«79 Park Avenue» de Harold Robbins

79 Park Avenue es la dirección de una Agencia de Modelos. Pero tras esa inocente fachada se oculta el prostíbulo más lujoso de Nueva York, una agencia de contactos muy especial para un público muy especial: hombres poderosos dispuestos a pagar hasta 1.000 dólares por unas pocas horas en compañía de las más bellas mujeres. Al frente del negocio se encuentra Maryann Flood, una mujer bella, atractiva y muy inteligente que lo tiene todo para triunfar y sin embargo se ha visto obligada a sobrevivir en un mundo depravado y banal, un mundo corrupto del que nunca pudo escapar.

Atrás quedó su verdadero nombre, Marja, como atrás quedaron los años 30, posteriores a la gran depresión, tiempos difíciles en los que el hambre, la pobreza y el desempleo vieron crecer a la exuberante adolescente de ascendencia polaca. Una joven que perdió su inocencia demasiado pronto, a la que no le está permitido amar, una mujer que no puede cambiar su vida y se ve obligada a empezar de nuevo una y otra vez valiéndose siempre de las mismas armas: su cuerpo y el deseo que suscita en los hombres.

Esta vez se enfrenta a la que quizá sea su situación más complicada: está siendo juzgada por prostitución. De ser declarada culpable, su vida se vendrá de nuevo abajo, pues tendrá que pasar una larga temporada en prisión. Sin embargo, cuenta con el mejor abogado de la ciudad y guarda un as en la manga: conoce al ayudante del fiscal del distrito desde que eran niños… Harold Robbins, el más popular de los escritores norteamericanos contemporáneos, nos da en 79 Park Avenue una nueva muestra de su indudable capacidad narrativa. Una novela de acción constante que mezcla de manera espectacular elementos del thriller de juicios y de la novela romántica. Un relato que atrapa al lector desde sus primeras páginas gracias a su audaz tratamiento, al talento de Robbins y a su maestría como narrador.

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«Cuentos españoles de antaño» de Felipe Alfau.

Las hazañas de Salvador, El Príncipe Vanidoso, Urruchu, Rolando o Juanín, descritas con una inusitada fuerza plástica, recuperan hoy para el lector –como lo hicieron para el público americano de los años treinta– toda la magia y la fantasía de una patria convertida por el recuerdo en quimera.

