Mileuristas (Espido Freire)

Mi intención cuando escribí este libro y cuando me planteé venir aquí para exponérselo a ustedes, era la de enfrentarme a los mileuristas, la de hablar precisamente a una generación, que es la mía, que ronda los treinta años y que se encuentra con unas circunstancias determinadas. Y, sin embargo, en casi todos los encuentros que tengo, me encuentro casi siempre dirigiéndome a los padres de esos mileuristas; en algunas ocasiones, abuelos dinámicos e interesados por lo que les está pasando exactamente a sus nietos. Claro, eso para mí es un reto. Es un reto, primero, porque me tengo que dirigir a una generación a la que no acabo de entender y que tengo la sensación de que ellos no acaban tampoco de entenderme. Y, por otro lado, porque el enfoque que se puede tener cuando nos dirigimos a pares, a iguales, es muy distinto de cuando nos dirigimos a padres o abuelos.

Hace aproximadamente cuatro años, en el 2002, el diario El País recibió una carta. Esa carta procedía de una muchacha que se llamaba Carolina Alguacil. Era una carta extensa, una carta muy bien escrita, en la que decía que acababa de volver de alemania. Era una chica normal, joven, publicista y hablaba de cómo estaba ella. Ella no podía dejar la casa de sus padres, o si la dejaba tenía que compartir piso con varios amigos. Cobraba menos de mil euros al mes. Había estudiado una carrera y después un master, hablaba dos idiomas, conocía informática, tenía el carnet de conducir,… Tenía todo lo que la sociedad le habían enseñado para triunfar de alguna forma, y se encontraba con que cada vez que iba al extranjero el profesional español, el profesional joven que vivía en Madrid, en Barcelona, en Bilbao, en Valencia casi se enfrentaba a las risas de sus compañeros, porque continuaba viviendo con sus padres. Ni siquiera tenía una estabilidad económica lo suficientemente grande como para plantearse empezar una familia. Ella decía que era mileurista -ganaba mil euros- y terminaba con una coletilla. Esa coletilla era: ha sido divertido vivir así, porque hemos vivido como eternos adolescentes, porque disfrutábamos de ocio y porque hemos sido mimados y protegidos y crecimos con la televisión y con mil comodidades. Pero, ahora, ya cansa.

Yo leí esa carta, como mucha otra gente; de hecho, circuló por Internet. A mi me la enviaron, por si yo me identificaba con ella, pero al cabo de cierto tiempo, a mí también empezó a cansarme, empecé a tener la sensación de que pasaban los años, dos años, tres, cuatro, después de esa carta y que nada había variado y, lo que era peor, nada tenía el menor aspecto de cambiar. Si algo me ha caracterizado a mí desde que soy pequeña, aparte de hablar por los codos, es enfrentarme a la realidad, o a lo que me rodea, con la necesidad de comprenderlo a través de las palabras. Yo ya tenía una palabra que me definía lo que estaba buscando: mileuristas. Tenía, además, una generación en la que me enclavaba y en la que, por lo tanto, me era más o menos fácil, encontrarme, identificarme, analizarme. Me faltaba el resto del trabajo, un trabajo de reflexión, de juicio, de autocrítica, y, sobre todo, de descubrir qué mitos eran ciertos y cuáles no. Y así nació mileuristas.

Cuando yo hablo de mileurismo, cuando yo me refiero a estos jóvenes, no necesariamente tienen por qué ganar mil euros. Durante estos días, desde que apareció el libro hace quince, veinte días, he recibido constantes llamadas y correos electrónicos, entre los cuales alguien decía: me daría yo con un canto en los dientes, si ganara mil euros al mes. Mil euros es por hablar de algo, es por poner una cifra. Mil euros, que es algo más de las 150.000 pesetas de antes, no es un mal sueldo en un pueblo, no es un mal sueldo en determinadas ciudades, sin embargo, en grandes urbes como puede ser Madrid, o como puede ser Barcelona, es muy difícil vivir con ellos. Se puede vivir, pero a costa de determinados sacrificios y, sobre todo, de renunciar a determinadas expectativas. Aun así el nombre es muy definitorio, el nombre inmediatamente lo asociamos a algo que a mí me ha llamado siempre la atención. Con los mileuristas todo eran promesas y a la hora de la verdad nos hemos quedado en nada, nos hemos quedado en apenas resultados. Lo mismo ocurre con la cantidad de mil euros. Qué no hubiera hecho mi madre hace diez años con mil euros, qué no hubiera hecho mi madre, de hecho, cuando era joven, con mil euros. Pero yo no soy mi madre, mis circunstancias son otras, son otros mis estudios, son otras mis maneras de desenvolverme, mis exigencias a la vida. Ahí es donde nos encontramos realmente con el gran mito de los mileuristas.

Los mileuristas somos una generación que tenemos entre "veintilargos" años y "treintayalgunos". Hay miles de opciones. Hay gente, por ejemplo, que con veintidós años ya es mileuristas, hay gente que con treinta y ocho lo continúa siendo, que han estudiado en la universidad, o que si no tienen un título universitario, tienen uno equivalente. Son personas, hombres y mujeres jóvenes, que han disfrutado de la democracia, que han disfrutado por lo tanto de una enorme capacidad de elección. Son consumistas porque les han enseñado a serlo, son la generación de las extra-escolares, la generación que iba a karate y a inglés y a catequesis de confirmación, pero también iba a informática y a… Una generación que ha viajado, que ha hecho el bachillerato fuera, en Estados Unidos o en Inglaterra, o que pasaba los veranos en Irlanda, o que ha hecho el interrail, o que ha estudiado con una beca en cualquier otro lugar.

Por lo tanto, era una generación de padres optimistas, era una generación de padres que eran jóvenes entre más o menos los 60 y los 80, padres que vivieron en la transición española, que en muchos casos la crearon, que vivieron la movida, o que en muchos casos la crearon también, y cuando llegaron a tener hijos decidieron que sus hijos tendrían el mejor tipo de vida posible y para estos padres, que yo llamo babyboomer, de la generación del babyboom. Fueron los padres que nacieron después de la Guerra Civil. Para estos padres el objetivo principal era que sus hijos llegaran a la universidad, que fuera como fuera estudiaran. ¿Por qué? Porque muy pocos de ellos habían podido estudiar, muchos de ellos había visto sus estudios interrumpidos por la guerra, o por rencillas, o por represalias políticas.

El tener un hijo, no digamos ya una hija, abogado, médico, arquitecto o ingeniero, era una garantía de supervivencia. Por lo tanto, no se les pedía prácticamente otra cosa que estudiaran y que se dirigieran a la universidad. Y nosotros, los niños, los niños que nacimos alrededor de los años 70, o de los años 80, casi sin darnos cuenta absorbimos esa idea. La universidad ya no era para pobres. De hecho, una serie de gobiernos hicieron como lema "los hijos de los obreros a la universidad". Y lo conseguimos, lo conseguimos con el esfuerzo de los padres, con determinados convenios educativos, con nuestro propio esfuerzo.

Pero, cuando llegamos a la universidad, de pronto nos dimos cuenta de que éramos demasiados. En mi clase de derecho, por ejemplo, en una universidad privada como era Deusto y, por lo tanto, no siempre al alcance de todo el mundo, en primero de derecho en el año 92, éramos 307 personas. Había dos turnos de derecho económico y dos de derecho jurídico por la mañana y dos -derecho económico y derecho jurídico-, por la tarde. Multipliquen: 1.200 abogados en ciernes. Obviamente, mirábamos alrededor y pensábamos que algo iba mal. Algo iba mal porque ¿dónde íbamos a acabar, qué iba a ser de nosotros, como no litigáramos por absolutamente todo? Aquello era imposible porque, por supuesto, nuestra idea era de los abogados de la televisión, los abogados del cine. Las referencias que teníamos, para algunos provenían de familia de leyes, pero muchos de ellos, como yo, no. Éramos hijos de obreros, hijos de pequeños comerciantes, de una pequeña burguesía, sin más. Muchos, la primera generación que llegaba a la universidad; muchos, incluso, la primera generación femenina que llegaba a la universidad.

Y, por lo tanto, teníamos que probar muchísimas cosas, pero ya lo habíamos probado desde niños. ¿Por qué? Porque para nosotros fue la EGB, e inmediatamente después de nosotros la EGB se eliminó. Entonces, vivíamos con el miedo constante a que nos pillara la reforma educativa. La reforma educativa nos estaba persiguiendo en el colegio, nos persiguió después en el instituto y nos persiguió, y, en mi caso, me alcanzó en la universidad. Por lo tanto, estábamos creciendo y educándonos en un sistema que todos decían que no era tan bueno como el bachillerato de antes. Que nosotros éramos tontos, o que éramos burros, pero que encima no teníamos ningún tipo de futuro. Entonces, ¿qué estamos haciendo? Había una desmotivación estudiantil grande, no tan grande como ahora, pero en aquellos momentos se nos veía como esos niños a los que sólo se les pide estudiar. ¿Qué están haciendo?

Había dos opciones, ustedes se acordarán: quien valía para estudiar, iba al bachillerato y al COU, quien no valía para estudiar, por lo menos, que trabajara, e iba a FP. Ir a la Formación Profesional durante mucho tiempo se vio el gran monstruo que teníamos los adolescentes mileuristas. Para el hijo que salía un poco tonto el consuelo era: bueno, siendo un buen profesional también se puede uno ganar la vida, también hacen falta fontaneros, también hacen falta…

Entonces eso era terrible para niños poco motivados o para niños que arrastraban un fracaso escolar, cuando no se permitía repetir curso. Pero también era una presión constante para los que aprobábamos, o los que íbamos a bachillerato. No me incluyo porque fue mi opción vital. Si no se estudiaba, si no se superaban determinadas notas, se era tonto. Por lo tanto, ya no existía la nobleza ni el orgullo del oficio, que había existido en la época de nuestros padres. Ser un buen fresador, ser un buen maestro de obras, ser un buen pastelero, era la segunda opción y a esa segunda opción se le tenía mucho, muchísimo miedo. Se le tenía miedo a la selectividad, por supuesto. La selectividad no permitía, nada, absolutamente nada. Gente que se enfrentaba a dos exámenes, a tres exámenes, a repetir incluso COU para subir la nota. Bueno, nada terrible, decían los padres, lo que hubiera dado yo por estudiar. Ya, pero es que para nosotros estudiar era algo distinto, era la única vida que existía. Quien tenía que abandonar COU, después de haber ido superando distintas y distintas pruebas, nuevamente era un fracasado, no era un fracasado económico, era un fracasado intelectual. Era la sensación de que había tenido todo en su mano, todos habían hecho todo lo posible,… y él fallaba.

Les estoy explicando todo esto que, sin duda, han tenido en su casa o cerca, para relativizar, para poner desde el otro punto de vista. Ahora que ya hace quince o veinte años de esta historia, de dónde vinimos, de dónde venimos estos jóvenes a los que ahora se nos acusa de pasivos, de tristes, de melancólicos, de refunfuñunos.

Bien, estábamos, por lo tanto, destinados a los estudios y, sin embargo, al llegar al momento clave de elegir los estudios, no podíamos elegirlos si nuestras notas no eran lo suficientemente buenas. Volvía otra vez la idea del tonto y la idea del listo y, sobre todo, la idea de las carreras prestigiosas y las que no. Antes había carreras divididas por una idea de género: si era chica, mejor que estudiara un magisterio; si era chico ¡hombre! ingeniero, un ingeniero siempre, en fin. De pronto, la idea del género ya no importaba, importaba la nota de la selectividad, importaba la sensación de que sólo los que realmente valían, podrían elegir, los otros que se buscaran la vida, que se fueran a filología, que no se pedía nota, que se fueran a historia, que se fuera a filosofía. Bueno, filosofía era la carrera temida de algunos padres, pero ¡Dios mío, este hijo qué va a hacer con filosofía! Porque estaba totalmente asociada la idea de la universidad con la idea de conseguir un trabajo de prestigio y siendo filósofo, dónde se iba a ir. Entonces, las carreras de letras comenzaron un declive lento, pero imparable. No tenían futuro, no tenían salidas, eran las que no exigían ni siquiera nota de acceso. Y así nos va. Yo que dejé derecho -en que había sido admitida con nota regular y demás-, para filología, tardé años en convencerle a mi padre de que esa opción vocacional, podría tener futuro. Porque él lo veía como un descenso intelectual y un descenso, incluso, de posibilidades económicas enorme. Luego, pues, bueno, no salí tan mal, pero en un principio eso era así.

Y había otras personas todavía que estaba en peor situación: las personas que se daban cuenta de que la reforma universitaria, que a ellos les cortaba por la mitad, ni siquiera estaba preparada para unos estudios prácticos. Claro, mientras nosotros estábamos en la universidad o en el instituto, había muchísimos cambios sociales, cambios de los que no éramos protagonistas, pero que constantemente nos afectaban. El primero de ellos, por supuesto, era el político, era la alternancia política, los conflictos. Más en el País Vasco, donde se vivió con mayor dolor, con asesinatos, con muertes, con denuncias. Pero, aparte de ese clima político, teníamos un clima económico en constante movimiento, del que los niños y los jovencitos apenas nos dimos cuenta. Nuevamente, el Norte, en general, resultó muy afectado, Astilleros, Altos Hornos,… huelgas generales, cierre de fábricas. Yo, por ejemplo, que he vivido en Llodio hasta los 25 años, veía cómo, una tras otra, las grandes empresas que habían mantenido vivo el tejido social de esta zona y de este pueblo, cerraban, Y yo pensaba que nunca le tocaría a la empresa de mi padre. Por suerte fue la única que se salvó -no le tocó-, una de las pocas. Pero la tensión que se transmitía y esa tensión constante –"tú estudia"-, tenía, a su vez, un origen real, un origen en lo que los propios padres estaban viendo. Dónde iban ellos con cuarenta y ocho, con cincuenta y dos, con cuarenta y cinco años, sin capacitación excesiva, después del cierre de un astillero. Bueno, en otras circunstancias eran minas; en otras zonas de España eran otro tipo de empresas. Quienes estudiaban, por lo menos, se podrían colocar.

Y mientras eso estaba ocurriendo, nosotros teníamos una niñera de excepción. La mayor parte de nuestras madres trabajaban en casa o trabajaban únicamente a media jornada, pero bastante tenían todavía con arreglarse. Nuestra niñera en muchos casos, o nuestra compañera, era la televisión. La televisión no se veía como ahora. Ustedes se acordarán que estaba muy regulada. Daba la sensación de que era lo mismo que el teléfono. Era un bien precioso que se había adquirido hacía poco y que había que consumir con cierto cuidado. Que los niños no vieran tanta televisión, que se quedaban tontos. Bueno, nosotros veíamos la televisión, únicamente en programas infantiles y en programas infantiles que todos, absolutamente todos compartíamos. La prueba, suelo decir yo, medio en broma medio en serio, es que, cuando la generación anterior se junta y se toma unas copas, acaba cantando canciones de misa, que es lo que tienen todos en común; nosotros, en cambio, cuando hay un par de copas de por medio, lo que cantamos son las melodías de nuestras series preferidas: David, el Gnomo, Pumuky, por supuesto, La Bola de Cristal, Barrio Sésamo,… Es decir, algo ha ocurrido ahí. El centro de atención o el centro de educación o el centro unificador ha pasado de uno a otro, y de pronto ahí estaba la televisión, ahí estaba la publicidad.

