La Mascheroniana o A la Muerte de Lorenzo Mascheroni, Vincenzo Monti

[La Mascheroniana o In morte di Lorenzo Mascheroni]. Peque­ño poema en cinco cantos, en tercetos en­cadenados, de Vincenzo Monti (1754-1828), concebido en 1800, poco después de la muerte de Lorenzo Mascheroni, y continua­do y reformado más tarde. Monti lo define como una segunda Bassvilliana (v.) y tal cabe decir, en efecto, por la representación en forma de visiones y por lo escogido del metro; por otra parte, pertenece a la fase de inspiración e imitación dantesca.

El ob­jeto de la obra es la exaltación de Lorenzo Mascheroni, insigne matemático y poeta ele­gante, gran ciudadano y pródigo benefactor de la humanidad. Al morir Mascheroni se congregaron en torno a su lecho las virtu­des, las artes y las ciencias, mientras en el cielo de Venus esperaban su alma las som­bras eminentes de Dante, Petrarca y otros. Acompañado de uno de sus amigos más queridos, el matemático Bartolomé Borda, llega a la constelación de la Lira, donde encuentra a Parini, el cual llora los males que afligen a Italia. Monti narra al atónito poeta milanés la gesta de Napoleón, merced a cuya obra ha podido salvarse la patria. Entretanto, aparecen dos querubines para examinar el destino del mundo, así como la Justicia y la Piedad, una de las cuales exige a Dios venganza por los pecados de Europa, en tanto la otra implora su perdón. Una voz señala a Napoleón como árbitro de los destinos del mundo, y los dos que­rubines descienden a la tierra para llevar la rama de olivo y la espada.

En esta cir­cunstancia llegan a la Lira las almas de Beccaria y de Pietro Verri; cuenta éste el estado en que se hallan algunas ciudades italianas y aprovecha la coyuntura para recordar al iracundo Parini, al íntegro Ariosto y a la refinada Lesbia Cidonia, nombre con que era conocida en la Academia de Arcadia la eminente Paolina-Secco-Suardo, a la que Mascheroni había de­dicado su poema didáctico Invitación a Lesbia Cidonia (v.). Por fin, una voz poten­te invoca la Paz y todas las almas se vuel­ven hacia el sereno horizonte, en el que aparece Napoleón. La imitación dantesca es indudable, al principio del canto V, cuando el alma de Ariosto se desata en una fiera invectiva centra los males de la vida pú­blica italiana, que está calcada de la de Dante en el canto VI del Purgatorio. Pero los recuerdos dantescos quedan amortigua­dos por su escaso interés y por la manía encomiástica en favor del conquistador cor­so. Igualmente perjudican a la obra sus referencias a los enemigos personales del poeta y, sobre todo, a Gianni y a Lattanzi; tanto, que aquél sintió la necesidad de re­batir la acusación con una obra, El Proteo del espejo, ¿y el segundo con una Antimascheroniana, compuesta con el mismo núme­ro dé versos e iguales rimas que el origi­nal. Los puntos verdaderamente inspirados de la obra son la ardiente evocación de Pa­rini y las conversaciones de las almas lom­bardas.

M. Maggi