RELATOS CIENTIFICOS (CHARLES HOWARD HINTON)

Si no me engaño, Edith Sitwell es autora de un libro titulado The English Eccentrics. Nadie con más derecho a figurar en sus hipotéticas páginas que Charles Howard Hinton. Otros buscan y logran no pocas veces la nombradía; Hinton casi ha logrado la tiniebla. No es menos misterioso que su obra. Los diccionarios biográficos lo ignoran; no hemos hallado más que unas pocas referencias fugaces en el Tertium Organum (1920) de Ouspensky y la Geometry of Four Dimensions (1928) de Henry Parker Manning. Wells no lo menciona, pero el primer capítulo de su admirable pesadilla, The Time Machine (1895), invenciblemente sugiere que no sólo lo conocía sino que lo estudió para su deleite y el nuestro. Debemos hacer notar que A New Era of Thought (1888) incluye una aclaración d los revisores del libro en la cual se dice: «El manuscrito que es la base de este volumen nos fue entregado por su autor (Hinton), en vísperas de su partida de Inglaterra hacia un remoto y desconocido destino. Nos dejó total libertad para ampliar o modificar el texto pero hemos usado ese privilegio lo menos posible.» Esta última frase insinúa un probable suicidio o -lo que sería más verosímil- una evasión de nuestro fugitivo amigo hacia esa cuarta dimensión que ya había logrado entrever, según él mismo afirma, mediante una obstinada disciplina. Hinton creía que esta disciplina no exigía facultades sobrenaturales. Daba una dirección en Londres donde el posible interesado podía adquirir, mediante una suma irrisoria, varios juegos de pequeños poliedros de madera. Con estas piezas había que construir pirámides, cilindros, prismas, cubos, etcétera, repetando ciertas rígidas y prefijadas correspondencias de aristas, planos y colores que llevaban nombres extraños. Aprendida de memoria cada heterogénea estructura había que ejercitarse en la imaginación de los movimientos de sus diversas piezas. Por ejemplo, el desplazamiento del cubo rosa-oscuro hacia arriba y hacia la izquierda desencadenaba una compleja serie de movimientos de todo el conjunto. A fuerza de semejantes ejercicios mentales, el devoto lograría intuir paulatinamente la cuarta dimensión.

 Solemos olvidar que los elementos de la geometría que se aprenden en la escuela primaria parten de conceptos abstractos, que en nada corresponden a la llamada «realidad». Esos conceptos son el punto, que no ocupa espacio alguno; la línea, que cualquiera que sea su longitud, consta de un número infnito de líneas, una adherida a otra y el volumen, hecho de un número infinito de planos como una baraja infinita. A tales conceptos, Hinton -anticipado por los llamados platonistas de Cambridge, singulartmente por Henry More del siglo XVII- agregó otro: el del hipervolumen formado por un número infinito de volúmenes, no por planos. Creyó en la realidad objetiva de hipercubos, de hiperprismas, de hiperpirámides, de hiperconos, de hiperconos truncados, de hiperesferas, etcétera. No consideró que de todos los conceptos geométricos, el único real es el volumen, ya que no hay cosa en el universo que carezca de profundidad. Para una lupa y más aún para un microscopio, la partícula más tenue abaraca las tres dimensiones. Hinton pensó que hay universos de dos, de cuatro, de cinco, de seis dimensiones y así infinitamente hasta agotar la serie natural de los números. El álgebra denomina 3 al cuadrado a 3 multiplicado por 3, 3 al cubo a 3 x 3 x 3; esta progresión nos lleva a un número infinito de exponentes y, según las hipótesis de la geometría pluridimensional, a un número infinito de dimensiones. Como se sabe, esa geometría existe; lo que no sabemos ni concebimos es si hay en la realidad cuerpos que correspondan a ella.

 Para ilustrar su curiosa tesis, que fue refutada, entre otros, por Gustav Spiller (The Mind of Man, Londres, 1902) publicó varios libros, uno de relatos fantásticos del que se ofrecen dos en estas páginas.