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XXIII Semana Negra de Gijón

   XXIII Semana Negra de Gijón
 

Primeras claves de la SN 2010
De nuevo a las andadas.
En tiempos de crisis, hemos intentado que ésta no incida en la oferta de la Semana Negra, creemos que la cultura debe ser en momentos como estos el gran balón de oxígeno de la sociedad. Hemos enfrentado problemas y recortes con imaginación y solidaridad de decenas de colegas. Por lo tanto, hemos intentado que la 23ª edición de nuestro festival esté a la altura de las anteriores.
La ciencia ficción y la fantasía tienen este año nombres de lujo: Larry Niven, Joe Haldeman, Ian Watson y la gran revelación de la literatura de zombis, David Wellington, a los que acompañarán los mejores narradores del género en español.
Haremos un singular homenaje a Chopin en el 200 aniversario de su nacimiento.
Estará con nosotros el general cubano Fabián Escalante, el hombre clave de la guerra entre la isla y la CIA, autor de tres libros que narran historias al borde de lo increíble; y la colombiana Patricia Lara, quien descubrió las claves del paramilitarismo en su país y fue candidata de la izquierda en pasadas elecciones; ahora llega a Gijón con una novela negra.
En el terreno de la novela policíaca habrá que destacar la presencia del novelista griego Petros Markaris, sobradamente conocido en España, de la rusa Iulia Latinina, de la británica Sophie Hannah, del argentino Guillermo Orsi, de los españoles González Ledesma, Julián Ibáñez y Juan Madrid (cuyo personaje Toni Romano cumplirá 30 años de vida en Gijón justificando el homenaje)
Junto a ellos una nueva generación de narradores de habla española, francamente brillantes, en la que destacan los jóvenes argentinos y españoles (Zanón, Casamayor, Luengo, Márquez Sánchez, Luján, Jurado, Néspolo, Cabezón, Álvarez, Balanzá…) y dos nombres de mujer: Cristina Fallarás y Mercedes Castro.
Como en anteriores ocasiones, la SN es el marco en el que se celebran dos festivales hermanos: la Asturcón, dedicada a la ciencia ficción y la fantasía, y el Encuentro Internacional de Fotoperiodismo. Los programas de ambos se darán a conocer muy pronto.
Además, en colaboración con LABoral Centro de Arte y Creación Industrial y El Gaviero Ediciones, se convoca por primera vez el concurso de Poesía Serie B (poesía de género), cuyas bases se pueden consultar en nuestra página web.
Tres exposiciones este año: Vuelven los soldaditos de plomo del Museo de Valencia con una muestra de la Guerra de los Bóxers; tendremos una gran exposición de reproducciones del Museo Nacional de Antropología de México con muestras de piezas prehispánicas, a la que acompañarán  debates y lecturas sobre la conquista de México, como la de Laura Esquivel, autora de Malinche. Una tercera exposición, 100 balas, con regalo de catálogo incluido el día de la presentación, será la que muestre la obra de dos grandes del cómic, el norteamericano Brian Azzarello y el argentino Eduardo Risso.
Tocaremos temas como la literatura y el ciclismo, el crimen de guante blanco y la corrupción (en una mesa redonda en la que participará el director de análisis de la oficina antifraude y contra la corrupción de Cataluña), la mentira en la narrativa, los monstruos descafeinados, las princesas del narco mexicano, la revisión de La venganza de Don Mendo, el western, el genocidio de un guardia civil en Guinea, la verdadera historia de Jesús de Nazaret, variaciones del rosa al negro, la novela policíaca en la guerra civil.  
En los territorios de la novela histórica tendremos con nosotros a Valerio Manfredi, Gisbert Haefs, y Angus Donald (que aporta una versión radical de Robin Hood que ha causado furor en Inglaterra), a los que suman los experimentos de Hotel Postmoderno y la presencia de autores ya conocidos en la Semana Negra como Julio Murillo, Fermín Goñi y León Arsenal.
Y la lista aún no está completa, habrá nuevas incorporaciones en los próximos días.
Y todo esto en el centro de una fiesta popular casi interminable, donde la música, los mercadillos interétnicos, los chiringuitos, la oferta gastronómica o la feria se combinan en el espacio con la Literatura.
Más información en línea con ampliación de invitados, convocatorias y temas en http://www.semananegra.org/

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LA PRIMERA FAMILIA: EXTORSION, VENGANZA, MUERTE Y EL NACIMIENTO DE LA MAFIA AMERICANA (Mike Dash)

El nacimiento de la mafia en Estados Unidos como nunca te lo han contado. Esta es la historia de una familia formada por los criminales más violentos y eficaces de la historia de Estados Unidos y de cómo consiguieron abandonar Sicilia, específicamente Corleone, para establecerse en Nueva York. Un ensayo sobre la primera familia del crimen organizado americano, un clan de extorsionadores y asesinos cuya organización se instaló en el nuevo mundo. Por primera vez un libro se nutre de archivos desclasificados y entrevistas con los últimos supervivientes de la familia Morello-Terranova para contarnos el nacimiento de Little Italy y sus clanes mafiosos. La familia Morello-Terranova es anterior a las familias de Los Soprano y de El Padrino, por lo que ayuda a comprender los vínculos entre las organizaciones italianas y americanas.
Es el único libro que existe actualmente dedicado al clan de Giuseppe Morello. Basado en múltiples fuentes de la época (periódicos, archivos policiales, judiciales y documentos del servicio secreto), el libro reconstruye fielmente el nacimiento de la mafia en Estados Unidos.
«Dado que la historia que descubrí tras una investigación de años es francamente asombrosa, quiero dejar claro que nada de lo que sigue es ficción o “historia imaginada”. Ninguna de las conversaciones reproducidas en estas páginas es inventada; todas fueron recordadas, palabra por palabra, por uno de los participantes, o anotadas por un reportero. La primera familia, en resumen, no es una reelaboración de las historias típicas, inexactas e inventadas que puedan haber leído antes. Esto es lo que ocurrió realmente.» Mike Dash

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PARÍS ERA UNA FIESTA (Ernest Hemingway)

