Historia abreviada de la literatura portátil (Enrique Vila-Matas)

Os dejo aquí mi reseña del intercambio de reseñas por si no habéis podido "disfrutar" de ella (jejeje…) Otis, deberías hacer lo mismo con la tuya, no se le haya traspapelado a algún(alguna) fan!

¿Estás soltero? ¿Tienes un espíritu innovador y una sexualidad extrema? ¿Careces de grandes propósitos? ¿Eres un nómada infatigable? ¿Convives de manera tensa con tu doble? ¿Eres un artista de la insolencia? ¿Sientes simpatía por la negritud? ¿Tu obra artística es ligera y puede transportarse fácilmente? Bienvenido entonces, a la historia de la literatura portátil: eres un shandy.

La conspiración shandy o sociedad secreta de la literatura portátil se fundó en 1924 y se disolvió tres años después. Agrupó a artistas de lo más variado: César Vallejo, Rita Malú, Berta Bocado, Georgia O\’Keefe, Scott Fitzgerald, Marcel Duchamp, Alberto Picabia o Alistair Crowley. Todos cumplían los requisitos expuestos más arriba. ¿A qué se dedicaban? La nada era su objetivo, el camino era la meta, el esfuerzo, inútil. Así es eran estos artistas “amantes de la escritura cuando ésta se convierte en la experiencia más divertida y también la más radical.”

Con todos los visos formales de verdad que ha sido capaz de reunir, nos presenta Vila-Matas en historia abreviada de la literatura portátil este movimiento literario de principios del siglo XX. Nos aporta incluso, el dato exactísimo de su fundación y de su disolución: el 27 de julio de 1924 en Port Actif (en francés, muy semejante a portatif: portátil ) y 1927, en el Ateneo de Sevilla, respectivamente. Con esto ya comienzan los guiños al lector: las intertextualidades (va por ti, Joe Kozinski), el dialogismo exquisito: Vila-Matas pone a charlar a toda una panoplia de literatos de países, intereses y técnicas diferentes en ambientes totalmente surrealistas y ficticios. Luego veremos, además, cómo consigue él inmiscuirse en esta conversación ajena.

Otro de los recursos que utiliza Vila-Matas en este libro es explotar la capacidad simbólica del hombre: la suya propia, al atribuir los significados que a él le interesan para su construcción a multitud de textos; por otra parte, explota la de los shandys, dejándoles que unos y otros se atribuyan significados en una suerte de doble conversación: la real y la interpretada. Por otra parte, apela a nuestra propia capacidad de atribuir significados para multiplicar aún más el sentido del texto. Lo que resulta es, pues, un delirante espectáculo formado por la yuxtaposición de textos, metatextos e interpretaciones.

Quiero leer también en este libro una crítica ironiquísima a la hermenéutica y las interpretaciones “ad hoc”, a la necesidad de interpretar, de atribuir sentido. Es lo mismo que critica Susan Sontag en Contra la Interpretación, pero Vila-Matas se sirve de la propia literatura. Vila-Matas viene a decir (calladamente, porque esto no nos lo cuenta, sino que lo viene a dar a entender) que el trabajo sistematizador de la crítica literaria es inútil o es absurdo. Y es que no se imaginan ustedes cómo nació la literatura portátil:

“gracias a la definición de la sexualidad extrema por parte de una mujer fatal se hizo realidad el movimiento del mundo de los portátiles: un universo que fue hijo del equívoco y de la casualidad”.

Leer el equívoco merece la pena.

El libro comienza con la gestación del movimiento shandy, gracias a confusiones, interpretaciones erróneas y casualidades (¡¿cómo se puede sistematizar esto?!); luego continúa trazando una breve cronología de este movimiento. En esta historia mezcla determinados lugares típicamente “literarios”, por ejemplo, Praga; con algunas características que se asocian al prototipo del escritor extremo, por ejemplo, el suicidio; a esto añade hechos típicamente shandys, minimalistas: una fiesta en Viena en casa de un shandy, Littbarski, que fingía continuamente estar celebrando fiestas; las apariciones sucesivas de “odradeks” o dobles oscuros de los escritores, shandys; las reuniones en el submarino del príncipe Mdivani o el fin del shandysmo en Sevilla, que tiene lugar, precisamente, cuando Aleister Crowley desenmascaró la sociedad, haciéndola pública y por lo tanto, destruyéndola.