 Para ayudar a nuestra imaginación a aceptar un mundo de cuatro dimensiones, Hinton, en el primer relato de este libro, propone un ámbito no menos ficticio, pero de acceso más posible: un mundo de dos. Lo hace con una probidad tan minuciosa y tan infatigable que seguirlo suele ser arduo, pese a los escrupulosos diagramas que complementan la exposición. Hinton no es un cuentista, es un razonador solitario que instintivamente se ampara en un orbe especulativo que nunca lo defrauda, porque él es su creador y su fuente. Querría, como es natural, compartirlo; en forma abstracta ya lo había intentado en A New Era of Thought, y en The Fourth Dimension; en estas páginas, que pertenecen a Scientific Romances (1888), buscó la forma narrativa. A su secreta geometría se unía en él un grave sentido moral; éste se deja traslucir en The Persian King, el tercer relato de este libro, que al principio parece ser un juego a la manera de Las mil y una noches y al fin, es una parábola del universo, no sin alguna inevitable incursión a las matemáticas.

 Hinton tiene un lugar asegurado en la historia de la literatura. Sus Scientific Romances son anteriores a las sombrías imaginaciones de Wells. El mismo título de la serie prefigura de manera inequívoca el oleaje, al perecer inagotable, de obras de science-fiction que han invadido nuestro siglo.

 ¿Por qué no suponer que la obra de Hinton fue tal vez un artificio para evadir un destino desventurado? ¿Por qué no suponer los mismo de todos los creadores?

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El diario de Samuel Pepys (Samuel Pepys)

¿Qué pensaría de un hombre que odiase el deporte y prefiriese tocar la viola o el flautín?
¿Alguien que reconocía adorar a su esposa pero a la que le era infiel unas cuantas veces por semana? ¿Un invitado lo bastante grosero como para desgarrar la carne con sus dedos, mantener relaciones con esposas ajenas pero con inquietudes suficientes como para dominar el latín, el francés o el español? ¿Alguien que se consideraba a su mismo de clase alta pero a quien le costaba deshacerse de unas libras para comprar un vestido a su mujer? ¿O de alguien que arrease una bofetada a su esposa por caprichosa o a una criada por dejar la puerta abierta? Cabría pensar en alguien indigno y, por supuesto, no en un británico pero, así fue. En un pasado no muy lejano los británicos no eran tan selectos, su gobierno no era tan protocolario y el país no gozaba de una economía envidiable.

La de Pepys es la historia de un hombre humilde que gracias a su valía personal e incuestionable inteligencia llegó a ser la de uno de los personajes más relevante de la Corte inglesa durante el reinado de Carlos II. Alguien políticamente correcto y con don de gentes, capaz de relacionarse de igual modo con un noble o cortesano que con un tabernero o una criada. He aquí al personaje más indicado para narrar la vida cotidiana de la Inglaterra del siglo XVII. Alguien que frecuentaba las tabernas y los camerinos de las actrices de teatro con igual asiduidad que la corte. Es por eso que el legado que Pepys nos dejó es el retrato más fiel y sincero de aquel momento: un país en manos de un monarca irresponsable, mujeriego y derrochador. Una economía que se tambaleaba y sobrevivía gracias a la dura carga de los impuestos. Una corte que vivía ajena a todo esto y un parlamento atemorizado, prestamista del monarca, preocupado únicamente por sus riquezas.

A los veintisiete años, siendo ya miembro de la Secretaría de Marina, comenzaría la redacción de este diario que concluiría diez años más tarde debido a una enfermedad de la vista que lo estaba dejando ciego. El mayor castigo, porque para Pepys la redacción de su diario suponía la declaración abierta de los vicios de su tiempo, el examen de conciencia personal, la crítica descarnada a político incapaces, la confesión de sus aventuras amorosas.
Esto, impensable en la época que le tocó vivir, fue posible gracias a que lo escribió en un sistema de tipografía inventado en 1620 por Shelton, un oscuro profesor londinense. El libro permaneció inédito hasta 1825 en que el reverendo John Smith tomó la iniciativa de su traducción, labor que le llevó tres años. La obra se componía de 6 tomos con más de 3000 páginas a lo que se sumaba la complejidad de anotaciones en una jerga multilingüe referida, en la mayoría de los casos, a sus aventuras amorosas. Poco después sería traducido al francés y no es hasta el 2003 que aparece la primera edición española de la mano de la editorial Sevillana Renacimiento. La traducción ha sido hecha por Norah Lacoste e incluye el prólogo a la edición francesa de Paul Morand.

