LA CRIPTA DEL APOSTOL (Pere Tobaruela I Martínez)

Año 44. La leyenda cuenta que Jacob fue decapitado en Jerusalén por ser apóstol de Jesús de Nazaret. Y que dos desus discípulos enterraron sus restos mortales lejos de allí, en el lugar donde ocho siglos más tarde nacería el apóstol Santiago. Año Santo Jacobeo 2010. Cuatro amigos y el resto de compañeros de colegio recorren el Camino de Santiago.

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LA NIÑA QUE PODÍA VOLAR (Victoria Forester)

Piper siempre ha sido una niña tímida y solitaria. Sus padres son unos campesinos mayores, atemorizados de Dios, del qué dirán y de todo lo que se salga de la norma. Por eso, el día que descubren que su hija puede volar, no dudan que lo mejor para ella -y para ellos- es que ingrese en un centro especializado donde acuden -niños especiales-. Pero, ¿qué quiere decir especial?

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¿ERES IMPRESCINDIBLE? (Seth Godin)

La revolución industrial se construyó sobre una premisa fundamental: hacer que la mano de obra fuera prescindible y fácilmente sustituible. La muerte de la industria manufacturera y la entrada en el mundo digital ha permitido que surja una nueva figura, la de los “ejes”, aquellas personas que marcan la diferencia. Gente capaz de convertir su conocimiento y su experiencia en el epicentro de su empresa, su negocio o sus seguidores. Creadores de opinión, líderes musicales, creativos, emprendedores. Gente toda ella capaz de dar sentido a su trabajo, de ser imprescindibles. Seth Godin nos da la motivación y pautas necesarias aprovechar las oportunidades surgidas en esta nueva era y lograr así erigirse en uno de esos ejes.
“Godin es un experto en marketing, pero en el sentido más amplio de la palabra. Está interesado, no sólo en cómo las marcas venden sus productos, sino en cómo las personas se venden a ellas mismas y a sus ideas.”

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EL GRAN GATSBY (Francis Scott Fitzgerald)


El gran Gatsby comienza como una ligera crónica de los extravagantes años veinte —sus millonarios, sus frivolos, sus gángsters, sus sirenas y la desbordante prosperidad que respiraban— y, luego, se convierte insensiblemente en una tierna historia de amor. Pero, poco después, experimenta una nueva muda y torna a ser un melodrama sangriento, de absurdas coincidencias y malentendidos grotescos, al extremo de que, al cerrar la última página, el lector de nuestros días se pregunta si el libro que ha leído no es, más bien, una novela existencialista sobre el sinsentido de la vida o un alarde poético, un juego de la imaginación sin mayores ataduras con la experiencia vivida.

Aunque no sea lo bastante compacto y misterioso para ser genial, es un bello libro, que ha conservado intacta su frescura, y al que el tiempo corrido desde su aparición, en 1925, ha conferido el valor de símbolo de lo que fue la irregularidad e impremeditación de la vida en una época de alegre irresponsabilidad y decadente encanto. En su impericia misma —esas elegiacas frases sensibleras que, de pronto, interrumpen la acción para extasiarse ante un detalle del paisaje o filosofar sobre el alma de los ricos—, El gran Gatsby resulta la personificación del tiempo que describe, mundo fastuoso en el que oexistían el arte y el mal gusto, el honesto empresario y el rufián, la pacatería y el desenfreno y Ja arrolladura abundancia de una sociedad que, sin embargo, se hallaba al borde del abismo.

Al final de su vida, en un texto autobiográfico, Scott Fitzgerald escribió de su personaje Jay Gatsby: «Es lo que siempre fui: un joven pobre en una ciudad rica, un joven pobre en una escuela de ricos, un muchacho pobre en uní club de estudiantes ricos, en Princeton. Nunca pude perdonarles a los ricos el ser ricos, lo que ha ensombrecido mi vida y todas mis obras. Todo el sentido de Gatsby es laj injusticia que impide a un joven pobre casarse con una muchacha que tiene dinero. Este tema se repite en mi obra porque yo lo viví.»