Hay un momento, en que hago un recorrido histórico por el libro para enfocar toda esta generación, y digo, que hubo una serie de momentos que los mileuristas recuerdan y vivieron como absolutamente trágicos en su vida, o como determinantes. Trágicos, no de tragedia, sino de trascendencia. Uno de ellos, por supuesto, fue la goleada de España a Malta. Claro, todos los vivimos, los más mayores, los más jóvenes, pero para los niños aquello era real, para los niños era el tiempo en directo, se dilataba la importancia de lo que estaban viviendo, tanto así, que mientras yo estaba escribiendo este libro, el propio portero de Malta protagonizó un anuncio, y un anuncio que estuvo en todas las televisiones y un anuncio, además, destinado a jóvenes. Y otro de los momentos de unificación, por ejemplo, fue la muerte de Chanquete, la famosa muerte de Chanquete repetida una y otra vez. Una y otra vez, pero que sigue siendo un referente social, y yo por ejemplo, lo comparo con otros hechos de importancia real y de relevancia real.

Para la mayor parte de los mileuristas la protección del exterior era triple: por un lado, la escuela, por otro lado, los padres, por otro lado, la televisión. Una televisión de evasión, de dibujos animados, de muñecos de plastilina, en series importadas de Europa del Este. Por lo tanto, mientras nos estábamos preparando para ser alguien en la vida y mientras se daba por hecho que después de pasar por la universidad seríamos alguien en la vida, teníamos no solamente los juguetes con los que habían jugado nuestros padres, los carritos, las muñecas, la Nancy, luego llegó la Barbie, sino que, además, teníamos todo un mundo invisible de evasión, que era la televisión. Y muy pronto llegó el ordenador.

Nosotros somos una generación que ha crecido con el ordenador ya en casa o, por lo menos, en el instituto. Los trabajos ya no se entregaban a máquina, se entregaban a ordenador, y además, el ordenador colocaba una barrera generacional, como no había existido antes. El niño sabía más de programar el video y de programas del ordenador que el padre, no digamos ya que el abuelo. Por lo tanto, se estaba creando un lenguaje propio y un lenguaje exclusivo, como con la televisión. Las bromas de televisión que hacían los niños no tenían nada que ver con las bromas de televisión que hacían los mayores.

Se iba creando, por lo tanto, una distancia constante, no solamente de vocabulario, que siempre ha existido entre generaciones, y de gustos, sino también de la evasión. Mientras los mayores buscaban las evasiones, más o menos de siempre, por un lado, la familia o el entorno familiar, el entorno agradable, o por otro lado, lo buscaban en determinadas drogas. Lo que estaban haciendo los adolescentes y los niños era aprender que acudir a un mundo paralelo. Escribir, leer, ya no era tan satisfactorio como ver, absorber a través de la vista, el ordenador, la televisión, la publicidad, los videojuegos. Y no hemos salido de ahí. Mi generación ha sido la que ha asaltado del ordenador al móvil, sin ningún tipo de problema. De hecho sin móvil, ahora, la mayor parte de los adolescentes no podrían vivir, pero nosotros, los jóvenes adultos, tampoco.

Hemos hecho que nuestra vida girara entorno a la comunicación, en torno al saber, pero no en torno a la información como tal que era un eje importantísimo en la generación anterior: el saber, el conocer. Ahora, únicamente quieren comunicarse, quieren mantenerse en contacto y esto viene del continuo complejo de soledad del que ya les hablaré un poquito más adelante.

Yo les decía que, de pronto, habíamos llegado miles y miles de jóvenes a la universidad y que, de pronto, la universidad estaba saturada; y que, de pronto, la calidad bajaba; y que, de pronto, había una reforma educativa, los famosos planes nuevos. Los padres veían con sorpresa cómo muchos de los hijos, al primer año o al segundo año, dejaban la carrera. Dejaban la carrera y se iban a Ciencias del Mar, por ejemplo, o a Nutrición, a carreras de las que nunca habían oído hablar Y nuevamente se preguntaban ¡Dios mío, qué va hacer mi hijo! ¡Cómo va a ser nutricionista! Las carreras de verdad eran muy pocas, y en esas muy pocas se aseguraba el futuro. Y, de pronto, las otras ¿qué?

No nos dimos cuenta. Los jóvenes porque no teníamos suficiente conocimiento para ello y los mayores porque no estaban preparados para el mundo que se avecinaba, de que la especialización tenía que cambiar, que el modo de estudio tenía que cambiar y que el trabajo, desde luego, estaba cambiando. Para cuando los primeros mileuristas mayores que yo, los que tienen ahora cerca de cuarenta años, abandonaban la universidad, las ETT habían comenzado ya. Las empresas de trabajo temporal se estaban cebando en los parados no tan jóvenes, los parados de las reconversiones industriales y demás, y en los primeros parados jóvenes, en los que acababan de dejar la universidad. Era un tejido social totalmente deteriorado. Los mayores tenían miedo a no volver a ser contratados, aceptaban lo que pudieran, lo que les dijeran. Los jovencitos tenían la sensación de que habría muchísimo tiempo por delante para poder evolucionar. Así habían empezado sus padres, barriendo las aceras y habían llegado a un puesto determinado, habían empezado de botones y habían llegado a…, habían comenzado de dependientes y habían llegado a…

Todavía no sabíamos que los estudiantes mileuristas, los que abandonaban la carrera con su título para ser becarios, diez años más tarde continuarían siendo becarios. No nos habíamos dado cuenta de que la sociedad había cambiado y nos había dejado atrás sin saber muy bien cómo ni cuándo. Claro, todo esto tiene una explicación. La generación anterior a los mileuristas, los babyboomers, fue una generación muy amplia; por eso se llamaron babyboomers, el estallido de la natalidad. Era gente que tenía cinco hermanos, cuatro hermanos, familias numerosas. Eran muy competitivos, por lo tanto. Era gente además que no tenía nada que perder, que venía de una España gris, de una sociedad en que era mejor no destacar, pero si no destacaba uno se asfixiaba; era una generación que, además, tenía ganas de cambio y que consiguió, dio ese cambio. Pero es que eran muchos, y eran muy jóvenes cuando llegaron al poder y ahí continua, ha continuado pasando el tiempo, diez años, veinte años, veinticinco años y esa misma gente continua siendo más o menos joven. No tan joven como hace veinte años, pero ronda la cincuentena, los cincuenta y cinco años. Aún les quedan años de productividad. Y, una vez que se ha obtenido poder o responsabilidad o dinero, es muy difícil rectificar. De ahí y, sobre todo, es muy difícil aceptar que existe una serie de carencias de formación, una serie de carencias incluso empresariales que pueden otras generaciones más jóvenes completar. ¿Por qué? Porque, repito, fuimos educados como niños y a los mileuristas se nos sigue tratando como a niños. A los niños no se les da responsabilidad, y asumir que esos adolescentes mileuristas, que nacieron en los setenta han crecido, significa asumir también que la generación anterior ha envejecido y la generación de los babyboomers es la que defendió que la juventud tenía el poder, claro, mientras ellos eran jóvenes, y ahora que no son jóvenes siguen teniendo el poder.

A mí esto me parece normal, me parece incluso lógico. Yo no hablo en ningún momento de culpas, hablo de responsabilidades, hablo de errores que estamos cometiendo y que están produciendo una ausencia de diálogo social, una incomodidad por parte de los mayores y por parte de los jóvenes, una falta de diálogo constante. Las generaciones entre sí no siempre se han entendido bien, los babyboomers tuvieron que verse con la generación anterior, la de posguerra, pero, sin embargo, como he dicho antes, tenían menos que perder, estaban más a disgusto, había más cosas que cambiar, hicieron una revolución más o menos visible, más o menos activa, al estar tan a disgusto modificaron cosas. El problema está en que los mileuristas no están del todo a disgusto, no viven tan mal, no lo suficientemente mal como para iniciar una reacción, y por eso callan, y por eso en este salón hay tan pocos mileuristas. Luego analizaré también por qué me parece que en este caso, por ejemplo, hay tan pocos jóvenes.

He dicho antes que habían comenzado las ETT. Comenzaron los contratos basura, comenzó la sensación, cada vez más extendida, de que cuando se saliera de la universidad, no solamente no se iba obtener trabajo en lo que se quisiera, es que no se iba a obtener trabajo en absoluto. Ahí comenzó el fenómeno de las universitarias trabajando como cajeras en un supermercado. Los universitarios mileuristas yéndose durante un año, por ejemplo, aquí en el País Vasco ocurrió mucho, yéndose durante un año a perfeccionar el inglés… Intentaron salir fuera, buscar becas internacionales para poder competir mejor aquí.

El problema estaba en que todo el mundo estaba haciendo lo mismo. Ya no valía con saber inglés e informática: todo el mundo lo sabía con un título, también todo el mundo lo tenía, por así decirlo. Y, de pronto, los padres que estaban viendo cómo sus hijos sufrían, cómo se iban prolongando los años de la falta de independencia. Y cómo, mientras tanto, los contratos eran basura de apenas unos meses o de días, incluso llegaron a ser contratos de días en el periodo más crítico. Como veían que los pisos poco a poco iban subiendo -eso es otra cuestión que sería digna de analizar-, empezaron a mirar hacia los primos que se habían quedado por el camino, los primos tontos, los que habían hecho FP, los que ahora eran fontaneros, y decían "¡ostras, pues tu primo el fontanero está ganando trescientas mil pesetas al mes!" Y la sensación de los mileuristas era de un doble timo. Era la sensación de, entonces, todo esto para qué ha ocurrido. Mientras no teníamos poder, mientras estábamos siendo jovencitos y niños, nos estábamos preparando para algo, y ahora ese algo ha cambiado. Como no somos responsables, lo han creado otros, otros nos han educado y otros nos han educado para esta vida. Y esta vida no es lo que nos han prometido. Claro, quizás fuera el momento de la venganza de los fontaneros, pues, no, tampoco, porque continuaban teniendo y continúan teniendo la sensación de haber renunciado a una vida cómoda, a la vida de los estudiantes, a la vida de las fiestas en la facultad, a unos cuantos años de formación en los que ellos estaban trabajando de una forma muy dura. Bueno, cuando digo fontaneros, ustedes me entienden, hablo de la gente que tenía un oficio.

Y, sobre todo, porque existió un gran números de mujeres que decidieron ir a la universidad, que tenían mucho miedo a terminar haciendo un oficio, porque ésta -aunque no lo parezca, la mía- sigue siendo una generación tremendamente machista, muy, muy machista. Entonces, de pronto, esas chicas encuentran con que muchos de los hombres que les gusta, muchos de los hombres con los que van a compartir su vida tienen un oficio, están por lo tanto, menos preparados culturalmente que ellas. Y comienzan los primeros choques culturales. A la sensación de que el trabajo de la mujer siempre vale menos que el del hombre, se junta la superioridad intelectual teórica, no siempre real, de la propia chica. Eso hablaré en una segunda parte, hablaré del corazón y hablaré del cuerpo, de qué ocurre con las relaciones amorosas. Pero por primera vez hay muchísimas chicas universitarias casadas o saliendo, con una relación con personas que tienen una cualificación laboral menor que ellas, pero que están ganando más que ellas. Entonces, todo el mundo se retuerce, todo va todavía más al revés, todo es más complicado.

Llegamos por lo tanto al momento de los primeros trabajos, y con esos primeros trabajos, la idea de que una vez que los hijos están trabajando, digo yo que podrán aportar algo a casa ¿no? Digo yo que podrán devolver algo de lo que recibieron. Bueno, la generación de los padres ya no pedía que se diera dinero en casa, por lo general. Tenía que verse muy, muy extremadamente mal, el padre o la madre, para pedir dinero en casa al hijo. Que el hijo se guardara ese dinero, que fuera ahorrando, que se fuera buscando una vida, que reinvirtiera.

Ya, eso hubiera sido lo ideal, pero es que a los mileuristas no nos educaron para ahorrar: nos educaron precisamente para disfrutar el momento. Fue en la primera generación que vivió la invasión del consumismo norteamericano, la primera generación que podía celebrar su cumpleaños en un telepizza, o en un burguer, o en un chino. Fue una generación que tenía paga todos los domingos, incluso doble cuando los padres estaban divorciados, incluso cuádruple cuando estaban los abuelos de por medio. Por lo tanto, no tenían mucho dinero, pero tenían dinero de continuo y siempre había algo en que gastarlo. Fue también la generación para la que se abrió todo el enorme quiosco de las chuches, gominolas, refrescos, pero, también, de los pequeños juguetitos. Los juguetitos que con el propio dinero de un día de paga se podían comprar. Por lo tanto, fue una generación que se fue acostumbrando a la gratificación inmediata y, sobre todo, a muchos juguetes, no tantos como ahora, repito, la generación de ahora -los Y, los más jovencitos-, pues están disfrutando o padeciendo, un consumismo excesivo.

Nosotros teníamos muchos juguetes, pero no tantísimos. ¿Por qué? Porque los padres querían que tuviéramos juguetes, pues muchos de los padres y de los abuelos no pudieron tenerlos nunca, no disfrutaron de muñecas ni de… Por ejemplo, yo recuerdo la fascinación de mi madre con los vestidos de las muñecas -ella misma me los hacía- y cómo muchos de los padres recuperaban parte de la infancia a través de los juguetes de los niños. ¿Cómo se podía privar a los niños de juguetes? Claro, pero al mismo tiempo que nos daban los juguetes, nos estaban acostumbrando a una gratificación inmediata, sin esfuerzo. Muy pocos eran los padres que iban graduando los esfuerzos de los hijos para conseguir un juguete. Muy pocos niños de mi generación recibieron carbón cuando los reyes venían. Casi siempre recibían algún juguete, aunque fueran pocos.

Entonces, ¿qué ocurría? Que después habían llegado los videoclubes. En los videoclubes se podía alquilar películas. Ya no hacía falta esperar ir al cine durante los fines de semana. Pero, además, estaban los libros de bolsillo. Quienes leían, no solamente podían acudir a bibliotecas, sino que por muy poco precio podían tener eso. Estaba la televisión que era el ocio inmediato y constante. Llegó Zara, llegó Mango, llegó la rebaja de la ropa. La ropa que antes se estrenaba dos veces al año, de pronto se podía constantemente renovar. Llegaron los comercios chinos, de todo a cien, en que cualquier pequeña chuchería también se podía comprar. Entonces, cómo a una generación acostumbrada a hacer eso desde su infancia, se les podía pedir de pronto que ahorraran. No estaban educados en esa tradición. Obviamente, había excepciones. Yo tenía mi cerdito, que me lo regalaron en mi primera Comunión, y lo sigo guardando. En fin, pero yo fui educada por unos padres un poco más mayores que la mayor parte de mi generación. Mis valores, pues, yo que sé, por tacañería, o por lo que fuera, eran distintos.