Leí París era una fiesta por primera vez a mediados de 1964, en la versión inglesa, que había aparecido hacía poco. Me identifiqué al instante con el protagonista de esta tierna evocación; yo era entonces, también, como el Hemingway del libro, un joven que hacía su vela de armas literarias en París. Escribí entonces esta reseña del libro:

Los diarios nos habían acostumbrado a confundirlo con uno de sus personajes, a ver en él lo contrario de un intelectual. ¿Su biografía? La de un hombre de acción: viajes, violencias, aventuras, y, a ratos, entre una borrachera y un safari, la literatura. Habría practicado ésta como el boxeo o la caza, brillante, esporádicamente: para él lo primero era vivir. Emanaciones casi involuntarias de esa vida azarosa, sus cuentos y novelas deberían a ello su realismo, su autenticidad. Nada de eso era cierto o, más bien, todo ocurría al revés, y el propio Hemingway disipa la confusión y pone las cosas en orden en el último libro que escribió: A Moveable Feast.

¿Quién lo hubiera creído? Este trotamundos simpático, bonachón, se inclina al final de su vida sobre su pasado y, entre las mil peripecias —guerras, dramas, hazañas— que vivió, elige, con cierta nostálgica melancolía la imagen de un joven abrasado por una pasión interior: escribir. Todo lo demás, deportes, placeres, aun las menudas alegrías y decepciones diarias y, por supuesto, el amor y la amistad, giran en torno a este fuego secreto, lo alimentan y encuentran en él su condena o su justificación. Se trata de un hermoso libro en el que se muestra sencilla y casualmente lo que tiene de privilegiado y de esclavo una vocación.

La pasión de escribir es indispensable, pero sólo un punto de partida. No sirve de nada sin esa good an severe discipline que Hemingway conquistó en su juventud, en París, entre 1921 y 1926, esos años en que «era muy pobre y muy feliz» evocados en su libro. Aparentemente, eran años de bohemia: pasaba el día en los cafés, iba a las carreras de caballos, bebía. En realidad, un orden secreto regía esa «fiesta movible» y el desorden significaba sólo disponibilidad, libertad. Todos sus actos convergían en un fin: su trabajo. La bohemia, en efecto, puede ser una experiencia útil (pero no más ni menos que cualquier otra) a condición de ser un jinete avezado que no deja que se desboque su potro. A través de anécdotas, encuentros, diálogos, Hemingway revela las leyes rígidas que se había impuesto para evitar el naufragio en las aguas turbias que navegaba: «Mi sistema consistía en no beber jamás después de comer, ni antes de escribir, ni mientras estaba escribiendo.» En cambio, al final de una jornada fecunda, se premia con un trago de kirsh. No siempre puede trabajar con el mismo entusiasmo; a veces, es el vacío frente a la página en blanco, el desaliento. Entonces, se recita en voz baja: «No te preocupes. Hasta ahora siempre has escrito y ahora escribirás. Todo lo que tienes que hacer es escribir una buena frase. Escribe la mejor frase que puedas.» Para estimularse, se fija objetivos fabulosos: «Escribiré un cuento sobre cada una de las cosas que sé.» Y cuando termina un relato «se siente siempre vacío, a la vez triste y feliz, como si acabara de hacer al amor».

Iba a los cafés, es cierto, pero ocurre que ellos eran su escritorio. En esas mesas de falso mármol, en las terrazas que miran al Luxemburgo, no soñaba con las musarañas ni hacía frases como los bohemios sudamericanos de la rue Cujas: escribía sus primeros libros de cuentos, corregía los capítulos de The Sun Also Rises. Y si alguien lo interrumpía, lo echaba con una lluvia de insultos: las páginas donde narra cómo recibe a un intruso, en la Closerie des Lilas, son una antología de la imprecación. (Años más tarde, Lisandro Otero divisó una noche a Hemingway en un bar de La Habana Vieja. Tímido, respetuoso, se acercó a saludar al autor que admiraba y éste, que escribía de pie, en el mostrador, lo ahuyentó de un puñetazo.) Después de escribir, dice, tiene necesidad de leer, para no seguir obsesionado por lo que está relatando. Son épocas duras, no hay dinero para comprar libros, pero se los proporciona Sylvia Beach, la directora de Shakespeare and Company. O amigos como Gertrude Stein, en cuya casa, además, hay bellos cuadros, una atmósfera cordial, ricos pasteles.