El texto es delirante. Vila-Matas deja hablar a los personajes a través de sus textos, interpreta textos como le conviene, sistematiza acciones absurdas o irremediables para poder configurar el movimiento haciendo que las acciones se adapten a las características que él mismo ha decidido atribuirles… pero además, Vila-Matas ha conseguido construir una novela divertidísima, surrealista casi, en la que hechos absolutamente imposibles, inverosímiles, tienen perfecta cabida, y se convierten casi en totalmente necesarios para el desarrollo de la historia. La historia de cuatro locos que llevan sus obras de arte en una maleta y viajan sin rumbo por el placer de viajar, de portar su obra. El encuentro de Berta Bocado con Andrei Biely está lleno de emoción, así como los encuentros y desencuentros de Jacques Rigaut con la muerte o el desenlace en Sevilla…

Esta novela-ensayo ficticio constituye un texto muy típico de su autor, que siempre se ha interesado por las muñecas rusas: la capacidad de encajar textos en textos, historias en historias, personajes dentro de personajes. Vila-Matas busca la manera de extender su novela más allá de las 122 páginas que él ha escrito: con ella nos regala también las llaves al mundo shandy y no shandy al mundo de la crítica literaria y de la espontaneidad lectora, al mundo de la percepción y de la interpretación y nos deja libres para leer en esta novela cuantas novelas queramos.

¿Y cómo se cuela Vila-Matas en toda esta historia? ¿Quién nos cuenta la historia de la literatura portátil cuando todos sus miembros ya han iniciado una diáspora y han decidido cambiar de vida y de estilo, alejándose física y espiritualmente del movimiento portátil, fingiendo haber participado de él jamás? Siempre tiene que haber un “último shandy”, alguien “para quien su libro es otro espacio donde pasear”… Y ese puede ser el propio Enrique Vila-Matas. O puedes ser tú.

Cristina Núñez Pereira 

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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Novecento, la leyenda del pianista en el Océano (Alessandro Baricco)

Novecento, la leyenda del pianista en el Océano es un librito que escribió el autor italiano Alessandro Baricco allá por septiembre de 1994. Dice él mismo que lo escribió "para un actor […] y un director", pero que no sabe "si esto es suficiente para decir que he escrito un texto teatral". Y es que el libro puede ser percibido de las dos formas: como un monólogo teatral, del tipo de El Contrabajo, o bien como una novela breve narrada en primera persona, en una suerte de "monólogo exterior", jeje.

Creo que Novecento es un ejemplo clarísimo de la necesidad que todos tenemos a veces de amueblar una idea. A veces pensamos de forma abstracta acerca de actitudes, de formas de ser de las personas, de las necesidades que tenemos y las que no… de cómo alcanzar la felicidad… y parece que todas estas ideas, por el mero hecho de estar formuladas en un lenguaje abstracto y lejano del lodazal diario de los teléfonos rotos y los semáforos, no tiene aplicación en la realidad. Ahí es donde entran en juego los barcos, los pianos y los personajes, se llamen Danny Boodmann T.D. Lemon Novecento o se llamen Segismundo. Gracias a ellos los autores recorren el tobogán que va desde lo abstracto a lo concreto para facilitarnos nuevamente la subida a la abstracción. Por eso, a veces, enriquece tanto leer un libro.

Novecento narra la historia de un magnífico pianista, Novecento, que fue encontrado en una cajita de cartón a bordo del trasatlántico Virginian. Toda su vida ha transcurrido haciendo en este mismo barco la ruta entre Europa y América y tocando el piano. Novecento se llama en realidad Danny Boodmann TD Lemon Novecento. Lleva el nombre del hombre que lo encontró, el pianista del barco, Danny Boodmann; las iniciales T.D. se corresponden con las palabras Thanks Danny, que estaban escritas en la nota que acompañaba al bebé, donde también aparecía la palabra Lemon. Por fin, Danny Boodmann añade al nombre de la criatura el nombre del año que inauguraba el siglo XX.

Luego el viejo Danny Boodmann murió y Novecento se quedó solo en el barco. Fue entonces cuando comenzó a tocar el piano como si los ángeles hubiesen bajado a guiarle las manos. Y gracias a su capacidad para extraer melodías maravillosas del piano se pudo quedar en el barco. El barco era, en realidad, su tierra firme, puesto que había nacido en el mar y era todo su mundo; incluso la tierra la conocía desde la perspectiva marina, como la conocen las gaviotas, I suppose.

El narrador, un trompetista que tocaba con Novecento nos cuenta con especial viveza el verano de 1931, cuando subió al barco el gran pianista de Jazz Jelly Roll Morton. Se creía el inventor del jazz y cuando conoció la historia de Novecento, quien pese a no haber bajado nunca del barco –o quizás, precisamente por eso- se había convertido en un mito; decidió subir a bordo para conocerle en persona:

”- Usted es el que inventó el jazz, ¿verdad?
– Así es. Y tú eres el que toca sólo si tiene el océano bajo el culo, ¿verdad?
– Verdad.”