Toda novela es un complejo laberinto de muchas puertas y cualquiera de ellas sirve para entrar en su intimidad. La que nos abre esta confesión del autor de El gran Gatsby da a una historia romántica, de esas que hacían llorar. Un muchacho modesto se enamora de una bella heredera con la que no puede casarse por las insalvables distancias económicas que los separan: fiel a ese amor de juventud, luego de conseguir por medios ilícitos lo que parece una fortuna, multiplica las extravagancias y el despilfarro a fin de recuperar a la muchacha de su corazón; cuando parece que va a lograrlo, el destino (con mayúsculas, el de los grandes folletines y las estremecedoras historias decimonónicas) se interpone para impedirlo, precipitando un oportuno holocausto. Al cabo, el paisaje es el mismo del principio: una sociedad injusta e implacable donde las razones del bolsillo prevalecerán siempre sobre las del corazón.

La novela de Scott Fitzgerald es, también, eso, pero si sólo fuera eso no habría durado más que otras del género «amor imposible con derramamiento de sangre al final». Es, asimismo, una manera de contar, serpentina y traviesa, en la que, a través de un testigo implicado —el narrador Nick Carraway—, vamos descubriendo, antes de llegar a su entraña melodramática y fatalista, que la realidad está hecha de imágenes superpuestas, que se contradicen o matizan unas a otras, de modo que nada en ella parece totalmente cierto ni definitivamente falso, sino dotado de una irremediable ambigüedad. Nadie es lo que parece, por lo menos por mucho tiempo, todo lo es de manera muy provisional y según la perspectiva desde la cual se le mire. Esa provisionalidad de la existencia y el relativismo que caracteriza a la moral y a las conductas de sus personajes resulta, acaso, lo más original que tiene esta novela y lo que testimonia mejor sobre la realidad del mundo que la inspiró. Ya que los locos años veinte norteamericanos, la era del jazz y de la ley seca, de la cornucopia de oro y la gran depresión del 29, fueron, sobre todo, los de un mundo frágil, engañoso, de bellas apariencias, como una alegre fiesta de disfraces en la que las refinadas máscaras y los rutilantes dóminos ocultaran muchos monstruos y espantos.

Las veladuras sutiles que el narrador va apartando en su relato, a medida que él, muchacho provinciano y sencillo del Medio Oeste, descubre los ritos, enredos, excesos y locuras del mundo de los ricos neoyorquinos, liman las aristas que afean las entrañas de esta sociedad y, en cierto modo, la redimen estéticamente. Aunque, juzgados en too, la mayoría de los personajes merecerían una severa condena moral, es imposible sentenciarlos porque no hay lanera de juzgarlos enfrío: ellos llegan hasta nosotros enriados y absueltos por la delicada y generosa sensibilidad con que los baña, al verlos, el simpático Nick Carraway, quien, con toda justicia, se considera a sí mismo na de las pocas personas honradas que he conocido». es, sin la menor duda. Y, también, un ser de una benevolencia y comprensión tan persuasivos que todo aquellc que pasa por su sensibilidad, mejora, pues de alguna manera se contagia de su limpieza y su bondad.

El narrador —visible o invisible— es siempre el personaje al que el autor debe crear con más cuidado, pues de él —de su habilidad, de su coherencia, de su astucia— dependerá la suerte de todos los otros. Si Scott Fitzgerald no hubiera inventado un tamiz tan fino y eficiente como el del sencillo agente de bolsa que nos cuenta la historia, El gran Gatsby no hubiera podido trascender los límites de su truculenta, irreal anécdota. Gracias al discreto Nick, esta anécdota importa menos que la atmósfera en que sucede y que la deliciosa imprecisión que desencarna a sus seres vivientes y les impone un semblante de sueño, de habitantes de un mundo de fantasía.

La salud de Nick Carraway empuja a la irrealidad al enfermizo vecindario del elegante balneario de West Egg, en Long Island. Pero estos personajes, de su lado, sueler ser también propensos a despegar del mundo concreto para refugiarse en los castillos de la ilusión. Es el caso de James Gatz, por ejemplo, el muchacho pueblerino que para vivir mejor su fantasía empieza por inventarse otra identidad: la de Jay Gatsby. ¿Cuál es su verdadera historia? Nunca llegaremos a una certidumbre al respecto; fuera de algunas pistas que nos revela Nick —que su carrera de contrabandista de alcohol y negociante luctuoso prosperó a la sombra de Meyer Wolfsheim, por ejemplo—, nos quedamos en ayunas sobre parte de su biografía. Le seguro, en todo caso, es que, para conocer a Gatsby, más importantes que las peripecias concretas de su vida son sus espejismos y delirios, ya que, como dice el narrador, él «nació de su platónica concepción de sí mismo».