Entonces nos encontramos con una generación que tienen trabajo no asegurado, muy poco remunerado, que no tiene capacidad para ahorrar y que ya se encuentra después de la universidad veinticuatro, veinticinco años. ¿Qué hacer? Que sigan estudiando. La mayor parte de los padres se resistían a pensar que el esfuerzo de sus hijos, después de la universidad, iba a acabar siendo cajero de un supermercado. Igual la madre lo había sido, pero los hijos… ¡Díos mío, mi hijo, no! ¡Mi hijo es abogado! Entonces muchas veces se pagó un esfuerzo más, para un master, para un diploma, para cualquier otra cosa, para que se continuaran formando. Y si trabajaban, muchas veces se contemplaba con cierta, bueno, pues con resignación, que no trabajaran de cualquier cosa, porque para ir a trabajar por ahí con seis años de estudio, para trabajar absolutamente de cualquier cosa…

Como van viendo, había una reacción de los padres y una reacción de los hijos, y sobre todo, los hijos continuábamos teniendo la sensación de que nosotros no decidíamos nada. Eran las empresas, eran los políticos, eran los propios padres, eran nuestras circunstancias. No podíamos elegir nada. Si nosotros nos negábamos a un puesto, habría otro ciento que lo cubrirían. Entonces, ¿qué hacer? Negarse o no. Por primera vez, los padres permitían que nos negáramos a aceptar un puesto de trabajo, si no era lo suficientemente bien remunerado. No era la sensación de la generación anterior en la que había que llevar dinero a casa como fuera, trabajara de peón, trabajara de enfermera o trabajara de ingeniero. Dábamos la sensación de haber avanzado un paso, pero nos sabíamos muy bien si habíamos avanzado hacia delante o hacia atrás.

La cosa se complicó cuando continuaban pasando los años: veintiocho, veintinueve, treinta años, y esos hijos no tenían dinero para irse de casa, ni pinta de irse de casa. Por un lado, no ahorraban, les gustaba salir. He hablado antes de la gratificación inmediata. Una de las gratificaciones inmediatas que tenían, precisamente, era la de los amigos, la pandilla. Muchas personas de mi generación son hijos de familias rotas o de familias divorciadas. Por lo tanto, existe también una crisis familiar que se va transmitiendo, una crisis de la pareja, una crisis de la familia, la pandilla, los amigos. Así las cuadrillas cobran una importancia cada vez mayor, pero no hay tiempo suficiente como para trabajar, como para ganar dinero, como para dedicarse al ocio, como para crear una familia y para disfrutar de la vida. Por lo tanto, la generación que mejor preparada está para disfrutar de la vida es la que menos tiempo tiene para hacerlo. Comienza la frustración, comienza el refunfuñe. Yo digo con mucha frecuencia que mi generación es precisamente la generación del gruñir por debajo, del encogerse de hombros y decir: bueno ¿y para qué? Efectivamente, les han ido demostrando, una vez tras otra, que los esfuerzos que ellos han hecho no sirven de nada y que los que de verdad valdrían no están preparados para ello.

Entonces, nos encontramos con hijos estabilizados en casa, pero que no molestan demasiado. ¿Por qué? Porque los mileuristas, por ejemplo, generalmente tienen muchos menos hermanos que sus padres, son dos, por lo general, incluso hijos únicos. Y ahí, está el gran dilema. ¿Cómo voy a echar a mi hijo de casa? Que esté el tiempo que necesite. Durante el momento crucial del desarrollo económico en España, en los años 80, se dio un mal paso que no se ha corregido: no se decidió invertir a nivel nacional en industria ni tampoco en emprendedores ni en investigación. Se decidió invertir en el suelo, en especulación inmobiliaria. Ese es un movimiento que continua y que fue alentado además por todos los gobiernos, tanto centrales como municipales y que ahora, obviamente, estamos viéndole las orejas al lobo, pero es algo que procede de hace muchísimo tiempo.

La vivienda en España siempre ha sido una obsesión. Lo fue antes la tierra, el que los campesinos pudieran tener tierras, pero en la época de los padres de los mileuristas, de los babyboomers, hubo una edificación masiva. Fueron los momentos de esos edificios de ladrillos de los 60 y de los 70, horrorosos, pero que permitían que poco a poco a unos intereses altísimos -las hipotecas estaban hasta un 12%,… a un 14% incluso se llegaron a pagar-, todo el mundo tuviera el acceso a su casa. La gente esperaba a casarse para meterse en un piso, generalmente, o iban pagándole como podían a través de hipotecas, pero tenían garantizada una casa. Vuelvo a decir que son generalizaciones: hubo gente que se tuvo que construir su propia casa, hubo gente que vivió mucho tiempo con sus suegros, pero la tónica general era esa, y en cambio, sus hijos, incluso luego muchos de estos padres pudieron comprarse una segunda .

Aquí en Bilbao era muy típico irse a la zona de Torrevieja, o a la zona de Laredo, o bueno… Yo en el libro divido a los niños de mi generación en dos: los que tenían piso, piso en la playa generalmente, y los que tenían pueblo o caserío. Los que tenían pueblo, generalmente, tiene un nivel adquisitivo más bajo, había un vínculo mayor con los primos, con los abuelos. Eran niños que estaban más en contacto con la naturaleza. Y, luego, estaban los que tenían pandilla de verano, los que vivían el sueño de Verano Azul, que eran los que tenían bicicleta, los que tenían pandillas de niños que iban de otras partes, los que venían diciendo que los madrileños eran muy chulos. Los dos veraneos eran distintos, pero eso suponía que existía una segunda para la familia. Y, de pronto, los mileuristas, no solamente no tienen segunda es que siguen viviendo con sus padres.

A la expresión de que nuestros padres vivían mejor, uno no sabe qué contestar, porque no era cierto, pero en determinados aspectos sí que era cierto. Los mileuristas hemos heredado dos obsesiones de nuestros padres, dos obsesiones que no nos corresponden a nosotros y que yo hablo de ellas constantemente. Una de ellas, la creencia firme de parte de los padres de los mileuristas, de los babyboomers, que un trabajo es para siempre, que quien trabaja bien, quiera que no, tendrá empleo. Bueno, eso ya no es cierto. Se trabaje bien o se trabaje mal la movilidad es tan grande ahora que es muy difícil que se pueda obtener un trabajo fijo, un contrato fijo. Yo, de hecho, he tenido uno en mi vida -y me parece que bueno-, soy una profesional más o menos buena; mis compañeras, mi mejor amiga abogada exactamente lo mismo. Pero,… no se obtienen contratos fijos con tanta facilidad. Eso es un hecho. No hay que llorar ya, no vale refunfuñar, hay que adaptarse y hay que crear unas nuevas estrategias, tanto de mercado como de ocupación laboral. La segunda obsesión que se tiene, es la de vivienda en propiedad. También es de los padres. Los padres querían esa vivienda y han transmitido a los hijos la sensación de que la independencia tiene que ir unida al piso. Pero es que quién, hoy por hoy, se puede permitir, con un sueldo, comprarse un piso de 80 metros en Bilbao. Quién sin ayuda económica de los padres, quién sin un aval, o sin haberse casado. Sin tener dos sueldos al menos, es imposible.

Entonces, quizás ha llegado el momento, también por parte de los mileuristas, de renunciar a ese sueño de la casa fija, de la casa para toda la vida. Ya no se tiene. Esa misma movilidad laboral va a llevar aparejado una movilidad de vivienda. Hace dos años se empezó a hablar de los famosos pisos de la Ministra, los pisos de 30 metros. Se acogió con muchísima indignación por parte de los jóvenes. Era la sensación de cómo los babyboomers, la gente que había vivido de otra manera, de pronto, cómo nos podían pedir que nos metiéramos en 30 metros, cuando nuestros padres tenían pisos de 80, de 90, de 110, de 140. Bueno, pues, quizás, fuera lo que nos tocara. Obviamente, yo no estoy de acuerdo con esa medida, pero sí que me parece que ahí se truncó una posibilidad de diálogo interesante, porque quizás en alquiler, o en unas condiciones adecuadas, esos pisos de 30 metros hubieran solucionado la vida a mucha gente. No a una familia, pero es que los chicos de treinta años, en general, no tienen familia. Las chicas tampoco. Pero a muchos, mientras estén estudiando oposiciones o mientras están trabajando en otro lugar, que saben que no va a ser definitivo, quizás una vivienda de alquiler en unas condiciones razonables, fuera tan asequible y tan sensata como el sueño constante del piso propio. Quizás ahí se perdió una oportunidad de empezar a exigir unas condiciones normales de vivienda, adecuadas a los mileuristas, no a sus padres, porque no somos nuestros padres.

Esto, por supuesto, no se hizo. Y no se hizo por la famosa pasividad de los mileuristas. Se dice que los mileuristas no están, por ejemplo, interesados en la política. Es cierto y no es cierto. No están interesados en los partidos políticos, no estamos interesados en hacer política como nuestros padres lo hicieron: sindicados, partidos, manifestaciones,… ¿Para qué? Ya está hecho, ya hemos visto a dónde lleva, ¿Cuáles son los medios reales que tienen a su alcance ahora los mileuristas? Las plataformas, Internet, la movilización por móvil. Es una de las generaciones, como he dicho antes, mejor preparadas, pero con más posibilidades de contrastar información, la de Internet, la de Google, la posibilidad de consultar periódicos en distintos idiomas. Ya no quieren un cauce oficial. No se fían, no se fían de La 2, no se fían de La 1, no se fían de Antena 3. Saben dónde está cada uno de los noticiarios, crean el suyo propio. Entonces, bueno, las televisiones están, por ejemplo, con el pie muy cambiado. Pero están creando un nuevo modo de hacer periodismo.

Pero, ¿qué ocurre? Quienes están haciendo eso son los becarios, no son la gente que están en el poder. Y, por lo tanto, se generan constantemente movimientos que se van solapando. Los blogs, los famosos blogs de Internet, las páginas privadas en las que cada uno puede escribir, más o menos lo que quiera, es un fenómeno mileurista. Sobre todo, es un fenómeno de gente entre 30 y 40 años. Tienen una opinión que decir, la quieren expresar. Pero, ¿dónde la expresan? Donde pueden: en Internet no hay censura, no cuesta, no hay que pasar una criba política. Entonces, la manera de enfrentarse, por ejemplo, al desastre del Prestige, o al 11M, o al 14M por parte de los mileuristas fue totalmente distinta. En algunas ocasiones se han hecho caceroladas, en algunas ocasiones se han manifestado, pero muy pocas. Porque no se cree ya en manifestaciones, no se cree en la protesta de ese tipo. ¿Para qué? No nos van a escuchar, quizás si nos escucharan si lo hiciéramos. Pero es que nuestro modo de expresión también es otro.

Por ejemplo, todo el movimiento de voluntarios con el desastre del Prestige, hará ahora tres años, fue llevado a cabo por mileuristas, por voluntarios, por lo tanto. Exactamente lo mismo con el "no" a la guerra de Irak y, exactamente, lo mismo con otro tipo de movimientos que no están tanto vinculados a un partido político como a una ideología propia, personal. Y, ahí, sí. Pero tampoco hay que olvidar otra cosa. Yo he dicho antes que esta es una generación que nos tocó de llenó el impacto del consumismo, que hace de la sociedad capitalista y consumista clientes, clientes a los que hay que hacer creer que son únicos, que son especiales. Nos lo hemos creído. Pero clientes que al mismo tiempo están en la misma franja de mercado, saben a quiénes les gusta Pepsi, a quiénes le gusta Coca Cola, quiénes beben Aquarius. Los mileuristas no somos ciudadanos, somos consumidores, principalmente, somos clientes y, por lo tanto, nos creemos que somos únicos.

Cuando yo preguntaba al principio de la redacción de este libro a mis amigos, a los compañeros, si se veían como generación, todos decían: "no", "no", "yo no tengo nada que ver con mi generación, nada, cero, no". Y yo comenzaba a pedirles referencias: la televisión, la publicidad. "Sí, eso sí", "sí, eso también", "sí, eso también". ¿Os dais cuenta de que formamos un grupo? "No, no, no un grupo, no; como mucho tendremos cosas en común". Bueno, eso es hacer un grupo. Hay una resistencia constante al hecho de identificarse como generación, por lo tanto. Eso diluye el poder que se pueda tener como grupo. Por eso, yo digo constantemente que no se puede esperar un movimiento mileurista, como tal: se pueden esperar iniciativas privadas. Esto es muy cómodo para la generación anterior, un poco incómodo y muy difícil para quien lo intentamos hacer, pero va a ser lo único que se puede hacer.

La vida está cambiando, están cambiando las nuevas tecnologías, la economía, la política, la ciencia,… y no nos hemos dado cuenta de verdad de ello. Cuando se dice que los jóvenes están muy preparados, seguimos pensando que son jóvenes, pero es que yo ya tengo 32 años. Yo ya no soy una niña. Cuando seguimos diciendo los jóvenes que algo cambiará, no nos damos cuenta que somos nosotros quienes tenemos que cambiarlo: ya somos adultos. Como decía Carolina Alguacil, ya cansa. Pero si estamos cansados, es el momento de levantarse y de continuar andando, quizás de otra manera.

Yo no propongo que, de pronto, todo cambie. Propongo que algunas cosas se vayan incorporando poco a poco al cambio, propongo que la idea de solidaridad, que está muy instaurada entre los mileuristas, el ecologismo, el desarrollo sostenible, se vaya incorporando poco a poco. Hay algo muy importante, una diferencia básica para los babyboomers y los mileuristas, que tiene que ver con lo económico, pero que tiene que ver también con el modo de vida. Yo me atrevo a decir en el libro que a los mileuristas, en general, el dinero no nos interesa demasiado. Es una generación muy poco avara. A quienes de verdad les interesa el dinero es a la generación anterior, a los babyboomer. A ellos sí. Fue la generación de la bolsa, la generación que tramitó todo lo del euro. A nosotros lo que nos interesa de verdad es el tiempo libre, es la vocación, es la llamada calidad de vida.

La generación X en Estados Unidos, que es la misma que aquí la generación mileurista, fue la primera que empezó a plantearse trabajar desde casa, fue la primera que empezó a plantearse jornadas más reducidas, aunque se ganara menos dinero. Eso, en la época de mis padres era impensable. Se trabajaba a destajo, había que sacar familias a delante, había que pagar facturas. Aquí, en cambio, se prefiere trabajar menos a cambio de vivir más; de vivir mejor, más intensamente. El problema está en que ese vivir más, a mi generación se le ha inculcado a través del dinero, a través de viajes, a través decoches, a través de la ropa de marca. ¿Cómo se come esto? Pues diciendo una frase que yo repito una y otra vez: mi generación está acostumbrada a vivir entre contradicciones. Se le dice una cosa y la opuesta y se lo cree y, además, ni siquiera se lo plantea. El hecho de que todos, o casi todos, seamos abiertamente antiamericanos -y Bush por aquí y antes Clinton por allá y la invasión de Irak y demás-, no se opone en absoluto a que todos veamos series americanas, ni a que todos bebamos Coca Cola light -ahora está la cero-, a que todos dominemos también el código del lenguaje americano -me refiero a publicidad, a cine, con su sensiblería, con sus historias de familias en suburbios, que no tienen nada que ver con la nuestra-, tan bien como nuestro propio código. Bueno, no pasa nada, se ha aceptado. Lo mismo que se ha aceptado que los anuncios de televisión muestren cada vez un nivel de vida más desmesurado y nosotros ganemos mil euros. Lo mismo que se ha aceptado que un yogurt pueda al mismo tiempo adelgazarte, mantenerte divina y tener un 0,7 de grasa. ¿En qué quedamos?

