Diario de Dagda, Jánis Rainis

[Dagdas skieu burtricas]. Obra lírica en cinco libros, publi­cados en 1920 y 1925, por el escritor letón, quien, desterrado por razones políticas, en­contró en el Tesino su segunda patria. Este Diario es la novela en verso de un jo­ven expatriado letón, Dagda, en el que pue­de verse al propio reservadísimo Rainis. En el primer libro, que él considera el más notable, «Adiós hermosa», el alma cerrada del extranjero se abre ávidamente a las impresiones de la vibrante vida meridional. La sonrisa en los labios femeninos, los acentos apasionados de las canciones popu­lares, el saludo gentil del labriego, reavivan la sensibilidad del poeta, preparándola para el amor, que aparece en la persona de Oli­via.

A las primeras revelaciones siguen las dudas, una áspera palabra de ella cierra el corazón de él. Viene la reconciliación, el arrepentimiento por haber sentido rencor hacia quien, a su vez, sufría, cuando una catástrofe imprevista hace pedazos la feli­cidad: Olivia muere. Todo es silencio en torno al poeta; hasta que se insinúa la idea consoladora de que todo es solamente una evolución de las formas. La desesperación más aguda estalla en el segundo libro, «Las palabras de la sierpe» [«Cüsku vürdi»]; las demás partes de esta novela amorosa, «A casa» [«Uz májám»], «La luz argéntea» [«Sudrabota gaisma»], «La muchacha lu­nar» [«Méness meitina»], sólo llevan un eco de la soleada patria de Olivia. Pero la vi­sión sería muy triste si no estuviese ilumi­nada por la belleza femenina, que ahora brilla para el poeta en los ojos celestes de otra mujer.

M. Rasupe

La Diana, Jorge de Montemayor

Novela pastoril en lengua castellana. Su título completo es Los siete libros de la Diana y fue publicada por vez primera en Valencia hacia 1559. El tema fundamental que en ella se desarrolla me­diante representaciones de vida agreste es el amor como tendencia o inclinación de naturaleza metafísica: vida de un alma que desde el interior se ordena espontáneamen­te hacia la belleza individual y concreta que la deleita, mientras se esfuerza en expresarse y salir a la luz por medio del arte o virtud intelectual de que es capaz. Diana, la bella pastora de quien toma su nombre la novela, corresponde al amor del pastor Sireno, despreciando a Silvano, que inútil y apasionadamente la requiere; pero, durante una ausencia de Sireno, Diana se casa con pastor Delio. Cuando Sireno regresa no le queda otro consuelo que unirse a Silvano y cantar con él la radiante belleza de Diana, la mujer amada y perdida.

La pastora Selvática puede comprender y, en parte aplacar el dolor de ellos, explicándoles cuántos  y cuáles son los dolorosos «embrollos» que nacen del amor: nunca nos ama la mujer que amamos y nunca amamos a la mujer que nos ama. Selvática ama al pastor Alanio, que está prendado de la belleza de Ismenia; pero ésta ama perdidamente al pastor Montano, y en vano le sigue de colina en colina mientras él lleva su rebaño a pacer.

Tenemos así una teoría móvil de amantes que afanosamente se buscan y que, discordando sus tendencias, sarmientan y abandonan a su dolor desesperado. A estos infelices, se añade la pastora Felismena, que expone su desgraciado caso. Ella siguió, vestida de muchacho a su querido Félix, a quien sirvió de paje, llevándole sus más dulces mensajes de amor a la pastora Delia. Pero ésta, creyéndola un hombre — el motivo está tomado de un cuento de Bandello, II, 36—, se enamoró de ella y le ofreció su amor. Al rechazarla, Delia se ha matado y Felismena se ha visto obligada a huir por los bosques.

Todos los amantes se van entonces a la morada de la sabia Felicia para buscar consejo y ayuda; y, mientras están en camino, se les reúne la pastora Belisa que enamorada de Arsenio, se rebeló contra el padre de éste, que la quería para él, y le había dado muerte. La sabia Felicia les acoge en su palacio suntuoso, donde con músicas, canciones y danzas se celebra a Orfeo el enamorado cantor que por demasiado amor perdió a su amada. Y del mismo modo que Orfeo cantó a la perdida Euridice, cantan ahora a la perdida Diana, llamando para formar su corona a las más bellas y nobles damas «de las que hoy dan valor ilustre a España».

