Todo se desmorona (Chinua Achebe)

Chinua Achebe es sin duda uno de lso más importantes exponentes de la literatura del África Negra.

Son muy distintas las razones que nos mueven a leer un libro. En esta ocasión, yo acudí a esta novela para intentar saber cómo se ve la vida desde "el otro lado", en concreto a través de los ojos de un miembro de una tribu indígena en pleno corazón de África.

No es la primera vez que me asaltan estas ínfulas de antropólogo de sofá; la primera vez, las "Crónicas Abisinias" del ugandés Moses Isegawa, me derrotaron sin discusión, porque esa novela me pareció un ladrillo indigerible, y no la pude terminar.

En esta segunda intentona he optado por una novela más corta, con lo que pude ver mi empresa coronada con éxito. Tras su compatriota y premio Nobel Wole Soyinka, Chinua Achebe es el escritor más reputado de Nigeria.

Pero me ha costado también llegar al final. Durante las dos terceras partes de la novela, Achebe se dedica a narrar la vida de Okonkwo, aparentemente sin emitir juicios partidistas, porque el narrador se mantiene siempre distante. Lo malo es que son muchas más cosas negativas que positivas las que llegamos a saber de Okonkwo; entre otras hazañas, Okonkwo se lía a garrotazos con una de sus tres esposas, desprecia a su padre por moroso y vago, a su hijo Nwoye por afeminado ( y no es que su hijo Nwoye se ponga los abalorios de su madre a escondidas ni que mariposee por el poblado, sino que al pobre no le gusta andar a golpes con la gente) y asesta el machetazo de muerte a un niño secuestrado a la tribu vecina, tras haberle casi adoptado. Eso sí, lo hace porque el brujo de la tribu lo manda. Okonkwo es un hombre muy religioso y muy cumplidor con las tradiciones de la tribu.

Total, que Okonkwo es un asesino cabrón y machista, un personaje violento y sin atributos positivos a ojos de nosotros los occidentales. Claro, cuando en el último tercio de la novela aparecen los misioneros blancos, sobre los que Achebe tampoco carga las tintas, casi me alegro de que al final Okonkwo acabe como acaba; así que no sé qué pensar de las intenciones del autor al escribir esta novela.

Si Chinua Achebe pretendía glosar aquellos tiempos felices de antes del colonialismo, podía haber elegido un personaje algo menos antipático. Y si no era eso, sino narrar de forma desapasionada esa vida de "antes de", le salió a mi gusto una novela bastante plasta, en donde la superabundancia de personajes, todos con nombres difíciles de recordar y más de atribuir a una cara (Okonkwo, Nwoye, Unoka, Agbalá, Obiageli, Ikemefuna, Ekwefi, Ezinma … y son sólo unos pocos), dispersa la atención del lector tratando de retenerlos a todos en la cabeza, para que luego, muchos no vuelvan a aparecer.
La descripción de rituales y fiestas es plana y carente de emoción, pero la comida ocupa un lugar desproporcionado en la novela: a tenor de lo escrito, estos Ibos se pasaban la mayor parte del tiempo come que te come: nuez de cola, ñames (muchos, muchísimos ñames), langostas (los bichos, no el marisco), sopa de hojas amargas… todo ello bien regado de vino de palma. Si al menos hubiese dado la receta… no me habría dado esta sensación de pérdida de tiempo este recital gastronómico.

Total, que ya soy un poco más culto, supongo, pero no me he entretenido nada. Para que luego digan que la cultura no es aburrida: pues claro que lo es… sólo a veces.

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UNA NUEVA CONCIENCIA (CARLOS SUCHOWOLSKI)

Esta novela fue publicada en julio de 2007 por Editorial Mandrágora. Su autor la había escrito hacía ya varios años y su contenido excede los límites tradicionales del género para poner en pie un mundo y una historia milenaria como trasfondo de una aventura de unos individuos claramente condicionados por el contexto. Un mundo alienígena pero sin embargo con los mismos problemas básicos que los humanos.

