EL SECRETO DE JOE GOLD (Joseph Mitchel)

Lección para periodistas. Sí, señor, para todos los periodistas españoles que ningunean los doctos dardos de Lázaro Carreter. Dice el emérito que los periodistas cada vez escriben y hablan peor, y patalea y patalea en sus artículos incendiarios en que se prodigan los insultos a la profesión. Llama la atención el talante de Lázaro contra el más amable e inteligente de Gabriel García Márquez, para quien el periodismo es “la profesión más bonita del mundo”. Así, que, Lázaro, levántate y anda.

Mientras los periodistas pasan de los dardos de Lázaro, Lázaro igual sabe, pero no difunde, que no siempre el periodismo ha sido así. Nunca menciona Lázaro que el periodismo también produce buenos escritores (como García Márquez, sin ir más lejos), ni que ha habido momentos de feliz convivencia entre periodismo, cine y literatura, como ocurrió en Estados Unidos entre los años 30 y 40 (del siglo XX, claro). Pero, bueno, disculpemos a Lázaro, porque hay un cierto panorama desalentador en España, donde tenemos exponentes de gente que son buenos periodistas y malos escritores (Arturo Pérez Reverte), buenos escritores y malos periodistas (Federico Jiménez Losantos) y gentecilla que son malos periodistas y malos escritores (con Maruja Torres y Elvira Lindo como máximos exponentes).

Así, para cultivar la profesión y ver que el oficio también ofrece pinceladas de genio, tenemos una obra que debería ser de cabecera para cualquier periodista o gente de bien: “El secreto de Joe Gould”, de Joseph Mitchell. El autor, considerado uno de los maestros de la crónica periodística, desarrolló su oficio de cronista, principalmente en The New Yorker desde los años 30 hasta los 60. Mitchell aprendió a escribir al tiempo que observaba las consecuencias de la caída de la bolsa en 1929. En la citada publicación, se encargó, en su sección “Perfiles”, de describir a la gente que poblaba las calles neoyorquinas durante esos años, especialmente a artistas y escritores. Al poco de fallecer en 1996, apareció en forma de libro una recopilación con los dos artículos que publicó en The New Yorker sobre Joe Gould. Ambos los escribió con una separación de más de 20 años, concretamente en 1942 y 1964.

Joe Gould era un vagabundo que deambulaba por Greenwich Village viviendo de las limosnas de sus amigos y que despreció cualquier forma de posesión privada. Descendiente de una antigua familia de Massachussets, Gould decidió renunciar a sus pertenencias y se puso a mendigar hasta su muerte por las calles de Nueva York. Entraba en las cafeterías y vaciaba los botes de ketchup en trozos de pan, se vanagloriaba de entender el lenguaje de las gaviotas, se cambiaba de ropa sólo cuando no había más remedio, y raramente dormía a cubierto en algún albergue. Pero el interés que despertaba Gould entre la intelectualidad de su tiempo fue su obra literaria: Gould decía que estaba escribiendo una obra monumental, que titulaba la “Historia oral de nuestro tiempo”, y que, según prometía, era once veces más larga que la Biblia. La “Historia oral” consistía en la transcripción de diálogos que él escuchaba por la calle, en disertaciones sobre temas superfluos, lo que constituiría, según Gould, un fresco de su tiempo para las generaciones futuras. Gould escribía la “Historia oral” en cuadernos escolares y, cuando los terminaba, los almacenaba en un sótano que sólo él conocía. El interés por los escritos de Gould llegó a escritores como Ezra Pound o E.E. Cummings, que aplaudieron el propósito literario del mendigo. En ese interés se enmarca Joseph Mitchell, quien decide conocer a Gould para retratarlo en su periódico. Y años después, tras la muerte de Joe Gould, Mitchell decide realizar un retrato más amplio en que llega la conclusión del secreto de Gould: su “Historia oral” en realidad, no existe, no es más que una máscara ficticia con la que Gould se engaña a sí mismo. Los únicos cuadernos que lee Mitchell tratan de pocos temas que Gould rescribía sin cesar: una historia sobre el fallecimiento de su padre, y un análisis sobre una estadística ficticia que demostraría que el consumo de tomates sería la causa del elevado número de accidentes de tráfico en Estados Unidos.