Así es como se conocieron. Ni que decir tiene, con una presentación tan típica del Far West, que se retaron a un duelo de música. Y tampoco creo que haya que aclarar quién ganó.

Finalmente, Novecento decide bajar del barco. ¿Por qué? El narrador compara la repentina decisión de Novecento con esos cuadros que se pasan toda la vida colgados de la pared y de repente, zas, se caen. Y es que Novecento quería ver el mar. Baja tres escalones de la escalerilla y al tercero se da la vuelta. Más adelante, el propio Novecento, que aparece en escena, nos explicará por qué no bajó del barco. Y también qué hace al final con seis kilos y medio de dinamita debajo del culo sentado, todavía, en el Virginian.

Novecento es una excusa para hablar sobre la música, o más bien, para escribir sobre la música. Parece una apuesta que Baricco ha hecho consigo mismo para ver si es capaz de traducir la música en palabras. Los párrafos que se dedican a describir cómo era la música que tocaba en Novecento son un verdadero esfuerzo por hacer que las palabras adquieran nuevos significados, porque la lírica deje paso a algo más, por dejar que el receptor sea capaz de traducir esas palabras en música.

Novecento también es una excusa perfecta para hablar del hombre activo y del hombre contemplativo, del hombre inquieto y del refugiado, del errante y del que vive en perpetuo exilio interior. Novecento sirve para reflexionar sobre la necesidad de percibir, tocar, oír, saborear y ver las cosas para conocerlas realmente. Novecento no conocía más que un piano rodeado de Océano y sin embargo era capaz de componer y tocar músicas que evocaban las más literarias historias de amor, parecía que aprehendía con sus notas los cielos de París y los suburbios de Buenos Aires, la sencillez de una campesina italiana y la arrogancia de un sombrero de copa inglés.

Y es que Novecento, al final, es la historia de los que viven este mundo con los 187 sentidos. Luego hay quien lo expresa a través de la música, como Novecento; a través de las palabras, como Baricco; o a través de la pintura, como Gauguin. Pero lo importante es saber leer el mundo:

”Sabía escuchar. Y sabía leer. No los libros, eso lo sabe hacer cualquiera, sabía leer al a ente. Los signos que la gente lleva encima: lugares, ruidos, olores, su tierra, su historia…[…]Cada día añadía un pequeño retazo a aquel inmenso mapa que estaba dibujándose en la cabeza, inmenso, el mapa del mundo.[…] Después viajaba por su superficie de maravilla, mientras sus dedos se deslizaban sobre las teclas, acariciando las curvas de un ragtime.”

Probablemente, Baricco no es un inmarcesible, un must. Quizás Novecento sea tan lírico que resulte cursi a ratitos, o quiera ser tan lírico que acabe por ser Kitsch; Novecento no tiene la prosa fina y delicada de Seda, pero tiene una prosa más espontánea, desbaratada, con versos intercalados, cuya delicia quizás resida en eso, en que está escrita para ser hablada como si hubiese sido escrita…

Esta reseña, por cierto, viene al hilo del piano-man, sacado del ovillo de Otis B. Driftwood. Así pues, va con dedicatoria 😉 Y también va por Sandra y sus sudores para decir Tchaikovski sin reírse 😉

Cristina Núñez Pereira 

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La amigdalitis de Tarzán (Alfredo Bryce Echenique)

Juan Manuel Carpio es un cantautor en París. María Fernanda de la Trinidad del Monte Montes es una niña bien del pleno centro de San Salvador que llega a París desorientada pero divina, creyendo que todos los taxis llevan a hoteles de cinco estrellas y que todos las personas son embajadores en París. E inevitablemente, se enamoran.

Pero los semáforos en verde se interponen entre ellos. Se interponen entre ellos los fotógrafos alcohólicos, las tarantulitis de los niños, el estado de sitio de El Salvador, las canciones a Luisa de Juan Manuel, el hecho de que ya no se fabriquen ciertos modelos de Alfa-Romeo y las secas flores de una villa en Mallorca. Y es que esta es la historia de un amor que no acaba de encontrar su materialización, un amor a destiempo, un amor que se arrastra a tientas por todo el globo terráqueo buscando la coincidencia en la ETA (Estimated Time of Arrival) de ambos both amantes.