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El curioso incidente del perro a la medianoche (Mark Haddon)

La verdadera clave de este libro noe stá tanto en su trama conmo en el modo de abordar la diferente percepción de la realidad y la peculiar lógica de un joven con graves problemas mentales.

Cristopher es un chaval de quince años que una noche ve al perro de la vecina muerto en medio de la calle y empieza a preguntar y a preguntar y preguntar y acaba enterándose de cosas que no debería saber. Una historia pelín trillada, si no fuese porque el chaval es como es.
 

Al parecer, esta es la sensación de la temporada en la literatura británica, que, como buen producto a la moda, sigue la tendencia de incluir dibujillos y mapas y cosas para hacer más interesante algo que ya estamos un poco hartos de leer: la peripecia de un chaval de familia desestructurada en busca de su mamá, como Marco, pero de otra manera porque este niño no es normal. Y no destripo argumento, porque eso se sabe desde la primerísima página de la novela. Ahí está la única gracia del relato, por eso los dibujitos y los mapas y las cosas, porque lo que leemos es un diario que su señorita le sugiere escribir.

Psé. La cosa está entretenidilla, no lo voy a negar. Al autor, además, se le supone cierta autoridad en lo que cuenta, ya que se dice en la lengüeta del libro que, antes de lanzarse a triunfar en la literatura, trabajó en Educación Especial varios años. Así que ésta será su primera y única novela, me supongo.

Leerse, se lee muy bien. Pero para narradores no fiables, esos que hacen que el lector se sienta más inteligente que el narrador porque va por delante de él (lo cual no es ninguna novedad, que ya desde Faulkner se lleva haciendo, si bien ahora se entiende más que en "El ruido y la furia"), pues ya están Holden Caulfield, el chico de "El Guardián entre el centeno", por ejemplo.

Un par de tardes, y al rincón.

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El lecho de Procusto (Camil Petrescu)

Tenía toda la razón el autor del prólogo de este libro cuando afirmaba que si en vez de haberse publicado en Bucarest en 1933 se hubiese publicado en París o en Londres hoy sería un clásico indiscutible.

Se trata de una novela admirablemente entretejida en la que, con el fondo del Bucarest vivo, palpitante y corrupto de los a os treinta, se presenta la desazón humana a través de las confesiones, realizadas demasiado tarde, de varios personajes. Cuando todo es ya irreparable, un escritor consigue convencer a varios amigos de que cuenten su visión de unos hechos, y de unas personas que pueden servirle de material para una novela, y a través de sus testimonios vemos el dominio de los impulsos, de la sinrazón y del misterio de las relaciones, que, como el lecho de Procusto, acaban por destruirnos cuando son demasiado grandes o demasiado peque as.

Quien es demasiado complejo para uno, puede ser demasiado simple para otro, que a su vez es demasiado complejo para el anterior, formando una incongruencia matemática. pero los seres humanos no son cifras y no cumplen la ley de que si A es mayor que B, y B mayor que C, entonces A es mayor que C. En lo tocante a lo humano, a puede ser mayor que B, B mayor que C y C mayor que A. Cuando tal cosa sucede la catástrofe emocional está servida.

Este es el tema que trata este singular e interesantísimo libro, a medio camino a veces entre el ensayo y la deliciosa crónica costumbrista de una época y un país que nos son absolutamente desconocidos, y sin embargo, por cultura latina y pensamiento europeo, tan absolutamente cercanos.

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EL CANTAR DE LOS NIBELUNGOS

  

 La trágica historia del tesoro de Andvari perdura en dos versiones famosas. Ya consideraremos una de ellas, la Völsunga Saga, escrita en Noruega o Islandia a mediados del siglo XIII; ahora consideraremos la otra, el Nibelungenlied, Cantar de los Nibelungos, escrito en Austria a principios del mismo siglo. El poema alemán, si bien algo anterior en el tiempo, corresponde a una etapa posterior en la evolución de la fábula. El ámbito de la Völsunga es mítico y bárbaro; el del Nibelungenlied, cortesano y romántico. En 1755 se descubrió en Hohenems (Suiza) un texto manuscrito completo del Nibelungenlied o, según las palabras del último verso de la obra:
 
