El Cuento de Giacoppo, Isidoro del Lungo

[La novella di Giacoppo]. Isidoro del Lungo, que des­de 1865 lo había publicado como anónimo, en 1913 atribuyó a Lorenzo de Médicis (1449- 1492) la paternidad del Cuento de Giacoppo, comprobada ahora por la confrontación del códice con los manuscritos lorencianos pu­blicados por Palmarocchi.

Giacoppo, ciuda­dano sienés, rico, feo y tonto, tiene una bella esposa, Cassandra, de la que está enamorado un joven florentino llamado Fran­cesco. La mujer corresponde a este amor, pero los celos del marido impiden cualquier relación. Para alcanzar su fin, Francesco da muestras de no interesarse en absoluto por Cassandra y regresa de Florencia con una supuesta esposa, una cortesana llamada Bartolomea, a la que paga para que represente su papel. Ésta simula enamorarse de Gia­coppo, quien, lisonjeado, se lo cree y acep­ta ir a visitarla; ella le atormenta de mil maneras, siempre aparentando hacerlo por amor, y le obliga a unos esfuerzos excesivos para su edad. La cosa sigue así durante algún tiempo, hasta la llegada de la Cua­resma, cuando ella le pide una pausa para hacer penitencia, y le induce a confesarse con un fraile franciscano, Antonio Della Marca, debidamente instruido por Frances­co. Al enterarse del pecado, el fraile dice a Giacoppo que solamente tiene un medio para expiarlo, es decir, restituir lo que alevosamente ha tomado, cediendo su pro­pia mujer a Francesco a cambio de la suya. Va Giacoppo a ver a Francesco, y éste si­mula enfadarse y rehusar; pero consiente gracias a la intercesión del fraile, después de haber sido implorado de rodillas.

El ma­rido, también de rodillas, ha de rogar a su mujer que acepte. Así, finalmente, a satis­facción de todo el mundo, se cumple el lar­go deseo. El cuento es de evidente tipo boccaccesco y resulta apreciable por su fan­tasía la chistosa situación del marido que ruega de rodillas a su mujer y al amante de ésta que le traicionen, y los sacrílegos con­sejos del confesor granuja. Es evidente el parecido con la Mandragora (v.) y es im­posible dejar de pensar en una derivación. Pero lo que en Boccaccio y Maquiavelo llega a ser poesía, se queda aquí en rasgo de ingenio; ninguna figura posee auténtica vida, ni siquiera el tonto Giacoppo ni el fraile, pobre reminiscencia boccaccesca, y las escenas y los diálogos no tienen la so­lidez del Decamerón (v.). De Boccaccio es, naturalmente, también el estilo, aunque con cierta facilidad popular. El cuento, con los Cantos carnavalescos (v.) y las Ba­ladas (v.), nos pone de manifiesto el aspecto cínico y vividor de la polifacética figura de Lorenzo el Magnífico y su capacidad de adaptarse a espíritus y formas ajenas.

E. Rho