Hijastro de una larga genealogía literaria, Gatsby es un hombre al que un agente fatídico, inflamando su deseo y su imaginación, pone en entredicho con el mundo real y dispara hacia el sueño. Como al Quijote las novelas de caballerías y a Madame Bovary las historias de amor, a Gatsby son Daisy y su entrevisto mundo de gentes ricas los que le hacen concebir un mundo sustitutorio del real, una realidad de pura fantasía que, luego —como la secta del relato borgiano Tlön, Uqbar, Orbis Tertius—, intentará filtrar en la realidad objetiva, encarnar en la vida. Igual que sus ilustres predecesores, el ingenuo idealista —en la más prístina acepción de la palabra— verá cómo la realidad despedaza su ilusión antes de arrebatarle la vida. La grandeza de Gatsby no es aquella que le atribuye el generoso Nick Carraway —ser mejor que todos los ricos de asistencia, viejos apellidos que lo desprecian— sino estar dotado de algo de lo que éstos carecen: la aptitud para confundir sus deseos con la realidad, la vida soñada con la vida vivida, algo que lo incorpora a un ilustre linaje literario y lo convierte en suma y cifra de lo que es la ficción. Por su manera de encarar la realidad, huyendo de ella hacia una realidad aparte, hecha de fantasía, y tratando luego de sustituir la auténtica vida por este hechizo privado, Jay Gatsby no es un hombre de carne y hueso, sino literatura pura.

También Daisy es un personaje deliciosamente inmaterial, una linda mariposa que revolotea, indiferente, por una vida que es para ella sólo forma, superficie, juego, diversión. Su egoísmo es tan genuino y natural como su canta de muñeca y nada tiene de extraño que sea incapaz de seguir a Gatsby en su quimérico empeño de abolir el pasado, renegando del amor que en algún momento debió sentir por su marido, Tom Buchanan. La estructura mental de Daisy está hecha para el coqueteo o el discreto ulterio, es decir, para las fantasías más o menos convencionales y rampantes, pero lo que Gatsby quiere de ella —el amor-pasión, la locura amorosa— está totalmente fuera de sus posibilidades. Por eso, al fin se resigna a quedarse con su marido, el inepto —pero también inofensivo— Tom Buchanan.

Tom debería ser algo así como el malvado de la historia, por su moral hipócrita, sus prejuicios racistas y su cinismo. Pero, gracias al generoso intermediario que nos refiere y muestra al personaje —Nick Carraway—, las negras prendas de Tom se decoloran y disuelven en simple estupidez y mediocridad. A fin de cuentas, más que odioso, el marido de Daisy nos resulta risible.

Según Hemingway, Scott Fitzgerald vivió fascinado por los ricos, a quienes creía «distintos» de los demás seres humanos. Y es sabido que, en el corto período en que fue rico él mismo, gracias al éxito extraordinario de su primera novela, A este lado del paraíso (1920), él y Zelda vivieron una vida de extravagancia y derroche equiparable a la que lleva a cabo Jay Gatsby para atraer la atención de la muchacha que tuvo y que perdió. Pero lo cierto es que, en El gran Gatsby, el mundo de las mujeres y hombres con fortuna no parece distinguirse de manera esencial del de los otros mortales, salvo por detalles cuantitativos: casas más grandes, caballos, autos más modernos, etc. El único que aprovecha las posibilidades que brinda el dinero para despegar de la vida municipal de los hombres comunes hacia ciertas formas espectaculares y paradigmáticas de existencia, no es un rico auténtico, sino un postizo, un «parvenú»: Gatsby. Los ricos verdaderos de la historia, como Tom, Daisy o la golfista Jordan Baker, parecen gentes tan previsibles e insustanciales como la mesocrática Myrtle o su esposo, el confundido asesino Mr. Wilson. De tal manera que si aquello que Hemingway le atribuyó —y tan cruelmente, en la parodia que hizo de él en su relato Las nieves del Kilimanjaro—, vivir obsesionado por la superioridad que confería la riqueza, era cierto, en esta novela al menos, Scott Fitzgerald no lo demostró.