 hiet hat das maere ein ende: / das ist der Nibelunge not
 
 Aquí tiene su fin el cantar / ésta es la desdicha de los Nibelungos
 
del Nibelunge Not, Pena o Desdicha de los Nibelungos. Se encontraron después en distintas bibliotecas de alemania, de Austria y de Suiza, veinticuatro manuscritos, completos y fragmentarios, en pergamino, anteriores al siglo XV, y diez manuscritos en pergamino o papel, de fecha posterior. La primera edición crítica del Nibelungenlield fue la de Lachmann, en 1826; la más acreditada de las versiones al alemán moderno es la de Karl Simrock, en el metro original, publicada un año después.
 A favor del movimiento romántico y del culto a Ossian, la fama del Nibelungenlied se dilató. Federico II, sin embargo, negó su entusiasmo al viejo poema; dijo que nada bueno podía salir de alemania. Hay que tener en cuenta que Federico, discípulo de Voltaire, casi no admitía otra literatura que la francesa; el idioma alemán era para él un idioma doméstico, y tal vez lo ignoraba tanto como su padre, Federico I, que acuñó la famosa frase: «Ich stabiliere die Monarchie wie auf einem Rocher von Bronze.» La guerra de liberación exaltó, como era natural, el nacionalismo alemán; una consecuencia fue la reimpresión del Nibelungenslied en una edición barata, para soldados. Goethe observó que el redescubrimiento del poema señalaba un período en la historia de la nación; en otra oportunidad juzgó que el Nibelungenlied era clásico, pero que no debía tomárselo por modelo, como tampoco «a los chinos, a los serbios, o a Calderón». Algunos panegiristas lo llamaron Ilíada del Norte; Carlyle opinó que, fuera del carácter narrativo y de la materia guerrera, nada tenían en común las dos obras. Schopenhauer dijo que comparar el Nibelungenlied con la Ilíada era una blasfemia, a la que no había que exponer los oídos de la juventud. Croce, hace poco, ha escrito: «Se podría, tal vez, encontrar un término medio entre el juicio desdeñoso de Federico II y las exaltaciones de aquellos críticos románticos que han hecho del Nibelungenlied el gran poema nacional de alemania y hasta, no se sabe por qué, el libro de las gentes germánicas.»
 Como en los poemas homéricos los versos iniciales anuncian el tema general de la obra:
 
 Uns ist in alten maeren / wunders vil geseit
 von heleden lobebaeren, / von grosser arebeit,
 von frouden, hochgeziten, / von weinen und von klagen.
 von kuener recken striten / muget ir nu wunder hoeren sagen.
 
 
 Las asistencia, viejas historias nos cuentan muchas maravillas
 de héroes admirables, de grandes trabajos,
 de alegrías, de fiestas, de llantos y de quejas;
 ahora escucharéis prodigios de los combates de arrojados guerreros.
 
 Kriemhild, hermana de tres reyes, Gunther, Gernot y Giselher, es la más hermosa de las doncellas y vive en la ciudad de Worms, sobre el Rhin. Sueña que dos águilas destrozan a su halcón favorito; su madre interpreta que el halcón es símbolo de un hombre a quien Kriemhild va a tener y a perder. Sigfrid, el más valiente de los caballeros, hijo de un noble rey de los Países Bajos, ha ganado el tesoro de los Nibelungos, la espada Balmung y la Tarnkappe, capa que hace invisible a quien la lleva; nuevas le llegan de la hermosura de Kriemhild y se encamina a Worms, con su séquito. Un año pasa Sigfrid sin ver a Kriemhild, hasta que un día, al volver de una guerra victoriosa en que ha sometido a dos reyes, hay una fiesta en el palacio y el héroe y la doncella se ven:
 
 Sam der liebte, mane / vor den sternen stat.
 der sein so luterliche / ab den wolken gat,
 dem stuont si nu geliche / vor maneger frouwen guot.
 des wart da wol gehoehet / den zieren heleden der muot.
 
 Como la clara luna que, al surgir de las nubes,
 borra la luz de las estrellas,
 así estaba Krimhild entre las mujeres,
 alegrando el corazón de los guerreros.
 
