DE LA TIERRA A LA LUNA (Julio Verne)

Este es uno de los clásicos entre los clásicos de la obra de Verne. Tiene el honor de haber inspirado el primer largometraje serio de ciencia-ficción y ser una de las obras que se citan para calificar a Julio Verne como precursor del género.

En realidad, Julio Verne escribió muy poca ciencia-ficción digna de llamarse tal a lo largo de su vida. Por lo general, el carácter de su obra es aventurero y tecnológico, y en pocas ocasiones llegó a especular con los efectos que esa tecnología tendría sobre sus usuarios. Por citar alguna obra, LOS MILLONES DE LA BEGUN es uno de esos escasos ejemplos.

Por otro lado, es raro que el componente científico sea un elemento fundamental de la narración, como en LA VUELTA AL MUNDO EN OCHENTA DIAS, donde Phileas Fogg gana su apuesta gracias, precisamente, a una ingeniosa utilización del desfase horario. Pero no es lo normal, Verne prefiere que sus personajes salgan airosos de sus aventuras a base de voluntad y puro músculo antes que dando un uso práctico a cuestiones teóricas.

Sin embargo, es en sus narraciones breves (bastante más difíciles de encontrar que sus novelas) donde profundiza en los temas clásicos de la ciencia ficción y así, en UN DESCUBRIMIENTO PRODIGIOSO, EL EXPERIMENTO DEL DOCTOR OX, o UN DIA DE UN PERIODISTA AMERICANO EN EL 2889, además de otros muchos, da su visión de lo que puede llegar a ser el futuro de la humanidad.

En DE LA TIERRA A LA LUNA no especula ni asienta su argumento en cuestiones científicas, eso si, pone a sus protagonistas ante problemas de índole técnico que son resueltos con mayor o mejor fortuna a lo largo de la narración, pero en ningún caso dejan de ser asuntos de ingeniería más dignos de Gustave Eiffel.

Y sin embargo, es difícil decir que DE LA TIERRA A LA LUNA no es ciencia-ficción, sobre todo cuando al avanzar la novela se cambia el objetivo original de los protagonistas, esto es; enviar un proyectil a la Luna por el puro placer de hacerlo, por el de hacer este proyectil habitable y embarcar en él a tres esforzados aventureros dispuestos a llegar a nuestro satélite.

La verdad es que, desde el principio, cualquier objeción teórica desaparece cuando el lector se sumerge en la lectura. La prosa de Verne ha envejecido notablemente, pero con todo se hace absorbente y divertida, como el pasaje donde describe a los socios del Gun-Club, hábiles artilleros parcialmente reconstruidos tras padecer los caprichos de sus instrumentos de trabajo.

Encabezados por su presidente, Impey Barbicane, los miembros de este club, en paro forzoso tras el termino de la Guerra de Secesión, idean el plan de construir el mayor cañón jamás fundido. El objetivo es claro, utilizar la Luna como blanco del monstruoso ingenio y ganar la gloria para los padres del invento.

Las dificultades y objeciones son resueltas y soslayadas con menor o mayor éxito, los cálculos efectuados y comprobados hasta el enésimo decimal, la ubicación del cañón estudiada concienzudamente (y hasta discutida políticamente) y el proyecto, con la ayuda de la entusiasta aportación popular, se pone en marcha para tener cañón y proyectil preparados en el tiempo previsto.

Pero hete aquí que Michael Ardan, un entusiasta aventurero francés, llega al centro de operaciones en Tampa con una idea que encantará a Barbicane y al animoso secretario del Gun Club. J. T. Maston. Ardan propondrá sustituir el proyectil esférico original por otro, hueco y troncocónico, con la intención de partir en el hacia la Luna.

Esta es la típica obra de Verne donde se nos inunda de cifras y datos técnicos, pero a diferencia de otras de su mismo estilo, esta escapa con mayor fortuna del fárrago y, como ya he dicho, es en ocasiones verdaderamente divertida (sospecho que tanto más divertida cuanto menos intención tenía Verne que lo fuera)

Interesante lectura veraniega, ahora que resulta más fácil encontrar en esta reedición de Plaza & Janés

© Francisco José Súñer Iglesias, 23 de junio de 1998 Créditos

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© 1998 Francisco José Súñer Iglesias
Publicado originalmente el 23 de junio de 1998 en www.ciencia-ficcion.com

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EL ALIMENTO DE LOS DIOSES (H.G. Wells)

El acercamiento a la proto ciencia-ficción repara al explorador experiencias tan agradables como EL ALIMENTO DE LOS DIOSES. Dentro de la obra de Wells está encuadrada en un grupo de novelas de madurez (junto a LOS DIAS DEL COMETA y LA GUERRA EN EL AIRE), en la que el autor toma caminos mucho más reflexivos que en sus obras anteriores, lo que le llevará a terminar escribiendo en los últimos años de su vida casi exclusivamente sobre temas filosóficos y de un claro compromiso social