El relato de Mitchell excede los propios límites de una crónica periodística para llegar más allá y constituirse en una crónica única del tiempo que retrata. Al igual que sucede en “A sangre fría” de Truman Capote, los datos objetivos sirven como mecanismos para ofrecer una amplia panorámica de un país de grandes contradicciones: si Capote veía la paradoja de las actitudes infantiles de ciudadanos desarraigados que se convierten en súbitos asesinos en una de las sociedades más avanzadas del mundo, Mitchell descubre las ilusiones y frustraciones de la gente de los bajos fondos en contraste con la clase social alta estadounidense. Greenwich Village es para Mitchell el marco donde conviven mendigos como Gould con artistas reconocidos de buena posición en el escalafón de la sociedad. Gould vive continuamente pensando en la posteridad, y ese pensamiento le inutiliza para vivir y, es más, para realizar la obra con la que la posteridad misma debe reconocerle. La mirada de Mitchell sobre Gould es distante y crítica en los momentos en que tiene que serlo, cuando Gould pretende ser el genio que no es. No obstante, la mirada se torna comprensiva con Gould respecto al entorno hostil que le toca vivir, una inmensa hoguera de las vanidades formada por artistas y literatos.

Saludada como una gran obra del siglo XX por autores como Martin Amis (auténtico enfant terrible de las actuales letras anglosajonas) o Doris Lessing, “El secreto de Joe Gould” conmueve por su retrato certero de toda una época. Del mismo modo que la mejor literatura norteamericana de la llamada “generación perdida”, Mitchell recrea ambientes con maestría y dibuja a sus personajes de un modo preciso con el uso de los diálogos. Sobrevuela sobre este relato las enseñanzas de John Dos Passos y su “Manhattan Transfer”, novela construida también sobre el material de lo cotidiano.

Es por todo esto y muchísimas cosas más por las que “El secreto de Joe Gould” constituye una lección para todos aquellos periodistas con ínfulas de escritores. El material periodístico puede servir de base a una buena literatura, como han demostrado un puñado de escritores norteamericanos del siglo XX. +

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LAS ONCE MIL VERGAS (Guillaume Apollinaire)

Este libro, más que erótico, es abiertamente pornográfiuco, pero el autor lo escribe con tanta gracia, con tal dominio del idioma que convierte el guiónobvio en una sorpresa constante.

Es muy difícil encontrar una obra de una procacidad tan salvaje y al mismo tiempod e una finura tan desternillante. Una auténtica burrada genial.

Guillermito fue algo así como el hijo bastardo de una condesa polaca venida a menos y un poco puta que lo pasó en grande viviendo la bohemia del París de fin de siglo, que, como es sabido, duró hasta 1914. Tuvo, por raro que parezca, una educación bastante esmerada, y se le reconoce una invención sin límites, al filo de la perfección entre la forma y el sarcasmo. Leído en francés, sorprende siempre lo adecuado de las palabras que usa en sus poemas. Porque Guillaume recuperó para la lengua de Hugo la palabra como entidad sonora y evocadora, más allá de la descripción del ambiente creado por los versos.

Pero no estamos hablando del Apollonaire surrealista de ‘Alcoholes’ o del soldado acojonado de ‘Los poemas a Lu’ (por cierto, la Gran Guerra acabó con su buen humor, de un bombazo le tuvieron que trepanar la metralla de la cabeza. Murió en el 18 de gripe). Estamos hoy hablando del genial escritor de cuentos (’El heresiarca’, por ejemplo) y, sobre y por encima de todo, de las aventuras de Moni Bibescu (o era con v?), Gospodar rumano.

Uno empieza la novela leyendo cómo nuestro amable héroe describe su nobleza hereditaria. La acaba entendiendo que Gospodar en Rumanía es algo así como el bedel del ministerio…y comprendiendo por fin lo que lanza a Moni a la búsqueda de emociones fuertes en el decadente París de principios de siglo.

La sucesión desenfrenada de orgías (en las que participan los no menos interesantes compañeros de Moni: Culculine d’Ancône o su criado Cornebeuf -les ahorramos la traducción-) es de lo más variopinta, y se sucede de París a Vladivostok siguiendo la estela del Orient Express y del Transiberiano. De hecho, si nunca han tenido sexo en un tren, ya verán las ganas que les entran después de la novelita de marras.

Porque sexo, haylo para todos los gustos: entre hombres, con mujeres, entre mujeres, con sangre, sin ella, con micción, defecación, animales, violencia. Lo hay para dar y para tomar, y siempre admirablemente descrito. Nuestros pasajes favoritos son: la primera noche en el tren, con la muerte por asfixia de la criada de Culculine, y la escena de la enfermera vampiresca en el frente de la guerra ruso-japonesa que, en vez de cerrar las heridas de sus pacientes, las abre de par en par para poder regocijarse metiendo de lleno la mano. Pero hay muchos mãs, y para todos los gustos. ¿Qué nos dicen del esplendoroso final de Moni, sodomizado por once mil japoneses, víctima del juramento que hizo al osar rendir tributo al Dios del Amor cien veces en una noche? Bradomín, a su lado, un aprendiz.

