Crónica de Otón de Frisinga

Empeza­da por Otón de Frisinga (1114-1158) en los primeros meses de 1143, fue terminada en 1146 y dedicada al monje Isingrimo. Esta edición se ha perdido completamente. To­dos los códices que nos han llegado se re­fieren a la segunda edición, de septiembre de 1156 y dedicada al emperador Federico I. Abarca, en ocho libros, lo sucedido desde la creación del mundo hasta los tiempos del autor, demostrando que el destino del gé­nero humano y las humanas transformacio­nes son producto de la voluntad de Dios según el fin que Él mismo se ha propuesto. Erudito en filosofía teológica, además de profundo conocedor de Cicerón, Otón ve la historia como un conjunto de edades en proceso de degeneración; el concepto del ya próximo fin del mundo, principio de la vida celestial, se deriva de la visión de la atormentadísima condición política de la alemania de aquel tiempo.

La Crónica, pre­cedida de un prólogo «de duabus civitatibus», la celeste y la terrenal, dirigida al monje Isingrimo, y escrita, según intención del autor, no por mera curiosidad, sino con una finalidad moral, tiene como fuentes más importantes a San Agustín y Orosio. Otón, en sus juicios sobre los acontecimientos hu­manos, está, en general, exento de ira y, si bien ligado por vínculos de familia con la casa sueva, no es por ello partidista en la exposición de hechos; pasa en silencio todo lo que puede referirse a sí mismo, mantiene una actitud equilibrada en la presentación de prodigios y milagros, a los que no presta ni niega un crédito excesivo, y usa un lenguaje bastante adornado, si bien lleno de términos escolásticos. Pu­blicada en los Monumenta Germaniae His­tórica, SS. XX.

A. Cutolo