La obra ha gozado, desde el momento de su traducción al inglés, de una gran relevancia para las letras anglosajonas y es que no se trata de un diario convencional. En él hay datos de vital relevancia para historiadores, por ejemplo, ya que recoge con fidelidad y exactitud momentos fundamentales en el pasado histórico de la nación: la guerra contra Holanda por las posesiones en Oriente, la peste que durante un año desoló el país, el incendio de Londres que destruyó gran parte de la ciudad.
A Pepys le tocó vivir un momento fundamental en la historia de su país y él, como espectador de primera fila, nos lo revela con fidelidad y todo lujo de detalles.

Sus opiniones sobre arte y literatura – era un crítico radical y exigente, sobre todo con la obra de Shakespeare – hospitalidad, cortesía y etiqueta, menús, gobierno y leyes, medicina y salud, festejos y celebraciones – como la suntuosísima coronación de Carlos II tras la restauración – trabajos y profesiones, economía personal y estatal, lugares, personajes públicos de la vida del momento – como su adorada lady Castlemine, amante pública del rey por largos años y a quien Pepys deseaba profundamente – religión, ciencia y tecnología, medios de transporte u costumbres son temas recogidos en sus páginas y de un incuestionable valor histórico.
Pero no sólo a historiadores han interesado los Diarios. Es evidente que en el momento de la escritura Pepys no perseguía una intención literaria, no contaba con que existiesen lectores futuros de sus confesiones. Es por eso que su prosa se aleja fácilmente de la suntuosidad propia de los narradores de su época. En ocasiones la escritura se vuelve telegráfica, escueta y precisa. Pero, a pesar de esto, su redacción es hermosa y cuidada en otros pasajes: su viaje por los alrededores de Londres, la precisión con que describe el control de los barcos que traían mercancías de las colonias, los suntuosos menús, sus paseos por el parque, las exquisitas conversaciones sobre arte o música, sus días de compra. Asistimos a la vida un ciudadano respetable, a sus labores públicas y a las no tan públicas.

Desestimada la función literaria de su obra ¿Cual podría ser entonces su intención? Parece claro que únicamente utilizaba la pluma como un desahogo personal, una especie de confesor secreto y callado. El Diario se revela como un milagro, esas cosas que ocurren de vez en cuando y que se mantienen para la posteridad. Su autor sabía de la gravedad de sus confesiones y de las consecuencias que tendría el que se diera a conocer: personajes públicos, miembros del gobierno, el Rey mismo son dilapidados en críticas realistas y claras. Sus opiniones sobre todos estos personajes no podía compartirlas con nadie más que con él mismo, y con su diario.

La selección de Renacimiento recoge los momentos históricos más destacados narrados escrupulosamente, numerosos pasajes de sus aventuras eróticas – que Pepys cuenta sin ningún pudor – y gran cantidad de anécdotas sobre la vida y costumbres de la época y de su entorno. Tras la conclusión del Diario, la vida de Pepys sufriría cambios de una gran importancia: Elisabeth Pepys moriría poco después de concluir el diario. Él no volvería nunca a contraer matrimonio pero no cabe duda de que sus aventuras continuaron. Su trabajo en la Marina daría paso al Parlamento Británico y a la P de la Real Sociedad. Su tesoro económico aumentó considerablemente beneficiando a él mismo y a sus familiares más cercanos.

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El sí de las niñas (Leandro Fernández de Moratín)

En su época (s.XIX), los matrimonios no entendían de sentimientos, sino que eran simplemente una imposición familiar. De aquí viene el drama de esta magnífica obra. Moratín, a parte de crear un libro de gran calidad literaria, intenta y desde luego consigue, hacer pensar, moralizar… lanzar un mensaje lleno de sentido y absolutamente necesario para con su contexto cronológico y social.