Su voluntad de «aprender» para escribir está detrás de todos sus movimientos: determina sus gustos, sus relaciones. Y aquello que puede constituir un obstáculo es, como aquel intruso, rechazado sin contemplaciones. Su vocación es un huracán. Por ejemplo: las carreras. Se ha hecho amigo de jockeys y de entrenadores que le filtran datos para las apuestas; un día de suerte los caballos le permiten ir a cenar a Chez Michaux donde divisa a Joyce que charla en italiano con su mujer y sus hijos. El mundo de las carreras, por otra parte (él lo presenta como razón principal), le suministra materiales de trabajo. Pero una tarde descubre que esa afición le quita tiempo, se ha convertido casi en un fin. Inmediatamente la suprime. Lo mismo sucede con el periodismo, que es su medio de vida; renuncia a él pese a que las revistas norteamericanas rechazan todavía sus cuentos. Preocupación constante, esencial, del joven Hemingway, la literatura, sin embargo, es apenas mencionada en A Moveable Feast. Pero ella está ahí, todo el tiempo, disimulada en mil formas, y el lector la siente, invisible, insomne, voraz. Cuando Hemingway sale a recorrer los muelles e investiga como un entomólogo las costumbres y el arte de los pescadores del Sena, durante sus charlas con Ford Madox Ford, mientras enseña a boxear a Ezra Pound, cuando viaja, habla, come y hasta duerme, emboscado en él hay un espía. Lo observa todo con ojos fríos y prácticos, selecciona y desecha experiencias, almacena. «¿Aprendiste algo hoy, Tatie?», le pregunta a Hemingway, cada noche, su mujer, cuando él regresa al departamento de la rue de Cardinal Lemoine.

En los capítulos finales de A Moveable Feast, Hemingway recuerda a un compañero de generación: Scott Fitzgerald. Célebre y millonario gracias a su primer libro, cuando era un adolescente, Fitzgerald, en París, es el jinete que no sabe sujetar las riendas. El potro de la bohemia los arrastra a él y a Zelda a los abismos: el alcohol, el masoquismo, la neurosis. Son páginas semejantes a las del último episodio de Adiós a las armas, en las que bajo la limpia superficie de la prosa, discurre un río de hiel. Hemingway parece responsabilizar a Zelda de la decadencia precoz de Fitzgerald; celosa de la literatura, ella lo habría empujado a los excesos y a la vida frenética. Pero otros acusan al propio Fitzgerald de la locura que llevó a Zelda al manicomio y a la muerte. En todo caso, hay algo evidente: la bohemia puede servir a la literatura sólo cuando es un pretexto para escribir; si ocurre a la inversa (es lo frecuente) la bohemia mata al escritor. Porque la literatura es una pasión y la pasión es excluyente. No se comparte, exige todos los sacrificios y no consiente ninguno. Hemingway está en un café y, a su lado, hay una muchacha. Él piensa: «Me perteneces, y también me pertenece París, pero yo pertenezco a este cuaderno y a este lápiz.» En eso, exactamente, consiste la esclavitud. Extraña, paradójica condición la del escritor. Su privilegio es la libertad, el derecho a verlo, oírlo, averiguarlo todo. Está autorizado a bucear en las profundidades, a trepar a las cumbres: la vasta realidad es suya. ¿Para qué sirve este privilegio? Para alimentar a la bestia interior que lo avasalla, que se nutre de todos sus actos, la tortura sin tregua y sólo se aplaca, momentáneamente, en el acto de la creación, cuando brotan las palabras. Si la ha elegido y la lleva en las entrañas, no hay más remedio, tiene que entregarle todo. Cuando Hemingway iba a los toros, recorría las trincheras republicanas de España, mataba elefantes o caía ebrio, no era alguien entregado a la aventura o al placer, sino un hombre que satisfacía los caprichos de una insaciable solitaria. Porque para él, como para cualquier otro escritor, lo primero no era vivir, sino escribir.