El amor exageradamente exagerado esta vez no se abre paso más que a través de las cartas, y es que Fernanda y Juan Manuel en el fondo, fueron mejores por carta:

"La carta debe ser como un retrato del alma o algo así, porque tú y yo somos de lo más fotogénico que se pueda dar, epistolarmente hablando"

La carta es el espacio para encontrarse, la tierra en que dejar que fertilice ese amor que parece que ni germina ni se pudre, que permanece inmutable pese a todos los cambios que viven, aisladamente, los dos escritores compulsivos de misivas. En las cartas se sienten cómodos, como en un saloncito ordenado al gusto de cada uno; allí se pueden desordenar, dar rienda suelta al desconsuelo, a la ira, y a la risa. E incluso se esconden por carta. No utilizan apenas los silencios en la correspondencia, sino que se esconden escribiendo, ocultándose, en ese típico juego del amor adolescente de hago como que X para que crea que X pero porque sé que en el fondo sabrá que Y. O el amor como una ecuación de "segundo grado".

Así que Bryce Echenique utiliza las cartas como pilar esencial para su narración, supongo que para que la narración "también sea mejor". En realidad los encuentros están narrados por Juan Manuel Carpio; las cartas las utiliza más bien para dar una idea del transcurso del tiempo y para aportar la perspectiva de Fernanda siendo Fernanda, no de Fernanda a través de los ojos de Juan Manuel Carpio. No tengo ni idea de si la intención de Bryce Echenique era hacer una versión tropical y araucanota de Les liaisons dangereuses, o si simplemente le pone el género epistolar; no sé si le ha apetecido darle una perspectiva más objetiva al personaje femenino y no pasarlo únicamente por el tamiz del exagerado sentimiento masculino, ni si ha utilizado el recurso epistolar para acelerar la narración y transmitirla en sus exactos términos verbales a flor de lengua.

Más bien me suena a una mezcla de todo esto. Por un lado, a esta Fernanda María, al dejarla narrarse a sí misma, se le cae un poco el aura de divina e inalcanzable que rodea a las mujeres de Bryce (Octavia de Cádiz apareciendo y desapareciendo de las playas; Inés subiendo y bajando de la hondonada, vista desde la lejanía de la separación), aunque es cierto que Juan Manuel Carpio, en sus versiones de los hechos utiliza todos esos recursos simbólicos para devolvérsela: el llamarla Fernanda Mía, el Alfa Romeo Verde, la estereotipación de "pelirroja flacuchenta"… son trozos de su forma de verla que comparte con el lector.

Por otra parte, muchas veces, leyendo a Bryce he tenido la sensación de estar leyendo cartas a nadie, cartas al vacío o cartas nunca escritas. De hecho, los cuadernos escritos desde el señor Voltaire (en La vida exagerada de Martín Romaña y El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz) son como una extensísima carta escrita a la amada.

Por último, con este sistema epistolar, Bryce Echenique consigue hacer la narración más directa: es una novela epistolar, basada en las cartas, pero también es dialógica, claro, porque se basa en el intercambio de cartas en que unas son respuestas a otras. Así, Juan Manuel y Fernanda Suya tejen su propio universo, su discurso personalísimo e intrasferible, que trasciende los espacios y los tiempos para mantenerlos unidos no importa cuál sea el océano que los separe… 😉

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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La muerte (Thomas Mann)

Interesante y sutil relato, con aires decimonónicos y un cierto toque gótico, sobre el modo en que un hombre presiente la proximidad dela muerte. da a veces la impresión de que presintiéndola la convoca, y que preparándose para ella le allana a la vez el camino.
Los ambientes, cuidados en su frialdad, predisponen también al lector a la espera, y el ritmo de la narración parece hacernos desembocar en un estado de ánimo donde sólo esperamos lo inveitable. En esta pequeña obra, de una páginas apenas, podemos observar toda la maestría de mann en el manejo del tiempo en conjunción con un desarrollo de la trama muchho más directod e lo que acostumbra el autor.
Traten de encontrarla.

www.javier-perez.es

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La Caída (Thomas Mann)

Relato breve del magnífico autor alemán, en el que emplea un tono un tanto decimonónico para contarnos, con recursos queme parecieron un poo pobres, la historia de un joiven que se enamora de una mucxhacha y que cree en su pureza y en su candidez hasta que él mismo se decide a dar pasos mayores.

la tesis, misógina y machista para nuestra época, es que la que cede por amor lo hará también seguramente por dinero, y que siendo enamorada bien se puede también ser puta.

El realto, en conjunto, es bastante repugnante, pero no hay queolvidar que Thomas Mann lo escribe en una época en la que los valores imperantes no somn los actuales. Quizás haya que tener también en cuenta que el respeto estético de Mann se inclinaba más bien a otros colectivos, como bien puede observarse en La Muerte en Venecia. Y es que entonces la pederastia (distinta de la homosexualidad) también la veían algunos de otro modo.

Pero a los estetas se les permite todo, ¿verdad?

www.javier-perez.es

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