La Bella Durmiente del Bosque

[La Belle au bois dormant]. Protagonista del cuento de este nombre (v.) de Charles Perrault (1628-1703). Dulce cosa es dormir y soñar al amparo de un silencio que ni tan sólo el zumbar de una abeja o el mur­mullo de una fuente se atreven a tur­bar; dulce cosa también la quieta y oculta senda de la vida que marcha imperturbable hacia su fin, entre murmullos y flores.

Así duermen su sueño la noche y la luna, y el invierno su silencio y su frío; así también, la princesa durmiente del cuento es la imagen de todas las esperanzas humanas ocultas y confiadas, seguras de la última y benigna palabra del destino, día claro y amoroso tal cual lo manifestaran las ha­das.

La bella durmiente, ¿no sería quizá Perséfone, o la primavera cautiva? ¿Será, pues, Brunilda (v.), o Eurídice (v.)? ¿Qui­zá la noche, a la que el sol comunica un rayo plateado de su luz, naturaleza privada de todo rumor pero más que nunca viva en el oscuro regazo de la tierra y de nuevo floreciente al solo beso de la aurora? ¿Sería acaso el alma abierta a una secreta espe­ranza, ensimismada, para la que todo, a su alrededor, calla y duerme en tanto no venga el amor a despertarla? Todo esto es la bellísima durmiente, pues, más que un símbolo, es la imagen de toda muda esperanza, poderosa como una certeza.

Es también el tiempo; siglos o milenios, vacíos de amor, son como instantes: sueño y le­targo, ausencia y tinieblas, alumbradas, no obstante, por la invisible luz de los sue­ños: «… mientras dormía… el hada, mi que­rido príncipe, iba llenando mi imaginación con vuestra imagen…». Es, asimismo, con­ciencia de la vida: «… sabía que quien me desencantara había de ser más bello que el amor…». Pero aunque la princesa dur­miente sea una abstracción alegórica, en las palabras de su despertar hay algo más: está la vida con todo su vigor; más que al amor, es al enamorado a quien aguarda, el ardor real de un beso verdadero.

Presa por el sortilegio en el lento curso de los años muertos (« ¿…sois vos, mi querido príncipe? ¡ Cuánto os habéis hecho espe­rar!…») y convertida en glacial imagen de luna y de sueño, de silencio y de invierno, la princesa es fruto y flor que despierta con el florecer de las rosas del bosque, en­tre la amorosa impaciencia del joven prín­cipe y el hambre atroz de sus vasallos cien años en ayunas. Por todo ello es, juntamente, sueño y despertar, la sombra y la luz que la sigue, la espera y lo que viene a llenarla, cual se inunda de sol el pálido cielo del alba.

No importa que los siglos la hayan llamado de mil maneras distintas: la imagen que el cuento de la Mère l’Oye suscitaba en Perrault niño, y a la que luego éste revistió con meditadas palabras a fin de perpetuarla en el arte, carece de nombre. Y hoy el cuento encan­tador acaso no nos deje reconocer en aquel sueño, en aquella dulce y larga espera, otro tiempo que el de nuestra infancia so­ñadora.

G. Veronesi