Es decir, hemos visto tanta publicidad y nos han contado tantas versiones distintas que muy curiosamente combinamos lo blanco y lo negro; y no nos extraña. Por eso mismo, es una generación cínica. Es la generación del club, de la comedia, la generación que se ríe un poco de todo. Porque otra cosa no puedes hacer, o tienes la sensación de que no puedes hacer. Yo creo que sí, yo creo que hay muchas otras formas de protesta. ¿No? Pero en esa parodia, o en ese sentido del humor, intentan esconder generalmente un vacío interior tremendo, un vacío interior de haber perdido los referentes de la empresa, los referentes del trabajo, los referentes de la familia, los referentes de la religión, por ejemplo.

En el libro, yo dedico una parte a la espiritualidad, a la idea de que casi todos los mileuristas fuimos educados como católicos, en una sociedad muy, muy homogénea, en que el padre trabajaba fuera -la madre generalmente no, o no trabajaba durante largos periodos de tiempo-, casi todos hicimos la primera comunión, algunos nos confirmamos y muchos de ellos dudan entre casarse por la Iglesia o no. Ha habido una decepción religiosa generalizada. Hemos sido la generación del Papa Juan Pablo II. Prácticamente hemos crecido con él. Hemos crecido con una idea progresista de la religión, cada vez con un valor ideológico menor y con un valor solidario mayor. Ahí es donde, por ejemplo, podemos encajar. La generación de las ONGs, la generación del voluntariado en todas sus facetas, pero, al mismo tiempo, también egoístas. Una generación que no mira más que para ellos, una generación que no quiere saber nada de los más pequeños que vienen detrás -de la generación Y-, una generación que ve perfectamente normal que los ancianos estén en lo que antes se llamaba asilos o s… ¿dónde van a estar? ¿Por qué? Porque crecimos aislados en el colegio, crecimos aislados como grupo en la universidad y seguimos creyendo que somos niños. Y porque nuestros padres no son asistencia, viejos. Cuando les toque a nuestros padres, veremos qué es lo ocurre.

Hemos sido la generación que hemos asumido que no tendremos pensiones, pero que tenemos que pagarlas para los demás; la generación que ha asumido que nosotros no tendremos trabajo fijo, pero estamos trabajando para quien sí que lo tiene. La generación que asumimos que somos llamados más o menos tontos ("menuda carrera hiciste",… "anda, en mis años sí que se estudiaba, yo me sabía el Castán de memoria"), y sin embargo, nos dicen que estamos más preparados que nunca. ¿Cómo no creernos las mentiras, cuando todo lo que nos dicen es tan distinto de la realidad?

Esto es lo que yo, más o menos, les quería decir. Les quería presentar una visión un poco distinta con cierto sentido del humor, porque si no es imposible, y quería dar también un toque de alarma. Esto lo suelo hacer, sobre todo, cuando hay más jóvenes presentes. Esta es una generación que vamos a terminar sin ningún tipo de poder. En el momento en el que los babyboomers vayan cediendo sus puestos por una cuestión lógica de edad, no vamos a ser nosotros quienes estemos ahí para recogerlo. Va a ser la generación anterior, van a ser los Y, los Y que son los nietos de los babyboomers. Como suele pasar, se entienden mejor con los abuelos que con los padres y tienen mucho en común. Los chavalitos de ahora, los adolescentes, son más agresivos, son más seguros de sí mismos, tienen una gran idea de lo inmediato, son los niños de la impresión, del yo quiero, del ahora, mientras que nosotros, no.

Nosotros éramos pasivos, melancólicos, reflexivos, un poco raritos, callados. Mi generación estaba obsesionada por el trabajo, por conseguir un trabajo, y que ese trabajo nos gustara. La generación más joven, la de los Y, está obsesionada por ser famoso por conseguir dinero. Yo suelo decir la expresión un tanto vulgar de "se los van a comer con patatas" y, efectivamente, es así. Si no tomamos cierta conciencia de nuestra importancia, de nuestros propios logros, si no se pacta con la generación anterior, si a su vez la generación anterior no tiene conciencia de que necesita un relevo, esta generación, en la que tantas esperanzas se había depositado, la mejor formada, los JASP (Jóvenes Aunque Sobradamente Preparados), los más inteligentes, los más mimados, vamos a pasar sin pena ni gloria. Y eso, en una generación entera y en un país que necesita jóvenes y que necesita inteligencias, sería una pena. ¿No? ¿No creen?

Espido Freire
Bilbao, 30 de Octubre de 2006

http://servicios.elcorreodigital.com/auladecultura/espido-freire-1.html

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

FICHA DEL LIBRO
ENLACE AL LIBRO:
CONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»Mileuristas (Espido Freire)»
ENLACE DE DESCARGA: ENLACE DE DESCARGA (En el banner vertical)
REFERENCIA Y AUTOR: «Mileuristas (Espido Freire)»

PDF


FORMATOS DISPONIBLES: EPUB,FB2,MOBI

Bola de sebo (Guy de Maupassant)

En una diligencia de pasajeros, entre los que se encuentra una prostituta, es detenida en un acuartelamiento prusiano y no se le permite proseguir el viaje mientras la prostituta, Bola de sebo, no acceda a acostarse con el comandante de la guarnición. Los burgueses que viajan con ella, ante tal contratiempo, instan a la joven mediante lisonjas a que se doblegue a la petición del oficial enemigo. Ella, presionada, cede. Renaudando el viaje, la muchacha siente el desprecio de aquellos que horas antes la alentaban y ahora le critican callada e hipócritamente el sacrificio realizado para que los burgueses pudiesen finalizar su viaje

Durante muchos días consecutivos pasaron por la ciudad restos del ejército derrotado. Más que tropas regulares, parecían hordas en dispersión. Los soldados llevaban las barbas crecidas y sucias, los uniformes hechos jirones, y llegaban con apariencia de cansancio, sin bandera, sin disciplina. Todos parecían abrumados y derrengados, incapaces de concebir una idea o de tomar una resolución; andaba sólo por costumbre y caían muertos de fatiga en cuanto se paraban. Los más eran movilizados, hombres pacíficos, muchos de los cuales no hicieron otra cosa en el mundo que disfrutar de sus rentas, y los abrumaba el peso del fusil; otros eran jóvenes voluntarios impresionables, prontos el terror y al entusiasmo, dispuestos fácilmente a huir o acometer; y mezclados con ellos iban algunos veteranos aguerridos, restos de una división destrozada en un terrible combate; artilleros de uniforme oscuro, alineados con reclutas de varias procedencias, entre los cuales aparecía el brillante casco de algún dragón tardo en el andar, que seguía difícilmente la marcha ligera de los infantes.

Compañías de francotiradores, bautizados con epítetos heroicos: Los Vengadores de la Derrota, Los Ciudadanos de la Tumba, Los Compañeros de la Muerte, aparecían a su vez con aspecto de facinerosos, capitaneados por antiguos almacenistas de paños o de cereales, convertidos en jefes gracias a su dinero —cuando no al tamaño de las guías de sus bigotes—, cargados de armas, de abrigos y de galones, que hablaban con voz campanuda, proyectaban planes de campaña y pretendían ser los únicos cimientos, el único sostén de Francia agonizante, cuyo peso moral gravitaba por entero sobre sus hombros de fanfarrones, a la vez que se mostraban temorosos de sus mismos soldados, gentes del bronce, muchos de ellos valientes, y también forajidos y truhanes.

Por entonces se dijo que los prusianos iban a entrar en Ruán.

La Guardia Nacional, que desde dos meses atrás practicaba con gran lujo de precauciones prudentes reconocimientos en los bosques vecinos, fusilando a veces a sus propios centinelas y aprestándose al combate cuando un conejo hacía crujir la hojarasca, se retiró a sus hogares. Las armas, los unifomes, todos los mortíferos arreos que hasta entonces derramaron el terror sobre las carreteras nacionales, entre leguas a la redonda, desaparecieron de repente.

Los últimos soldados franceses acababan de atravesar el Sena buscando el camino de Pont-Audemer por Saint-Severt y Bourg-Achard, y su general iba tras ellos entre dos de sus ayudantes, a pie, desalentado porque no podía intentar nada con jirones de un ejército deshecho y enloquecido por el terrible desastre de un pueblo acostumbrado a vencer y al presente vencido, sin gloria ni desquite, a pesar de su bravura legendaria.

Una calma profunda, una terrible y silenciosa inquietud, abrumaron a la población. Muchos burgueses acomodados, entumecidos en el comercio, esperaban ansiosamente a los invasores, con el temor de que juzgasen armas de combate un asador y un cuchillo de cocina.

La vida se paralizó, se cerraron las tiendas, las calles enmudecieron. De tarde en tarde un transeúnte, acobardado por aquel mortal silencio, al deslizarse rápidamente, rozaba el revoco de las fachadas.

La zozobra, la incertidumbre, hicieron al fin desear que llegase, de una vez, el invasor.

En la tarde del día que siguió a la marcha de las tropas francesas, aparecieron algunos ulanos, sin que nadie se diese cuenta de cómo ni por dónde, y atravesaron a golpe la ciudad. Luego, una masa negra se presentó por Santa Catalina, en tanto que otras dos oleadas de alemanes llegaba por los caminos de Darnetal y de Boisguillaume. Las vanguardias de los tres cuerpos se reunieron a una hora fija en la plaza del Ayuntamiento y por todas las calles próximas afluyó el ejército victorioso, desplegando sus batallones, que hacían resonar en el empedrado el compás de su paso rítimico y recio.

Las voces de mando, chilladas guturalmente, repercutían a lo largo de los edificios, que parecían muertos y abandonados, mientras que detrás de los postigos entornados algunos ojos inquietos observaban a los invasores, dueños de la ciudad y de vidas y haciendas por derecho de conquista. Los habitantes, a oscuras en sus vivencias, sentían la desesperación que producen los cataclismos, los grandes trastornos asoladores de la tierra, contra los cuales toda precaución y toda energía son estériles. La misma sensación se reproduce cada vez que se altera el orden establecido, cada vez que deja de exisitir la seguridad personal, y todo lo que protegen las leyes de los hombres o de la naturaleza se pone a merced de una brutalidad inconsciente y feroz. Un terremoto aplastando entre los escombros de las casas a todo el vecindario; un río desbordado que arrastra los cadáveres de los campesinos ahogados, junto a los bueyes y las vigas de sus viviendas, o un ejército victorioso que acuchilla a los que se defienden, hace a los demás prisionseros, saquea en nombre de las armas vencedoras y ofrenda sus preces a un dios, al compás de los cañonazos, son otros tantos azotes horribles que destruyen toda creencia en la eterna justicia, toda la confianza que nos han enseñado a tener en la protección del cielo y en el juicio humano.

Se acercaba a cada puerta un grupo de alemanes y se alojaban en todas las casas. Después del triunfo, la ocupación. Los vencidos se veían obligados a mostrarse atentos con los vencedores a mostrarse.

Al cabo de algunos días, y disipado ya el temor del principio, se restableció la calma. En muchas casas un oficial prusiano compartía la mesa de una familia. Algunos, por cortesía o por tener sentimientos delicados, compadecían a los franceses y manifestaban que les repugnó verse obligados a tomar parte activa en la guerra. Se les agradeceían esas demostraciones de aprecio, pensando, además que alguna vez sería necesaria su protección. Con adulaciones, acaso evitarían el trastorno y el gasto de más alojamientos. ¿A qué hubiera conducido herir a los poderosos, de quienes dependían? Fuera más temerario que patriótico. Y la temeridad no es un defecto de los actuales burgueses de Ruán, como lo había sido en aquellos tiempos de heroicas defensas, que glorificaron y dieron lustre a la ciudad. Se razonaba —escudándose para ello en la caballerosidad francesa— que no podía juzgarse un desdoro extremar dentro de casa las atenciones, mientras en público se manifestase cada cual poco deferente con el soldado extranjero. En la calle, como si no se conocieran; pero en casa era muy distinto, y de tal modo le trataban, que retenían todas las noches a su alemán de tertulia junto al hogar, en familia.

La ciudad recobraba poco a poco su plácido aspecto exterior. Los franceses no salían con frecuencia, pero los soldados prusianos transitaban por las calles a todas horas. Al fin y al cabo, los oficiales de húsares azules que arrastraban con arrogancia sus sables por aceras .

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

FICHA DEL LIBRO
ENLACE AL LIBRO:
CONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»Bola de sebo (Guy de Maupassant)»
ENLACE DE DESCARGA: ENLACE DE DESCARGA (En el banner vertical)
REFERENCIA Y AUTOR: «Bola de sebo (Guy de Maupassant)»

PDF


FORMATOS DISPONIBLES: EPUB,FB2,MOBI

Manon Lescaut (Antoine François Prévost)

Manon Lescaut es una novela del Abate Prévost, que originalmente se llamó Historia del caballero Des Grieux y de Manon Lescaut, y formaba parte de las Memorias y Aventuras de un hombre de calidad retirado del mundo (7 volúmenes, 1728 – 1731). Tras ser condenado dos veces al considerarse escandaloso (1733 y 1735), Prévost publica en 1753, une nueva edición de Manon Lescaut, revisada, corregida y ampliada con un importante episodio. Las cualidades humanas de la novela sedujeron pronto al público y la lanzaron a la fama.

El autor (el "hombre de calidad" de las Memorias) regresa de Ruán. Llega a la hora de comer a Pacy-sur-Eure. En la ciudad reina una gran agitación. Los habitantes se han reunido ante un cabaré ante el que hay dos carros estacionados. Se trata de un convoy con una docena de muchachas de mala vida, condenadas a embarcarse hacia América. Una de ellas, Manon, le sorprende debido a su belleza y porte distinguido. El autor se interesa por ella ante el jefe de los centinelas, pero no consigue respuesta. Ante la pregunta, un arquero le indica que debe preguntar al joven que se encuentra apartado y que sólo puede ser "su hermano o su amante". Este hombre, que ha seguido el convoy desde París parece enfermo. Se niega a revelar su secreto o la identidad de la joven, pero confiesa la pasión que siente por ella y declara haber intentado todo para conseguir que fuera liberada, hasta el punto de encontrarse arruinado por esa razón.

Dos años más tarde, el hombre de calidad regresa de Londres y espera permanecer un día y una noche en Calais. Mientras pasea por la ciudad, cree reconocer al joven con el que se había topado dos años antes, por lo que se decide a hablar con él. El joven también se alegra de volver a ver al narrador. Feliz por este reencuentro, declara regresar de América. Esa misma noche, el narrador acoge al joven en el hotel en el que se encuentra alojado. El misterioso joven inicia el relato de sus aventuras.