Presididos por Felicia, todos los amantes, sentados por parejas en un prado limitado por verdes sauces discuten de amor en tres debates tomados literalmente del primero de los Diálogos (v.) de León Hebreo. De estos conceptos se deduce la dualidad entre amor espiritual y amor sensual, los dos opuestos cuya unidad situaba León Hebreo en la realidad actual y concreta del hombre. Montemayor vuelve, por tanto, al amor platónico, como sueño de pureza diamantina en oposición al apetito o amor natural. «Tal amar — declara la sabia Felicia — no es ilícito y deshonesto, porque sólo trata de querer bien a la persona en sí, sin esperar premio ni interés alguno».

Así se afirman los espíritus informadores de la Diana, en la que el amor es pura pasión separada de la acción y contemplada en su estado senti­mental, mórbido y soñador, jamás como principio de energía y determinación de la voluntad que se conquista el propio porvenir. El amor vale sólo en cuanto deseo de la belleza inaccesible a la que tiende por impulso de su naturaleza, un deseo de dolor inenarrable, a través del cual, el alma da a medida de sí misma, porque, alejada de todos los excesos de la pasión, ignorante del odio y de los celos, es aristocráticamente superior a todos los placeres vulgares.

Por último, la sabia Felicia proporciona a todos los enamorados un agua encantada que puede cambiar a todos las inclinaciones naturales. Regresan entonces a sus casas. Selvática se enamora de Silvano y Félix de Felismena, mientras Sireno puede seguir con indiferencia la suerte de Diana, atormentada por los celos de su marido. La novela de Montemayor se resuelve en una serie de narraciones que se yuxtaponen y entrecruzan, variando con lento análisis, en una mezcla de prosa y poesía al estilo de la Arcadia (v.) de Sannazzaro, el motivo del amor como actividad que perfecciona y finaliza el sujeto de acción, en la línea mis­ma de su constitución específica; por eso el motivo fabuloso del agua encantada desen­tona con esa concepción, según advertía ya Cervantes en el examen de la biblioteca de Don Quijote (I, 6).

Montemayor carece de las preocupaciones artísticas de Garcilaso, que en sus églogas pastoriles se aferraba a comparaciones y metáforas que se inspira­ban en la naturaleza, traduciendo la fres­cura del alma y la ingenuidad primitiva propia del hombre unido a la tierra y abier­to a las voces de las cosas. Con él, penetra en la novela pastoril, bajo un aspecto vago, pero con significado más amplio y univer­sal, porque está filtrado a través de la lí­rica amorosa de inspiración trovadoresca, el neoplatonismo del Renacimiento, como manera particular de sentir y obrar, como una visión general de la vida iluminada y embellecida por los esplendores nostálgicos de la belleza. Los elementos filosóficos, to­mados superficialmente, pierden su frescura especulativa, reduciéndose a un artificio retórico que renueva, con vocabulario más sugestivo, las antiguas disquisiciones sobre casos de amor.

Y el amor es la voz de una pasión, a la que más que sufriría inmedia­tamente, se la contempla en el recuerdo, escrutándola en sus más oscuros movimien­tos y expresándola con el temblor de un abandono querido por el destino.

«Y pues que jamás puede amor torearse, / No tiene el desamado que quejarse».

Esto es lamentarse a la manera de una conversación que traduce el sentimiento en la estructura de la frase y en la elegancia de la dicción: el dominio seguro de la pasión, dentro de las formas de civil conveniencia dictadas por la razón; así es como se comportaba aquella sociedad galante y culta, que, bajo la lige­ra apariencia pastoril, se presentaba en fi­guras netas y destacadas sobre el fondo pintoresco y de costumbrista de las escenas de palacio. El éxito de la Diana fue consi­derable no sólo en España, donde fue con­tinuada por Alonso Pérez, Segunda -parte de la Diana, y Gaspar Gil Polo, Diana ena­morada, sino también en todas las litera­turas europeas, especialmente en Francia. Traducida por N. Collin (Reims, 1569), in­fluyó en la Astrea (v.) de Honoré d’Urfé, que fue el modelo de todas las novelas sen­timentales del siglo XVII y la expresión del gusto cortés desde la época de Enri­que IV a la de Luis XIV, y sobre todo en la Arcadia del inglés Sydney.

