La Madre, Grazia Deledda

Novela de Grazia Deledda (1871-1936), publicada en 1920. En una no­che de viento, Maddalena descubre que su hijo Paulo, el venerado sacerdote de Aar, falta con una mujer. Lo ha oído salir cautelosamente, lo ha seguido y lo ha visto entrar en la casa de Agnese, hermosa joven que no tiene padres. Al volver a su casa la madre espera a Paulo, y aquel dolor vio­lento despierta en ella todos los recuerdos más dulces, más amargos y más sagrados de su maternidad. Para atormentarla y con el fin de que no luche contra el pecado de su hijo, viene también el demonio, y toma el aspecto del antiguo párroco de Aar, que fumaba, bebía y profería palabrotas, era amigo de bandidos y se dice que no murió, sino que está escondido todavía en una gruta debajo del río. Pero la fe en Dios y su amor de madre son la fuerza de Madda­lena; cuando Paulo vuelve, ella encuentra suficiente valor para hablarle, y sus pala­bras llegan al corazón de él, quien le jura que no volverá nunca más a casa de Agnese.

El día siguiente está cargado de dolor para el joven sacerdote que en sí y fuera de sí encuentra la imagen de la mujer que él querría arrancarse del corazón; pero no se deja dominar por la tentación y cuando llega la noche y, para exacerbar su lucha, Agnese lo manda llamar porque está enfer­ma. Paulo mantiene su juramento. Agnese no se resigna al abandono y amenaza con un escándalo en la iglesia. Cuando a la mañana, Paulo, que ha subido al altar, ve que Agnese se levanta para acercarse, siente que su pena se resuelve en humilde re­signación; si ha de abatirlo el escándalo, ésa será la justa expiación de su culpa. Pero Agnese se arrodilla en el último peldaño y calla: no se atreve a cometer su acción. Pero el corazón de la madre no ha resis­tido la angustiosa tensión y Paulo la en­cuentra muerta en el fondo de la iglesia con los dientes apretados todavía por él es­fuerzo de no gritar. Éste es quizás el libro en que Grazia Deledda ha dado a su mundo poético la expresión más completa y exten­sa. La situación sigue una línea ascendente cada vez más tensa y esencial hacia la última angustia y la suprema pureza de la muerte. La autora ha renunciado en esta obra, por una exigencia interior, a todo ar­tificio pictórico, pero precisamente por esto el vínculo entre el hombre y el ambiente se torna más profundo y los dos motivos hallan su fusión en el sentido trágico de todo cuanto vive y sufre.

O. Nemi