Des Grieux, joven de 17 años, proviene de una buena familia. Fue un alumno ejemplar en un colegio de Amiens y su padre deseaba que fuera caballero de la orden de Malta, lo que explica su título de Caballero. Tiberge, su mejor amigo, es generoso y comprensivo. Al regresar a su ciudad natal en vísperas de las vacaciones, des Grieux conoce en un hostal en el que se detiene a Manon Lescaut, de la que se enamora inmediatamente. A pesar de su juventud y de carecer de experiencia amorosa, se muestra fascinado por ésta. Es un flechazo. Des Grieux sabe entonces que Manon se dirige al convento, al que sus padres la envían. Cuando se encuentran solos, esta confiesa inmediatamente que se se siente "halagada al haber conquistado un amante" como él. Para escapar al destino que se le presenta no hay más solución que la fuga, de ese modo podrán vivir su amor. Se citan al día siguiente en el hostal de Manon, antes de que el conductor de la diligencia se despierte. A pesar de los intentos de Tiberge para que Des Grieux cambie sus planes, éste decide huir con Manon. Consigue tranquilizar a su amigo y burlar su vigilancia.

Antes de que oscurezca, los dos jóvenes llegan a Saint-Denis. Los proyectos de boda se olvidan pronto: "Defraudamos los derechos de la Iglesia". En París, los dos amantes se alojan en un apartamento amueblado y viven durante tres semanas el amor perfecto. Pero al sentir remordimientos, el joven trata de reanudar las relaciones con su familia. Contempla la posibilidad de solicitar a su padre la autorización para casarse con Manon, pero la joven es contraria a esta idea, por temor a perder a des Grieux si su padre se opone a su boda. Des Grieux también teme encontrar dificultades económica, pero Manon le tranquiliza y se encarga de gestionar sus finanzas. Confiado, el joven acepta. Una noche en la que regresa antes que de costumbre, se encuntra cerrada la puerta y Manon tarda mucho en abrir. Tras preguntar a la sirvienta, des Grieux se da cuenta de que el anciano Señor de B., un rico fermier general, se escabulle de su casa. Esa misma noche, durante la cena, des Grieux espera explicaciones espontáneas de Manon, pero ésta las evita y se echa a llorar.

En ese momento alguien llama a la puerta. Tras un beso a su amante, Manon huye. Son los lacayos de su padre que vienen a llevarse a des Grieux. En la carroza que lo devuelve a la familiar, el joven trata de entender quién ha podido traicionarlos.

En el domicilio familiar es recibido de un modo bastante indulgente. Sin embargo, el joven recibe una seria reprimenda de su padre, que le achaca su excesiva credulidad: "tienes una buena disposición para convertirte en un marido paciente y cómodo." En ese momento confiesa a su hijo que ha sido el Señor de B. el que ha seducido a Manon: "Sabes vencer con rapidez, Chevalier; pero no sabes conservar tus conquistas." Des Grieux está desesperado, sin que por ello se le ocurra ni siquiera imaginar una traición por parte de Manon. Para impedirle que se vuelva a fugar, su padre decide secuestrarlo y encerrarlo en su propia habitación.

Durante seis meses des Grieux se muestra desesperado, pero poco a poco y gracias a la ayuda de su amigo Tiberge, recupera el amor por la vida por medio de la lectura y del estudio. Tiberge que ha visto a Manon le informa de que vive en París y que está siendo mantenida por su amante viejo y rico. Des Grieux decide entonces renunciar al mundo y entra junto a Tiberge en el Seminario de Saint-Sulpice.

Encuentra la paz en sus estudios, olvida a Manon y vuelve a alcanzar notoriedad hasta que en la Sorbona, vuelve a encontrarse frente a frente con Manon. Des Grieux vuelve a prendarse de ella, la perdona y abandona inmediatamente el Seminario. Tras una noche en una posada, los dos amantes, más enamorados el uno del otro que nunca, deciden instalarse en el pueblo de Chaillot.

Gracias al dinero que Manon obtuvo del Señor de B., la pareja vive al margen de las necesidades. Pero Manon se aburre en Chaillot y convence a Des Grieux para que alquilen un apartamento en París. El hermano de Manon, que vive en la misma calle que ellos se instala en su casa y vive a su costa, con lo que acaban de despilfarrar sus ahorros.

Una mañana, mientras los dos amantes están pasando unos días en París, Des Grieux se entera de que su casa de Chaillot ha ardido. Este incendio termina de arruinarles. Sin embargo, el joven no quiere que Manon se preocupe y le oculta la noticia. Buscando una solución, des Grieux se confía al hermano de Manon que le propone primero explotar los encantos de Manon y luego los suyos, a lo que Des Grieux se niega. La última alternativa que plantea el hermano es hacer trampas en el juego. Pero poco convencido por estas soluciones, Des Grieux prefiere no hacer nada de eso.

Des Grieux decide por fin volver a apelar a la generosidad de su amigo Tiberge. Tras una entrevista, Des Grieux le pide perdón por haber sido ingrato. En cambio Tiberge, demuestra la calidad de su amistad y ofrece dinero a Des Grieux. Pero éste se da cuenta de que a pesar de que el amor de Manon sea sincero, ésta tiene necesidad de lujos y placeres, le gusta gastar sin fijarse en lo que tiene y no está preparada para una existencia modesta. Temeroso de perder a Manon, des Grieux vuelve a aproximarse a Lescaut, quien hace que se le admita en un círculo de jugadores. En poco tiempo pasa a ser un experto tramposo y vuelve a nadar en la riqueza. Su amigo Tiberge teme con razón que se esté apartando de la ley y le advierte. Esta vida fácil une aún más a los amantes.

Pero envidiosos de su fortuna, una noche en la que está cenando en casa del hermano de Manon, sus criados aprovechan para robar a sus jefes y saquear la casa. Manon y Des Grieux se ven desesperados y en la calle. Lescaut aconseja a su hermana entonces que establezca una lucrativa relación con el viejo Señor de G. M., lo que Manon, deseosa de conseguir dinero, hace. Gracias a sus encantos seduce al viejo y consigue que éste le ponga una casa y la mantenga. Sin embargo, su maquiavélico hermano propone a Des Grieux estafar al viejo amante de Manon. Se organiza una cena, en la que el anciano ofrece a Manon joyas y riquezas y le ofrece la mitad de sus ingresos. Los tres se burlan del viejo durante toda la velada antes de escaparse en una carroza. Al darse cuenta del engaño, el viejo les hace perseguir y consigue que la policía los detenga de madrugada. Encierran a manon en el Hospital de La Salpêtrière; y Des Grieux es enviado al presidio para jóvenes aristócratas depravados de Saint-Lazare.

Des Grieux consigue escapar con la ayuda involuntaria de su amigo Tiberge. Vuelve a contactar con Lescaut quien le consigue un arma. Obliga entonces al padre prior bajo amenaza a que abra las puertas del presidio y huye, matando a un centinela. Des Grieux trata entonces de liberar a Manon. Consigue entrar en el Hospital y volver a verla. Un criado disfraza a Manon de hombre y la saca. Mientras escapan, Lescaut se encuentra a un hombre que se arruinó en el juego por sus trampas, quién le dispara, matándolo. Los dos amantes, ya solos, regresean a la Posada de Chaillot. Tiberge vuelve a acudir en su ayuda y les proporciona dinero, a la vez que se echa tierra sobre el escándalo. Los amantes parecen alcanzar un atisbo de tranquilidad.

Los dos amantes se instalan entonces en la Posada de Chaillot. Des Grieux vuelve a jugar y a hacer trampas. Por su parte, Manon permanece fiel y se divierte dando esperanzas a un príncipe italiano que le hace la corte. Sin embargo, el destino parece perseguirlos. El hijo del Señor de G. M. desembarca y acude a cenar con ellos. Se enamora locamente de Manon, y esta organiza un plan para conseguir de él una gran cantidad de dinero, para vengarse de su padre. Cuando Manon concierta la cita amorosa con el joven G. M. Des Grieux decide vengarse, monta una escena de celos a Manon, aunque ambos terminan reconciliándose. Pero Des Grieux presiente "una catástrofe". Un lacayo del Señor de G. M. ha dado la voz de alarma, y los amantes se vuyelven a ver en la cárcel. En el Châtelet, Des Grieux recibe una visita de su padre, quien le reprocha con energía su conducta, pero le perdona y promete hacer cuanto esté en su mano para liberarlo. Para conseguir alejar a Manon de él consigue que sea desterrada a América. Pero al verse libre y conocer la noticia la ruptura entre padre e hijo parece ser definitiva.

Desesperado, tras intentar sin conseguirlo que Manon sea liberada, Des Grieux consigue, pagando una fuerte cantidad, permiso para seguir a Manon. Es el momento en el que el hombre de calidad se encuentra con él por primera vez en Pacy: ya no le queda dinero y se ve separado de su amante.

Libro Segundo

Des Grieux se enrola como voluntario a bordo del barco que conduce a Manon a América. Se gana la confianza del capitán, quién le permite que pueda dedicar a Manon todos los cuidados que ésta necesita.

Tras una travesía de dos meses, el barco llega a Nueva Orleans, en la Luisiana. El capitán informa al gobernador acerca de la situación que existe entre Des Grieux y Manon. Sus calamidades despiertan la simpatía del gobernador, quien les encuentra un alojamiento.

Manon agradece a Des Rieux todas las preocupaciones que éste ha padecido y le promete que ha cambiado. Los dos amantes deciden por fin casarse. Pero el sobrino del gobernador también se ha enamorado de Manon, y al saber que está libre, la reclama. Se enfrenta en duelo con Des Rieux, y es herido por éste. Tras darlo por muerto, Des Rieux y Manon huyen al desierto, en donde ella muere de agotamiento. Des Grieux la entierra, y se recuesta sobre su tumba decidido a esperar la muerte.

Pero Tiberge, que ha viajado también a América en busca de su amigo lo encuentra y lo vuelve a llevar a Francia]] de regreso nueve meses después de la muerte de Manon. A su regreso se entera de la muerte de su padre, destrozado por la pena y el dolor. Ese es el momento del segundo encuentro con el hombre de calidad, en Calais.

De la versión española de wikipedia

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

FICHA DEL LIBRO
ENLACE AL LIBRO:
CONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»Manon Lescaut (Antoine François Prévost)»
ENLACE DE DESCARGA: ENLACE DE DESCARGA (En el banner vertical)
REFERENCIA Y AUTOR: «Manon Lescaut (Antoine François Prévost)»

PDF


FORMATOS DISPONIBLES: EPUB,FB2,MOBI

Papá Goriot (Honore de Balzac)

El drama de Papá Goriot se desarrolla en París durante el año de 1819. Las particularidades de esta historia se hallan al pie de Montmartre y las alturas de Montrouge, en una pensión pobre y deteriorada conocida como la “Casa Vauquer”, situada en la parte baja de la calle Nueve-Sainte-Genevieve, entre el barrio Latino y el de Saint Marceau. En dicho lugar se percibe un aire sombrío, la tierra es seca, los arroyos no tienen agua, está rodeado de casas tétricas, las murallas huelen a cárcel y hasta el hombre más despreocupado se entristece allí por su apariencia.

La pensión, cuya fachada consta de tres pisos y da un aspecto casi inmoral, pertenece a la viuda Vauquer, apellidada de soltera De Conflans. El estado de la pensión es deprimente y deteriorado: el piso desgastado casi enmohecido, las paredes llenas de grasa, el ambiente encerrado. Pese a estas condiciones, la pensión se encuentra ocupada en su totalidad, ocho inquilinos: en el primer piso viven la Sra. Vauquer, la regenta de la pensión; tiene 40 años aunque su semblante aparenta mayor edad, todo en ella se encuentra en armonía con su pensión que revela desdicha. En el apartamento contiguo habitan la Sra. Couture, viuda de un comisario de la República Francesa; de edad avanzada que cuida a su joven sobrina como si fuese su hija, ya que el padre de la joven, hombre muy rico, no desea reconocer a Victorine Taillefeler, una joven de cabellos rubios, cintura delgada y ojos claros, quien de no ser por el sufrimiento que la acongoja, sería una mujer visiblemente hermosa. Su padre creía tener motivos para no reconocerla y no le concedía mucho dinero para su subsistencia.

Los dos apartamentos del segundo piso estaban ocupados por un anciano llamado Poiret, una especie de autómata que parecía haber sido un asno burócrata jubilado; y por un hombre de unos cuarenta años de edad que llevaba una peluca negra, se teñía las patillas y se decía antiguo comerciante, llamado Vautrin. Era uno de esos hombres que tenía un buen aspecto: espaldas anchas, músculos desarrollados, voz de bajo, amable, risueño y servicial, quien en diversas ocasiones había prestado dinero a la Sra. Vauquer y algunos de los huéspedes. Sus costumbres consistían en salir después de desayunarse, regresar para comer, ausentarse toda la tarde y regresar a medianoche. Vautrin sabía o adivinaba los asuntos de todas aquellas personas que le rodeaban pero nadie podía penetrar sus pensamientos ni sus ocupaciones. Aquella aparente benevolencia y simpatía eran una barrera entre él y los demás. Todo hacía suponer que aquel hombre guardaba algún rencor hacia los estamentos sociales, como consecuencia de algún misterioso secreto cuidadosamente oculto en su vida.

El tercer piso se componía de cuatro habitaciones, dos de las cuales estaban alquiladas a una solterona, la señorita Michonneau, de semblante viejo y desgastado, cuya mirada producía escalofríos y su rostro no abandonaba nunca cierto gesto amenazador; y a un antiguo fabricante de fideos, pastas italianas y almidón, el cual permitía que le llamaran Papá Goriot. Las otras dos piezas estaban reservadas a los estudiantes desdichados que, como Papá Goriot y la srita. Michonneau, no podían destinar más de cuarenta y cinco francos mensuales a su sustento y alojamiento. En aquella época, una de estas habitaciones las ocupaba Eugene de Rastignac, un joven venido de los alrededores de Angouleme para estudiar leyes en París. Su familia se sometía a duras privaciones a fin de poder enviarle mil doscientos francos anuales. Euguene poseía un rostro muy meridional, cabellos oscuros y ojos azules. Se caracterizaba por una personalidad similar a la de todos los jóvenes que se han forjado en la desgracia, los cuales comprenden desde su infancia las esperanzas que sus padres depositan en ellos y se preparan sobre todo para un gran porvenir.

Finalmente, en el desván, vivían Cristophe, un jornalero de la pensión, y Sylvie, la cocinera.

Además venían a comer estudiantes y algunos vecinos del área. En la sala de comida cabían unas 20 personas y todos ellos se juntaban para hablar de los acontecimientos comunes. Aquellas personas, en su conjunto, ofrecían en miniatura, todos los elementos de una sociedad completa. Entre ellos había también, como en los colegios, una pobre criatura rechazada sobre la que llovían las bromas. Esta figura era la de Papá Goriot, un anciano de sesenta y seis años que se había retirado a la pensión en el año 1813, después de haber abandonado sus negocios. Primero rentó el apartamento tomado por la señora Couture, por el cual pagó cantidades generosamente despreocupadas. Cuando el Señor Goriot llegó a la pensión, la señora Vauquer admiraba al antiguo comerciante al cual ahora consideraba idiota. Incluso deseaba conquistarlo, pues con sus ojos mezquinos, había visto muy bien unos ocho o diez mil francos. A partir de entonces la Sra. Vauquer se propuso seducir a Goriot con la ayuda de una antigua inquilina, la condesa Ambermesnil, quien tenía como misión descubrir el corazón de Goriot en una visita. No obstante, el fabricante de fideos no tenía aspiraciones de índole amorosa y fue calificado por las dos mujeres como un hombre terco, un avaro, un animal, un tonto que no produciría más que disgustos. Al poco tiempo, la condesa Ambermesnil desapareció sin pagar su pensión de seis meses y la Sra. Vauquer desistió en sus planes al ver que no conseguiría nada.

