LA OFENSA (Ricardo Menendez Salmón )

 

El argumento es bastante sencillo a primera vista. Kurt es un joven sastre que trabaja tranquilamente en una localidad alemana hasta que el ejército alemán lo llama a filas. Nuestro protagonista se ve obligado a dejar la sastrería para colocarse el traje de militar y lanzarse a la aventura bélica de la Segunda Guerra Mundial.

Las tropas de Hitler traman la entrada en Francia y Kurt se ha ganado muy rápidamente la confianza de sus superiores, hasta el punto de convertirse en cabo. Movido más por la inercia de la fuerza del ejército alemán que por ambición propia, solicita en todo momento estar en línea de combate y ayudar a su patria.

Pero de repente Kurt se choca con la más dura realidad, los brutales asesinatos de víctimas inocentes se cruzan ante  sus ojos. Va a ser un golpe tan duro para este humilde sastre, que el cuerpo le deja de responder. Kurt pierde la sensibilidad de su cuerpo.

A partir de este punto se ponen en marcha una serie de divagaciones existencialistas entorno al personaje que interaccionarán con el lector para que éste participe en las más profundas reflexiones sobre las guerras, el horror, el absurdo y la reacción de algo tan frágil, en el fondo, como es el cuerpo humano.

 

La ofensa” es una novela corta que se lee de un tirón. Hay una clara intención de huir de los abusos ornamentales de la narrativa e ir directo al grano, escribir únicamente lo que es pertinente para el relato y obviar información que el lector ya sepa o pueda imaginar.

Y lo cierto es que estamos ante una novela que en todo momento va a pedir una interacción con el lector en el plano interpretativo. Decía Hemingway en su teoría del iceberg que lo importante en un relato no es lo que se dice, sino lo que no se dice, lo que se intuye. Precisamente aquí se juega con esta técnica. Kurt abandona la sastrería y se va a luchar a la guerra, en un principio participa de forma vehemente, pero al encontrarse con la dura realidad de la sangre derramada en vano, de repente su cuerpo le deja de responder. Podríamos decir que esto es, muy básicamente, el argumento, lo importante es lo que exprimamos nosotros a partir de aquí. ¿Cómo reacciona el ser humano ante situaciones de terror? ¿Es el cuerpo capaz de desvincularse de su mente ante este panorama? ¿Puede uno reponerse después de experiencias tan amargas? ¿Son todas las guerras iguales? Hay un sinfín de preguntas que el propio autor va planteando en la narración, así como otras que el lector se formula.

No estamos ante una novela de guerra al uso, no es otra narración sobre el holocausto o sobre las atrocidades del régimen nazi. Es una novela que utiliza la excusa de la Segunda Guerra Mundial para marcar un antes y un después en un personaje, para que sirva como punto de inflexión y se haga una dramatización de la experiencia del ser humano ante el terror. Podría no ser la Segunda Guerra Mundial y la esencia sería la misma.

El ritmo de la novela está bien llevado y a medida que leemos, más crece el interés por Kurt, por entender qué le ocurre. La resolución de la novela es, diría yo, lo mejor de todo, con un juego de imágenes finales absolutamente desgarradoras. 

Por lo tanto tienen razón Vila-Matas y Rosa Montero cuando dicen que es una novela corta pero intensa, porque no podemos quedarnos con lo que nuestros ojos leen, sino que disfrutaremos también haciendo un ejercicio de reflexión a medida que avanzamos.

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Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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El hombre del salto (Don DeLillo)

El hombre del salto

Es un tópico afirmar que el siglo XXI dio comienzo el 11 de septiembre de 2001 con los atentados contra las Torres Gemelas, por tratarse de un cambio en el paradigma que había definido la relación entre las naciones durante el siglo anterior, poniendo de manifiesto el poder de pequeñas minorías fanatizadas y la fragilidad de las temerosas sociedades occidentales.

