DONDE OLVIDO MI NOMBRE (Alejandra Correa)

""Donde olvido mi nombre", es el título del tercer libro de poesía de la escritora argentina Alejandra Correa interpela ciertas certezas del lector. Porque ¿qué queda de un nombre cuando se lo priva del nombre? O bien: ¿qué parte del nombre sobrevive a su sustracción?

El título resulta perturbador, desapacible, y, a la vez, depara algo parecido al consuelo. Hay allí algo que, por fuera de la primera persona, interpela ciertas certezas del lector. Muchos de ustedes recordarán que la inteligencia alucinada de Georg Christoph Lichtenberg propuso el problema existencial de un cuchillo sin hoja al que le falta el mango. En la misma línea, podríamos preguntar, con menos autoridad pero igual absurdo: ¿qué queda de un nombre cuando se lo priva del nombre? O bien, para matizar: ¿qué parte del nombre sobrevive a su sustracción? La materia prima de la literatura  (esto es algo que Roland Barthes sabía muy bien) no es lo innombrable sino lo nombrado. Toda tentativa de escribir implica siempre un promiscuo concubinato con un lenguaje anterior, con una clasificación nominal que la historia, el mundo y los otros nos imponen como algo dado. No se trata entonces, como podría pretender un romanticismo desvelado, de exhibir el blasón de una palabra conquistada al silencio. Por el contrario, el modesto triunfo del poeta consiste acaso en restituirle a la palabra su fondo de silencio en la estridencia de las cosas. ¿Cómo articular una voz audible en la selva espesa de una lengua corroída? 
El método que elige Alejandra Correa se inscribe en el más puro arte de la crítica. “Es éste/ mi trabajo/ en el río:/ separo/ las piedras/ del oro”, se lee en “Lenguaje”, la segunda parte del libro. No es casual que las otras dos partes se llamen “Huesos” y “Mundo”. Entre los huesos y el mundo está el lenguaje, “la tumba/ del lenguaje”, para ser más exactos. Los huesos, la insistencia en ese resto reverberante, en ese vestigio que ha perdido la carne, que está más allá de la carroña, y que, sin embargo, pervive, no es nueva en los poemas de Alejandra Correa. Pero aquí los huesos devienen casi una opción, la opción por la renuncia al nombre como contracara de la sobrenominación.    
         Donde olvido mi nombre enuncia y postula la existencia de un lugar, una topografía en la cual, justamente, se olvida un nombre, el propio. Nada que ver con los éxtasis místicos. Lejos de cualquier excepcionalidad, casi podría decirse, como dijo alguien, que los poetas no tienen biografía. Su obra es su biografía. ¿Pero qué pasa cuando la obra propone olvidar el nombre que sostiene esa biografía? Si la identidad vacila es porque se mira en el retrato adulterado por la corrupción del lenguaje. “Perdí mis rasgos/ y toda cortesía/ desde que habito/ en las sobras/ del lenguaje”. Porque, esto no es ninguna novedad, el lenguaje está muerto. En un ensayito de 1969, el poeta cubano Virgilio Piñera hablaba ya con alarma del enorme número de palabras muertas; denunciaba allí la inoperancia literaria de palabras tan sencillas como salón, tetera, frazada o escoba. Así las cosas, no queda más que la ilusión adánica de inventar una lengua nueva, o bien, como aquí, “reparar las sílabas/ deshechas por la duda”. Con esas “sílabas que ya nada nombran”, Alejandra crea, y se crea, en “una lengua de retazos”. La novedad ocurre cuando, en la intemperie de la hoja, esos retazos se iluminan con la incandescencia de la epifanía.  