M. Casella

 

La prosa de Montemayor es algo lenta, algo muelle, tiene más agrado que nervio, pero es tersa, suave, melódica, expresiva, más musical que pintoresca, sencilla y no­ble a un tiempo, culta sin afectación, no muy rica de matices y colores, pero libre de vanos oropeles… El defecto capital de Diana, es el abuso del sentimentalismo y de las lágrimas, la falta de virilidad poética, el tono afeminado y enervante de la na­rración.(Menéndez Pelayo)

 

*La Segunda parte de la Diana, del médico Alonso Pére, publicada en Salamanca, en 1564, es casi una obra de compilación sin unidad de fantasía ni coherencia poética. Los episodios, derivados de la literatura idílica y bucólica antigua y coetánea (Oviciok Sannazaro, etc.), son tantos y tan complicados que convierten el hilo de la acción en una repetición mecánica de casos sentimentales e inverosímiles, referidos en estilo amorfo e incoloro. Pero, a pesar de la diversidad de tono de ambas obras, la Diana de Alonso Pérez acompañó en casi todas las reediciones y traducciones a la Diana de Montemayor

* Fama más merecida alcanzó La Diana enamorada, novela pastoril de Gaspar Gil Polo (m. 1591), publicada en Valencia, en 1564. Se inicia con el lamento de Diana que, visitando la fuente de los Alisos, recuerda que antes estuvo allí en compañía de Sirenio. El recuerdo de este su primer amor, voluntariamente truncado, es para ella una angustia continua. La pastora Alcida, que la escucha, trata de consolarla, diciéndole que el amor no es omnipotente.

Si nuestra voluntad no sabe resistir y luchar, le proclamamos invencible. Los triunfos del amor son triunfos sobre nuestra debilidad. Pero llega Delio, marido de Diana, y queda maravillado por la radiante belleza de Alcida, y la sigue al huir ésta, que reconoce la voz de Marcelo, que se aproxima. Éste en presencia de Diana no sage reprimir su dolor, y se desahoga narrando su triste suerte. Debía casarse con Alcida, per la nave que la conducía a Lisboa y que llevaba también a su familia, fue sorprendida por la borrasca. Alcida y su hermana Clenarda se salvaron en una barca junto con Marce­lo.

Eugenio y Polidoro, padre y hermano de Alcida, fueron juguete de las olas en otra barca, y al fin desaparecieron entre los tor­bellinos de la tempestad. El marinero de la primera barca, al tratar de recoger a Clenarda, había separado a Marcelo y Al­cida, de suerte que él llegó a tierra después de numerosas vicisitudes sin tener noticia de los que amaba. En seguida empezó la de­sesperada búsqueda de su bien perdido. Diana y Marcelo resolvieron visitar, al día siguiente, el templo de Diana, donde ella le narra todas sus desdichas: cómo Sireno la amó espiritualmente y cómo, por obedece» a su padre, se vió obligada a casarse con Delio, el celoso. Con este motivo, se discu­te del amor y de los celos.

Los celos son falta de fe en el que se ama y amor exa­gerado de sí mismo; no son amor. El amor lleva consigo el temor; el temor de perder lo que se ama; un temor que se nutre del bien que descubrimos en la persona amada y que por tanto no está separado de la esperanza. Entre tanto, veamos lo que les ocurre a los otros pastores: Ismenia y Montano, que al hallarse en compañía de gente que sufre de amor, no dudan en confiarse, contándose sus desgracias. Isme­nia amaba y era amada por Montano, pero también la deseaba Fileno, el padre de éste. A su vez, Montano había rechazado a su madrastra Felisarda, que le amaba apa­sionadamente.

Las bodas de Ismenia y Mon­tano hicieron de Fileno y de Felisarda dos acérrimos enemigos que atentan contra su felicidad, tanto que Montano, para no co­meter un parricidio, incitado por las ma­las artes do su madrastra, decide huir con su mujer y no volver más a su tierra. Los diversos hilos de la novela están unidos entre sí, formando un nudo que el destino resuelve felizmente. En efecto, en el mis­mo lugar, junto a la sabia Felicia, llegado ya Eugerio, padre de Alcida, y también después de mil aventuras, aparecen sus dos hijos Polidoro y Clenarda y finalmente la propia Alcida, que anuncia que Delio ha muerto de una caída mientras la seguía frenético, enloquecido por la pasión. Alci­da y Marcelo, Diana y Sireno pueden ahora celebrar sus bodas, festejadas por todos los pastores con músicas, himnos y danzas. Los deseos de su vida más honda han sido por fin favorablemente escuchados.