Como todo acontecimiento traumático, el atentado requirió de inmediatos y urgentes análisis políticos, periodísticos o psicológicos que, en su práctica totalidad, carecen de vigencia pocos años después. El análisis profundo de las causas del atentado y, principalmente, de las consecuencias y los cambios que dicho atentado han traído y traerán a nuestras vidas, no será posible en tanto no transcurra el tiempo necesario para «tomar distancia» como suelen decir los historiadores.

Pero entonces, ¿qué nos queda entre tanto? La Historia con su lento discurrir, o los medios de comunicación con sus intereses creados y el afán por el titular perfecto, no permiten llegar a un conocimiento satisfactorio. Algunos señalan a la Literatura como un camino de conocimiento válido sobre nuestros propios sentimientos, como el medio idóneo a través del que se puede comprender una sociedad, un sentimiento, un tiempo. Más allá de hechos probados, la Literatura sería capaz de acercarnos a una verdad más cierta (o que se percibe vívidamente como tal). Sólo la Literatura habla en el lenguaje del Hombre y desvela y hace comprensibles las relaciones que otras disciplinas segmentan y aíslan con el efecto de una pérdida de la visión del todo.

No este el lugar para juzgar la corrección de dicha hipótesis defendida, entre otros, por uno de los mayores adalides de la novela moderna, Milan Kundera. Bástenos con señalar que El hombre del salto se presenta como uno más de los intentos por avanzar en este sentido en relación a los atentados de Nueva York (la lista de autores que ha asumido el riesgo de escribir al respecto incluye a escritores de la talla de Paul Auster, John Updike, Martin Amis, Ken Kalfus, …) y quizá sea el más logrado hasta la fecha.

Don DeLillo parte del centro mismo de la acción y su novela arranca con el protagonista surgiendo de una nube de polvo y cascotes, herido por diminutos fragmentos de cristal, desorientado, confuso y con un maletín en la mano. Keith, ha logrado escapar de la torre en la que acaba de impactar el primer avión y apenas es consciente de lo que ocurre a su alrededor. Cuando un viejo camión de portes para a su lado y el conductor se ofrece para acercarle a cualquier lugar, con tono firme e indubitado, facilita la dirección de la casa de su ex-mujer.

Lianne, abrumada por los atentados, acepta el retorno del marido sin conocer los motivos ni sus intenciones. La vida conyugal parece retomarse, Keith acompaña al hijo común al colegio, vuelve a hacer el amor con Lianne, pero realmente nada es ya lo mismo. Todos los personajes parecen vagar por la novela igual que lo hace el protagonista en las primeras páginas: entre brumas y tinieblas, escombros y ceniza, sin saber muy bien a dónde dirigir sus pasos, vacíos.

Veamos. Justin, el hijo del matrimonio, vive distante de sus padres, lo que puede ser normal en un niño de esa edad que trata de forzar sus primeros signos de independencia. Sin embargo, con dos vecinos, se arma de prismáticos con los que vigila el cielo a la búsqueda de nuevos aviones suicidas; han oído las palabras de Bill Lawton (versión infantil del nombre Bin Laden) quien les ha advertido de que estén pendientes porque los aviones volverán.

Lianne trata de sobrellevar como puede la tensión posterior a los atetados y, en su afán por comprender qué ha ocurrido, decide asumir la revisión y corrección de un libro que parece profetizar el ataque a las torres y del que una editorial prepara un lanzamiento apresurado aprovechando el momento. El regreso de Keith remueve escenas de su pasado dejándola en expectativa respecto a su futuro personal. Los trastornos que advierte en su hijo (mezclando el regreso del padre, los atentados, su creciente aislamiento) y la enfermedad de su madre, alteran un delicado equilibrio emocional que acaba por traicionarla en ocasiones.

