Se ha dicho (yo incluido) que las novelas de Rowling son algo más oscuras de lo que permitiría suponer el público al que van dirigidas (sí, me repito, lo mismo dije de la anterior). No es que tengan esa cosa de "terror para jóvenes" que muchas colecciones tienen como reclamo debido al éxito de determinados tipos de libro (con mis saludos al señor Stine, al que encuentro muy divertido) en el mercado infantil y juvenil. Me temo que lo de Rowling es aún peor. Mucho peor. No importa que el protagonista sea un niño (preadolescente en esta) o que haya momentos de humor genuinamente inspirado o pequeñas batallas diarias típicas de estudiantes, exámenes, peleas en el patio y juego sucio en los deportes. Ni siquiera importa lo que yo opine acerca de lo buena que es esta novela, está por encima de lo que un ignorante como yo pueda opinar. Lo único que puedo decir justificadamente es lo siguiente:
¿Otra vez revisionismo histórico dentro de la ficción de Rowling? Constantemente, pero con una habilidad que ya quisieran para sí muchos de los que tienen números uno en las listas de bestsellers. De todas formas, cualquier lector adulto de la serie que no se haya dado cuenta de que el mundo de Harry Potter está en guerra, es que no lo ha leído bien: cada libro es una batalla ganada o perdida… Rowling tiene la habilidad de configurar el mundo sobre el que escribe de manera que cada vez que lo hace, lo hace más coherente, reservándose, eso sí, los mejores trucos para el final. Y desviando la atención con autentico oficio de prestidigitador.
Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia
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Y en ninguno de sus libros es tan evidente como en este que hoy nos ocupa. Posiblemente la novela de estructura más compleja en la que se haya embarcado esta autora, y que se resuelva con total aplomo y suavidad. Y los problema narrativos de Por no mencionar al perro en principio no podrían ser mayores. No sólo es una novela de viajes en el tiempo, con las complicaciones que tal cosa introduce en el orden narrativo, sino además una comedia, con las limitaciones que eso impone en el ajuste de los elementos para producir el humor, y en el equilibrio para hacer estallar la carcajada. El hecho de que Connie Willis lo consiga, mientras reconstruye toda la época victoriana y desenreda la telaraña temporal de paradojas en la que mete a sus personajes, demuestra que es una autora dotada de algo más que de un envidiable sentido para la trama. Demuestra una vez más inteligencia, cuidado y amor por su obra (por ejemplo, el increíble, en apenas unas frases, cambio que se produce entre la personalidad que el lector atribuye a Lady Schrapnell y la que tiene realmente). 