Se encuen­tran felices consigo mismos y con la natu­raleza exterior, que les parece una sonrisa del universo. Después un largo periplo de amargas experiencias, han podido llegar al reino de la felicidad, al reino del amor rec­to que, dándose cuenta de su belleza, se reconoce a sí mismo como pureza y bondad generosa que se da, expresándose con pa­labras adecuadas, artísticamente nobles y transparentes. La Diana enamorada es la síntesis musical y poética de la novela pas­toril española, en su tentativa de hacernos presente en imágenes el mundo de la pura poesía, bondad y pureza interior, que cada cual halla en sí mismo cuando se da, sin sombra de egoísmo, a la belleza individual y concreta que deleita a la inteligencia en su actividad de conocer.

La fusión de los elementos líricos y fantásticos es más co­herente que en la Diana de Montemayor y alcanza cierta constancia y unidad de tono. El verso, más que contraponerse a la prosa, se destaca de ella con ritmo leve, casi sus­pendido del ala lírica, que ya en sus perío­dos sueltos parece preludiar el vuelo. La palabra, a la que el análisis parece como que ha enrarecido en la atmósfera lúcida del sueño, pierde todo valor de acción pre­sente y en su concreción lógica se disuelve en la blanda musicalidad de los sonidos. Es un arte finísimo y un seguro dominio de la materia aun allá donde la unidad estética de la novela queda un poco desvanecida por las largas divagaciones sobre las desventuras de Marcelo y Alcida, de Alano de Ismenia. En estos pasajes, Gil Polo se atiene a módulos fantásticos de la novela. bizantina, pero los transforma, porque el orden emanado del amor como sed inextinguible de belleza se revela finalmente como lo providencial que impregna en lo profundo la vida de toda la novela.

M. Casella

 

*Entre las restantes continuaciones de La Diana de Montemayor, deben recordarse La Diana de Jerónimo de Taxeda, publicada en 1587, una Tercera parte de la Diana de Gabriel Hernández, escrita en 1582, pero que no llegó a imprimirse, y la Clara Diana lo divino, que hizo en 1582 el monje cisterciense Bartolomé Ponge para oponerse a la extraordinaria popularidad y difusión de la novela. 

El diamante del rey de los espíritus, Ferdinand Raimund

[Der Diamant des Geisterkónigs]. «Drama fabuloso» en dos actos, sacado de mo­tivos de Las Mil y una Noches y represen­tado por primera vez en Viena, en 1824. El mago austríaco Zephises muere súbitamente, sin poder dar a su hijo Eduardo los tesoros que él ha recibido del rey de los espíritus, Longimanus.

Una vez ascendido al reino de los espíritus, ruega a su protector que intervenga en favor del desgraciado mucha­cho. Éste, tras superar algunas pruebas, entra en posesión de los bienes paternos, y al fin Longimanus le promete también una estatua de diamante si logra presentarle una muchacha de veinte años que «no haya mentido nunca». Eduardo, acom­pañado de su fiel criado Floriano, parte en globo para el «país de la moralidad».

Entre las diversas muchachas que le pre­sentan, él escoge, contra lo que se espe­raba, a Amina, que encarna el ideal de la honestidad. Eduardo se enamora de ella, y Longimanus, tras algunas fingidas con­tiendas, se la concede como esposa díciéndole: «una mujer como ésta, es el más hermoso diamante que podía regalarte». En el drama, todavía ligado al teatro de fá­bula vienés, no puede decirse que el mun­do fabuloso y el mundo real se fundan. Son todavía muchos los personajes alegó­ricos, y demasiado tontos para hacer de «dioses ex machina» cuando el desarrollo dramático debe resolverse.

Sin embargo, es preciso reconocer que Raimund hace con esta obra el primer intento serio para re­novar el teatro popular vienés, infundien­do soplo humano a las máscaras de la «Co­media del arte» [Stegreifkomodie], que aun sobrevivían, renunciando casi siempre a los efectos fáciles y a los chistes, e inspirándose en sólidos principios éticos y esté­ticos.

G. Necco

Enc. Noguer.

Dialogos de Aretino, Pietro Aretino

Obra cuya primera parte (Capricciosi ragionamenti) fue publicada — según su pie de imprenta— en París en 1536 y la segunda en Turín en 1556. Con todo, parece que fueron impresos en Venecia. Se reunieron en un solo volumen, aunque dividido en dos partes, y se publicaron con el pie de imprenta Bengodi 1584, aunque sin duda fue impreso también en Venecia.