La mitología humana que de algún modo destaca en el libro no es la que rodea al rico, sino al marginal, al hombre de vida turbia y solapada, que opera y prospera en contra de la ley. Es el caso de Gatsby, por supuesto. Y también el del caricatural Meyer Wolfsheim, cuyo paso por la historia, aunque fugaz, es memorable, pues deja tras de sí un relente de catacumba, delito, violencia y tipos humanos fuera de lo común, que intrigan al lector. Pero esta curiosidad tan bien creada, el libro no llega a satisfacerla, pues sólo deja entrever de paso y a hurtadillas la existencia de ese submundo delictuoso, algo así como el sótano lóbrego y lleno de alimañas de la sociedad donde los ricos perpetran sus vidas de agitada inconciencia. Son alimañas, desde luego, porque transgreden la norma social, pero son también gentes interesantes, intensas, que saben del riesgo y del cambio, en los que vivir significa todo menos rutina y aburrimiento. Por eso, aunque merezcan ir a la cárcel, el lector no vacila en preferir a Gatsby y a su pintoresco mentor que a sus insustanciales congéneres. Ellos no sólo proceden de la realidad histórica del tiempo que describe la ficción —ya que los locos años veinte fueron, también, años de rufianes— sino, sobre todo, de Conrad y del folletín romántico, es decir, de la tradición literaria.

Acaso ésa podría ser una buena definición de El gran Gatsby: una novela muy literaria. Es decir, muy escrita y muy soñada, en la que la irrealidad, congénita al arte narrativo, es algo así como una enfermedad o vicio compartido por muchos de sus protagonistas y la impalpable sustancia con que ha sido amasado de pies a cabeza y lanzado a vivir, el héroe, James Gatz, alias Gatsby.

Como todos los relatos y novelas que Scott Fitzgerald escribió, esta ficción también nos da la impresión de haber quedado inconclusa, de que alguien o algo faltó para darle esa esfericidad suficiente y compacta de las obras maestras. Pero la inconclusión, en El gran Gatsby, tiene una razón de ser, pues es también atributo del mundo que describe, de los seres que inventa. En éstos y en aquél hay un vacío, algo que no llegó a cuajar del todo, que se quedó a las puertas del horno, una indefinible sensación de que la vida entera se quedó a medio hacer, que se escurrió de las manos de la gente cuando iba a ser una vida plena y fértil. ¿Es el secreto del éxito de El gran Gatsby haber mostrado en una ficción el inacabamiento de una época, su romántica condición de promesa incumplida? ¿O lo que Scott Fitzgerald encarnó en la inconclusión de su historia fue su propio destino, de joven príncipe de la literatura que no llegó a rey? La respuesta justa es tal vez afirmativa para ambas preguntas. Porque, en su caso particular, el genio precoz que escribió A este lado del paraíso, premonición de una futura obra maestra que nunca hizo, prefiguró trágicamente el tiempo en que su anunciado talento se desperdició y frustró, un tiempo que, a fin de cuentas, no fue otra cosa que el palacete de Gatsby: un castillo en el aire.

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Las ilusiones perdidas (Honore de Balzac)

  

Las ilusiones perdidas

Esta obra, verdadera cumbre de la Comedia Humana, fue publicada originalmente en tres tomos, aparecidos entre 1837 y 1843, bajos los títulos de «los dos poetas», «un gran hombre de provincias en París» y «los sufrimientos del inventor» .