Hombre de vasta cultura, Leandro Fernández de Moratín, fue un polifacético autor que se atrevió con varios géneros. Así, escribía poesía, prosa y ante todo, teatro. Con la comedia: “El sí de las niñas” Moratín quiere, sobretodo, educar. Para ello hace una fuerte crítica a las familias que se mueven por interés, así como a los jóvenes que aceptan el matrimonio para lograr la estabilidad económica deseada.

En cuanto a contexto, tras el esplendor y la expresividad del teatro Barroco del siglo XVII se instala una nueva concepción artística, caracterizada por la contención. Se trata del Neoclasicismo del siglo XVIII. Así, el teatro Neoclásico, haciendo honor a su nombre, se ajusta a las normas clásicas. Una de éstas, muy relevante, es la observación de la regla de las tres unidades: de tiempo, de acción y de lugar. Además, busca moralizar y/o educar al público. Nos referimos a la época ilustrada, cuyo exponente literario es “El sí de las niñas”. En ésta, Leandro Fernández de Moratín transmite, a través de lo teatral, su crítica óptica acerca del amor por conveniencia. Al autor le debemos el haber sentado las bases del teatro español contemporáneo.
En la época de la Ilustración, también conocida como Siglo de las Luces, la tendencia general es la de seguir los dictados no del corazón sino de la razón. Se creía firmemente en la evolución de la ciencia, en la cual hallamos muchas respuestas. De este modo, mirar la realidad con la cabeza fría implica también hacer una crítica a todas las creencias establecidas.

Con respecto a la localización espacial, los hechos ocurren en un lugar concreto, en una posada de Alcalá de Henares. Dentro de esta posada, la acción se concentra en una sala de paso, en el primer piso. Se trata de un lugar espacioso, que consta de una escalera para bajar al piso de abajo. Y aunque casi todo ocurra en este lugar, la verdad es que se hacen referencias continuas a otros sitios y a anécdotas ocurridas allí como son los lugares de procedencia de los protagonistas.

La localización temporal puede ser considerada como lineal. Todo empieza un día a las siete de la tarde y termina a las cinco de la mañana del día siguiente. Sin embargo, hay algún que otro flashback. Algunas retrospecciones, saltos al pasado, que sin duda, enriquecen la obra. Ejemplo de ello es, cuando el acto tercero, don Carlos cuenta cómo, cuándo y dónde conoció a Paquita.

En cuanto a argumento, la joven Paquita ha recibido la formación de un convento de monjas de Guadalajara y no ha tenido la oportunidad, aún, de conocer el mundo. Es inocente e inexperta. Por parte de su madre, se encuentra destinada a un hombre mayor, don Diego. Pero Paquita está totalmente enamorada de don Carlos, un militar, sobrino del anciano. Todo esto sucede en una posada, a la que asiduamente acude don Carlos para evitar la boda de Paquita, sin conocer la verdad: que ésta está prometida con su propio tío. Pero cuando consigue enterarse de todo, don Carlos renuncia a su amor. No obstante, el anciano resulta ser un hombre de bien que acaba entendiendo a la joven pareja y entonces se acaba sacrificando por ello. Así, da su bendición a doña Francisca y a don Carlos, en contra de doña Irene y de su déspota voluntad.

El tema que toca Moratín está muy en la línea de la mentalidad de entonces. Y es que retrata una de las tribulaciones de finales del siglo XVIII que es el extremo respeto que hay hacia las autoridades y las normas establecidas. También está el tópico del amor verdadero, en contraposición al amor interesado. Se cuestiona además el papel de la mujer en la sociedad. De hecho, en los artículos de prensa se expone el rol de la mujer en la familia, el acceso que tiene a la formación. Todo ello se exhibe en un momento histórico, el 23 de marzo de 1776 cuando Carlos III obliga a los hijos menores de 25 años a aceptar la decisión paterna sobre el hecho de casarse.
El estilo de Moratín tiene el poder de arrancarnos una sonrisa en más de una ocasión. El autor saca en todo momento su lado más cómico, aunque eso sí, nunca deja de penetrar en los problemas más controvertidos de la época. Por otro lado, el diálogo tiene un papel muy significativo en esta obra. Casi toda la acción se nos presenta a través de éste. Además, las grandes soluciones de los conflictos que se nos exhiben vendrán a partir del diálogo.

