Viaje de Wenamón, Anónimo

Notable texto na­rrativo de la antigua literatura egipcia transmitido por un papiro de la dinastía XXI (1035-935 a. de C.), falto del fragmento, quizás extenso, del epílogo. El anónimo autor no nos cuenta sucesos demasiado lejanos a su tiempo, ni ha colocado la acción en un mundo fabuloso inventado por su fantasía.

Lo acaecido al protagonista guarda estrecha unión con la realidad y muestra las miserias y les aspectos negativos de la misma. Es por completo original la figura del protagonista, personaje no ciertamente de temple heroico, ni dotado de cualidades particulares, de modo que puede confun­dirse con otros infinitos que viven una vida mediocre, también porque así lo requieren las circunstancias. En efecto, en el período en que tienen lugar los sucesos del Viaje, Egipto no está ya agrupado en manos de un solo gobernante, el faraón; aconteci­mientos políticos han dividido el país entre muchos dominadores, y disminuye el presti­gio de la nación, oprimida por los pueblos limítrofes. El Viaje, por quien bien lo mire, puede ser considerado como una confirma­ción del principio constantemente compro­bado de que el representante de un país débil no fue ni será nunca respetado entre los extraños. Wenamón es el sacerdote esco­gido para llevar a buen término el encargo de conseguir del príncipe de Byblos, en Fe­nicia, un cargamento de la preciada madera de cedro, necesaria para reparar la nave sagrada del templo de Amón en Tebas.

Dada la situación y las condiciones de Egip­to, no se puede hablar del envío de una embajada. Los medios necesarios para el viaje han sido reunidos con donaciones, se­gún las posibilidades de varios poderosos que señorean el país y, a fin de rodear a la persona del sacerdote y a su misión de un lustre e importancia, no se encuentra nada mejor que hacer marchar con el en­viado una estatua sagrada del dios Amón. En una de las escalas del largo recorrido, un marinero roba diestramente a Wenamón todo el dinero recogido para la misión. Y al sacerdote no se le ocurre otra solución me­jor que apoderarse, a su vez, del dinero que halla a bordo del primer barco que encuen­tra en la ruta. Desembarcado en Byblos, la acogida que se hace a su petición no es de las mejores. Cuando, cansado por las continuas dilaciones, el sacerdote está a punto de iniciar el viaje de regreso, el príncipe de Byblos muda de consejo y lo hace in­troducir en su presencia. El nombre y la importancia del dios Amón de Tebas hacen que el príncipe preste benévolos oídos a la petición de que es portador Wenamón.

Pre­via entrega de un anticipo, centenares de obreros trabajan sin interrupción en derri­bar árboles. La nave, terminado el carga­mento, se dispone a iniciar el viaje de regreso, cuando en las aguas de Byblos se perfilan unas naves pertenecientes al pue­blo a que Wenamón, en el viaje de ida, había sustraído el dinero. El regreso queda forzosamente suspendido. El príncipe de Byblos tiene entonces la atención de enviar al sacerdote, para sosiego de su desespera­ción, unos cuantos cántaros de vino, un carnero y una cantante egipcia, para que los ritmos de las canciones de su país le sirvan de consuelo. Algún tiempo después, aprovechando la confusión provocada por una tempestad, la nave puede finalmente zarpar, para caer, bien pronto, en otra no muy agradable situación. La tempestad, en efecto, la arroja sobre Chipre; los habitantes se apoderan de Wenamón y amenazan matarlo. Asistido por un chipriota que co­noce la lengua egipcia, el malparado sacer­dote puede exponer sus quebrantos a la princesa de Chipre, que, por toda respuesta, le invita a que vaya a reposar.

Hasta aquí el fragmento que poseemos del papiro; las vicisitudes de Wenamón quedan interrum­pidas en el momento quizás más interesante. La narración procede por toques descripti­vos y con imágenes muy bien concebidas y aplicadas. He aquí cómo ha sido descrito uno de los momentos del encuentro de We­namón con el príncipe de Byblos. Llevado a la Corte, «lo encontré — cuenta Wena­món — en la sala superior, apoyado en una ventana; detrás de él, a sus espaldas, las olas del gran mar de Siria rumoreaban». La exposición es autobiográfica, forma que en la literatura egipcia antigua cuenta con precedentes ilustres, como por ejemplo las famosas Aventuras de Sinühe (v.).

E. Scamuzzi