En cada una de las tres partes, unidas por unos personajes comunes y una trama que continúa, pero separadas claramente por el ambiente y la intención de la historia, se narra un tipo distinto de corrupción, siempre con la afilada pluma de Balzac que sabía, como nadie, penetrar en los entresijos sociales de su época, y no sólo de la suya, diseccionado las motivaciones humanas.
La obra empieza con la descripción de Sechard padre, dueño de una imprenta a pesar de ser analfabeto, y de cómo mandó a su hijo a Paris con la intención de prepararlo para ser un gran impresor. La idea el padre, no obstante, no es dar un gran futuro a su hijo sino poder venderle más cara la imprenta, pues lo que quiere es tener un cliente para el traspaso que le permita a él retiurarse enriquecido al campo mientras es otro, su hijo en este caso, quien lidia con los sinsabores de una industria medio arruinada pro la que le obligará a pagar mucho más de lo que vale.
Este primer encuentro de Sechard hijo con la realidad le demuestra que no sçólo le ha sido sustraída la herencia de su madre, sino que ha acabado pagando a su padre por la imprenta más que a otro particular cualquiera.
Lleno de deudas, David comienza su actividad mercantil y Balzac nos deja bien claro que tampoco él es inocente de su destino, pues resulta ser un completo inútil como empresario, y por descuido y falta de ambición empuja lentamente al naufragio al ya deteriorado negocio que recibió. Es entonces cuando la competencia, temerosa de qur una ruina definitiva le obligue a traspasar la imprenta a mejores comerciantes que puedan hacer más daño y resultar más peligrosos, le va dando pequeños trabajos, lo bastante numerosos para que pueda malvivir, pero no tanto como para que pueda prosperar. Así, son sus competidores los que lo mantienen en pie, pero débil, y de esta estratagema habla cumplidamente Balzac en este y otros apartados del libro: la caridad como forma de evitar la competencia de otros más preparados y peligrosos, manteniendo en el hueco al indefenso que no podrá resistirse eficazmente.
David, en su pequeña ciudad de provincias, recupera la amistad con un viejo camarada, Lucien, poeta como él, y le promete toda su ayuda para ayudarlo en su irrefrenable deseo de lograr notoriedad. Lucien tiene indudablemente un gran talento, y con ayuda de su amigo, que se endeuda hasta el extremo para ayudarle consigue entrar en los círculos de la alta sociedad, más interesada en lucir cultura que en verdadera cultura alguna. Empieza aquí un enconado periplo del poeta por los salones de la que era considerada mayor notoriedad en la ciudad, una dama que quisiera convertir all poeta en amante suyo y que se arrima la poesía como pretexto hasta el desenlace que, por supuesto, no contaremos.
La descripción de la dama y sus motivaciones es realmente magistral, pasando de lo social a lo personal hasta confundir ambos extremos en una sola necesidad de notoriedad unida a la frustración erótica de un marido que ni la complace ni la estorba.
Por vicisitudes de la trama, Luicen consigue irse a París y allí emprende lo que debería ser su carrera literaria de relumbrón. Pero París es a la vez un gran sumidero y un gran pedestal, y las dificultades acorralan al joven poeta que no logra el menor eco para su obra hasta que entra en contacto con los escritores de la prensa. Allí aprende todos los trucos del soborno, la pluma mercenaria, la crítica literaria vendida al dinero, la critica teatral subsidiaria de las actrices, que pagan con favores carnales las buenas crónicas, o de los empresarios, que pagan con entradas válidas para la reventa los aplausos previamente concertados de un público falso.
En ese ambiente le surgen algunas oportunidades a Lucien, que las aprovecha, pero renunciando a sus esperanzas, su escala de valores y cualquier resto de ética y llegando a traicionar a sus amigos. Entra luego en pequeñas extorsiones y se ve burlado por comerciantes, editores y libreros,m en un camino de perpetuo descenso entre intereses políticos que pagan a los periódicos e intereses comerciales que dictan el contenido de lo que se escribe.
Por último, tras traicionar a su amigo David y a su propia familia, Lucien regresa derrotado a su ciudad onde se organiza una gran trama para despojar a David de un invento que ha desarrollado para abaratar la fabricación del papel. Entra aquí el autor en las triquiñuelas legales para despojar la ciudadano común de todo lo que tenga mediante procesos judiciales, y en una apurada y compleja trama nos explica en la tercera parte, los sufrimientos del inventor y la voracidad del sistema judicial. Tampoco contaremos el desenlace, pero baste decir que Balzac no ahorra descripciones precisas y detalladas de las peores pasiones humanas y de cómo se destruye cualquier rasgo de buena fe en el mundo comercial.
La obra, en suma, es un recorrido por la corrupción de la critica, la prensa, la literatura y el mundo de los negocios, pero con mayor incidencia en el mundo cultural que tan bien conocía el autor. Los paisajes, más psicológicos que descriptivos, muestran una especie de infierno humano de doblez, donde el éxito se obtiene a través de las relaciones sociales, la casualidad y elementos tan peregrinos como las pretensiones eróticas de quien pueda ofrecerte los contactos oportunos.
Balzac no hace concesiones ni a unos ni a otros: los que burlan a los demás son en su pluma unos canallas y los birlados unos completos imbéciles que tampoco hacen nada por ayudarse a sí mismos y sucumben una y otra vez a los mismos vicios y las mismas debilidades, consumando sólo a medias la traición a sí mismos, de modo que ni se mantienen a salvo ni obtienen rendimiento de su abdicación.
Seguramente algunos podrían considerar esta obra como parte del género de terror pero, cotejando las afirmaciones de Balzac con la realidad, hay que incluirla en el más puro realismo.
Póngase a cubierto elq ue a este libro se acerque. Tiene algo de puerta de Dante.

  

 

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