La Crónica de Grieshuus, Hans Theodor Storm

[Zur Chronik von Grieshuus]. Narración de Hans Theodor Storm (1817-1888), publicada en 1883-84, en la que el escritor trata del pro­blema de la herencia que a menudo deter­mina el destino de una estirpe.

En el de­sierto erial de Schleswig había en el si­glo XVII un castillo cuyos herederos eran dos hermanos gemelos, Hinrich y Detlev; jamás dos hermanos fueron tan diferentes. Hinrich era violento e impulsivo, pero fun­damentalmente bueno y generoso; Detlev, en cambio, era de una reservada soberbia que nadie conseguía vencer. Después de la muerte del padre, Hinrich se casa con una joven de condición social muy inferior a la suya; pero el hermano lo considera un des­honor para la familia y, por lo tanto, inten­ta por todos los medios a su alcance, hu­millar a la mujer; finalmente, con una car­ta cruel, la ofende tanto que ésta, que es­taba encinta, por la emoción tiene un parto prematuro y muere de una hemorragia, después de haber dado a luz a una débil niña. El marido, medio loco de dolor, pide a Detlev una explicación y, vencido por la ira, le mata y desaparece. La niña es edu­cada por unos parientes, crece, se casa y tiene un hijo; luego, muy joven aún, mue­re. El muchacho, Rolf, reúne todas las cua­lidades de sus antepasados: la bondad y la belleza de su abuela, la tendencia a la vio­lencia y el valor del abuelo. Su padre, un mayor, le hace educar en su finca: Gries­huus.

Un día se presenta un anciano de modales altaneros que pide — y obtiene — el puesto de guardabosque. Una extraña e intensa simpatía une en seguida al peque­ño Rolf y al viejo, que se convierte en su maestro en todas las artes caballerescas, sabe dominar su carácter iracundo, le en­seña juegos y ejercicios gimnásticos. Rolf ama al viejo con toda su alma. Pasan los años. Rolf se hace hombre y entra en el ejército. Estalla una guerra contra Rusia y el enemigo llega a invadir incluso la tranquila región de los alrededores de Gries­huus. Rolf tiene la misión de guardar un puente a cuatro horas de distancia del castillo. Mientras tanto llegan noticias, por medio de un informador, de que los rusos se han acercado más y que tienen la in­tención de rodear el pequeño pelotón de Rolf y atacarlo con fuerzas superiores. Es necesario avisar inmediatamente al joven, pero la noche es tempestuosa, y es indis­pensable cabalgar a través de un espeso bosque infestado de lobos, que tal vez esté ya en manos de los enemigos. Nadie se ofrece, excepto el viejo guardabosque, que parte en la oscuridad de aquella tremenda noche. Todos esperan ansiosamente; al rom­per el alba llega un carro sobre el que yace el cuerpo exánime de Rolf.

El viejo, du­rante la loca carrera, fue víctima de un ataque al corazón y no llegó a ponerse en contacto con el joven; los rusos pudieron, por lo tanto, sorprender el pelotón durante el sueño y mataron a todos los soldados. Más tarde el padre de Rolf y los amigos, desesperados, encuentran el cadáver del guardabosque tendido en el bosque. Examinándole, se descubre con inmensa sorpresa que él es Hinrich, el abuelo de Rolf. No ha­bía podido resistir la nostalgia de su tierra, de su nieto, último retoño de su familia, sangre de su sangre, y había preferido vi­vir como servidor en aquella tierra que de otro modo no habría podido jamás habitar. La narración es una de las más sugestivas y potentes del autor por la nobleza de lengua­je, la densidad del colorido y la descrip­ción apasionada de los personajes, caracte­res cerrados y contenidos, llenos de una primitiva, pero domada, violencia.

C. Gundolf