Esa epifanía irradia aquí su propia fragmentación. Los poemas estallan en la página como apariciones de un presente detenido que, sin embargo, condensan un pasado que los antecede y un futuro que los prolonga. Pero nada sabemos de esas temporalidades tácitas. Esos tiempos son el enigma. Y el poema, la respuesta a una pregunta que se desconoce. O, más lógicamente, la pregunta por una respuesta que se ignora. Por ejemplo, la pregunta por lo que fue. Los versos de Alejandra son tímidas miniaturas verbales rodeadas de silencio, se reconocen y se reflejan en “el espejo del silencio”. Pero ese silencio no es la simple ausencia de palabras y de sonidos. Es más bien el espacio que se abre alrededor de las palabras, la inminencia de la palabra que va llegar y el eco de la palabra que, ya dicha, se repliega. Es de ahí, de esa zona ciega, de donde procede el sentido. Se trata de una zona de tensión que antes pudo resolverse en el grito, pero que adopta ahora la forma de una música discontinua, una secuencia de acordes en tono menor que registran un drama asordinado.   
Sugerí hace un momento que los versos eran tímidos. Quisiera agregar ahora que, como pasa siempre con los tímidos, estos versos son también capaces de la mayor dureza e impiedad. Las líneas que, a modo de pórtico, arrancan al libro de la nada conducen a uno de los núcleos dramáticos de la poesía de Alejandra: el dolor de lo que se pierde, “ese fragmento de la ciudad que fuimos”. El desamparo del que se habla no es ya solamente histórico –como en Río partido, su primer libro– sino sobre todo, si se me permite la grosería, cósmico: “Lo trae el invierno, y también la luz que traviesa una madeja de ramas”. Pero esta poética es dura también por su resistencia a ciertas estéticas dominantes en el colorido panorama de la poesía argentina actual. Secados ya los barros más oscuros del neobarroco (para el que, sin más, estaba bien todo aquello que menos se entendiera), algunos poetas catódicos atendieron el canto de sirena del tecno-populismo; otros, en cambio, creyeron que para hablar de poesía era necesario cultivar la reacción. La poética de Alejandra no es en absoluto aquiescente o claudicante frente a este dilema circunstancial. Antes que nada, elude dos peligros: la palabra ungida y las cómodas luminarias del vale todo. Con Donde olvido mi nombre, Alejandra le da continuidad a la voz reconocible de sus libros anteriores, atados a éste por el hilo frágil de la intimidad. Porque creo que de eso se trata: de la escritura de una épica de la intimidad. Lo hace, además, sin caer en las convenciones de la vieja lírica sentimental. Vuelve a mostrar que es capaz de unir la claridad con el misterio, capaz de exhibir una pericia prosódica que, de tan delicada, se percibe con la misma felicidad de algunos sueños, y de permitirse aun el uso imprevisto, prehistórico, de la palabra “crústula”. Y, lo más importante, confía en que esa palabra, y todas las demás que hacen sus poemas, tiene, todavía, sentido, y que ese sentido puede, también todavía, transmitirse. Si no fuera así, no se explicarían estos versos, posiblemente los más hermosos del libro, que me gustaría citar: “si dedicara/ mi tiempo errante/ a estas sobras/ extraería al fin/ las latas con anzuelos/ el paraguas anaranjado/ las letras caligráficas”. A propósito, una duda: ¿hará juego ese paraguas con el vestido anaranjado del poema “Marinamente” de Río Partido? 
“Si digo agua, ¿beberé?”, preguntó una vez otra Alejandra. Y esta Alejandra le contesta: “La palabra/ fuego/ me abriga”. La pausa del corte de verso introduce una indecisión. ¿Es la palabra “fuego” la que abriga? ¿O la palabra es fuego y por eso abriga? Queda en los lectores la respuesta. En cualquier caso, permanece la demanda  de volver al grado cero y construir de nuevo “casas de palabras en medio de la nada”. Alejandra Correa constata aquí que el verdadero olvido de sí consiste, paradojalmente, en el acto valiente de seguir nombrando. Tal vez sea ésa la guerra que no termina. " PABLO GIANERA