Durante la mayor parte de ese primer año, Goriot había comido fuera de su casa una o dos veces por semana, pero después llegó un momento que era sólo una vez al mes. Al finalizar el segundo año, Goriot solicitó mudarse al segundo piso porque su fortuna había disminuido. Según Vautrin, que fue entonces cuando se instaló en la pensión, Goriot era un hombre que jugaba a la Bolsa; también se le suponía un avaro que prestaba dinero, un hombre que jugaba a la lotería o un agente secreto, aunque Vautrin sostenía que Goriot no era lo suficiente astuto para ello. No obstante, a pesar de lo innoble que se suponía su conducta o sus vicios, nunca lo expulsaron de la pensión porque pagaba su pensión y servía para que cada cual desahogara en él su buen o mal humor por medio de bromas.

Sylvie suponía que Goriot era endiabladamente rico porque dos mujeres jóvenes de gran porte y con mucho dinero venían a visitarlo. Éste siempre dijo que eran sus hijas, pero la viuda empleó su malicia de mujer para inventar las más sórdidas persecuciones contra su víctima. Lo cierto es que no había nada que pudiera desmentir las deducciones de que Goriot salía con jóvenes ricas a quienes les entregaba su dinero, pues de ser sus hijas, pensaban todos, no estaría viviendo en el último piso de dicha pensión. De tal modo que la percepción de los inquilinos hacia Goriot en 1819 era que nunca había tenido hijas ni mujer y el abuso de los placeres habían hecho de él un pobre desgraciado que parecía un imbécil porque siempre estaba en trance, como ausente del mundo.

Eugéne de Rsatignac, el joven estudiante que ocupaba la habitación contigua a Papá Goriot, ya había obtenido el título de bachiller en Letras y Derecho. Su inteligencia y su ambición le impulsaban a cambiar sus puntos de vista y a descubrir pronto la importancia e influencia de las mujeres en la vida social de París. Su tía, la señora de Marcilla, que en otros tiempos había sido presentada en la corte, había conocido a las más destacadas figuras de la aristocracia. Eugene preguntó a su tía sobre sus lazos de parentesco con la nobleza y si ella podría renovarlos. El familiar más cercano resultó ser la condesa de Beauséant, así que su tía le escribió una carta para que ella introdujera a Eugene con otro parientes.

Al cabo de unos días de su regreso a París después de unas vacaciones, Rastignac fue invitado a un baile en el barrio de Saint-Germain en la casa de la condesa de Beauséant, una de las reinas de la moda de París, considerada como la más agradable y una de las figuras más destacadas del mundo de la aristocracia. Gracias a su tía, Eugene fue acogido correctamente en aquella morada, sin darse cuenta del alcance de tal favor. Deslumbrado por aquella brillante concurrencia, opulencia y elegancia de la , Eugene fijó sus ojos en la condesa Anastasie de Restaud, joven alta y bien proporcionada, considerada como una de las mujeres más elegantes de París. El joven meridional se apresuró a trabar relaciones con aquella mujer dándose a conocer como primo de la señora Beauséant, así que fue invitado por la condesa a su casa. Eugene se sintió lo suficientemente ambicioso como para encantar a aquella mujer e imaginó una serie de futuros goces que pasaría a su lado.

A la mañana siguiente, Papá Goriot le encargó a Christophe que llevara una carta a la condesa Anastasie de Restaud. Durante el desayuno la Sra. Couture y Victorine comentaban sobre su visita a casa del señor Taillefer, padre de la joven, con el objeto de exigir sus derechos correspondientes, aunque sabían de antemano que éste no les prestaría atención.

Eugene platicó sobre su experiencia en el baile y antes de que éste pudiera decir el nombre de la condesa, Vautrin lo pronunció avisando que ella iría a casa del usurero Gobseck. Fue entonces cuando Papá Goriot prestó atención como nunca antes. Vautrin comentaba en tono de burla que las mujeres como ella eran capaces hasta de venderse o de abrir las entrañas de su madre para buscar algo brillante si sus maridos no pueden mantener su lujo desenfrenado. El rostro de Papá Goriot que se había iluminado cuando mencionaron el nombre de la condesa, se puso nuevamente sombrío ante la cruel observación de Vautrin.

Victorine y la Sra. Couture tuvieron una mala experiencia con el señor de Taillefer y su hijo, quienes trataron con desprecio y arrogancia a la pobre Victorine; su padre y su hermano la renegaron y ellas tuvieron que marcharse con las manos vacías.

Al día siguiente, Eugene se vistió con suma elegancia y hacia las tres de la tarde se dirigió a casa de la condesa de Restaud. Al llegar, preguntó por la señora y los criados le lanzaron una mirada despectiva que le hizo comprender su inferioridad al cruzar aquel patio con lujo, dinero y elegancia. Eugene esperó un largo rato cuando de pronto escuchó la voz de la condesa, la de Papá Goriot y el rumor de un beso. Rastignac observó cuando Papá Goriot se cruzó en el camino con el esposo de la condesa, quien le lanzó una mirada despectiva, pero Goriot respondió con una amable sonrisa.

La condesa presentó a su marido con Rastignac, mientras que ella salió de la habitación junto con Máxime, su amante, para despedirlo y conversar sobre sus encuentros amorosos.

El Señor Restaud y Eugene descubrieron que tenían familiares en común. Cuando la condesa regresó al salón, Eugene preguntó sobre el parentesco con el señor Goriot, pero había cometido una terrible indiscreción porque el conde se mostró disgustado al escuchar el nombre y la condesa palideció al ver el nerviosismo de su esposo. Eugene fue despachado rápidamente sin lograr resolver su duda y al marcharse, los criados recibieron las instrucciones de negarle la entrada en el caso de que Rastignac regresara a buscarlos.

Eugene comprendió que había cometido una indiscreción al mencionar a Papá Goriot, sin embargo no comprendía la magnitud de su falta, así que pensó que su prima podría resolver su duda y por tanto, se dirigió a su casa.

La señora de Beauseant era incapaz de cerrarle la puerta a nadie, y aunque la visita de Eugene era inoportuna, le permitieron pasar. La vizcondesa se encontraba con el marqués de Adjuda-Pinto, uno de los portugueses más ricos que residía en París y con quien mantenía relaciones amorosas. El señor Beauseánt estaba enterado de esta relación, pero como hombre de mundo, sabía dejar en paz a su esposa en todo lo referente a sus relaciones con el portugués. Toda la alta sociedad de París, excepto la señora de Bauseant, sabía que el marqués de Adjuda tenía intenciones de contraer nupcias con la hija de Rochefide, un rico aristócrata relacionado con la familia real

La llegada de Eugene en ese momento, fue un golpe de suerte para el marqués, pues estaba a punto de enfrentar a la vizcondesa para notificarle sobre sus nupcias y la huída resultó mejor recurso.

La señora de Beauseant se percató de que el chofer del marqués lo llevaría a casa de los Rochefide, y no pudo dejar de sentir la desdicha que la amenazaba, no obstante, intentó ser agradable y amable con Rastignac. El joven le contó a su prima lo que le acabó de ocurrir en casa de los señores de Restaud. La vizcondesa le aclaró sus dudas: la condesa de Restaud es hija de Papá Goriot, pero tanto ella como su esposo lo han renegado y abandonado en la miseria. La otra hija del señor Goriot, Delfine, se casó con un banquero alemán, el barón de Nuncigen, y al igual que su hermana, reniegan al padre. Goriot le dio a cada una quinientos o seiscientos mil francos para que pudieran labrar su felicidad casándose bien, mientras que el pobre hombre no se reservó más que el dinero necesario para su subsistencia, creyendo que sus hijas seguirían siendo sus hijas y que sus matrimonios significarían dos casas para él. Pero en dos años, sus yernos le expulsaron de su sociedad como a un miserable. Cuando van a buscar a Papá Goriot es para pedirle más dinero, en tanto el padre no hace más que empobrecerse con tal de complacer a las dos. El corazón de ese pobre hombre ha sangrado en abundancia al comprobar cómo sus hijas se avergonzaban de él porque podía representar una mancha en los salones de sus hijas. Eugene no pudo evitar llorar por semejante injusticia, influido todavía por sus creencias y afectos juveniles, que se imaginaba que tendría que desechar a juzgar por las lecciones que le estaba dando su primer día de lucha en el campo de batalla parisiense.

La señora de Beauseant le propuso a su primo un plan de intrigas para poder acercarse a Anastasie y a su vez, integrarse al círculo social parisino. Dado que la relación entre las hermanas es de rivalidad porque Anastasie de Restaud ha podido colocarse dentro de dicho círculo aristocrático y la señora de Nuncigen ha fracasado en esta empresa, la vizcondesa le recomendó a Eugene que buscara la forma de conocer a Delfine, haciendo uso del nombre de Beauseant y su parentesco, con el objeto de provocar en su hermana envidia y por tanto, restituir las relaciones con él. Como la señora de Nuncigen haría lo que fuera con tal de entrar a los salones de la vizcondesa de Bauseant. Si Eugene introduce a Delphine al círculo aristocrático, éste se convertiría en su benjamín y abandonaría a su amante De Marcia; entonces las mujeres se volvería locas por él: sus rivales, sus amigas, sus mejores amigas, con tal de raptar al hombre ya escogido.

A Eugene le pareció buena idea y se marchó seducido por las altas esferas de la sociedad parisiense, Ahora comprendía el mundo tal cual era: las leyes y la moral son impotentes entre los ricos. Sólo faltaba conseguir dinero para dar inicio a su plan.

Una vez que hubo llegado a la pensión se deprimió al ver la miseria en la que vivía. Vautrin le lanzó una broma al llamarlo marqués, como si éste adivinó sus secretos más escondidos en el corazón; entonces confesó en la mesa lo que le había ocurrido en casa de los Restaud y aclaró que aquel que volviera a molestar a Papá Goriot se las vería con él.

Eugene se dispuso a escribirle a su madre una carta para que le enviara prontamente mil francos, asegurando que repondría ese dinero muy pronto y multiplicado. Asimismo les escribe a sus dos hermanas la misma solicitud de dinero. Sin embargo, cuando terminó con las cartas, sintió una extraña conmoción, pues conocía la nobleza inmaculada de su madre y sus hermanas y la pena que les causaría de no conseguir la suma. Aquellos terribles sacrificios iban a servirle de peldaño para llegar a Delfine.

Rastignac en su deseo de conocer a la perfección el tablero de ajedrez, deseaba ponerse al corriente de la vida pasada de Papá Goriot cuyo resumen sería el siguiente: Jean Joachim Goriot era un simple obrero en una fábrica de fideos lo suficientemente ambicioso para que comprara la fábrica de fideos cuando el dueño fue víctima del primer levantamiento de 1789, durante la Revolución. Su fortuna comenzó a acumularse en los días de escasez con la venta de cereales y pastas. Papá Goriot era paciente, activo, enérgico, constante, rápido de reflejos; poseía una vista de águila previendo cualquier suceso y adelantándose a ellos, con un comportamiento de obrero estúpido y grosero; incapaz de comprender un razonamiento que no tuviera relación con el trigo, los cereales y la pasta; insensible a todos los placeres de la inteligencia. Amaba profundamente a su mujer que al cabo de siete años y dos hijas murió. Goriot había jurado no serle infiel nunca a su mujer y canalizó su amor irreflexivo y delicado a sus dos hijas, convirtiéndose en un amor absoluto de entrega, atención y sacrificio. No había nada que Goriot no hiciera por complacer para sus hijas.

A finales de diciembre Rastignac recibió el dinero de su madre y sus hermanas, así que cuando Vautrin vio las bolsas de dinero, hizo un comentario ofensivo, aludiendo al enorme sacrificio que la madre de Eugene realizó para que el joven caballero pudiera entrar en sociedad, pescar dotes y bailar con condesas que usan flores de melocotonero en la cabeza. Durante aquellos días, Eugene y Vautrin habían permanecido silenciosos el uno delante del otro, pero Rastignac sentía que aquel hombre penetraba en sus sentimientos, mientras que en él todo era hermético. Una tarde, Vautrin volvió a hacer una de sus bromas pesadas y Rastignac se molestó, a tal grado, que ambos se iban a debatir en duelo. Victorine estaba alarmada por el suceso ya que desde hacía tiempo amaba en secreto a Eugene. Vautrin y Rastignac salieron solos al jardín de la pensión y antes de dar inicio al duelo, Vautrin le dijo uno de los discursos más importantes del libro, que funge como eje en el desarrollo de la historia: Vautrin expone los sentimientos de ambición de Eugene para alcanzar el éxito, no obstante critica los métodos que el joven desea utilizar al plantearle la realidad de la sociedad: suponiendo que Eugene terminara la carera de leyes, no pasaría más allá de convertirse en el sustituto de cualquier imbécil de provincia, donde el Gobierno le arrojaría un sueldo mediocre. Si desea conquistar a las mujeres, debe tomar en cuenta que ellas siempre eligen al más fuerte y poderoso, y para ello no servirá su pobre sueldo o los escasos centavos que su madre ha reunido a base de sacrificios. Los esfuerzos que tendría que realizar serían enormes y el combate sería encarnizado para tener éxito entre cincuenta mil personas que buscan el mismo puesto. Los caminos del éxito se delimitan por el brillo del talento o por la habilidad de la corrupción. Hay que penetrar entre esa masa de hombre como una bala de cañón o deslizarse en ella como la peste. Si se desea hacer fortuna rápida, es necesario ya ser rico y para enriquecerse más debe ser audaz. En la vida hay que ensuciarse las manos si uno quiere desenvolverse en ella. Todo consiste en saber lavarse bien después.

Vautrin proponía lo siguiente: Eugene deberá casarse con Victorine, la protegida de la señora Couture; en tanto que él, con la ayuda de un amigo que le debe un gran favor, eliminaría al hermano de Victorine, dejándole al padre de la joven la opción de recuperar a su hija para heredarle su dinero. De esta manera, Eugene sería dueño del millón de francos que necesita para integrarse a las altas esferas de la sociedad parisina, en tanto que Vautrin sólo cobraría un veinte por ciento de la fortuna para establecerse en una finca con esclavos en los Estados Unidos.

A Rastignac le pareció abominable la propuesta de Vautrin, no obstante se percató de la habilidad del señor para descubrir con claridad sus intenciones y la lucidez de sus palabras, que en cierta forma, se parecían a la lección de vida que le había dado la vizcondesa de Bauséant.

Vautrin aclaró que le daría un plazo de quince días para pensar sobre el asunto y en caso de rechazarlo, le haría la propuesta a alguien más, aunque la desventaja es que Victorine ya está enamorada de Eugene y un nuevo prospecto sería más difícil.

Durante los días sucesivos Eugene acudió con un sastre para adquirir nuevos trajes, dignos de un aristócrata. Rastignac pensaba constantemente en las palabras de Vautrin, pero sus pensamientos se disiparon cuando recibió una invitación de la vizcondesa de Bauseant para asistir a un baile. Esta era su oportunidad para invitar a la señora de Nuncigen y llevar a cabo el plan que había marcado en conjunto con su prima.