 El héroe, al ver a Kriemhild, queda tan embelesado, que parece una figura dibujada en pergamino por la destreza de un maestro.
 Gunther ofrece a Sigfrid la mano de Kriemhild, a condición de que éste lo ayude a conquistar a Brünhild, reina de Islandia que somete a sus pretendientes a difíciles pruebas. Al cabo de doce días de navegación, Sigfrid y Gunther arriban al castillo de Isenstein. Invisible por obra de la Tarnkappe, Sigfrid ejecuta las proezas que el rey simula hacer, por medio de gestos. Brünhild arroja una piedra que siete hombres no podrían levantar, y salta más allá de la piedra. Sigfrid arroja el proyectil aún más lejos y luego salta, llevando en sus brazos a Gunther. Brünhild se confiesa vencida.
 Son tantos los vasallos que acuden al castillo de Isenstein para dar plácemes a la reina por su próxima boda, que Hagen, uno de los caballeros de Gunther, teme una traición. Sigfrid, entonces, busca refuerzos en el país de los Nibelungos, del cual es rey.
 En la Edda Mayor, donde los Nibelungos son los Niflungar, se habla muchas veces de Niflheim, Tierra de la Niebla, Tierra de los Muertos; los Nibelungos son acaso los muertos y quienes logran su tesoro están condenados a unirse, un día, a ellos. Así interpreta Wagner el mito; quienes conquistan el tesoro se convierten en Nibelungos.
 Un día y una noche bastan a Sigfrid para llegar a ese país, que otros no hubieran alcanzado en cien noches; vuelve de allí con mil guerreros que asombran a los súbditos de Brünhild.
 En Worms, las dos bodas se celebran el mismo día. La indómita Brünhild rechaza el amor de Gunther; éste, para conquistarla, debe de nuevo recurrir a Sigfrid y a su Tarnkappe. Sigfrid guarda de la aventura un anillo de Brünhild, que luego, para su mal, regala a su esposa, refiriéndole lo acaecido.
 Sigfrid lleva a Kriemhild a su país. Al cabo de diez años regresan; Brünhild y Kriemhild disputan sobre quién entrará primero en la catedral; Kriemhild, airada, revela a la reina que fue Sigfrid quien verdaderamente la conquistó y confirma sus palabras con el anillo. Brünhild, para vengarse del engaño y del desdén de Sigfrid, decide que éste debe morir.
 Hagen se encarga de la muerte del héroe. Este era invulnerable, por haberse bañado en la caliente sangre del dragón, que mojó y fortaleció todo su cuerpo, salvo un lugar entre los hombros, donde había caído una hoja de tilo. Poco después hay una cacería; Sigfrid mata un jabalí, un león, un bisonte, cuatro toros y un oso; al inclinarse a beber en un arroyo, Hagen lo apuñala entre los hombros. Sigfrid, antes de morir, derriba a Hagen; luego, «el hombre de Kriemhild cae sobre las flores» (Do viel in die bluomen der Kriemhilde man). Kriemhild iba todos los días a la primera misa; Hagen deposita en la puerta el cadáver ensangrentado, para que ella lo encuentre al amanecer. Tres días y tres noches vela a Sigfrid la inconsolable Kriemhild. Cuando lo llevan al sepulcro, hace abrir el ataúd y lo besa.
 Gernot y Giselher entregan el tesoro a Kriemhild. Para granjearse la voluntad de la gente, ella comienza a repartirlo entre pobres y ricos. El tesoro de los Nibelungos es de tal suerte que no puede agotarse ni disminuirse; aunque se comprara el mundo entero con él, no faltaría, después una sola moneda. Hagen, temeroso de que Kriemhild logre muchos vasallos, se apodera del tesoro y, de acuerdo con Gunther, lo hunde en el Rhin. Así termina la primera parte del Cantar.
 Trece años después, el margrave Rüdiger llega a Worms y pide la mano de Kriemhild para su señor el rey de los hunos, Etzel (Atila). Kriemhild acepta, con el propósito de vengar la muerte de Sigfrid. Emprende el largo viafe a Etzelnburg; se casa con el rey de los hunos y le da un hijo, Ortlieb. Otros trece años pasan y Kriemhild invita a sus hermanos a Etzelnburg. Hagen procura disuadirlos, pero éstos se empeñan en ir. Atraviesan el Danubio; una sirena, Sigelind, profetiza que, salvo el capellán del rey, todos perecerán. Hagen, para desmentir la profecía, arroja al capellán por la borda. Este se salva. Hagen acepta el inevitable destino y, cuando tocan la otra margen, rompe la nave. En Etzelnburg, Kriemhild pregunta a Hagen si ha traído el tesoro; Hagen responde que ha traído su escudo y su espada. Mil guerreros han acompañado a Gunther y a Hagen; miles de hunos ponen cerco a la casa en que están alojados. Todo el día combaten; los sitiadores, esa noche, prenden fuego a la casa. Los guerreros, atormentados por la sed, beben la sangre de los muertos. Kriemhild ofrece llenar de oro rojo el escudo de quien le traiga la cabeza de Hagen. La batalla prosigue; de los sitiados sólo quedan, al fin, Gunther y Hagen. (Esta escena no carece de afinidad con el fragmento de Finnsburh.) Los acomete Dietrich von Berne (Teodorico de Verona), los vence y los entrega atados a Kriemhüil. Hagen dice que no revelará el lugar del tesoro mientras viva su rey; Kriemhild hace matar a Gunther. Hagen le dice: «Sólo Dios y yo sabemos ahora el lugar del tesoro» (den scaz den weiss nu niemen wan got unde min) Kriemhild le corta la cabeza con la espada de Sigfrid; Hildebrand, uno de los caballeros de Dietrich, la mata, horrorizado.
 El poema se cierra con esta estrofa:
 