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Intrusos (Uzma Aslam Khan)

Dia y Daamish se enamoran y comienzan una relación pese a la oposición de sus respectivas madres.

Esta historia de amor no se diferenciaría de cualquier otra de no ser por algunas características, tampoco demasiado originales que le imprime la autora.

Ambientada en 1992 en Pakistán, con diversos saltos temporales al pasado a modo de búsqueda de los motivos que han llevado a la situación actual, la novela intenta relatar además la forma de ser y vivir de un país y unas personas marcadas por los acontecimientos.

Mientras Dia ha permanecido toda su vida sin salir del país, Daamish acaba de regresar de cursar estudios en Estados Unidos, lo que ha cambiado su perspectiva del mundo, aunque al cabo de unas páginas no se percibe de forma significativa para el argumento.

Aún así, la trama incide de vez en cuando en la crítica de costumbres aún vigentes, equiparando los matrimonios concertados con vidas castradas a favor de la riqueza material.

Si bien el romance y los motivos que lo imposibilitan son hasta cierto modo fáciles de predecir y los saltos al pasado no aportan demasiadas sorpresas, las particularidades de los personajes sí resaltan un poco de lo habitual.

La autora ha hecho hincapié en mostrar como es cada uno de los personajes principales, lo que les mueve y les importa.

Día es una joven moderna, que se permite criticar los continuos anuncios que invaden la TV promocionando leches para la piel que hacen parecer más blancas a las mujeres. Ha pasado la vida en un criadero de gusanos de seda, cuyas costumbres la fascinan, así como la historia de la seda, casi obsesionada por la serie de circunstancias que llevaron a su descubrimiento, las luchas posteriores por hacerse con el monopolio etc…

Su madre, Riffat Marasur, es una viuda que se dedica a la sericultura, gobernando su negocio con mano firme y decidida a que su hija se case por amor. Ha pagado el precio de ser una mujer independiente, incluida la viudedad y la incomprensión de quienes la rodean.

Daamish vuelve a casa tras el fallecimiento de un padre al que veneraba, e intenta adaptarse a un mundo que ya no es el suyo. Su obsesión son las conchas que le traía su padre de sus diversos viajes, que tiene etiquetadas y estudiadas.

Su madre, Aru, es una mujer resentida, en apariencia sumisa, que al llegar a la viudedad decide tomar las riendas de la vida de su hijo para mantenerle a su lado, intentando concertarle un matrimonio con Niri, una amiga de Dia en lucha entre las tradiciones y la modernidad.
En la reunión para conocerse, Daamish elige a la muchacha equivocada.

Salaamat es hijo del cocinero de las Marasur, obsesionado por los autobuses y su diseño, por las tortugas y sus costumbres, rebelde, revolucionario y desengañado, que también se enamora de Dia.

Es el desarrollo de estos personajes principales, sus personalidades, motivaciones y decisiones lo que imprime el mayor interés a una historia conocida hasta en sus sorpresas que atrae precisamente por la minuciosidad que dedica a su estudio.
Aunque a ratos se puede hacer algo cansina, mantiene un relativo interés por los personajes hasta el final.

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El imperio de los lobos (Jean-Christophe Grangé)

Mientras Anna Heymes cree estar enloqueciendo porque no reconoce a su marido e intenta recomponer su vida, el capitán Paul Nerteaux investiga los terribles asesinatos de tres jóvenes trabajadoras del barrio turco de París, recurriendo Schiffer, un viejo ex policía que trabajó en el lugar.

La historia comienza con un misterio que se mantiene durante el examen médico de Anna, incapacitada para recordar el rostro de su marido pero que le resulta familiar un hombre que va a comprar bombones a su tienda y no parece conocerla.

Igualmente interesa la investigación de Paul con ayuda de Schiffer, incluso cuando se ve venir que ambos casos están relacionados y se va adivinando lo que le ocurre a Anne antes de que ella misma lo sepa.

El autor mantiene un ritmo de interés constante, no se alarga en las escenas de acción, explica la situación mental de Anna y las diversas pruebas a que se la somete con claridad, sin dar sensación de pegote, sobresaliendo el encuentro con el profesor Alain Veynerdi, experto en “leer” el pasado en las huellas que ha dejado la vida en el cuerpo. Mediante análisis de sangre, exámenes de cabello etc… el médico llega a una conclusión que ya se ha adelantado, sin anular la fuerza de la revelación vista a través de Anna.

Centrada también en la descripción del barrio turco dentro de París, muestra un mundo distinto, violento, corrupto, con sus propias leyes y costumbres, que Schiffer conoce muy bien, logrando que quien lee se sumerja en su interior.

Grangé presta especial atención a la descripción de los personajes, sobre todo los dos policías protagonistas y sus diferentes formas de ser:

A Paul Nerteaux se le muestra como un idealista que se siente afectado incluso físicamente ante la violencia desplegada por Schiffer; un romántico que se enamoró de Reyna, una delincuente que pretendía regenerar y de la que está divorciado.

Mientras, Schiffer es un hombre duro, un jubilado al que Nerteaux, pese a buscarle, teme: “A su manera, el Cifra era el padre de todos los policías. Mitad héroe, mitad demonio, encarnaba por sí solo lo mejor y lo peor, la rectitud y al corrupción, el Bien y el Mal. Una figura fundadora, un Gran Todo al que Paul admiraba a su pesar, como había admirado, desde el fondo de su odio, a su alcohólico y violento padre”.

