Martirologio

Bajo esta denominación se conocen las series aisladas o listas ono­másticas de los mártires cristianos, dispues­tos cronológicamente según la sucesión de los días del año. El nombre de cada mártir está inscrito en el día que ocurrió su muerte o bien en el que se celebra su festividad. En el conjunto de documentos de este género suelen distinguirse tres tipos: martirologios locales, martirologios universales y martirologios históricos. Los primeros son los más antiguos y se refieren a las memorias litúrgicas locales de una iglesia o de un grupo de igle­sias de una misma región: contienen por ello pocos nombres, a los cuales se aña­de la indicación del cementerio en que el mártir reposa; en los más recientes aparecen también otros datos: diversas ce­remonias litúrgicas, fiestas a fecha fija, etc.

Los más notables de estos martirologios son Depositio martyrum (romano), del cronista del año 354; el Martirologio cartaginés del siglo VI, editado por Mabillon, que hace referencia a la Iglesia africana; el siríaco, escrito en Edesa alrededor del 412, relativo a las Iglesias orientales. Los martirologios universales contienen las indicaciones de los mártires de toda la Iglesia; es típico el Martyrologium llamado de San Girolamo (alr. del 347-420), que en realidad es una obra anónima del siglo VI, compuesta pro­bablemente de tres martirologios (romano, africano y oriental). Es el más importante y contiene una cantidad de noticias que lo convierten en la fuente más destacada de la hagiografía primitiva, por aportar ade­más el valor de una crítica minuciosa. Los martirologios «históricos» aparecen en la Edad Media y están compuestos a base de las fuentes más variadas: martirologios lo­cales, el Martirologio jeronimiano, hechos de los mártires, vidas de los santos, otras obras hagiográficas. Esta literatura, que floreció sobre todo en el siglo IX, presenta para su utilización y clasificación problemas críticos casi insuperables: recordemos los martiro­logios de Beda (siglo VIII) y los de Rabano Mauro, Floro, Adón y Usuardo, to­dos ellos del siglo IX. Particularmente im­portante es este último (recopilado hacia 875) que, enriquecido con extractos de los Diálogos de Gregorio Magno y de otros textos, constituye el llamado Martirologio romano, que en el oficio divino se lee en la hora «prima».

El texto fue revisado en 1586 por el cardenal Baronio y puesto al día por Benedicto XIV. También la Iglesia griega conoce composiciones hagiográficas semejantes, que fueron denominadas «menologías». Los nombres de los Santos már­tires están ordenados según los días del mes, a partir del »primero de septiembre. El más antiguo se remonta al siglo VIII; el más famoso es el redactado hacia el año 1000 por orden del emperador Basilio II.

M. Niccoli