El lenguaje se puede calificar de moderno, ya que tampoco dista mucho del castellano actual y se entiende todo sin ningún problema. Además éste tiene una fuerza dramática muy considerable. Luego, cada personaje tiene su propia habla, quedando así perfectamente caracterizado.

A modo de conclusión, “El sí de las niñas” puede considerarse, en cierto modo, como una biografía del propio Moratín. Y es que a él mismo, cuando era un muchacho, le tocó vivir un caso muy parecido al relatado en el libro. Así, de joven se enamoró de Sabina Conti, la cual tuvo que contraer matrimonio con su primo hermano, el autor Gianbattistta Conti, que rondaba la cuarentena. Esta vivencia, que indudablemente marcó a Moratín está muy bien desarrollada en “El sí de las niñas” y en “La niña y el viejo”.

Terminaremos, finalmente con un famoso fragmento de la obra: “Paquita hermosa, (la abraza) recibe los primeros abrazos de tu nuevo padre… No temo ya la soledad terrible que amenaza mi vejez… Vosotros (tomando de las manos a Paquita y don Carlos) seréis delicia de mi corazón; y el primer fruto de vuestro amor… sí, hijos, aquél…, no hay remedio, aquél es para mí. Y cuando le acaricie en mis brazos, podré decir: a mí me debe su existencia este niño inocente; si sus padres viven, si son felices, yo he sido la causa”. Sin lugar a dudas una gran obra de la literatura.

 

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Juan de Mairena, de Antonio Machado

Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo. (El término apócrifo significa un autor ficticio o de la autenticidad cuestionable, y en el caso de “Juan de Mairena” está representado en la figura del profesor informal). La obra está compuesta por una serie de ensayos que venía publicando de forma regular en el Diario de Madrid que comenzó en 1934 y así, dar a conocerse. Los pensamientos de “Juan de Mairena” reflejan las ideas de Antonio Machado claramente.

“Juan de Mairena es un poeta, un poco escéptico que tiene para todas las debilidades humanas una benévola sonrisa de comprensión y de indulgencia. La gusta combatir el snobismo de las modas en todos los terrenos. Mira las cosas con su criterio de librepensador, en la más alta acepción de la palabra, un poco influido por su época, la de fines del siglo pasado, lo que no impide que ese juicio de hace veinte o treinta años pueda seguir siendo actual dentro de otros tantos años” (José M. Valverde).

Lo que sí hay que resaltar es el contexto histórico de “Juan de Mairena”. Durante los años que duró la Segunda República (1931-1939), se intentan hacer una serie de transformaciones en el país en su ámbito político y social pero, se encuentran con toda clase de dificultades y problemas. Las clases más altas no desean un cambio que les arrebate su poder y, obviamente, anhelan seguir con el sistema tradicionalista. A grandes rasgos, esta fue una de las causas de la Guerra Civil y desde luego, la peor de las soluciones posibles provocando un atraso cultural, político y social en la España de aquella época. El retroceso fue tan brutal que la cultura, las ciencias, las artes y todo lo que rodeaba al mundo de las letras experimentó en sus propias carnes la dictadura y la censura.

Siempre quedarán en la memoria los reductos imposibles. Una serie de personas empeñadas en cambiar el mundo, su pequeño cajón desastre, su realidad. Nacen así, los movimientos sociales; movimientos intelectuales regeneracionistas que, conscientes del retraso de España, impulsan unos cambios materiales y culturales para que España resurja como el ave Fénix. En este complejo fondo político, aparece “Juan de Mairena”, modelo de la superioridad más noble y digna del pensamiento de la tradición liberal española. Antonio Machado coincide con otros movimientos de la generación del 98. Su escepticismo y pesimisto en nuestra obra se hace patente en apartados como cuando un alumno desarrollando un tema en plena clase expresa que, España merece que sus asuntos se resuelvan favorablemente. Al pie de esta frase, “Juan de Mairena”, no le deja continuar con esta rotunda frase: “Ya ha dicho usted bastante, señor Rodríguez. Eso es toda una declaración de gobierno, casi un discurso de la corona”.
Aquí se siente cierta fe nihilista de Machado en su actitud pesimista y desilusionada con el Gobierno Español que coincide con el desengaño de Pío Baroja después de la crisis del 98. El pesimismo existencial de Baroja lo encontramos en “Vidas Sombrías”, donde él expresó que no se siente fe en el porvenir de España, aún Dios no le oye, “Los hombres, en su jaula, han gemido, han rezado, han gritado tanto, que han vuelto sordo al amo, al amo de la jaula. Por eso no nos oye”. 