 I\’ne kan iu niht bescheiden / was sider da geschach:
 wan ritter unde vrouwen / wein man da sach,
 dar zuo die edeln knehte, / ir lieben friunde tot,
 hie hat das maere ein ende: / das ist der Nibelunge not.
 
 No puedo referir qué pasó después.
 Caballeros, mujeres y nobles escuderos lloraron
 a sus queridos amigos muertos.
 Aquí la historia tiene fin: éste es el Pesar de los
 [Nibelungos.
 
 
 Treinta y nueve cantos que llevan el nombre de aventuras (aventiuren) forman el Nibelungenlied. Se cree que el autor fue un juglar austríaco; dos nombres de ciudades imaginarias, Zazamanc y Azagouc, que figuran en el poema, parecen tomadas del Parzival de Wolfram von Eschenbach, obra de principios del siglo XIII. Cada estrofa consta de cuatro versos largos (langzeilen); las rimas son pareadas; hay, a veces, rima interior. La métrica del poema ha sido estudiada por Colleville y Tonnelat, en su edición de 1944, publicada en París.
 La primera mitad del Nibelungenlied es acaso inferior a la parte correlativa de la Völsunga; la Tarnkappe no es una invención muy afortunada. No así la segunda mitad, dominada por la titánica figura de Hagen. Este guerrero, Hagen von Tronege, en algunos textos, Hagen de Troya, encarna la lealtad germánica que, según observa Otto Jiriczek (Deutsche Heldensage), «no era incompatible con el crimen y la traición, con el engaño y el perjurio, porque los antiguos germanos no concebían la lealtad como una abstracta y universal ley ética, sino más bien como una relación legal y personal». Hagen es leal a su señor, de cuya fama es celoso; esa lealtad le permite engañar a Kriemhild y asesinar a Sigfrid, sin desmedro de su honor. Hagen no espera que el destino sea piadoso con él; las leyes que rigen su mundo son tan duras como los hombres.
 Gudrun venga la muerte de los hermanos; Kriemhild, la del marido. En la última, el vínculo cristiano del matrimonio es más fuerte que el antiguo vínculo pagano de la sangre.
 Puede dolernos que el juglar del Nibelungenlied haya suprimido o atenuado lo maravilloso; pensemos que, al obrar así, ayudó a construir el camino que va del cuento de hadas a la novela.
 

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