II

Releído ahora, con todo lo que sabemos sobre el Hemingway que lo escribió y sobre sus relaciones con las figuras evocadas en sus páginas, A Moveable Feast adquiere una significación algo distinta. En verdad, la salud y el optimismo que rebosa son una elaboración literaria que no coincidía con la realidad dramática, de decadencia física e intelectual, que padecía su autor. Éste se halla en la recta final de su trayectoria literaria y lo sospecha; sabe también que no se recobrará ya de la rápida disminución de sus facultades físicas que experimentó en aquel período. Nada de ello es mencionado en el libro; pero al lector de hoy día, aleccionado por las biografías de Hemingway aparecidas en los últimos años, ese conocimiento le proporciona unas claves para, leyendo entre líneas este testimonio a primera vista tan diáfano y directo sobre los comienzos literarios de un gran escritor, descubrir el lastimoso trauma a que debió su ser.

Más que una evocación nostálgica de la juventud, el libro es una invocación mágica, un esfuerzo inconsciente para, retornando mediante la memoria y la palabra al apogeo de su vida, el momento de mayor empuje y fuerza creativa, recuperar aquella energía y lucidez que ahora lo están abandonando de prisa. Y el libro es también un desquite postumo, un arreglo de cuentas con asistencia, viejos compañeros de vocación y de bohemia. Libro patético, canto de cisne —pues fue el último libro que escribió— esconde, bajo la engañosa pátina de los recuerdos de su juventud, la confesión de una derrota. Aquel que comenzó así, en el París de los locos años veinte, tan talentoso y tan feliz, tan creador y tan vital, aquel que en pocos meses fue capaz de escribir una obra maestra —The Sun Also Rises— al mismo tiempo que exprimía todos los jugos suculentos de la vida —pescando truchas y viendo toros en España, esquiando en Austria, apostando a los caballos en Saint Cloud, bebiendo los vinos y licores de La Closerie— está ya muerto, es un fantasma que trata de aferrarse a la vida mediante aquella prestidigitación antiquísima inventada por los hombres para, ilusoriamente, prevalecer contra la muerte: la literatura.

Ahora sabemos que el libro está lleno de pequeñas mezquindades y malevolencias contra asistencia, viejos amigos y ex amigos y que, por ejemplo, algunos de sus relatos, tal vez los más logrados —los de Gertrude Stein y de Scott Fitzgerald— son falaces. Pero estas pequeneces no empobrecen lo admirable del texto: haber conseguido en él, Hemingway, convertir el defecto en virtud, escribiendo una hermosa pieza literaria a partir de aquellas mermas y limitaciones que, precisamente a partir de aquellos años, le impidieron concebir algún cuento o novela dignos de memoria.

Según Mary, su viuda, Hemingway compuso A Moveable Feast entre el otoño de 1957 y el de 1960, con largas interrupciones intermedias. Esa fue una etapa para él de continuas crisis, de depresión nerviosa, de una amargura profunda que rara vez se traslucía en sus apariciones públicas, en las que seguía dando la impresión de ser el gigante alegre y aventurero de siempre, lleno de apetitos y de luces. (Así me lo pareció a mí, en el verano de 1959, en la Plaza de Toros de Madrid, la única vez que lo vi, a lo lejos, del brazo de otro mito viviente de la época: Ava Gardner.)

En realidad, era un coloso malherido, semi-impotente, incapaz de concentrarse intelectualmente para emprender una obra de aliento, al que angustiaba la pérdida de la memoria, deficiencia que para aquel que juega al deicida —el novelista reinventor de la realidad— es sencillamente mortal. En efecto, ¿cómo erigir un mundo ficticio, coherente, en el que el todo y las partes estén rigurosamente trabados hasta fingir el mundo real, la vida entera, si la memoria del creador falla y el hechizo de la ficción se rompe a cada instante por las incongruencias y los despistes del relato? La respuesta de Hemingway fue este libro: escribiendo una ficción encubierta bajo el semblante del recuerdo y cuyas desconexiones y fragmentación se disimulan tras la unidad que les confiere el narrador que recuerda y escribe.

La memoria en París era una fiesta es una coartada literaria para justificar lo vagaroso de una mente que no puede ya fijarse en lo concreto, intentar el edificio riguroso de una ficción, y mariposea, desordenada y suelta, entre imágenes sin correspondencia ni continuidad. En una novela, esta atomización hubiera sido caos; en un libro de memorias, es en cambio un vagabundeo impresionista por ciertos rostros y lugares que sobrenadan en el río del tiempo, a diferencia de aquellos otros, innumerables, tragados por el olvido. Cada capítulo es un cuento disfrazado, una estampa en cuyo diseño el novelista ha vertido las virtudes de sus mejores ficciones: la prosa tersa, los diálogos tirantes que sugieren siempre más (y a veces lo contrario) de aquello que dicen y las descripciones cuya empecinada objetividad parece querer hacerse perdonar su perfección.