Sin embargo, no son estas últimas obras las que han transcendido (al menos fuera del entorno anglosajón) sino aquellas primeras, como EL ALIMENTO DE LOS DIOSES, en las que Wells se apoya en la ciencia de su época, tanto maravillado por ella, como para advertir de sus peligros. Puede resultar extraño que obras claramente de ciencia-ficción como esta, LA MÁQUINA DEL TIEMPO, o LA ISLA DEL DOCTOR MOUREAU, por no hablar de EL HOMBRE INVISIBLE o LA GUERRA DE LOS MUNDOS, hayan llegado hasta el día de hoy más vivas que nunca, pero es indiscutible que nos encontramos ante un escritor de gran categoría, que ha trascendido a su tiempo quedando como uno de los padres de la ciencia-ficción moderna.

Que la obra de un autor perdure en el tiempo, más allá de las modas y las épocas, es señal inequívoca de su auténtico valor. Por mucho que críticos entusiastas y editores sacrificados se empeñen en sostener obras de nulo interés para el lector o el espectador, estas acaban por morir, ignoradas por los verdaderos jueces; el consumidor final y la obsolescencia. Si por el contrario, la exigencia del lector, o espectador, hace que las sucesivas reediciones sean rentables la obra nunca morirá, por mucho que se empeñen los críticos abominando de ella, siempre habrá editores emprendedores dispuestos a ganar sus buenos dineros gracias al entusiasmo del público.

Y que nadie se confunda y piense que cuando hablo de público me refiero a la morralla cuartelera con la que se le confunde habitualmente; cada obra tiene su público, desde los más infectos subproductos televisivos hasta las más sublimes odas al sentido de la vida. Pero incluso, tanto entre lo infecto como entre lo sublime, hay obras que perduran y obras que, afortunadamente, se pierden en el olvido.

Pero es que además, en el caso de Wells, así como en el de Verne, sus escritos han tenido la fuerza suficiente como para perdurar y los temas que tocan son cada vez más actuales. En la época en la que ambos escritores desarrollaron la mayor parte de su actividad (a caballo entre el siglo XIX y XX) el desbordante desarrollo tecnológico de la época provocó también una amplia producción de literatura tecnico-científica de la que muy pocos ejemplos han sobrevivido. Wells y Verne tenían una visión de todo aquello lo bastante amplia como para que sus novelas fueran algo más que aventuras tecnológicas y catálogos de maravillas científicas, extrapolaban y reflexionaban acerca de las consecuencias presentes y futuras de esa. Esa quizá sea la causa de que no hayan caído en el olvido. Los problemas que causaban aquellas primeras aplicaciones masivas de las fuentes energéticas y los problemas ambientales que se planteaban con las concentraciones poco naturales de población y materias primas siguen a la orden del día.

Precisamente, EL ALIMENTO DE LOS DIOSES, trata ese problema; ¿qué ocurriría si se liberará, sin control alguno, un agente químico de inusitada potencia en la naturaleza? Wells lo tiene claro; un mundo contaminado y desvirtuado caminando hacia un nuevo orden producto de los increíbles efectos de la heraceloforbia, el Alimento Estrella, el Alimento de los Dioses.

Medio siglo antes de que la imaginería nuclear presentara criaturas gigantescas, producto de la contaminación radioactiva, Wells propone esos mismos fenómenos, pero causados por un producto que guarda concentrado el secreto del crecimiento continuo. No se crean mutantes ni criaturas fantásticas, únicamente seres con un crecimiento acelerado, que interactuando con el entorno habitual, provocan la sorpresa y el caos.

En el libro, divertido y de carácter marcadamente humorístico en sus dos primeros tercios, acaba como la sombría narración por la supervivencia de los hijos del Alimento de los Dioses. En un mundo cambiante, las notas sobre el jovial descuido de los científicos al tratar con sustancias impredecibles son también constantes, muestra de que ya entonces, incluso con el optimismo que en la época existía sobre el progreso, había una notable inquietud sobre las consecuencias de la creación y el manejo, con más alegría que cuidado, de nuevos y maravillosos compuestos.

Finalmente Wells concluye que el Nuevo Orden, el generado de forma inconsciente por científicos descuidados, es el que prevalecerá sobre las antiguas y honorables formas de vida. En esencia no se equivocaba; de otra forma mucho más sutil a la propuesta por él, la técnica, la ciencia, el progreso en general ha hecho olvidar asistencia, viejas tradiciones, ha desequilibrado el reparto de la riqueza en el Mundo, ha liberado a masas enteras de población de la esclavitud física, pero las ha hundido en otro tipo de esclavitud más insidiosa, con el dinero como látigo implacable.

Wells era un pensador, y comprendía que el ingenio del hombre estaba a punto de acabar con el mundo plácido y ordenado en el que vivía. No se equivocaba.