Esa tarde Eugene acompañó a la vizcondesa a la ópera porque su marido estaba ocupado. El marqués de Adjouda-Pinto no había contraído nupcias aún con la señorita Rochefide, pero era claro que a la vizcondesa le preocupaba este asunto. Eugene se sentó junto a su prima y vislumbró en uno de los palcos a Delfine de Nucingen. El marqués de Adjouda-Pinto visitó el palco donde se encontraban la vizcondesa y Eugene, y éste último se comportó con la mayor discreción, logrando entablar un lazo especial y de complicidad sincera con su prima.

Durante el intermedio, el marqués le presentó a Eugene la baronesa de Nuncigen. Ambos conversaron durante un largo rato e incluso hablaron sobre Papá Goriot. Delfine se expresó con tristeza y amor acerca de su padre y culpó a su marido de no poder verle con regularidad. Eugene invitó a la baronesa al baile de la vizcondesa y solicitó su permiso para visitarla.

Al llegar a la pensión, Rastignac ya estaba seguro de sentirse enamorado, pues la señora de Nuncigen le había causado una gran impresión y pensaba que si la señora de Nucingen se interesaba por él, le enseñaría cómo gobernar a su marido, que negocia con oro, y el cual podría ayudarle a conseguir su fortuna de un solo golpe. Cuando llegó a su piso entró en la habitación de Papá Goriot para decirle que había visto a su hija. Eugene no pudo dominar su estupefacción al ver la sencillez en la que vivía aquel hombre comparada con el lujo de sus hijas. Papá Goriot se emocionó mucho por las palabras de Eugene, le escuchaba hablar de su hija como si fuera un Dios y preguntaba sobre todos los pormenores: cómo iba vestida, si estaba contenta y a quién prefería entre Delfine y Anastasie. A Rastignac le parecía mejor Delfine por la sencilla razón de que ella parece querer más a su padre.

A Eugene le intrigaba saber la razón por la cual Papá Goriot vivía en aquella miseria mientras que sus hijas vivían en un lujo absoluto. Papá Goriot replicó que no necesitaba nada más porque su vida se limita a sus dos hijas. Si ellas se divierten y son felices, si van bien vestidas y caminan sobre alfombras, qué importaba cómo viviera y fuera él vestido. Una mirada de sus hijas, si es triste, le hiela el corazón y lo hace verdaderamente miserable. Papá Goriot las ama más a ellas de lo que Dios ama al mundo. En ocasiones, se sienta en una banca en los Campos Eliseos para esperar a que sus hijas pasen caminando frente a él, y se conforma con verlas durante esos breves instantes y recibir una sonrisa lejana.

Eugene confesó estar enamorado de Delfine y Papá Goriot se llenó de emoción y esperanza al ver la posibilidad de tener un yerno que verdaderamente amara a su hija y que a su vez, le permitiera ser el enlace para verla con mayor frecuencia. A partir de esa conversación, Papá Goriot vio en su vecino a un confidente providencial, a un amigo entrañable.

A la mañana siguiente, a la hora del desayuno, la afectación con que Papá Goriot miraba a Eugene sorprendió a todos los huéspedes. Vautrin, que volvía a ver al estudiante por primera vez después de aquella conversación, parecía leer la mente del anciano. Al pensar en los proyectos de aquel hombre, Eugene miró a Victorine y la pobre muchacha halló encantador al joven. Una voz susurraba en el oído del estudiante: ochocientos mil francos.

Eugene se marchó a la escuela y le comentó a su amigo Bianchon, un estudiante de medicina que iba a la pensión a comer, sobre los malos pensamientos que lo acongojaban, sin aclararle el verdadero plan. Bianchon le recomendó que era preferible mantener la dignidad a cometer un crimen.

Papá Goriot le entregó a Eugene una carta de Delfine para invitarlo al teatro y a cenar después en su casa con su marido. Rastignac no pensaba en aquellos momentos en los delirios de vanidad que a veces invaden a ciertas mujeres para ser capaces de todos los sacrificios con tal de abrirse las puertas de casa de su prima en el barrio de Saint-Germain. La moda distinguía a todas aquellas mujeres que eran admitidas en la sociedad de dicho barrio parisiense, entre las cuales, la vizcondesa ocupaba el primer rango.

El día de la primera intriga amorosa de Rastignac llegó y al arribar a casa de la baronesa de Nuncigen la encontró triste. Eugene intentó averiguar lo que la atormentaba haciendo alusión al amor que él le tenía y su disposición por ayudarla. Ella tomó su palabra y sin decirle nada, se marcharon en el carruaje hasta que llegaron a una casa de apuestas. Delfine le pidió a Rastignac que demostrara su amor y apostara mil francos que ella tenía para convertirlos en seis mil francos, y en caso de tener éxito, ella le confesaría los motivos de su pena. Eugene apostó los mil francos en la ruleta y ganó en dos ocasiones que equivalían a la cantidad necesaria. Delfine le confesó que su marido la tenía en la miseria, sin permitirle disponer de un céntimo para nada; advirtió que su matrimonio era horrible y debía llegar a estos extremos por obtener un poco de dinero para mantenerse. También confesó que en ocasiones tenía deseos de matarse por la situación injusta en la que se encontraba, mientras que su marido le daba dinero a su amante corista de la ópera.

Al despedirse, la baronesa le dio tres billetes de banco como recompensa del valiente acto del joven, a pesar de que éste se rehusaba a recibir el dinero.

Cuando Eugene regresó a la pensión, Papá Goriot lo esperaba ansiosamente para que le contara todo. Se enfadó mucho al enterarse sobre la condición de su hija y advirtió que cedería sus trescientos francos restantes de pensión vitalicia para sacar a su hija de esta pena. Eugene le entregó los mil francos que había ganado y Papá Goriot valoró la bondad del joven. En ese momento Rastignac pensó que siempre sería un hombre honrado y abandonaría las ideas de Vautrin.

El día del baile, Delfine iba arreglada especialmente hermosa para agradarle a Eugene. Éste pudo medir el alcance de su posición, comprendiendo su importancia, la cual le debía a la vizcondesa de Bauseant. La conquista de la señora de Nuncigen, que la gente ya le atribuía, lo hacía destacar de tal modo que todos los jóvenes le lanzaban miradas de envidia. Al pasar de salón en salón oía alabar su suerte. Todas las mujeres le predecían éxitos, y Delfine, temiendo perderle, le prometió darle un beso esa noche.

El baile también le sirvió a Rastignac para recibir una serie de invitaciones. Las puertas del gran mundo de Paris le estaban siendo abiertas.

Al día siguiente, al referir sus éxitos a Papá Goriot durante el desayuno, Vautrin aprovechó la ocasión para molestar a Eugene y hacerle ver que sin dinero, no llegaría muy lejos en la elite de la sociedad Parisina. Como acto seguido le guiñe el ojo y le señala a la Srita. Taillefer.

Durante una temporada, Rastignac llevó una vida muy disipada. Apostaba su dinero para enriquecerse pronto, pero como en todo juego, perdía más de lo que ganaba. Su bolsa estaba siempre vacía para la Señora Vauquer, pero siempre llena para satisfacer sus vanidades. En esta época, Rastignac había perdido todo su dinero y adquirido muchas deuda. Eugene estaba inmerso en los problemas económicos que lo agobiaban y estaba comenzando a ceder al plan de Vautrin. Desde hacía un mes, Eugene excitaba tanto los sentidos de Delphine que éste terminó afectado también del corazón.

Durante la comida en la pensión, Eugene comenzó a cortejar a la Señorita Taillefer, ella, por su parte, le dirigió por toda respuesta una mirada inequívoca. Vautrin permaneció lejos pero muy atento a lo que ocurría, de tal manera que Eugene no percibiera su presencia, pero al encontrar la oportunidad, irrumpió la conversación de los enamorados para volver a presionar al pobre joven, quien se sentía atormentado por este hombre que se hacía pasar por una persona buena y cuyo único interés era “ayudar” al joven ambicioso.

La señora Vauquer estaba molesta porque Eugene le debía las rentas y Vautrin se ofreció para prestarle dinero. Eugene estaba necesitado, así que accedió firmando un pagaré en donde se comprometía a devolver el dinero en calidad de préstamo. A pesar del cinismo e insistencia de Vautrin, Eugene sólo aceptó el dinero y nada más.

Rastignac canceló sus deudas, jugo al whist y recuperó lo perdido. Tenía la idea de que la vida o Dios lo recompensaba por su perseverancia al no caer en manos de Vautrin, así que se apresuró a pagarle el dinero que le prestó.

Dos días más tarde Poiret y la señorita Michennau se encontraban en un banco del parque de Los Inválidos tomando el sol y conversando con el comisario Gounderau. Éste les ofrecía dinero a cambio de que buscaran un tatuaje con el número de recluso en la espalda de Vautrin, pues se tenía la sospecha de que era Jaques Collin alias “el burlador de la muerte”, un exconvicto que se encarga de manejar las finanzas y negocios de convictos presos que pertenecen a la Sociedad de los Mil. Vautrin es su hombre de confianza, respetado y protegido por el bajo mundo por su distinguida lealtad hacia sus compañeros ladrones. Gounderau le ofrece dos mil francos a la señorita Michennau por descubrir el tatuaje, valiéndose de una droga que lo dejaría inconsciente. Michennau finalmente accedió a cambio de tres mil francos. Bianchon pasaba en aquellos momentos por el paseo y se sintió intrigada por la extraña reunión entre esos personajes tan dispares.

Eugene había sido reducido a la desesperación por la Señora de Nuncigen y estaba empezando a ceder al plan de Vautrin. Durante las comidas le profesaba palabras de amor a Victorine. Vautrin volvió a presionar a Eugene y éste ya no oponía resistencia. Entonces le advirtió que el plan estaba en marcha: su cómplice ya había insultado al hermano de Victorine y a la mañana siguiente se enfrentarían en un duelo. Rastignac escuchaba las palabras de Vautrin como un estúpido, no acertando a contestar nada. En aquel momento llegaron Papá Goriot, Bianchon y otros huéspedes. Rastignac lo había decidido, durante la noche iría a casa de los Taillefer para prevenirlos. Papá Goriot se acercó a Eugene en cuanto Vautrin se marchó para darle varias buenas noticias: Delphine y él habían alquilado un departamento pequeño en Saint-Lazare para que el joven viviera en mejores condiciones. Papá Goriot apoyó la idea y aportó parte de su pensión vitalicia, pues entre sus planes, estaba irse a vivir a un pequeño cuarto arriba del departamento de Eugene para estar más cerca de su hija. Desde hacía un mes estaban planeando esto y compraron muebles nuevos para que el joven viviera como un príncipe. También le entregó un regalo de parte de Delphine, un reloj de oro con sus iniciales grabadas.

Eugene estaba más que complacido con estos gestos de amor y dado que tenía que visitar a Delphine, le pidió a Papá Goriot que alertara a los señores Taillefer sobre el duelo. Cuando ambos bajaron al comedor, Vautrin celebraba con los demás huéspedes por haber concretado un buen negocio, así que pidió varias botellas de vino para todos e invitó a Papá Goriot y Eugene al “festejo”. Vautrin había planeado embriagar a los concurrentes, en especial a Eugene y Papá Goriot para impedir los planes del muchacho. Ambos incautos cayeron rápidamente y Victorine se preocupó mucho por el estado del joven. Vautrin aprovechó el momento para convencerla, aún más, del amor de Eugene y de su deber como esposa para cuidarlo en estos momentos; entre tanto, él invitó a la señora Vauquer al teatro.

El día siguiente estaba destinado a ser uno de los días más señalados en la Casa Vauquer, hasta aquel entonces, el acontecimiento más importante había sido la huída y falsa identidad de la condesa de Ambermesnil.

Papá Goriot y Eugene durmieron hasta las once, al igual que los demás huéspedes desvelados, por tanto, en la mañana casi no había nadie encargado del desayuno. Sylvie subió para despertar a la señora Vauquer y la señorita Michonneau aprovechó el momento para verter el líquido narcotizante en la bebida de Vautrin. Por otro lado, un recadero le entregó a Eugene un mensaje de Delphine demandando una explicación por haberla dejado esperando. En aquel momento, un criado del señor Taillefer anunció en la pensión que Frederic Taillefer, hermano de Victorine, había muerto en un duelo, y ahora el señor Taillefer deseaba ver cuanto antes a su hija. La señora Couture y Victorine se marcharon de inmediato. Eugene estaba estupefacto por la noticia mientras que la Señora Vauquer comentaba sobre la acertada elección de Rastignac al fijarse en Victorine. Mientras Vautrin sonreía, el narcótico comenzaba a causar su efecto hasta que cayó como muerto. Para distraer la atención, la señorita Michonneau advirtió que Vautrin probablemente habría sufrido una apoplejía. Sylvie y la señora Vauquer se movilizaron para llevar al enfermo a su recámara y cuando la srita. Michonneau se encontró a solas con Vautrin, le desabrochó la camisa para verificar las sospechas bien fundadas. Entre tanto, Eugene aprovechó esta confusión para salir huyendo de la pensión que lo asfixiaba; él hubiera querido evitar aquel crimen y temía ser cómplice de alguna manera.

El largo paseo de Eugene fue solemne y en cierto modo, hizo un examen de conciencia. De la terrible conversación que sostuvo consigo mismo, su honradez salió tan fuerte como el hierro. Recordó cuántas confidencias le había hecho Papá Goriot así como el apartamento que le habían ofrecido. Sentía que estos factores eran el ancla de su salvación.

Alrededor de las cuatro de la tarde y después del largo examen de conciencia, el muchacho regresó a la pensión para averiguar sobre el estado de Vautrin.

Bianchon le administró a Vautrin un vomitivo e insistió en llevar las sustancias al hospital para analizarlas, pero la obstinación de la señorita Michonneau por evitarlo, terminó por aclarar las sospechas del joven médico acerca de un complot junto con Poiret.

Cuando Eugene regresó a la pensión, Vautrin se hallaba de pie al lado de la estufa. Bianchon comentó sobre “el burlador de la muerte” y fue entonces que Vautrin comprendió la trampa que le tendió la señorita Michennau. Poiret se interpuso entre Vautrin y Michennau a pesar de que casi nadie comprendía lo que pasaba. En ese momento se oyeron los pasos de varios hombres que venían a capturar a Vautrin. Con un movimiento lleno de energía, Vautrin saltó como un gato montés, causando conmoción entre los huéspedes; pero los oficiales sacaron sus armas y Collin comprendió que no tenía escapatoria alguna. Jaques Collin o Vautrin, fue esposado y cuando leyeron sus cargos, la señora Vauquer estaba impactada y decepcionada por los acontecimientos. Collin cuestionó enérgicamente quién lo había traicionado, observando a la señorita Michennau, a quien llamó desde ese momento “Vieja Bruja”. El discurso de Collin retoma posturas de crítica ante las profundas decepciones del contrato social, la lealtad, la cobardía y el ridículo que existe entre lo que es supuestamente bueno y malo. Los presentes sintieron admiración por ese hombre valiente que mostraba coraje y sabiduría, convirtiéndolo en un héroe que había sido suciamente traicionado por la Vieja Bruja. Cuando Vautrin y los oficiales se marcharon, estalló entre los huéspedes una fuerte ira en contra de la señorita Michennau y Poiret. Los inquilinos demandaban que fueran expulsados de la pensión o de lo contrario dejarían de vivir y comer allí. Esto representaba una pérdida considerable para la señora Vauquer, así que tuvo que apoyar a la mayoría. En aquel momento, entró un mensajero de parte de la Señorita Taillefer para avisar que ella y su tía ya no vivirían más en la pensión. La señora Vauquer estaba segura de que una desgracia había entrado en su casa: primero Vautrin, después Michennau y Poiret y ahora la señora Couture y Victorine.

