Lucha por los Bienes de Amón, Anónimo

Título que se ha dado a un texto narrativo egipcio en demòtico, sobre papiro, del si­glo I a. de C. Los acontecimientos trans­curren en tiempos del rey Petubaste y se refieren a la posesión de los bienes del dios Amón de Tebas, consistentes en terre­nos, casas, esclavos, ilegalmente usurpados por el príncipe Anh-Hór, inmediatamente después de la muerte del gran sacerdote del dios. El hijo del difunto, que desem­peña el cargo de sacerdote del dios Horus en la ciudad de Buto, en el Delta, no deja de hacer valer sus derechos. Como no se presta oído a sus reclamaciones, se dirige hacia Tebas al frente de trece guerreros asiáticos. El príncipe Anh-Hór «se irrita como el mar en tempestad, y sus ojos arro­jan llamas» cuando el sacerdote renueva ante su presencia sus reivindicaciones. Se llega a las manos: el joven sacerdote se arroja contra Anh-Hór, «parecido al león cuando se lanza contra un onagro, seme­jante a una nodriza que corre hacia un niño embravecido», lo derriba, lo ata y lo arrastra hasta dentro de la gran nave procesional del dios Amón, entre el júbilo de la chus­ma, divertida por el resultado del combate.

El rey Petubaste, preocupado por el cariz que toman los acontecimientos, consulta al dios Amón, el cual se opone al uso de la fuerza. Otro gran personaje, príncipe y jefe de los Grandes de Amón de la ciudad de Diópolis Parva, habiendo luchado con el joven sacerdote, es también hecho pri­sionero y arrastrado a la nave del dios Amón. Esta segunda captura es acogida por la chusma con gran griterío y copiosas liba­ciones. Los cortesanos, en tierra, se dividen en dos partidos, vacilando entre tomar por asalto la nave o interrogar de nuevo al dios Amón. Se acuerda seguir este último partido: el dios contesta que se ataque lanave, y como jefes de la empresa quiere que se nombre a los príncipes Pemü, hijo de Inaros, y Pesnófer. Éste, que no reside en Tebas, es llamado por carta, en la que se le saluda como «toro vigoroso; león del Este; muralla y pilastra de hierro; la bella barca del Egipto, a la que las tropas egip­cias confían su corazón. ¡ Venga cuanto antes! ¡Deje la comida en la mesa! ¡A Te­bas, en seguida!». Pesnófer, ante esta invi­tación, «rumorea como el mar y hierve todo como la resina cuando arde». «Este pescador de Tanis, Petubaste — comenta Pesnófer—, que jamás he reconocido por rey, sólo se acuerda de mí en los momen­tos de necesidad».

Con todo, hace embarcar a sus guerreros y, juntamente con Pemü, se dirige hacia Tebas, por el Nilo. En Tebas, mientras tanto, un valeroso guerrero, Minneb-mé’e, armado de punta en blanco, lanza un reto a los ocupantes de la nave de Amón. Uno de los asiáticos acepta el de­safío, el cual se prolonga por varias horas del día, hasta la caída de la tarde. Petu­baste estrecha entre sus brazos al ileso Minneb-mé’e y le besa largamente, «boca con­tra boca, como un hombre besa a su amada». El duelo se reanuda los días siguientes, sin éxito. Mientras tanto, desembarcan Pemü y Pesnófer, y precisamente aquí, cuando se preparan nuevos acontecimientos, acaba el fragmento del papiro que ha llegado hasta nosotros. Quizás a consecuencia de la lle­gada de tan conspicuos refuerzos, y bajo la guía de los jefes nombrados por el pro­pio dios Amón en su oráculo, las suertes del encuentro se trocaban en desfavorables para el joven sacerdote y sus secuaces. En consecuencia, los bienes de Amón seguían en posesión de Anh-Hór. La nave de Amón fue restituida al templo del dios. Ésta es una composición narrativa de pura imaginación popular, muy viva en la sucesión de los acontecimientos. Algunos de los personajes figuran también en la Lucha por la coraza del príncipe Inaros (v.), pintados con ras­gos análogos; así por ejemplo el rey Petu­baste, hombre de poca decisión, conciliador y falto de energía. Los hechos se suceden según las directrices, o los humores, de los personajes que le rodean. La narración, rica en imágenes sabrosas y coloridas, cons­tituye para nosotros un precioso documento del gusto del pueblo egipcio durante las épocas bajas.

E. Scamuzzi