Crónica de Familia, Sergej Timofeevic Aksakov

[Semejnaja chrónika]. Novela de Sergej Timofeevic Aksakov (1791-1859), publicada en Moscú en 1856. Con esta obra entra en la literatura rusa un nuevo género. No se trata de una novela, pese a que no falte el elemento novelesco, y menos de un libro de memo­rias propiamente dicho, aunque la narra­ción esté basada en recuerdos del autor.

Aksakov narra la historia de sus abuelos y padres con gran finura de observación, des­cribiendo cuidadosamente todos los deta­lles sobre el fondo de la naturaleza rusa vista con amplitud épica; resulta un magní­fico cuadro de la Rusia patriarcal de fines del siglo XVIII. Los sucesos narrados no tienen en sí nada de grandioso; aún más, «el gran mundo» vive su turbulenta existen­cia bastante lejos, más allá de los confines de las posesiones del viejo Bagrov, a ambas orillas del río Buguruslan, de aguas tran­quilas y transparentes. En la amplia lla­nura, resonando con el canto de millares de pájaros de la estepa, vive gente que cuida su campo, come, bebe y se casa; los hijos nacen, crecen, los viejos mueren y son acompañados al camposanto. Destaca impo­nente entre las demás, la figura del abuelo, Stepan Michajlovic Bagrov, admirable en su rectitud, en su ira salvaje, en su inflexible obstinación y en su humilde bondad. Es él quien trata de convencer a su nuera, ma­dre del autor, de que en el campo rigen usos distintos de los de la gran ciudad de donde proviene. Suegra y cuñadas son todas ellas ira y malignidad para la joven nuera, mien­tras el débil marido no consigue ser para ella ni sostén ni protección; así la tragedia y la tragicomedia se asoman también en el idilio de la vida patriarcal.

Al valor de la obra contribuye la limpia sencillez del idio­ma y la épica plasticidad de la narración. Se dijo que Aksakov escribía como si no hubiese leído ni un libro en toda su vida. Turguenev dejó escrito: «Aksakov mira la naturaleza no desde un punto de vista ex­clusivo, sino como hay que mirarla: clara, sencillamente y con plena participación; no se hace pasar por sabio ni por astuto, ni le atribuye intenciones ni fines extraños; ob­serva inteligentemente, conscientemente y con verdadera finura, sólo quiere conocer, ver. Y ante esa mirada la naturaleza se re­vela y se deja contemplar». La obra fue continuada con Los años de infancia de Bagrov nieto (v.).

O. S. Resnevich