Aquel día constituyó una especie de fantasmagoría para Eugene que no sabía como ordenar sus pensamientos y sentimientos a pesar de la fuerza de su carácter y su bondad. De pronto, sin darse cuenta, se encontraba con Papá Goriot rumbo al nuevo departamento que adquirió Goriot.

Delphine los esperaba y Eugene se conmovió por el esfuerzo de Delphine y su padre. Papá Goriot estaba emocionado porque finalmente estaría cerca de su hija y Delphine estaba ilusionada con su nuevo amor. Todo parecía convertirse en una hermosa luna de miel entre tres.

El día siguiente, Eugene y Papá Goriot iban a abandonar la pensión. Por la mañana Delphine de Nuncigen fue a buscar a su padre para contarle que su marido había invertido los capitales de la pareja en diversos negocios y si ella le obligaba ahora a devolverle la dote, él se vería forzado a declararse en quiebra, mientras que si Delphine espera un año, su marido se compromete a devolverle todos sus bienes multiplicados. Papá Goriot estaba seguro de que todo esto era un embuste y el barón se hacía el muerto para adueñarse de todo el dinero que le había entregado a su hija en dote. La realidad era que el barón obligaba a Delphine a una asociación ímproba a la que debe de acceder so pena de quedar completamente arruinada; a cambio, él toleraría las relaciones extramaritales de su mujer.

Papá Goriot sintió pena y un profundo dolor por la situación de su hija, pero su sufrimiento era mayor cuando veía a cualquiera de sus hijas llorar y padecer desgracias económicas. Delphine estaba consolando a su perturbado padre cuando de pronto, llegó su hermana Anastasie, con otro problema económico que tratar con el pobre hombre. La rivalidad entre hermanas surgió inmediatamente, pero Papá Goriot logró conciliar entre las dos. El problema de Anastasie era que ella había estado pagando las deudas de juego de su amante Máxime y la última deuda la pagó empeñando un collar de diamantes de la familia de su esposo, para que su amante no se suicidara. El conde se enteró de este penoso acto y rescató el collar; le advirtió a su mujer que mantendría el suceso en silencio porque tenían hijos que no merecían la deshonra, pero a cambio, Anastasie debía firmar la entrega de sus bienes cuando él se lo solicitara. Papá Goriot le pidió a su hija que no firmara nada porque él se encargaría de arreglar los problemas de sus “dos ángeles”. Asimismo, Anastasie también le pidió dinero a su padre para poder saldar la deuda de su amante, pues el dinero del collar no había sido suficiente.

Papá Goriot no sabía qué más hacer, ya había vendido todos sus bienes y su pensión para complacer a sus hijas, la única opción que pasaba por su cabeza, era robarlo, pues todo, absolutamente todo, se lo había entregado a ellas. Las dos hermanas se calumniaban mutuamente provocando en Papá Goriot un terrible enfado y mortificación. La cabeza le ardía y les pedía que se detuvieran antes de que lo mataran de ira. Asustado por la conmoción, Eugene entró a la habitación de Papá Goriot y le ofreció a Anastasie el billete de banco con que le había pagado a Vautrin su deuda. La escena se había tornado violenta, Papá Goriot estaba en mal estado físico, Anastasie salió indignada con el billete pero pronto regresó llorando para pedirle perdón a su padre y de paso solicitarle su firma en el billete endosado. Eugene estaba asombrado por la escena y por la actitud de Anastasie. Entre tanto, Papá Goriot requería recostarse por el estado alterado en el que se encontraba. Eugene acompañó a Delphine hasta su casa, pero inquieto por el estado de Papá Goriot regresó a la pensión donde encontró levantado al anciano y apunto de sentarse a la mesa. Sus actos eran extraños y Bianchon comprendió que el estado de Goriot era grave.

Por la noche, Eugene fue a cenar con Delphine y trató de no alarmarla sobre el estado de su padre. Hablaron sobre los sentimientos de Delphine ante su situación y sobre el esperado baile que se celebraría en casa de la señora de Bauseánt en dos días. Aquella noche, Eugene no volvió a la pensión, sentía tentación por quedarse en su nuevo departamento.

Al día siguiente, los enamorados se habían olvidado de Papá Goriot, pero alrededor de las cuatro de la tarde, Eugene fue a la pensión y se encontró con que Papá Goriot estaba muy grave en cama, pues su hija Anastasie había vuelto a pedirle dinero para pagar el vestido de lentejuelas que usaría en la noche del baile. El estado alarmante en el que ya se encontraba Papá Goriot, ahora era crítico. Eugene y Bianchon se turnaron durante la noche para cuidar al enfermo.

Al día siguiente la condesa de Restaud envió a un sirviente a recoger el dinero. Eugene le mandó un mensaje a Delphine advirtiéndole que no había podido visitarla porque esperaba que un médico diagnosticara a su padre, cuyo panorama era desalentador; ya ella juzgaría si asistir o no al baile.

El médico manifestó que el estado del paciente era delicado pero no inminentemente fatal, aunque sí le convendría morirse cuanto antes. Eugene fue a avisarle a Delphine sobre la noticia, pero ésta estaba segura de que Papá Goriot se recuperaría y decidió no visitarlo para asistir al anhelado baile, aunque dio su palabra de cuidarlo durante la noche.

El baile en la casa de la vizcondesa de Bauseánt era el evento más concurrido en París, pues no solo porque ella representaba la moda en París, sino porque todos los invitados deseaban ver la reacción de la vizcondesa ante el escándalo del nuevo matrimonio de su amante, Adjuda-Pinto. Delphine iba hermosamente arreglada y Anastasie llevaba puesto el vestido de lentejuelas y el collar de diamantes para acallar los comentarios de la sociedad. Este espectáculo entristecía a Rastignac, pues en medio de la opulencia y las joyas de las hermanas, veía el camastro pobre en el que yacía Papá Goriot.

La vizcondesa lucía perfectamente bien, pues si sentía dolor por la traición de su amado, no lo demostraba y se desenvolvía estoicamente.

Durante la velada, la vizcondesa le pidió a Eugene, el único en quien confiaba en esos momentos, que fuera a casa del marqués Adjuda-Pinto para entregarle unas cartas. El joven obedeció y regresó con una caja que le entregó el marqués. La vizcondesa llevó a Eugene a su habitación y le confesó que se marcharía de París, pese a la negativa de su marido, para alejarse del dolor y de las falsas apariencias de tranquilidad que debe demostrar a la sociedad. Eugene no había sentido hasta entonces una emoción tan violenta como la que le produjo el contacto de aquel dolor tan noblemente reprimido. Admiraba a su prima, su valentía, su visión respecto a la sociedad y su estoicismo.

Hacia las cuatro de la mañana, la multitud empezó a marcharse. Rastignac se marchó alrededor de las cinco después de haber visto a la vizcondesa de Bauseant subirse al carro que la llevaría a Courcelles, en Normandía para amar y rezar hasta el día en que Dios decidiera retirarla de este mundo.

De regreso en la pensión, Bianchon advirtió que el estado de Papá Goriot era ya irreparable y no le quedaban más de dos días de vida. En cambio, en lo úncio que pensaba Papá Goriot era en sus hijas, a quienes anhelaba ver con insistencia.

Era necesario prodigarle al viejo ciertos costos para darle una muerte digna, pero ninguno de los jóvenes tenía dinero. Rastignac pensó que podría pedirle dinero a sus yernos y sus hijas, pero se equivocó, pues envió a Cristophe a casa de la condesa Restaud para avisarle sobre el grave estado de su padre cuando su esposo salió a la puerta y se alegró de la muerte segura de su suegro. Parecido ocurrió al llegar a casa de Delphine; ella estaba indispuesta porque se develó en el baile. Cuando Papá Goriot escuchó que ninguna de sus hijas vendría, las maldijo y se lamentó de haber entregado toda su fortuna, pues de tenerla aún, estarían allí lamiéndole las manos y atendiendo a su moribundo padre que no ha hecho otra cosa que sacrificarse por ellas. Sin embargo, lo único que él deseaba con ahínco era que sus hijas fueran a verlo. Eugene le pidió a Bianchon que cuidara a Papá Goriot mientras él iba personalmente a buscar a las hijas. Asimismo, empeñó el reloj que le había regalado Delphine para pagar algunos de los gastos que requería el enfermo.

En casa de los Restaud, Eugene encontró a la condesa desecha en lágrimas debido a los conflictos que tenía con su marido, quien le prohibía visitar a su moribundo padre. Sin éxito, se dirigió a casa de Delphine Nuncigen y el joven le reprendió al decirle que había vendido el reloj para salvar a su padre, pues ninguna de sus hijas mostraba interés alguno.

Delphine saltó de pronto de la cama, le pidió a su criada que la atendiera y dijo que iría a la pensión. Eugene se adelantó contento de poderle avisar al moribundo que una de sus hijas iría a verlo.

El panorama en la pensión era trágico, el cirujano ya no veía mayores esperanzas, Papá Goriot preguntaba insistentemente por sus hijas. La mezquina señora Vauquer, le pidió a Eugene que saldara las cuentas económicas del anciano.

La agonía fue larga y las hijas de Goriot nunca llegaron mientras él seguía consciente. Un momento antes de perder el conocimiento, Bianchon y Eugene lo levantaron para cambiarle las sábanas cuando de pronto Papá Goriot observó a los jóvenes como si fueran sus hijas y exclamó con fuerza: “!Mis Ángeles!”; su último aliento de conciencia. No era más que cuestión de tiempo para que todo acabara. En aquel momento, llegó la condesa de Restaud. Eugene le aclaró que era demasiado tarde, Goriot había perdido el conocimiento. La aparición de Anastasie constituyó algo patético. Ella le pedía perdón a su inconsciente padre y lloraba frente a su moribundo lecho. Le confesó a Eugene que su amante, Máxime de Trailles, se había marchado dejando deudas enormes, además de que la engañaba con otras mujeres. Su marido nunca la perdonará por sus actos y ha tenido que dejarlo dueño de su fortuna. Ahora reconocía que el único verdadero amor se lo daba su padre, a quien renegó y lastimó hasta matarlo. Eugene bajó a comer algo cuando apareció la condesa para anunciar que su padre había muerto. Ella se marchó mientras que Bianchon y Eugene fueron a declarar sobre la defunción del anciano. Los huéspedes hicieron comentarios sarcásticos y a los pocos minutos, todo volvió a la normalidad en la pensión.

A la mañana siguiente, ninguno de los dos yernos habían respondido a la petición de Eugene por pagar los gastos de entierro, ni tampoco se había presentado nadie en su nombre.

Rastignac se vio obligado a pagar el sacerdote, el ataúd más barato y los preparativos. Eugene fue a casa de Delphine pero los sirvientes le dijeron que los señores estaban indispuestos por la muerte de Papá Goriot y no recibían a nadie. Rastignac dejó una nota para Delphine donde pedía que vendiera cualquier alhaja para dar una decente morada a su padre, pero el portero le entregó el mensaje al barón y éste lanzó el papel al fuego.

De regreso en la pensión, Eugene vio que la señora Vauquer tenía el medallón de oro de Papá Goriot con los primeros cabellos de sus dos hijas, pero logró quitárselo para enterrar al viejo con lo único que le quedaba de sus hijas.

Únicamente Rastignac y Christophe, con dos empleados de la funeraria acompañaron al carruaje que conducía al féretro a la capilla. El estudiante buscó en vano a las dos hijas de Papá Goriot o sus maridos

Christophe parecía haberse sentido obligado a prestar los últimos servicios a un hombre que la había hecho ganar propinas y a quien había considerado como un buen hombre y honrado, que no perjudicaba a nadie y que nunca hizo mal alguno.

A las seis de la tarde el cadáver de Papá Goriot fue bajado a la fosa, alrededor de la cual se hallaban los criados de sus hijas, que desaparecieron con el clero en cuanto terminó la misa pagada por el estudiante. Eugene miró la tumba y sepultó en ella la última lágrima de hombre joven, avanzó hacia la parte alta del cementerio de donde se podía ver la ciudad entera y exclamó estas grandiosas palabras: “Ahora nos toca a nosotros”

Y como primer acto de desafío a la sociedad, Rastignac fue a cenar a casa de la señora de Nuncigen…

de la versión española de wikipedia

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

FICHA DEL LIBRO
ENLACE AL LIBRO:
CONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»Papá Goriot (Honore de Balzac)»
ENLACE DE DESCARGA: ENLACE DE DESCARGA (En el banner vertical)
REFERENCIA Y AUTOR: «Papá Goriot (Honore de Balzac)»

PDF


FORMATOS DISPONIBLES: EPUB,FB2,MOBI

El conformista (Alberto Moravia)

El conformista, publicada por primera vez en 1951 es, el retrato de un personaje de la Italia de Mussolini y de la sociedad en la que lucha por integrarse. Pero, bajo este trasfondo histórico que tanto influyó en Moravia y sus contemporáneos, subyace una idea más ambiciosa: intentar explicar un comportamiento moral característico de nuestro tiempo, el conformismo, como deseo de confundirse en la masa y no destacar aun a costa de perder la libertad individual.

Ha sido una gozada leer El conformista. Me he encontrado con un autor que domina el lenguaje. La historia es interesante, la lucha por una búsqueda de ser como todos los demás que hace que el protagonista busque esa normalidad en el fascismo que dominaba Italia en esa época (como, de estar en Rusia, se aliaría con el comunismo) o en el matrimonio con una mujer que no ama. Cualquier cosa que le haga sentirse como las personas que le rodean. Muy interesante.

Se sentía del todo tranquilo, frío, si bien, aunque tampoco esto le resultaba nuevo, un tanto triste. Con una tristeza misteriosa que ahora consideraba inseparable de su carácter. Siempre había sido así de triste o mejor carente de alegría, como determinados lagos que tienen una montaña muy alta que se refleja en sus aguas obstaculizando la luz del sol y haciéndolas negras y melancólicas. Es sabido que si la montaña fuera retirada, el sol haría que las aguas sonrieran, pero la montaña está siempre allí y el lago es triste. Él era triste como esos lagos, pero qué era aquella montaña no hubiera sabido decirlo.

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

FICHA DEL LIBRO
ENLACE AL LIBRO:
CONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»El conformista (Alberto Moravia)»
ENLACE DE DESCARGA: ENLACE DE DESCARGA (En el banner vertical)
REFERENCIA Y AUTOR: «El conformista (Alberto Moravia)»

PDF


FORMATOS DISPONIBLES: EPUB,FB2,MOBI