El propio Keith parece retraerse socialmente, querer romper con su pasado pero no para iniciar una nueva vida, un proyecto que le haga recuperar la ilusión desvanecida una mañana de septiembre, más bien parece decidido a instalarse en ese momento. Entabla una peculiar relación con Florence, quien resulta ser la dueña del maletín que Keith aferraba creyendo ser suyo cuando volvió a la vida. Entre ambos hay un punto de conexión, los atentados, la experiencia de descender por las escaleras decenas de pisos, sin luz, en silencio o entre gritos, mientras subían los bomberos, sangrando, pisándose unos a otros, sin saber qué ocurre y comprendiendo que algo ha escapado a su control, al control de todos. Sólo entre ellos parece haber comunicación cierta sobre su experiencia, dicha comunicación se revela imposible con otros que no la han vivido.

El resto de personajes filosofa sobre el significado de los atentados, sus causas y consecuencias. La actual pareja de la madre de Lianne, Martin, cuyas dudosas relaciones con el terrorismo en alemania le hacen resultar aún más delirante, plantea un choque de civilizaciones, el fracaso americano y occidental para comprender fenómenos ajenos, pero resulta fatuo frente a una pareja (Keith y Florence) que hacen el amor sin amor, sólo por la necesidad de contacto con alguien que siente lo mismo, vacío y frío.

Y entre todos ellos, recurrentemente, aparece un personaje que simula una caída, que simula la postura, tantas veces reproducida por la televisión, de un hombre que cae de las torres en una postura imposible. Este artista callejero, o concienciador, o provocador, sacude conciencias con su exhibición, en particular la de Lianne, y es a él a quien parece hacer referencia exclusiva la traducción del título de la novela al español (él es claramente el hombre del salto), perdiendo la calculada ambigüedad del título original (Falling Man) que englobaría igualmente al protagonista, en su caída a los infiernos, en la pérdida de su inocencia, como un ángel caído, incapaz de recuperar el pasado, para siempre perdido.

Los propios terroristas realizan apariciones esporádicas en la obra desde la perspectiva de uno de los protagonistas menores de los ataques. Desde la experiencia en una escuela coránica en alemania hasta el momento previo al estallido del avión, Don DeLillo humaniza a los terroristas en el sentido de dotarlos de intenciones, hacerlos creíbles, dibujar sus rostros, pero evitando en todo momento hacer comprensibles o justificables sus actos o procurar que resulten agradables al lector y forzar la contradicción entre el individuo considerado aisladamente de sus acciones.

En cuanto al estilo, podemos afirmar que El hombre del salto logra su objetivo plenamente. Los personajes, en especial los que han vivido la experiencia directa de los atentados, y el propio narrador, se expresan de un modo peculiar, alusivo (o elusivo en muchas ocasiones), con abundantes repeticiones que parecen no tener otro sentido que ganar tiempo para mejorar la precisión de lo descrito. Las metáforas abundan sin ralentizar la acción, las palabras siempre parecen tener varios significados, al igual que los comportamientos no suelen ser lo que parecen, conformando un peculiar tono que atraviesa toda la novela de irrealidad, provisionalidad onírica. Y este efecto es, sin duda, uno de los mayores logros de la novela.

El hombre del salto, pese a su brevedad, presenta numerosos personajes que juegan un papel importante (no hemos comentado nada respecto de los antiguos compañeros de partida de poker semanal de Keith, su destino tras los atentados o el propio futuro de Keith) e inicia muchos hilos argumentales que no siempre son rematados o incluso que parecen carecer de justificación dentro de la estructura de la novela. Sin embargo, si es cierto lo que afirmábamos al comienzo de este comentario, si la novela debe orientar la búsqueda de una explicación, de un porqué (no necesariamente racional), si realmente aspira a la comprensión, quizá sea el mejor modo de aproximación.

Podemos no comprender los motivos de Keith, de Florence o quizá la novela no ayude a ello, pero también sus vidas quedan truncadas, su discurso coherente y lineal ha quedado roto, como lo quedan algunas de las historias que Don DeLillo describe en la novela. Quizá no entendamos el porqué de ciertos elementos del libro, su justificación o su sentido, pero quizá así es la realidad que debemos afrontar, la irracionalidad, el absurdo, el vacío, todo ello forma parte de un mundo que queremos comprender y que, así visto, la novela refleja adecuadamente. Quizá lo que pueda resultar extraño en las páginas de un libro, es aceptado sin reflexión en la vida diaria y sólo la lectura nos lo revela.