Schiffer es una obvia figura paterna para Paul, que el autor parece acentuar al referirse siempre a uno por su apellido y al otro por el nombre, destacando aún más la diferencia entre quien cree que la ley soluciona las cosas y quien sabe que a veces es necesario transgredirla para hacer justicia.

Los personajes femeninos, Anna en lucha por recuperar su vida y Mathilde Wilcrau como la psiquiatra que la ayuda, son fuertes, con personalidad y motivaciones.

Resaltar que cuando crees conocer las principales tramas, el autor sorprende con un cambio de registro que incluye violencia casi gore, motivaciones inesperadas y la recuperación de la memoria de Anna…

Sobresale de la mayoría de las publicaciones actuales por estar correctamente escrita, incluyendo afortunadas metáforas y descripciones, tiene un argumento a ratos intrigante llevado con buen pulso y casi sin exceso de texto y, sobre todo, personajes interesantes en su fuerza y debilidad, con una excelente construcción que incluye a los secundarios.

Diferente.

– “El imperio de los Lobos ha sido llevada al cine en 2005 por Chris Nahon, protagonizada por Jean Reno (que también intervino en la adaptación de otra novela de Grangé, “Los ríos color púrpura”), Jocelyn Quivrin, Arly Jover y Laura Morante, como Schiffer, Paul, Anna y Mathilde.

http://reginairae.blogcindario.com/2005/12/00246-el-imperio-de-los-lobos-de-jean-christophe-grange.html

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Vals de Mefisto (Sergio Pitol)

Se trata de cuatro relatos:

Mephisto- Waltzer
Una mujer separada de su marido, lee un relato que él le envía, trufado de referencias musicales y artísticas.

El relato veneciano de Billie Upward
Billie Upward es una escritora, autora de Closeness and Fugue, un libro de esos de "qualité" que no lee nadie, ejem. El autor nos cuenta la trama, que versa sobre una chica, Alice, a la que sus padres envían a estudiar a Suiza y va en viaje de fin de curso a Venecia, donde le suceden ciertas aventurillas.

Asimetría
Dos hermanas mexicanas recuerdan a su padre asesinado.

Nocturno de Bujara
Extraño y surrealista viaje a Samarcanda.

Comentario:

Como ya se habrá visto por los resúmenes que he hecho, no es fácil contar las "historias" que narra este libro de relatos, ya que la trama es mínima, y eso que en uno de ellos, en boca de uno de los personajes, se habla de la necesidad de que la prosa esté al servicio de la trama o algo así.

Está claro que quien abra este libro y disfrute de él será por razones ajenas al argumento, como pueden ser la magia, su sentido de la maravilla, el surrealismo, el gusto por el viaje imaginario, la metaliteratura y esas cosas tan intelectuales que suelen apartar al lector medio de los libros, para extrañeza y espanto de las instituciones académicas.

No puede negarse, en ese sentido, que Pitol ha creado un libro muy bonito, que recuerda a Borges, o a Calvino (por las menciones a las ciudades), quizás un poco menos intelectual, pero aún demasiado abstracto, demasiado cerebral, erudito y complejo como para que sea asequible a los lectores normales. Además, está repleto de referencias tanto de la música como de la literatura, la mitología, etc.

En el primer relato, por ejemplo, y para mantener la coherencia, se echa mano de la música.

"Hay en el relato (abre la revista, busca el párrafo para convencerse de su existencia, y, al comprobarlo, suspira complacida) una referencia pasajera al concierto oído por ambos en París después de su matrimonio y comprueba que su abatimiento ha sido tal que basta ese mínimo signo para por el momento sentirse homenajeada. El narrador (porque Guillermo crea una distancia entre él y su relato a través de un narrador, mexicano como él, y también como él residente por un breve tiempo en Viena) se refiere al concierto en que oyó por primera vez al pianista y recuerda que, en el momento en que se levantó para agradecer los aplausos, su mujer -sí, ella, la que tendida en la litera de un vagón de ferrocarril viaja de Veracruz a México y lee una revista literaria-, al ver las sienes bañadas de sudor del pianista, comentó (aunque en el momento en que lee está casi segura de no haber dicho tal cosa) que el efecto de esas gotas que se le deslizaban por las sienes y bañaban sus mejillas le hacía pensar en el rostro de un joven fauno que volviera de hacer el amor"