Cotejadas con la historia verídica, en cada una de estas hermosas estampas hay más tergiversaciones que testimonios fidedignos, pero ¿qué importa? Ello no las hace menos persuasivas ni emocionantes para un gustador de literatura, es decir, alguien que espera de un novelista que en sus libros sea capaz de decirle, no necesariamente la verdad con mayúsculas, sino su verdad particular, pero de manera tan convincente y tan astuta que no tenga más remedio que creérsela. Y en esta última ficción autobiográfica Hemingway lo consiguió con creces.

Por lo demás, aunque él no fuera idéntico a como se esboza en este retrato de su juventud, algunos rasgos esenciales de su personalidad aparecen en su libro. Su antiin-telectualismo, por ejemplo. En una pose que cultivó siempre y que, sobre todo en los últimos años, llevó a veces a extremos ridículos. También en este libro la literatura auténtica —no la «libresca»— se presenta poco menos que como una destreza física, algo que ese deportista consumado, el escritor, perfecciona y domina mediante la disciplina y la constancia, la vida sana, el cultivo del cuerpo. Y la sola idea de que el arte o la literatura puedan de algún modo significar un exilio en lo puramente mental, un retiro de la vida corriente, un buceo en las fuentes de lo desconocido o un desafío al orden racional de la existencia, es rechazada con energía y objeto de caricaturas. Por eso, la semblanza que traza el libro de Ezra Pound, aunque animada y generosa, ni siquiera roza la contradictoria complejidad del personaje. Y, sin embargo, es evidente que Hemingway no era totalmente incapaz de percibir, bajo o entre los intersticios de esos rituales lícitos de la vida que a él le bastaba, esa otra vida, la de los abismos, la de la prohibición y el extravío. Era un mundo que el temía y que se negó siempre a explorar, salvo en sus manifestaciones más epidérmicas (como la ceremonia cruel y fascinante del toreo). Pero sabía que existía y podía identificar a los reprobos que lo habitaban, como el maltratado Wyndham Lewis de sus páginas. Éste le inspira, por lo demás, la mejor y la más inquietante frase del libro: «Ciertas personas traslucen el mal, como un gran caballo de carreras trasluce su nobleza de sangre. Tienen la dignidad de un chancro canceroso.»

Otro prejuicio suyo se transparenta también profusamente: ese machismo que, con su pasión por matar animales y el hechizo que ejercían sobre él las prácticas violentas, han distanciado tanto su moral y sus códigos vitales de los de nuestra época, la del feminismo y los verdes, la conservación de la naturaleza y la lucha por la emancipación de las minorías sexuales. El diálogo con Gertrude Stein, en el que ésta trata de ganar la benevolencia de Hemingway para el lesbianismo, con argumentos que hoy harían sonreír a una niña de colegio, y las reticencias y réplicas de él, son instructivas. Muestran cuánto han evolucionado las costumbres y lo oxidados que están muchos valores que Hemingway exaltó en sus novelas.

Pero, pese a los anacronismos, este breve libro se lee con inmenso placer. La magia de su estilo, la insidiosa sencillez y precisión flaubertianas, su pasión por la intemperie y las proezas del cuerpo, la vivida recreación del París de los americanos expatriados en el período entre las dos guerras mundiales y el renuevo de los votos de escritor que simboliza —afirmación resuelta de una vocación cuando ya casi no puede ejercerla— se unen para dar al que sería su testamento literario, un perfil único. Aunque haya en él tantos añadidos y rectificaciones a la realidad como en una novela, no deja de ser un valioso documento autobiográfico; y, con todas las libertades que se toma con los hechos objetivos, es una incomparable pintura de los tiempos y de la alegre inconsciencia con que Francia estimulaba el arte y el exceso mientras, adentro y afuera de sus fronteras, se labraba su ruina. Pero, sobre todo, Sus páginas limpias y sonoras como un arroyo de la sierra, nos acercan con la inmediatez de una ficción lograda a los secretos del arte que sirvió a Hemingway para trasmutar la vida que vivió y la que sólo soñó en esa fiesta compartida que es la literatura.

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