Por ello creo que esta novela ganará peso, cobrará fuerza con el tiempo, se releerá con un ánimo diferente y, quizá, se vea si su vaticinio fue el correcto; si su forma, su estructura, su lenguaje perduran. Mientras tanto, nos queda el placer de acercarnos a un modo de novelar original, en la línea de su autor, que combina aspectos modernos con elementos clásicos.

Confieso que he leído

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Suite Francesa (Iréne Némirovsky)

Iréne Némirovsky (Kiev 1903-Auschwitz 1942), huyó de Rusia con su familia tras la revolución de 1917. Los Némirovsky, que poseían una inmensa fortuna, se establecieron en París en 1919. Hija única, Iréne recibió una educación exquisita, aunque padeció una infancia infeliz y solitaria. Tras obtener la licenciatura en Letras en la Sorbona, en 1929 envió su primera novela, David Golder, a la editorial Grasset. Temiendo el rechazo, no incluyó en el sobre ni su nombre ni su dirección. El editor tuvo que publicar un anuncio en la prensa para conocer al autor de aquella obra audaz, cruel y brillante. Era el comienzo de una exitosa carrera literaria, que en pocos años consagraría a Némirovsky como una de las escritoras de mayor prestigio de Francia.

La Segunda Guerra Mundial cambió radicalmente su vida. El 13 de julio de 1942 fue detenida por los gendarmes franceses y enviada a Auschwitz, donde murió asesinada el 17 de agosto. Su marido Michel Epstein, fue deportada tres meses después y murió en Auschwitz el 6 de noviembre. Sus dos hijas sobrevivieron escondidas, gracias a los desvelos de su tutora.

 

Suite Francesa

El descubrimiento de un manuscrito perdido de Iréne Némirovsky causó una auténtica conmoción en el mundo editorial francés y europeo. Novela excepcional escrita en condiciones excepcionales, Suite Francesa retrata con maestría una época fundamental de la Europa del siglo XX. En otoño de 2004 le fue concedido el premio Renaudot, otorgado por primera vez a un autor fallecido.

Imbuida de un claro componente autobiográfico, Suite francesa se inicia en París en los días previos a la invasión alemana, en un clima de incertidumbre e incredulidad. Enseguida, tras las primeras bombas, miles de familias se lanzan a las carreteras encoche, en bicicleta, o a pie. Némirovsky dibuja con precisión las escenas, unas conmovedoras y otras grotescas, que se suceden en el camino: ricos burgueses angustiados, amantes abandonadas, ancianos olvidados en el viaje, los bombardeos sobre la población indefensa, las artimañas para conseguir agua, comida o gasolina. A medida que los alemanes van tomando posesión del país, se vislumbra un desmoronamiento del orden social imperante y el nacimiento de una nueva época. La presencia de los invasores despertará odios, pero también historias de amor clandestinas y públicas muestras de colaboracionismo.

Concebida como un composición en cinco partes -de las cuales la autora solo alcanzó a escribir dos- Suite francesa combina un retrato intimista de la burguesía ilustrada con una visión implacable de la sociedad francesa durante la ocupación. Con lucidez, pero también con un desasosiego notablemente exento de sentimentalismo, Némirovsky muestra el fiel reflejo de una sociedad que ha perdido su rumbo. E tono realista y distante de Némirovsky le permite componer una radiografía fiel del país que la ha abandonado a su suerte y la ha arrojado en manos de sus verdugos. Estamos pues ante un testimonio profundo y conmovedor de la condición humana, escrito sin la facilidad de la distancia ni la perspectiva del tiempo, por alguien que no llegó a conocer siquiera el final del cataclismo que le tocó vivir.