© Francisco José Súñer Iglesias, 18 de agosto de 2000

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© 2000 Francisco José Súñer Iglesias
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DOÑA BERTA (Leopoldo Alas, \"Clarín\")

Una historia sentimental, desgarradora y con personajes y situciones perfectamente estudiados. Una mujer, que perdió a su único hijo, cree que un conocido pintor lo retrató y asedia al pintor para que le deje ver el cuadro. En la cabeza e la mujer la imagen del cuadro, el reduerdo del hijo y la presencia del pintor se confunden y se ofuscan poco  poco en una trama de ensueños, soledades reconcentradas y un renacer casi póstumo de la vitalidad de una pobre vieja.

Estremecedor.

Estamos ante otra de esas obras de Clarín en que la congoja se apodera del lector por la densidad de lso sentimientos y por su pureza,  sin alharacas, sin barroquismos dolientes o manieristas. Doña Berta sufre porque perdió a su hijo y sufre porque está sola, y nosotros, al conocerla no sufrimos nio por su hijo ni por su soledd, sino por el desamparo de lo irremediable, y porque vemos que la realidad ha de ser tozuda.
Quizás un autor actual hubiese hecho finalmente que el pintor fuese el hijo de doña Barta, o qiue la adoptase por madre, o que llegasen a algún tipo de entendimiento que ofreciese una luz en la vida de los dos. Pero Clarín era un autor solvente, demasiado para estas veleidades y el final no puede menos que arrancarnos un asentimiento.

Magnífico relato.

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DIANA SOLITARIA (Hugh Pentecost)

En un ambiente muy bien descrito, y como casi siempre en la obra de este autor, cercano a los mundos sociales de un adinerado magnate, surgen una serie de amenazas contra un importante personaje. El hombre trata de huir y se convirte en una diana sobre un mapa, pues las amenazas se estrechan sobre él hasta el inesperado final.

El planteamiento de la obra es muy ágil e inteligente, y la iconografía, si se me permite llamarla así, es muy atractiva. Podría ser una buena novela para adaptar al cine hoy en día.

No es una gran novela, pero está entretenida y el desarrollo es muy original.

Hugh Pentecost es lo que tiene. que incluso en la snovelas un poco más flojas mantiene la atención del lector con recursos novedosos.

www.javier-perez.es

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LAS TRECE ROSAS (Jesús Ferrero)

Parece ser wque se trata de una novela basada en un caso real, en el que, después de la guerra civil (otra y mil veces la puta guerra civil), fusilan a trece mujeres sin kuicio y siun razón, sólo para dar ejemplo.  la narración se entretiene en la cxapilla, antes de la ejecución, mientras las mujeres hablan entre sí.

Desde hace tiempo le "tenía ganas" a este autor, calvo desde pequeñito, como Lenin, e ídolo de cierta modernidad poético-arrabalero-modernilla. Su novela "Bélver Yin" fue objeto de una atención desmesurada en los felices ochenta madrileños, y su autor, un chavalito tímido y de maneras dulces, miraba en derredor con sus ojos ultravioletas, como diciendo "no sé si me merezco tanta atención".

Los años han pasado, Ferrero sigue en la brecha, y consideré que ya era hora de echarme una de sus novelas a las gafas. Aunque mejor habría sido a los dientes, porque no hay espacio en esta página (no me gusta extenderme demasiado, y en este bodrio menos aún) para decir lo intragable que me ha resultado la historia, que partía con elementos potencialmente magníficos, y que la ¿prosa? manida, cursi, ridícula, gratuita y blanda de este señor se ha encargado de masacrar.

Partiendo de la base que trece protagonistas, además de los polis malos y unos cuantos secundarios, son demasiadas protagonistas, y que en ningún momento se alcanza a individualizar a las sufridas víctimas, el lenguaje que este chico pone en sus bocas es de una cursilería y una redichez impropia de trabajadoras socialistas. Algunas parecen María Zambrano. Las situaciones, sus penas en la cárcel (con las consabidísimas y clicheadas carceleras lesbianas, por supuesto), y sus reflexiones, propias de almanaque, producen sonrojo (plagiadas, aunque su autor los llama "homenajes"en la última página; ¿pero cómo se puede hacer decir a una de las presas que vive "la noche oscura del alma"? es algo inaudito ) si a eso añadimos una puntuación marciana y hasta faltas de ortografía (una mirada "bobina" que quiere ser, naturalmente, bovina), da como resultado un libro descacharrantemente divertido, por lo MALÍSIMO, cuya lectura no recomiendo absolutamente a nadie que no quiera simplemente carcajearse con las torpezas de este hombre.

Y de la miopía, o desfachatez, de los críticos literarios, que han puesto bien a esta basura encuadernada. ¿Pero es que no leen las novelas que reseñan? Terriblemente patética. Allá vosotros.

www.ciberanika.com

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