En resumen, un verdadero compendio de lo puede ser la buena pornografía, inventiva y de altísimo valor pedagógico-literario. Es un clásico por un clásico, ¿a qué están esperando?

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LA FIEBRE DEL HENO (Stanislaw Lem)

Una novela sobre el poder de la casualidad como arma. Una idea increíble.

Una serie de hombres de mediana edad y similares características, que se encuentran solos de paso en Nápoles, enloquecen repentinamente hasta llegar al suicidio. Mientras las autoridades hallan nulo interés en el caso, un grupo privado contrata a un astronauta en la reserva para llevar a cabo una ardua y sorprendente investigación que encuentre el hilo conductor de esas muertes. De Nápoles a Roma, y de allí a París, siguiendo los pasos de una de las víctimas, el agente se sumerge en una situación que en ningún momento llega a controlar. El desenlace es inesperado.

Esto no es más que una forma basta (y bastarda) de intentar resumir un argumento que no se puede resumir fácilmente. Hablando de experiencias de lectura, Lem es todo un maestro proporcionándolas. Resulta imposible leer La fiebre del heno y no traer a la memoria a los autores que, con el checo Kafka a la cabeza, han propuesto con sus novelas un discurso que rompe con los presupuestos de nuestra vida cotidiana. Más que un discurso, supone una inmersión en una capacidad singular para contemplar la vida a través de un prisma que magnifica los detalles hasta convertirlos en una realidad asfixiante. Asfixia y un ligero horror cotidiano. No se trata, por tanto, de una fantasía prefabricada ni de una ciencia ficción planificada.

Novela de misterio, pues de un misterio se trata, La fiebre del heno sostiene una presencia tan solo tangencial de la ciencia ficción entre sus páginas, personalizada en ese fracasado astronauta que nunca llegó a pisar Marte y en tibios detalles dejados caer por aquí y por allá que nos alejan un tanto de nuestro propio continuo temporal, pero que están (en esta realidad loca que vivimos) al alcance de la mano en cualquier momento. No hay obligación ni marchamo, por tanto.

A través de los pasos físicos y, sobre todo, los pasos mentales del protagonista, se nos muestran una serie de acontecimientos y reflexiones que exigen una gran implicación por parte del lector. Es necesario (¿o, como veremos al final, no tan necesario?) no perderse ni una sola frase ni una palabra. Cosa que, de todas formas, Lem consigue sin problemas: a pesar de un entramado no precisamente cómodo, es imposible abandonar la lectura. Si el estilo aparenta una cierta frialdad, el misterio en que nos sumerge el escritor y la maravillosa forma en que la información se va desgranando, desde la primera página, choca frontalmente con esa apariencia superficial. ¿Novela policíaca con ribetes de existencialismo? ¿Materialización de una imposibilidad vital? Nada de lo que diga reemplaza su lectura. Hay algo, aquí, inaprensible. Literatura honda que, como digo, puede gustar más o menos, pero nunca dejar indiferente. Y, una vez más, que ese puede gustar más o menos no induzca a error. No es excusa ni deseo de desviar del tema principal. La prosa de Lem es exquisita y perfectamente legible a la vez; sus ideas, por otra parte, para nada son circunstanciales. La fiebre del heno puede disfrutarse tanto en 1976 como en 2006. Llamo la atención –aunque no es estrictamente necesario aquí y ahora– sobre el capítulo Roma-París y su veraz descripción del atentado en el alquilerdealquilerdecoches.com/»>coches.com/»>aeropuerto. ¿Quién podría decir que ha sido escrito hace treinta años?

Estamos, pues, probablemente ante una de las obras de Lem menos mencionadas al hacer un repaso de su brillante trayectoria. Antes destella Solaris, como icono personal del autor. Su Congreso de Futurología, sus Diarios de las estrellas,… Pero, rendidos ante su obra, debemos reconocer que es una de las más compactas dentro de la literatura contemporánea. Nadie puede salir impasible (para bien o para mal) de la lectura de –pongamos al azar– Edén, donde también está presente la incapacidad del hombre para comprenderlo todo. Como dice un buen amigo mío: la vida es todo aquello que te pasa mientras tú haces otros planes. Frase que, en el entramado de esta novela, es perfectamente válida.

Intentar controlar la existencia es inútil. Racionalizar no sirve de nada. Buscando las respuestas jamás las hallaremos; ellas llegarán a nosotros por caminos insospechados. Estamos ante una obra que refleja nuestra incapacidad de instaurar un orden. Que nos refleja.

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LOS QUE VIVIMOS (Ayn Rand)

Los que vivimos es una de las obras más impresionantes que haya leído nunca. Hay que tener en cuenta además, que la autora es de origen ruso y se nacionalizó norteamericana después de haber logrado huir con grandes riesgos de la Unión Soviética.

