an­teriores, aparecidas en ediciones de bolsillo, Babel–17 (1966) y La in­tersección de Einstein (1967), habían sido muy elogiadas, y Algis Budrys consideró a Delany como «el mejor escritor de ciencia fic­ción del mundo». No es exagerado decir que irrumpió en la escena de la cf norteamericana como una estrella fulgurante. En efecto, Delany era la nueva ola norteamericana. Los lectores pudieron no haberse dado cuenta en su momento, pero Nova resultó ser la obra maestra de Delany. A ella siguió un largo período de silencio, y cuando en 1975 se publicó la tediosa novela Dhalgren, no quedaban dudas de que había tomado un camino distinto. Hay que volver a Nova para apreciar al joven Delany en su cúspide: todo brillo y fili­granas, un maestro de la acción y la emoción.

Ambientada en un medio interestelar, Nova es una puesta al día de la ópera espacial de las revistas populares. Nos describe la bús­queda que emprende el capitán Lorq von Ray de una nueva fuente de ilirion, metal pesado de inmenso valor. Cree que puede encon­trarlo si sumerge la nave espacial en una estrella que está a pun­to de convertirse en nova. En la inmovilidad del centro de esa bola de fuego encontrará una fuente ilimitada de ilirion. Con ese tesoro cambiará la estructura económica de la galaxia conocida y doble­gará la tiranía del autocrático Príncipe Rojo, descendiente de la corporación Raza Roja. Para que lo acompañe en esta loca misión reúne a una heterogénea tripulación de personajes vívida-mente pintados.

El más importante de ellos es un muchacho gitano, llamado Mouse, que improvisa maravillosas «melodías» en un instrumento que se conoce como siringa sensorial. El mayor admirador de De­lany, Algis Budrys, ha señalado que Mouse es otra encarnación del héroe preferido del autor, el «muchacho mágico», dotado de talen­tos innatos y la sabiduría de la calle. Samuel Ray Delany (nacido en 1942) es un muchacho mágico, hijo de un contratista negro de
Harlem, Nueva York, cuya mejor virtud es su capacidad para co­municar la alegría tremendamente liberadora que representa para él la ciencia ficción.

La línea argumental, aunque vigorosa y bien manejada, tiene menos importancia que el rico y equilibrado telón de fondo. La novela retrata con éxito una sociedad futura grande, compleja, su­perpoblada, y fundamentalmente esperanzada. Es, en realidad, utópica, pero sin las características rígidas ni la organización esquemática de las visiones utópicas, que tanto malestar producen en el lector. Transmite la sensación de que el futuro puede llegar a ser un lugar maravilloso para la «gente común», como los gitanos desheredados, los negros, las mujeres, los albinos y los intelectuales extravagantes, pues es precisamente ese sector de los desprotegidos el que ha heredado el universo. El libro transmite la sensación de que el futuro será diferente en tantos aspectos que hoy apenas po­demos imaginarlo. Las páginas desbordan con episodios incidenta­les. En lugar de los insulsos y metálicos corredores de las ciudades futuras que imaginan Asimov y Clarke, Delany nos presenta una metrópolis interestelar que tiene la apariencia de un enorme bazar, con suciedad, mal olor y caos, pero que a los ojos del muchacho má­gico ofrece maravillas y placer, y estimula la imaginación hasta el delirio.

La imagen más atractiva de la novela es la de los enchufes implantados quirúrgicamente con que están equipados todos los personajes. Esos enchufes permiten a la gente de Delany «enchu­farse» a cualquier máquina, a cualquier sistema, y controlarlos di­rectamente a través de impulsos nerviosos cerebrales. Las felices, satisfactorias relaciones entre seres humanos y máquinas constitu­yen una parte importante de la utopía. Ahora todo el mundo es un «cyborg» u organismo cibernético, las máquinas se han convertido en parte de la humanidad, pero la humanidad no se ha mecani­zado, y la mente humana gobierna todas las cosas. Es una visión inspiradora, una consumación deseable.

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