En el segundo, de la literatura, en especial de la obra de Shakespeare, "El sueño de una noche de verano", al hacer aparecer a personajes que llevan el nombre de Titania, reina de las hadas o de Puck. El cuarto relato es el que más me ha recordado a Italo Calvino y su obra sobre las ciudades imaginarias. En el libro hay una curiosa mezcla de realidad y fantasía; está lleno de descripciones de lugares, ciudades, edificios, citas culturales…

El estilo es limpio y elegante, muy sugerente, que varía entre lo puramente narrativo y el ensayo, un poco al estilo de Joan Perucho. La prosa es casi lo que más me ha gustado, dado que en ningún momento me he metido en el texto. Tiene un aire arcaico, como de Las mil y una noches, con historias dentro de otras historias que se mezclan y entrecruzan, y a mí particularmente, me confunden; una importancia de las ciudades con nombres de resonancias evocadoras (Viena, Venecia, Samarcanda, etc)

Como ya dije antes, todo tiene un sentido muy metaliterario: así pues habla de cierto personaje, y nos cuenta lo que ese personaje escribe, como una muñeca rusa.

"Un escritor navega siempre al borde del naufragio cuando trata de recorrer todos los tiempos que han compuesto no sólo a Venecia sino a la más polvorosa y deslucida ranchería. Y Billie no se libra por entero del ridículo y de los peligros de una retórica un tanto hueca. La protagonista ve a su acompañante salir de una función de ópera del brazo de una diva que ha cantado una Norma perfecta y a quien va a estrangular horas después en esa misma góndola funeraria; lo reconoce cuando es un griego de Siria que intenta hacer subir a las hijas de un notario a su bajel con el pretexto de mostrarles unos paños finísimos; lo descubre en el momento de espiar en el baño a sus primas y también en aquel en que con devota unción asiste a las exequias de su primera amante. De pronto se insinúa el amanecer en la laguna. A medida que la góndola avanza bajo una lluvia de oro, Venecia se despoja de su abigarrada historia. Las fachadas se asemejan cada vez más a las de la primavera de 1928; la máscara del gondolero ya no existe, y el joven que viaja a su lado se deshace del espectro de todos los hombres que esa noche ha sido para ser solamente el esbelto muchacho de talle deportivo, pómulos prominentes y dientes infantiles."

Hay mucho artista, mucho escritor, pianistas, y demás élites intelectuales, sumidos en su búsqueda y recreación de la belleza y esas cosas con las que las personas normales no solemos identificarnos. Eso no significa que el libro esté mal. Es un libro muy bien escrito, hermoso, con una prosa elegante y culta, pero desde luego no es para todos los públicos. Ideal para quien busque una lectura de sosiego, de evasión a mundos sofisticados y surrealistas compuestos a partir de las creaciones culturales de Occidente. No solo de bestsellers chapuza vive el hombre, jeje, y además, el libro es corto…

Sergio Pitol fue galardonado con el Premio Cervantes 2005.


 

Algunas obras:

No hay tal lugar (1967)
Infierno de todos (1971)
Los climas (1972)
El tañido de una flauta (1973)
Asimetría (1980)
Nocturno de Bujara (1981)
Cementerio de tordos (1982)
Juegos florales (1985)
El desfile del amor (1985)
Domar a la divina garza (1988)
Vals de Mefisto (1989)
La casa de la tribu (1989)
La vida conyugal (1991)
El arte de la fuga (1996)

http://reginairae.blogcindario.com/2005/12/00247-vals-de-mefisto-de-sergio-pitol.html

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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Las amantes (Elfriede Jelinek)

Paula y Briggitte son dos chicas cuyo único objetivo en la vida es casarse con su hombre y dedicarse a él. Las dos se quedan embarazadas y las dos se casan, aunque para una de ellas la "felicidad" y su "sueño conyugal" desaparecerá de la manera más tonta, y por su culpa.

Se trata de la novela de Elfriede Jelinek, de las que yo conozco, más flojita y más fácil de leer. En la contraportada se dice que es una parodia de la novela romántica, pero yo eso no lo he visto mucho. Como en otras obras, Elfriede demuestra un desmesurado odio o rechazo al sexo masculino, o al sexo en general, que puede "hacer gracia" al principio pero que a estas alturas ya resulta cargante y molesto.