Por si os interesa, hay un texto suyo en la sección descargas y os aseguro que vale la pena.

Debido al triunfo de la revolución rusa, la fábrica de tejidos, propiedad de Argounov es expropiada por el Ejército Rojo. Además, las cajas de seguridad que la familia posee en el banco son vaciadas y declaradas de propiedad nacional, por lo que los Argounov se ven obligados a marchar de Petrogrado y huir a Crimea, con la esperanza de regresar en cuanto el Ejército Blanco consiga frenar el avance comunista en la capital. Años después, los Argounov vuelven a Petrogrado, desilusionados y sin esperanza alguna de volver a disfrutar de lo sbienes que habían ganado durante toda una vida de trabajo..

Kira, la primogénita de los Argounov, sorprende a todos cuando anuncia su decisión de estudiar ingeniería, aspiración que está dispuesta a llevar a cabo pese a quien pese. Esa es una aspiración muy extraña para una mujer de entonces y se enfrenta a ala opsiciónd el Partido, quees el que decide la profesión que debe tener la gente.

Entonces, como es hija de un antiguo industrial, le dicen que lso trabajos son para la clase obrera, y que ella, al ser de una familia burguesa no tiene derecho a trabajar. Es la horea de los que no son asesinados pero se les obliga a morir.

Una noche, Kira es confundida por una prostituta por un desconocido, que resulta ser Andrei Taganov, hombre importante y muy influyente dentro del Partido Comunista de Petrogrado. Poco a poco, la joven se va sintiendo cada vez más atraída por Andrei, manteniendo con él una relación bastante especial.

Posteriormente, Leo, un muchacho, burgués declasado como ella, del que cree estar enamorada, le propone huir de Rusia en un barco, pero son descubiertos y devueltos a casa.

Entonces, Kira decide irse a vivir con Leo y abandonar a su familia. Pero cuando éste tiene que abandonar Petrogrado para curarse de una grave enfermedad, los sentimientos de la joven hacia Andrei se harán más fuertes.

El partido comunista sigue apretando. les mete a más personas en su casa y les corta el racionamiento. Lo político y lo personal se unen hasta una enorme apoteosis final.

Una apoteosis blanca.

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MORTAL Y ROSA (Francisco Umbral)

Este es un libro de muy difícil clasificación, porque es casi como una obra aparte.

Escribir sobre Mortal y Rosa no es tarea fácil, simplemente por algo tan complicado como el que es un libro que lo contiene todo. La obra es una expedición por el subconsciente de Umbral. Un hombre, que en principio es féliz porque tiene un hijo con el que compartir, un hijo que le crea curiosidad por el cuerpo, por la vida, por la naturaleza. Un hijo con el que queda fascinado con lo que le rodea, con el que recupera la capacidad infantil de impresionarse. Sin embargo, en un momento la obra enferma, al igual que lo hace su hijo, y muta hacia la desesperanza; es en ese preciso instante en el que la obra alcanza la libertad máxima de expresión. Así, Umbral nos muestra sus ideas desnudas de cualquier tipo de prejuicio, se nos muestra como un niño, como el hijo que está perdiendo.

Durante la lectura de la obra resulta fácil imaginarse a Umbral escribiendo desde el sufrimiento, desde el cansancio de noches en vela, desde los dolorosos recuerdos. Resulta sencillo imaginarse a Umbral deambulando por las calles meditando sobre la vida, sobre la muerte, sobre los misterios del cuerpo humano…Y en ese deambular el lector se convierte en confidente del autor, en un "amigo" ávido de extraer la lección de una clase magistral impartida desde la desesperación de un mundo incomprendido.

Se trata de una obra original, personal, en la que se rompe la regla de "signo es todo aquello que se utiliza para mentir" ya que el lenguaje, las palabras, se intuye como emanan directamente del pensamiento libre del autor, sin pasar por ningún tipo de tamiz posterior. Así, el mismo Umbral describe este libro, este diario intimo como "una confesión no sólo sincera, sino urgente".

Uno de los valores esenciales de Mortal y Rosa es cómo Umbral sabe representar en la misma el descontento, el cataclismo del mundo que le inspira. Dentro de la obra hallamos el verdadero sentido que tiene para este personaje la escritura: "escribo por el placer de desaparecer", "el libro es sólo el pentagrama del aria que ha de cantar el lector", y…que pentagrama! diria yo, un pentagrama que da lugar a múltiples interpretaciones. Un pentagrama literario que deberia ser leido, interpretado, por todos aquellos "musicos" hartos de partituras vacias, y que buscan en la literatura algo mas que un buen momento. Aquellos musicos que buscan en la literatura su instrumento para interpretar esa gran sonata que es la vida.

A mí me impresionó.

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