Nunca, nada, nadie. ¿Bastante duro, no creen? Imaginemos que alguien nos regala estas palabras… sentarían mal, ¿verdad? Estas mismas palabras, sobre todo la última puesto que NADIE es la personificación de la NADA, son pronunciadas por el protagonista. Nos intenta hacer pensar acerca de por qué lo dice. ¿Se referirá al tiempo? ¿A la vida? ¿A la existencia humana? Las reflexiones ahogadas en el mundo de la desesperación así como el negativismo más extremo, se dan la mano con la muerte. El hombre tiene miedo a la muerte por naturaleza pero como dice Juan de Mairena: “El hombre sin embargo, se encara con ella y acabada perdiéndole el miedo”. La muerte es para Machado, un tema fundamental en su obra puesto que para él, la muerte lo consume todo. Machado a su vez, ve como la muerte afecta a todo y a todos sin excepciones. “La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos.”.

Al pasar las páginas del libro vemos como los temas se entremezclan para intentar confundirnos pero la intención de transmitirnos las características de la sociedad, la cultura, el arte, la literatura, la filosofía es clara. Usando gran variedad de recursos poéticos como la ironía (muy fina por cierto), el escepticismo ya comentando, los toques de humor aderezados con un poco de realismo cruel, la superficialidad y demás, hacen que la obra sea un elemento indiscutible de reflexión acerca de numerosos temas.

Sin lugar a dudas, “Juan de Mairena” representa una obra clásica en la literatura española y, por tanto, es incuestionable su valor. A muchos les hicieron leer en el colegio “Campos de Castilla” y su repiqueteante “Caminante no hay camino, se hace camino al andar” a otros tantos, “Fortunata y Jacinta” pero todos debemos zambullirnos por unas horas, unos días en la lectura de este libro. Dicen, que un clásico es un clásico y por ello ya tenemos excusa para leerlo.

“De lo uno a lo otro es el gran tema de la metafísica. Todo el trabajo de la razón humana tiende a la eliminación del segundo término: “Lo otro no existe”, tal es al fe racional, la incurable creencia en la razón, como si a fin de cuentas, todo hubiera de ser, absoluta y necesariamente uno y lo mismo. Pero lo otro no se deja eliminar, subsiste y persiste, ese el hueso duro de roer en que la razón se deja los dientes”, diría Juan de Mairena

 

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La noche en la encrucijada (Georges Simenon)

Como estas novelas de Simenon se leen deprisa, me he ventilado dos en pocos días.

La noche en la encrucijada es una novela en la que el punto de partida tiene toda la impresiónd e un gran embrollo y la madeja se lía añun más a medida que avanza la obra, pero el autor consigue desentrañarla d eun modo más o menos creíble al final. Sin llegar ala categoría d elas mejores obras de Simenon, la noche en la encrucijada consigue mantener el interés de los lectores, aunque, creo yo, echa mano d eun recurso prohibido en el género: el lector no tiene todos los elemento de juicio de los que dispone el policía para juzgar por su cuenta y simultáneamente al desarrollo de la trama.

Algunas partes de los hechos no quedan bien aclaradas, peor en general la historia se sostiene.

Básicamente, trata d elo siguiente: un viajante de comercio denuncia que le han robado elcoche de su garaje. Pero no sólo ocurre eso: wen lugar de sucoche, en su garaje ha apareciudo otro vehículo, el de su vecino, con un cadáver dentro. para acabar de cerrar la humorada, su vecino declara que elcoche desaparecido del viajante está en su garaje, intacto. O sea, que les han cambioado de garaje loscoches, pero en uno de ellos han dejado un muerto.

Por lo menos el enigma es atractivo, ¿no os parece?

www.javier-perez.es

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