Tratemos de pensar que lo que critica es la actitud de esas mujeres sumisas que "viven por y para el amor", y cuya meta en la vida es dejar el trabajo para ocuparse de su casa y de su familia, cuyo horizonte vital es meramente la satisfacción de su "hombre". Parece una crítica de la idealización del "amor" (en este caso dudo de que lo sea, se habla mucho de él, pero los personajes no demuestran nada más allá del deseo de hacerse con un cónyuge o compañero que las "proteja")

Elfriede pinta a esas mujeres con las peores tintas, aunque con cierta dosis de compasión; cifran su salvación, la salvación de una vida vulgar y de trabajo, en un marido; no así, cuando habla de los hombres, que son siempre brutos, zafios, maltratadores, vulgares, borrachos y solo piensan en el sexo.

"heinz se comporta como si no tuviera cerebro, sino solamente rabo"

"dar palizas es divertido, pero Erich aún no lo sabe"

"el cuñado de paula, algo que reparte palizas y se emborracha"

"si erich tuviera que escoger entre paula y una motocicleta, escogería la motocicleta"

Como se puede observar, la visión de Elfriede Jelinek acerca de los hombres no puede ser peor jaja.

Esta novela al parecer fue escrita en el año 1975, con lo cual no sé hasta qué punto estas situaciones que se nos narran son posibles en su país, Austria, hoy en día. Desde luego, parecen propias de otra época.

La novela cuenta de forma paralela las aventuras de las dos chicas, Paula y Briggitte, y sus deseos de cazar a los respectivos Heinz y Erich, el rechazo de los padres de alguno de ellos por la "pretendienta", la irrupción de una chica llamada Susi mucho menos vulgar, de las que se "reservan" y por tanto "tienen más valor en el mercado", las reacciones de las familias cuando las chicas quedan embarazadas (con las típicas dudas de la madre de él: "a saber si es hijo de mi hijo, que la que se va con uno se va con todos, etc, etc"). Como en el resto de la producción de la autora se observa una acusada misantropía, un odio o repugnancia a todo lo que son las relaciones humanas, familiares, de pareja, etc… Sin embargo, esta es, repito, de las que he leído, su novela más "amable". No hay casi descripciones desagradables o fuertes, e incluso las típicas escenas de sexo son contadas con cierto humor, usando expresiones vulgares en ocasiones.
Véase una muestra:

"heinz quiere salir rápidamente antes de que sea demasiado tarde y esté todavía en el interior de briggitte, pero briggitte se cierra, su cabeza está todavía con las pobres pastas de avellana, sí, y con el bolso nuevo espachurrado por el suelo, pero las fuerzas de su cuerpo están completa y automáticamente concentradas en heinz.

heinz siente un gran placer y grita muy fuerte.

briggitte con gusto le metería en el morro toda la pelusa acumulada debajo del sofá, hasta que se le saliese por las orejas.
heinz vuelve a gritar ruidosamente para que se vea lo bien que lo pasa con el trato y el teatro.

briggitte gruñe atormentada, sus globos oculares siguen el camino de las pastas de avellana por medio de la suciedad del suelo. qué guarra qué es la madre, que no barre, aunque ni siquiera tiene que atender a un hombre.

heinz vuelve a gritar ruidosamente, muy rápido, cada vez en espacios de tiempo más cortos. cómo le gusta eso al pedazo de animal.

briggitte estamparía con gusto su cabeza berreante contra la pared. si tiene que hacerlo, ¿no puede por lo menos hacerlo bajito? el niñito saldrá igualmente disparado de su interior, grite más o grite menos.

(…)

briggitte no se mueve, pero está llena de moco. llena de moco pestilente…"

Una curiosidad de la novela es que está escrita sin mayúsculas, como se puede apreciar en este párrafo que he transcrito. Hay puntos y comas, y todo eso pero incluso los nombres propios y las palabras de inicio de frase están en minúscula. No alcanzo a entender las razones de esta curiosa puntuación, a no ser que se trate solamente de llamar la atención.

El humor (negro) que tiñe toda la novela queda de manifiesto también en los títulos de los capítulos, que a veces son de partirse, ejem: "briggitte odia a heinz", "¡qué bonita cópula de nuevo!", "sobre la matriz de briggitte", "¡a briggitte también le da asco heinz!", etc, etc… El estilo es el de siempre, un poco telegráfico y aforístico.

En resumen, una obra que no aporta mucho a la producción de la Premio Nobel austriaca, que no conmueve ni afecta a las vísceras, como sí hacen otras de sus novelas.

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