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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Lola (Maria de la Pau Janer)

Una mujer, Águeda, regresa a la casa familiar de Mallorca veinte años después de su marcha repentina. Sus primos Pau y Guillem, apenas la reconocen como la adolescente que conocieron. Ahora la casa es un albergue rural donde se alojan varios personajes, un pintor, un actor, su pareja, un amigo, etc, etc… También hay por ahí pululando un jardinero… Y no trata nada más que de esto…

Este libro de la recientemente galardonada con el Premio Planeta Maria de la Pau Janer me ha parecido pesadísimo de leer y lleno de errores de construcción, e incluso la traducción deja mucho que desear, ya que aparecen no solo erratas sino incluso faltas como poner "de prisa" en lugar de "deprisa" o el más terrorífico "andara " en lugar de "anduviera".

Se supone que trata de una mujer que regresa a la casa donde se crió con sus primos después de veinte años, pero luego te mete historias paralelas de los huéspedes del albergue que de momento te las tragas pensando que tendrán alguna relación con la trama principal. Craso error. Son como un pegote, como si estuvieras leyendo una novela metida dentro de otra sin el menor vínculo, que no hacen más que ocupar páginas y páginas de cómo fulanito conoció a menganita haciendo de estatua de sal en las Ramblas y de como no sé quién le puso los cuernos al marido con su mejor amigo, pero luego resulta que el marido le ponía los cuernos a ella (bueno, entre tanto lío de nombres no me aclaré muy bien, igual no era el marido, jaja). Todo eso es perfectamente prescindible por cuanto se trata, en teoría, de la historia intimista-nostálgica de Águeda, aunque el libro se titula Lola.

Y se titula así porque la autora, en el último tercio aproximadamente le da una vuelta de tuerca a la trama y nos revela que Águeda, a la que todos ven un poco "rara" (no la reconocen como la prima) resulta que en verdad no es la chica que conocieron sino la tal Lola, que era amiga suya y se estaba haciendo pasar por ella. La historia de esta sustitución se nos va desgranando de un modo muy torpe, sin que antes se hubiera insinuado, sino más bien se trata de engañar al lector durante todo el rato hasta el "golpe de efecto".

La autora mezcla lo lírico, lo solemne, lo rimbombante y lo ridículo en su prosa, tan pesada e indigesta que leer este libro se hace realmente cuesta arriba, no solo porque no cuenta NADA (no se aprecia progresión dramática de ningún tipo, ni interrelación de los personajes, ni nada) sino porque se enrolla como una persiana con sus discursitos y monólogos, plagados de lugares comunes, frases hechas, vulgaridades varias y vacuidad, "silencios", "complicidades", etc, etc, frases y expresiones que no significan nada, y cuyo objetivo parece solo "hacer bonito" o demostrar que "escribe bien" (eso no es escribir bien, pero bueno). Los diálogos son a veces de risa de tan irreales y acartonados. Pero sería más soportable si hubiera más, porque casi todo es narración, contar y contar, casi siempre cosas improcedentes.

Las historias tanto de Águeda como de Lola son prosaicas y están narradas del mismo modo. La típica chica recogida por la familia de la tía, que sufre abusos por el tío; la otra chica casada con uno con el que poco a poco va desapareciendo la pasión… El estilo de Janer es totalmente explicativo. Nos dice que los personajes son "interesantes" o de cualquier otra manera, pero no lo demuestra. Se tira páginas y páginas tratando de convencerlos de lo maravillosa que es Lola y en realidad, en el libro no hace absolutamente nada que dé a entender que estamos ante una chica especial. Y eso lo hace con todos los personajes. En lugar de mostrárnoslos en "acción" para demostrar su carácter se suelta parrafadas explicativas y mediocres que no hacen más que alargar el libro y hacerte bostezar.

Además, se repite como la cebolla. Expresiones como "poblada de silencios" y similares inundan el texto de un modo que lo ahogan, favoreciendo la sensación de artificialidad y teatralidad.

