Aventuras de Sherlock Holmes, Arthur Conan Doyle

[Adventures of Sherlock Holmes]. Bajo este título es conocida generalmente la serie de narraciones y novelas policíacas del esco­cés sir Arthur Conan Doyle (1850-1930), es­critas casi todas entre 1891 y 1925. Las no­velas y relatos urdidos en torno a la diná­mica personalidad de Sherlock Holmes (v.), están reunidos en una decena de volúme­nes. El primero de la serie es La mancha escarlata [A Study in Scarlet, 1887] y en ella están ya patentes todas las caracterís­ticas de la manera de Conan Doyle, gran vulgarizador, si no creador, de la novela policíaca a la que supo dar un digno y simpático carácter científico. Sherlock Hol­mes, el investigador, recuerda al primer gran policía de la literatura moderna: Au­gusto Dupin (v.), de Poe. Además, en ésta, como en las otras narraciones, la relación policíaca ocupa sólo una mitad del libro: una vez descubierto el asesino, la narra­ción retrocede veinte o treinta años para explicar la historia del acontecimiento, se­gún el método que hizo ya célebre el tru­culento Gaboriau. Sigue La marca de los cuatro [The Sign of Four, 1889] en el que todavía es evidente la influencia de Poe; el suceso se parece al del «Asesinato de la calle de la Morgue» (v. Relatos de lo grotesco y lo arabesco), sólo que, en éste, el simio es sustituido por un indígena. También aquí hace el autor una larga digresión retrospectiva hacia la mitad del libro. Aparecen después, recogidas en un volumen, las Aventuras de Sherlock Hol­mes propiamente dichas, publicadas ini­cialmente (hacia 1891) en varios «magazines» (sobre todo en el «Strand Magazine»).

Las aventuras las narra el doctor Watson, que convive con Holmes para curarle del vicio de los estupefacientes. En todas, o casi todas, estas aventuras, una parte importante corresponde al felón: el profesor Moriarty, criminal genial y astuto, digno por todos conceptos de codearse con Holmes. Termina el segundo volumen con la narración de la última lucha, cara a cara, entre los dos antagonistas en las montañas de Suiza, al finalizar la cual ambos conten­dientes ruedan al fondo de un precipicio. Al mismo grupo pertenecen, también, las Memorias de Sherlock Holmes [The Memoirs of Sherlock Holmes], publicada en un volumen en 1893. Pero algunos años des­pués, los fieles lectores de Conan Doyle acogieron con el mismo favor los dos vo­lúmenes del Regreso de Sherlock Holmes [The return of Sherlock Holmes, 1904] en los cuales los lectores se enteraron de que en la lucha, sólo Moriarty había encontra­do la muerte, en tanto Holmes había logra­do salvarse, dejando correr las noticias so­bre su muerte para poder mejor vigilar y sorprender a los miembros todavía vivos de la peligrosa banda que capitaneaba el dia­bólico profesor. En efecto: había regresado a Londres (La casa vacía [The Empty House ]) a tiempo para hacer caer en la trampa al coronel Moran, quien había reanudado su actividad con el asesinato de un joven lord, sirviéndose de un fusil especial. En general, parece que Conan Doy le no sabía concebir un delito que no tuviera orígenes lejanos y que no se realizara por medio de bandas de delincuentes y anarquistas («Los lentes de oro»; «La segunda mancha»; «Los volatineros», etc.). Un ejemplo todavía más característico lo encontramos en la lar­ga y complicada novela El valle del miedo [The Valley of Fear] en la que aparece to­davía Moriarty, y en la que una comarca entera está en continua zozobra por una banda de criminales, afiliados a una socie­dad secreta; la segunda parte de la narra­ción, que como de ordinario contiene el relato de los antecedentes, asume la impor­tancia de una segunda novela policíaca. En­tre las largas narraciones también célebres, recordemos El sabueso de los Baskerville (v.), en la que son objeto de particular cuidado el ambiente y la atmósfera del de­lito.

El último volumen de la serie Los re­cuerdos de Sherlock Holmes [The Case Book of Sherlock Holmes] es de 1927 y se distingue, de los demás, por estar escrito en primera persona; pero en él se advierten signos de cansancio y, en conjunto, el vo­lumen es inferior a los precedentes. Es di­fícil establecer la importancia que la obra de Conan Doyle ha tenido en el desarrollo de la novela policíaca contemporánea: cier­to es que el frío cerebralismo científico de Holmes, al que sirve de contrapeso la bonachonería ingenua del doctor Watson, y a menudo la supina torpeza de la policía oficial, han abierto las vías que luego han recorrido hasta el infinito las miríadas de escritores de novelas policíacas que siguie­ron sus pasos. En la vanidad del investiga­dor Poirot (v.), el célebre personaje de Agatha Christie encontramos la caricatura de la complacencia de Holmes, así como en el refinamiento científico-artístico de Philo Vanee (v.) de S. S. Van Dyne encontramos todavía al Holmes violinista y entendido en arte.

L. Krasnik