El Cuento del Caballo, Olof Dalin

[Sagan om Hdsten]. Epopeya popular del escritor sueco Olof Dalin (1708-1763), publicada en 1740. En ella narra el autor, de modo ale­górico, los acontecimientos de Suecia y de sus reyes, desde Gustavo Vasa hasta Car­los XII.

El caballo Gralle, símbolo del pue­blo sueco, tiene al principio un dueño que le hace trabajar demasiado y del que el animal intenta desembarazarse, sin conseguirlo, ya que el amo sabe sentarse firme en la silla. Cuando el caballo y su dueño comienzan a estar de perfecto acuerdo, muere el hombre y el hijo mayor hereda a Gralle. El nuevo amo es peor que el pri­mero, y bajo sus espuelas sangran los ijares del caballo, hasta que éste, enfurecido por el dolor, le despide de la silla y le rompe uno de los hombros. El segundo hermano, que esperaba esta ocasión, logra montar el caballo a horcajadas (en este punto se insertan en la narración las aven­turas del rey Juan y de su hijo, que, toda­vía muy joven, fue elegido rey de Polonia) y a su muerte, la propiedad de Gralle pasa al sobrino, que es un niño y que nunca po­drá montarlo, porque el tío puso bajo la silla un clavo viejo, y la bestia, cada vez que el muchacho intenta cabalgar, se encabrita, a causa del dolor y le arroja de la montura. Tras el amo niño, Gralle entra en conocimiento con un dueño que lo doma y le hace andar derecho. El hijo, que será Gustavo Adolfo, acostumbra a Gralle al rui­do de los cañonazos, le hace cruzar el mar, lo conduce al Garpmossen (alemania), don­de le enseña un pastizal florido y extenso.

La hija de este dueño, la reina Cristina, no sabe guiar a Gralle y lo cede a su primo Carlos X, al que suceden Carlos XI y Car­los XII, a quien se suele llamar por el nom­bre antiguo: Harkuller. Éste lleva al ca­ballo a la batalla, en busca de la inmorta­lidad y la gloria. Un modelo genérico de narración alegórica pudo encontrarlo Da­lin en Swift; pero éste es un detalle ex­trínseco. En efecto, la epopeya de Dalin es verdaderamente original, centrada en aquel viejo campesino sueco, cuyo ánimo y cuyo tono se han logrado muy felizmente, hasta el punto de hacer olvidar la alegoría, que es presentada de este modo como una sim­ple añadidura.

A. Ahnfelt