También se explaya lo suyo contando las historias del primo Guillem, su vida en alemania, la novia Inge, que luego no tiene tampoco relación con la historia, y lo que es peor, no nos hace ver el personaje, ni su carácter, solo nos aburre soberanamente y contribuye a aumentar la percepción de que estás leyendo un borrador sin pulir más que una novela bien estructura y con el texto ajustado.

En resumen, un rollazo insoportable, aburrido, rimbombante, acartonado, falsamente lírico, superficial, que para mi asombro ha ganado un premio literario, según reza en la portada…

Algunos párrafos de muestra:

"Vivían una tregua después de muchas batallas. La experiencia de ocho años de matrimonio y un negocio compartido no había sido sencilla. Su relación nunca fue un camino hacia las estrellas. Ni siquiera una ruta llana y tranquila. Hubo veredas y curvas, un cierto entusiasmo inicial, un proyecto que vinculaba la ambición de ella a las necesidades de él, aquella dependencia mutua que dan los años vividos bajo un mismo techo, y las costumbres compartidas. Una lista suficientemente larga como para garantizar la continuidad de su historia, sobre todo en tiempos de vacas gordas."

Es una historia hecha de costumbres y de complicidades, más supuestas que ciertas. Como ella calla con frecuencia, él debe interpretar sus silencios.

Diálogos artificiales:

-No la marees, hombre, ¿no ves que está cansada? Además, el tiempo casi ha borrado aquellas imágenes. Los albúmes no son más que un nido de polvo.
Águeda responde como si hablara para sí misma.
-¡Hay tantas cosas que debo recuperar durante estos días! Tendré que dosificar los descubrimientos, aunque no sé si es posible ponerles límites.

-Nos engañábamos, Jaume. Hace más de un año que vivo con el corazón cautivo, renuncié a nuestra historia por él. Creía que tenía que agradecerle muchas cosas, pero no era más que una mentira.

Metáforas, comparaciones y expresiones cutres:

Tiene la expresión de quien ha dado vueltas entre las sábanas intentando dormir y sus ojos se han ido encogiendo hasta convertirse en dos líneas.
Intuye que se dirán palabras como piedras extraídas de una pedrera polvorienta y que caen haciendo temblar la tierra y produciendo un ruido seco.
Les tiraron una lluvia de arroz, que significa abundancia.
Los parecidos infantiles quedaron reducidos a simples anécdotas que ambos recordaban como si fueran chistes.
Tenía un sueño de pájaro y hormiga, lleno de unos pasos diminutos y de presencias.

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Las dos amigas y el envenenamiento (Alfred Doblin)

Es la primera obra que leo de este autor, a pesar de que es mucho más conocido por Berlin Alexanderplatz (que caerá después). Me ha resultado curioso, además de por su biografía un poco tumultuosa relacionada con el comunismo, la época hitleriana, y desvaríos de Nietzsche a Freud. 

Influido por el objetivismo ha hecho una novela lo más parecido a ello. En la que el escritor se pierde, como el mismo señala en su epílogo (que no tiene desperdicio donde comenta y destripa su propia novela), en los carácteres de los personajes, contando lo que debe con las palabras justas. Al final lo conseguí pero en su escritura no puede evitar desviarno hacia una toma de postura. Lejos de una objetividad total, aunque muy buscada. 

Trata de Elli, una mujer alemana con un caracter peculiar que se casa con un hombre que acaba maltratándola y pervirtiéndola prácticamente. Así conoce a otra mujer de la que se hará amiga en un primer momento, pero con la que acaba manteniendo una relación homosexual de amor-odio. No sé, resulta compleja psicológicamente hablando para explicarla en un par de líneas, sería injusto. 

El caso es que sorprende por el estilo escueto y, demasiado, periodístico. Frases cortas y tajantes en las que las palabras parecen estar contadas. Al principio esto juega en desventaja y la frialdad que posee el libro hace que no te llegues a involucrar en la historia hasta pasadas ciertas páginas, pero al final merece la pena.  
http://lectoresempedernidos.mforos.com/1178114/7186637-las-dos-amigas-y-el-envenenamiento-alfred-doblin/

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