EL HOMBRE DE ARENA (E.T.A Hoffmann)

creación, hermosa en su exterior, hueca y con extraños mecanismos de locomoción en su interior, Olimpia será el objeto de culto y veneración del estudiante Nataniel. Amor y fascinación por el objeto mecánico que lo trasladará a la locura y muerte romántica.

Hasta aquí la propuesta romántica se centra en una crítica al cientificismo de la época. Sin embargo, la propuesta original del trabajo oscila en la representación de lo maligno que podemos encontrar en el hombre de la arena.

Para Freud los pactos con el diablo o el enamoramiento de seres mecánicos o alejados de la realidad son producto de la neurosis infantil, creamos historias de demonios o representaciones maléficas sólo para encubrir nuestra real personalidad. Sin meternos en rollos psicoanalíticos la representación del mal o los miedos a lo extraño es una condición humana presente en todas las sociedades, es como diría Lovecraft "La emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo, y el más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido"[4] El hombre de la arena parte de una premisa malévola, todo el cuento está inmerso en la tragedia, las acciones de los personajes están involucradas directamente a la intención y juicio de un ser maléfico: Coppelius.

Coppelius deja sin padre a Nataniel, destruye el amor de Clara por Nataniel, rompe la incitación de amor entre Nataniel y el autómata.

 Coppelius representa la maldad sin miramientos, su fisonomía es repugnante, sus intenciones siempre conllevan un beneficio particular. La bondad está fuera de lugar en su presencia.

En el estudio introductorio del hombre de la arena Freud hace un análisis sobre lo siniestro. Él manifiesta que lo ordinario o común se torna siniestro cuando lo elemental se hace extraño. Un simple sonido se puede verter en el sonido más escalofriante si le denotamos una sensación molesta a nuestra cotidianidad. Lo siniestro puede existir en nuestra casa: una lluvia constante y molesta, el ruido de un gato a la medianoche, un lugar oscuro en la habitación, las sombras proyectadas en la pared pueden turbar al individuo si su estado anímico está por los suelos o es presa de tensiones provocadas por trabajos de análisis literario. En fin, para el hermano Freud, todo el terror y ansiedad está en la gulivera de cualquier hermano azotado por la shloscas de un tierno día ( interpretación: Problemas mentales provocados por peleas o rencillas de un día cualquiera.

Lo malévolo en el hombre de la arena se vislumbra cuando el ser autómata forma parte de lo cotidiano, el profesor hace de su creación un símbolo de lo posible en un mundo de negaciones. Ha creado un ser, algo que la ciencia normal no ha podido. Nataniel queda petrificado con Olimpia, pues ella lo escucha, está de acuerdo en todo lo que dice, no replica por hambre o sed, tiene un ser que lo comprende y entiende. La felicidad está flotando en el aire de Nataniel, su dicha es eterna hasta el momento en que aparece Coppelius y desbarata el segundo amor del estudiante.

Lo demoníaco de Coppelius estriba en poner el orden en el caos, despiadado en la acción, hace que Nataniel observe cómo su objeto de amor (Olimpia) no es más que una simple máquina, en la lucha entablada entre Coppelius y Spalanzani en que se disputan al autómata, desmembrándola y saliéndole de sus cuencas los ojos ensangrentados; Nataniel adquiere una crisis de locura que lo hará recordar la muerte del padre y la frustración de su amor.

A diferencia de Mefisto, que representa el mal de una forma elegante, sutil, caballerosa, fina; Coppelius y su representación del mal se inclinan más hacia lo grotesco e insano, físicamente es abominable, pero aún más sus acciones. Irónicamente, cada que aparece Coppelius en el cuento las desgracias de Nataniel se duplican, por culpa del abogado Nataniel pierde a Clara y cuando nuevamente experimenta el amor con Olimpia, Coppelius destroza la vida sentimental y psicológica del estudiante.

Otra manifestación del mal que podemos encontrar en el Hombre de la arena, es el terror infantil. Tradicionalmente las imágenes de demonios, "cocos", hombres del costal, son formas represivas que los padres inculcan a los niños para generar un sometimiento o un terror nocturno. En la mayoría de los casos experimentamos lo siniestro cuando reforzamos nuestros temores con los espectros que nos inventan nuestros tutores.

El arenero es un símbolo de terror que se presenta desde la infancia en Nataniel, terror que lo acompañará a lo largo de su existencia. Como no puede destruir ese terror infantil. Lo evade por medio de la locura involuntaria, locura que no lo salva de su final trágico. Presa de sus temores y recuerdos el estudiante se suicida desde el campanario gritando " ¡ Ah, bellos ojos… bellos ojos"[5]

Según Freud, el mito o leyenda del arenero que se lleva los ojos de los niños que se portan mal no es más que un temor al fenómeno de la castración. Hoffmann a lo largo de sus historias amalgama lo desconocido con lo imprevisible para generar la sensación más aproximada al terror o al miedo que todo humano experimenta en su interior. El mal, no necesariamente tiene que reflejarse con asesinatos, sangre, seres monstruosos, etc., lo siniestro o terrorífico se nutre de los miedos y fantasías del ser humano. Lo siniestro o malévolo según el estudio preliminar del hombre de la arena se vislumbra cuando lo cotidiano, familiar o doméstico se torna en siniestro, y las cosas más naturales como el sonido se hace sobre natural cuando a ese sonido se le atribuyen otras interpretaciones.

 IV. Mi hija siniestra desconectó la computadora y perdí todo el trabajo.

Hemos visto en dos textos románticos la influencia o poder que lo demoníaco pueda afectar el curso de la vida de seres completamente extraños o diferentes. Fausto vende su alma al diablo para conocer la felicidad, aunque en ello pierde el alma. Nataniel no realiza ningún pacto, pero pierde el amor y el alma por la influencia de Coppelius.

Así, cuando a la sensación de temor y maldad se le sobreañade la inevitable fascinación de lo curioso y lo asombroso, surge un mezclado de emoción intensa y provocación imaginativa, cuya vitalidad dura tanto como la humanidad.

No es por intrigar, ni por hacerme el machito, pero a estas alturas de la noche ya me dio miedo la sombra que se proyectó a mi espalda. Por lo que mejor me voy a mis aposentos a dormir la mona.  

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