Este libro fue el que contribuyó de una manera más directa a crear la fama de un Aretino escritor obsceno. La primera se divide en seis jomadas. En la pri­mera y en Roma, Nanna cuenta, a Antonia, debajo de una higuera, la vida de las monjas; en la segunda, la misma Nanna, y en el mismo lugar del día anterior, «quitándose el calor con el abanico de las chanzas», narra también a Antonia, la vida de las mujeres casadas; en la tercera, y después de una apetitosa merienda, Nanna cuenta a su amiga la vida de las cortesanas.

La segunda parte, también está dividida en tres jornadas: en la primera Nanna enseña a Pippa, su. su hija, a ejercer el oficio de cortesana, revelándole todos sus secretos e inconvenientes; en la segunda, muestra a su hija las traiciones que hacen los hombres a las «infelices que les creen»; en la tercera, Nanna y Pippa, sentadas en el huerto escuchan a Comare y a Balia que razonan sobte el arte de la alcahueta.

En varias ediciones, comenzando por la de Bengodi, con numeración aparte, sigue el «Agradable razonamiento del cojo, convertido en fraile, Lodovico putañero, en el que se contiene la vida y la genealogía de todas las cortesanas de Roma».

Esta obrita, ya publicada en Roma en 1539, no es según algunos críticos modernos, original de Aretino. El argumento de los Diálogos es, de cuando en cuando, escabroso y está narrado con crudeza, pero su admirable desenvoltura narrativa, la riqueza de su estilo, las diversas actitudes, los dobles sentidos cómicos o de gran humorismo hacen de esta famosa obra una cosa viva, llena de inspiración desenfrenada, ale­rta de toda hipocresía o pedantería, y constituyen una pintura perfecta y satírica del mundo corrompido y sensual de las clases sociales más consideradas del mundo romano del siglo XVI.

Como ha notado Bontempelli, en las páginas eróticas de Aretino en las que parecen más desenfrenadas,hay un sentido de moralidad producido por la repugnancia de la unión sensual y el considerar la carne en su corruptibilidad y miseria. [La primera traducción castellana, parcial, es la del Beneficiado Fernán Xuárez con el título Coloquio de las damas (sin lugar, 1548) varias veces reimpresa. Modernamente mejor y más completa es la de Joaquín López Barbadillo (Madrid, 1914-1915). Existen, además, la de Eusebio Heras (Barcelona, 1917) y la de José Bruno (Madrid, 1939) por sólo citar las mejores y más completas].

E. Allodolli

«Condottiero» de la literatura. (Tiziano)

 

Pietro Aretino: una disolución moral, sin remordimiento, por falta de conciencia, y por ello descarada y cínica. (De Sanctis) Aretino, precisamente por efecto de su excesiva adhesión a lo bajo y a lo obsceno, no era, como él se consideraba y alababa, y como lo consideraban y temían sus contem­poráneos, un satírico, ya que le faltaba del satírico la aspiración ideal y la elevación sobre lo real que se proponía desacreditar y abatir. Está eriredado en el mundo que vi­tuperaba, y que es su propio mundo inte­rior, el de la concupiscencia voraz, del cual no sabe, no puede ni quiere desprenderse: lujuria, bestialidad, glotonería, rapacidad, le pertenecen no menos que a sus Nannas y Pippas y a sus medianeros y parásitos. Él podrá renegar de ellos, sacarlos a la luz del sol como ellos son, burlarse de ellos y hacer que se burlen los demás, pero no despren­derse de ellos.(B. Croce)

 

Después de los Razonamientos, no puede haber más que Lutero o el Santo Oficio. (M. Bontempelli)

Pepita Jiménez, Juan Valera

El jo­ven seminarista Luis Vargas vuelve a su pueblo natal para pasar unas vacaciones antes de ordenarse definitivamen­te sacerdote. Allí conoce a Pepita Jiménez, joven, bella y piadosa viuda, prometida al padre de Luis, Don Pedro. Con la frecuencia de su compañía nace en Luis, una pa­sión hacia Pepita que él considera pecaminosa.

Es por eso que se dispondría partir cuanto antes del pueblo. Pe­pita, que también lo ama, se fingirá enferma y hará que él le declare su amor. Finalmente Luis confesará sus in­tenciones a su padre. Para su sorpresa, Don Pedro con­fiesa, a su vez, que conocía hacía tiempo esos sentimien­tos entre Luis y Pepita, y que nunca se opondrá a ellos, pues los considera naturales. La novela está dividida en dos partes; la primera de ellas la forman las cartas de Luis a un tío suyo, León.