El Licenciado Vidriera, Azorín

Visión del personaje de la «novela ejemplar» cervan­tina, obra del gran escritor español Azorín (pseudónimo de José Martínez Ruiz, naci­do en 1874), aparecida en 1915 en las «Pu­blicaciones de la Residencia de Estudiantes».

El autor empieza por describirnos la niñez del personaje: su infancia en la casa vieja de la vieja ciudad castellana y cómo esta casa se va perdiendo poco a poco, van des­apareciendo los muebles. El niño tiene una «sensibilidad fina y morbosa»; le encanta poder contemplar el espectáculo de la ciu­dad desde la ventana, ver los cómicos que pasan por el lugar. Después es llevado a la Olmeda, la casa de campo, donde encuentra todo lo que había pertenecido a su casa. Pasa el tiempo entre lecturas y contempla­ción de los fenómenos. Azorín describe mi­nuciosamente, morosamente, estas impre­siones. No puede faltar la sensación del paso del tiempo: «no se ha producido en los árboles de la Olmeda ninguna violenta agitación de sus troncos y de sus ramas; no han temblado ni ligeramente las paredes de la casa; las avecicas del campo han comenzado a cantar como todos los días; el pavón ha saludado al nuevo sol con lar­gos gritos agudos. Y sin embargo…» ha pasado el tiempo.

La estancia del joven en la Olmeda termina con la ida a la romería de la Virgen de los Verdes. Allí bebe y se emborracha y despierta después en el carro de la farsa. En este punto la narración en­tronca con la de Cervantes, cuando los dos caballeros estudiantes encuentran dormido al muchacho y le preguntan dónde va. Y él les contesta que a Salamanca, en busca de amo. El joven vive con ellos en esta ciu­dad, como estudiante y criado, durante ocho años. Allí se hace amigo de don Lope de Almendares, que «lleva por la vida una quimera». Tomás Rueda — ahora ya sabe­mos el nombre del joven — se va de Sala­manca. Quiere vivir la vida, viaja por las regiones de España, de las que nos ofrece una magnífica visión: «De Castilla vemos, en una vieja ciudad — rodeada de llanura ocre — un patio con columnas y un laurel y un ciprés. De Cataluña, un almendro en flor, junto al mar de intenso azul, y una montaña altísima con una casita. Galicia es la mancha roja del pañuelo que lleva a la cabeza una aldeana— ¡y tan amoro­sa!— sobre el verde del prado. Una calle­juela sonora y encalada, con una cinta de añil en lo alto, y olor grato a olivo que­mado, y aire tibio y voluptuoso en Anda­lucía. Y Vasconia se nos presenta con un cielo gris y bajo, entre dos alcores, y entre unas tablas gruesas y relucientes en el piso de la estancia». Viaja después por Flandes e Italia, regresa luego a Salamanca, va a Madrid, etc. Traba amistad con el músico Asensio. Se enamora Tomás de una mujer que no es guapa ni fea. Ha probado el vino dulce y violento del amor y le queda una pequeña fiebre, el cerebro encendido y en­fermo, algo nuevo en su sensibilidad y en su carácter, como si fuera ahora «vidrioso» o «algo vidrioso».

Ésta es la interpretación de Azorín: la sensibilidad agudizada y frá­gil como si fuera cristal. El Licenciado Vi­driera forma parte del conjunto de obras que interpretan los temas clásicos (cfr. en Castilla (v.), «Las nubes» y «La fragancia del vaso»). En 1941 Azorín volvió a publi­car El Licenciado Vidriera con el título To­más Rueda, acompañado de un breve pró­logo en el que nos explica el sentido y la intención de su glosa de Cervantes: el paso del ensueño a la realidad. Azorín se pre­gunta cuándo era más auténtico Tomás Rueda, ¿cuándo estaba loco o cuándo era cuerdo? A continuación establece un pa­ralelo entre El Licenciado Vidriera y el Quijote y entre Tomas Rueda y Alonso Quijano: ambos viven en lo irreal, pero acaban por vivir en lo cotidiano. La razón de que vivan en lo irreal la explica el autor por la imposibilidad de conocer el misterio: «para escapar a la angustia de no saberlo, se crea don Quijote una realidad suya, y se la crea Tomás Rueda». Pero en el Quijote, el héroe muere viviendo en lo cotidiano, mientras que El Licenciado Vi­driera termina antes de la muerte del héroe, dejándonos la incógnita del dilema plantea­do entre lo irreal y lo cotidiano.

A. Comas