La espiral del silencio (Elisabeth Noelle-Neumann)

Este libro causó una importante repercusión en los estudios de los efectos de los medios de comunicación de masas, y a un nivel más general, del proceso de formación de la opinión pública en factores relacionados con el comportamiento del voto. La tesis fundamental del libro defiende que los efectos de los medios, y en general la influencia de lo que es considerado socialmente bueno, sobre los individuos son mucho más considerables de lo que se pensaba. Hasta el advenimiento de la Teoría de la Espiral del Silencio, los estudios sobre los efectos de los medios se centraban en investigaciones a corto plazo, basadas en encuestas, que concluyeron que la capacidad de los medios para influir en el cambio de opinión de la gente era muy liviana, y el modelo clásico de la teoría de la opinión pública había defendido que el proceso de formación de la opinión dependía de la interacción de los individuos libres e ilustrados en un proceso de debate público, a través del cual se llegaba a acuerdos, con la ayuda de la prensa, que era vista como la voz del público.

Con la Teoría de la Espiral del silencio, esta visión de la opinión pública sufre un cambio. Apoyándose en una serie de encuestas, la socióloga alemana descubrió que en los procesos de formación de la opinión pública influía mucho la percepción que tenían los individuos de lo que estaba bien considerado, es decir, que las opiniones “buenas” tendían a cosechar más apoyos explícitos de los que en un principio tenían y las minoritarias (o percibidas como tales) quedaban aún más minimizadas, en un proceso de “espiral del silencio”. La opinión pública es definida como control social, un proceso en el que la gente contribuye a la formación de opiniones siempre que estas sean bien vistas, mientras que las opiniones políticamente mal consideradas acaban desapareciendo del horizonte de expectativas del gran público, y los defensores de posturas “mal vistas” acaban condenados a silenciar su opinión o a exponerse a la marginación social. Los medios de comunicación, como es evidente, contribuirían a esta espiral.

Pero basta ya de pedanterías, o al menos de tantas pedanterías, y vayamos al grano: las consecuencias de este proceso observado por Noelle – Neumann son radicales: con esta teoría se hace hincapié en la importancia de los efectos a largo plazo de los medios de comunicación. Si nosotros leemos el periódico un día cualquiera y leemos, es un suponer, “Arzalluz es un joputa”, la opinión del periódico no influirá en nuestra opinión (que igual es que Arzalluz es un joputa); pero si leemos ese periódico todos los días, y leemos muchos otros periódicos, y todos coinciden en que Arzalluz es un joputa, y nuestro entorno social cree que es aún más joputa, al final acabaremos por convenir en que Arzalluz es un joputa, o si seguimos pensando lo de antes (que Arzalluz es maravilloso porque, por ejemplo, fue jesuita y nosotros también), nos tendremos que callar o exponernos a que nos digan “tú eres tan joputa como Arzalluz”. Apliquen esto a cualquier otra situación de la vida moderna (por ejemplo un entrañable pueblecito del País Vasco, con alcalde de EH con mayoría absoluta, y con la opinión generalizada de que no pasa nada por exterminar españolazos) y se pueden imaginar que la teoría se sustenta en hechos.

Además, hemos de tener presente que Noelle – Neumann no es una investigadora cualquiera, sino una investigadora alemana, con toda la carga de seriedad, rigor y constancia que ello supone. Si Noelle – Neumann se hubiera dedicado a construir tanques estamos seguros de que habría sido enormemente eficaz, y lo mismo ocurre con su teoría, que está basada en pruebas consistentes. ¿Imposible encontrarle puntos flacos? Para nosotros es posible que sí, pero de investigadores alemanes está el mundo lleno, y un investigador aún más serio, riguroso y constante que Noelle – Neumann, en suma, mucho más pesado y aburrido (por increíble que pudiera parecer), Jürgen Habermas, defensor del modelo clásico de la opinión pública, se enfrentó en una agria e interesante polémica con la socióloga alemana a lo largo de los años 70. Afortunadamente, aquí estábamos demasiado ocupados enterrando al Tío Paco y no nos llegó eco alguno de la controversia; de hecho, no nos llegó eco alguno tampoco ni de Habermas ni de Noelle – Neumann hasta mucho después, con dos cojones, como debe ser.

La principal crítica que se le puede hacer a Noelle – Neumann es su obsesión por el empirismo, por las encuestas. Para alguien que no cree en absoluto en lo que dicen las encuestas, como el que esto escribe y como cualquiera de Ustedes el día después de cualquier proceso electoral, fundamentar una teoría casi exclusivamente en los datos empíricos puede ser arriesgado. Al menos, Noelle – Neumann no cae en el absurdo entusiasmo de los yanquis por basarlo todo en encuestas (lo que les evita el funesto vicio de formular hipótesis, teorizar y, en líneas generales, pensar algo), pero la teoría sigue mostrando flancos débiles por ahí.

La estadística, esa gran ciencia que afirma que si yo tengo 100 millones de pesetas y 99 de Ustedes ninguno, cada uno tenemos un millón. Afortunadamente para mí, por mucho que la estadística diga lo que le dé la gana, soy yo el que sigue teniendo los 100 millones (aunque por desgracia esto sólo sea un ejemplo hipotético sin ninguna base real, que si no ¿se creen Ustedes que yo me leería estos tostones en lugar de disfrutar del Spanish way of life, asistiendo a saraos y conspirando con / contra el felipismo?).

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