Crónica de Muntaner

La más divulgada y extensa de las cuatro crónicas medievales catalanas denominadas «las cuatro perlas», es la de Ramón Muntaner (1265-1336). El autor, nacido en la villa ampurdanesa de Perelada, conoció a Jaime el Conquistador por haberse éste hospedado en la casa del padre del cronista en 1274; conoció también a Pedro el Grande, al que acompañó a Francia siendo éste infante a principios de 1276; siguió a Alfonso el Liberal a la con­quista de Menorca en 1287; le hallamos lue­go en Sicilia por lo menos desde 1300 al servicio de Federico III; con la Gran Com­pañía catalana, como canciller y maestro racional pero también a menudo como jefe militar, corre mil aventuras en Grecia en­tre 1305 y 1307; pasa después a Djerba, donde permanece casi ininterrumpidamente hasta 1315; cuando el infante Fernando de Mallorca comienza su malhadada aventura de Morea regresa a Cataluña para llevar a Perpiñán al futuro Jaime III de Mallorca, niño de pocos días; se establece después en Valencia, donde interviene activamente en la vida municipal durante los últimos años del reinado de Jaime II, y como represen­tante de aquella ciudad asiste en Zaragoza a las fiestas de la coronación de Alfonso el Benigno; por fin, en 1332, se afinca en Ma­llorca al servicio de Jaime III y muere en Ibiza en 1336.

Era natural que este hombre que sirvió y conoció, a veces muy de cerca, a cinco reyes de Cataluña y Aragón, a tres reyes de Mallorca y a uno de Sicilia, todos ellos de su bienamada dinastía barcelonesa, y que recorrió desde Perelada hasta Valen­cia, desde Galípoli hasta Zaragoza, desde Djerba hasta Perpiñán, todo el escenario de los hechos de sus compatriotas y de los suyos propios en la mejor de sus horas, se sintiera inclinado, al gozar en su vejez de unos años de calma, a verter en una crónica todo el inmenso caudal de recuerdos acu­mulados durante su activísima y hazañosa vida. Para fortuna de las letras catalanas Muntaner era además un narrador nato, y contaba por añadidura con el instrumento ya forjado por sus predecesores de una pro­sa narrativa apta para reflejar los más va­riados matices, sin perder por ello un ápi­ce de naturalidad ni de vigor. Por esta ra­zón su crónica, a pesar de estar escrita a vuela pluma y con evidente desaliño y un bagaje verbal relativamente reducido, pro­duce una impresión profundísima y consi­gue contagiar al lector menos predispuesto el mismo entusiasmo y fervor que encen­dían el ánimo del cronista. Muntaner em­pezó su obra, según propia declaración, el 15 de mayo de 1325 y debió terminarla en 1328 o poco después.

Abraza un ámbito cro­nológico comprendido entre el engendra­miento de Jaime I (1203) y la coronación de Alfonso III (1328), pero su testimonio aumenta de valor a medida que va avan­zando a lo largo de la crónica, sobre todo desde la muerte de Pedro el Grande, ya que a partir de este momento ya no ha de servirse de leyendas ni de otros textos historiográficos quizá más recordados muchas veces, sino que puede someter a contribu­ción su riquísima experiencia personal y la de sus contemporáneos, lo que le permite poner a nuestra disposición una informa­ción excepcional sobre el reinado de Al­fonso II, tan injustamente descuidado por los demás cronistas, sobre las luchas en Si­cilia y Calabria a fines del siglo XIII y so­bre todo sobre la expedición de la Gran Compañía catalana a Oriente, para cuyo co­nocimiento constituye una fuente única y valiosísima entre las occidentales. También obedecen a idénticas posibilidades sus re­latos sobre su propio gobierno en las islas de Djerba y Querquennah, sobre la cam­paña de Cerdeña iniciada en 1323 y sobre la coronación de Alfonso III que, como una magnífica apoteosis final, pintada con los más vivos y sugestivos colores, cierra la crónica. Ésta ha tenido una honda reper­cusión en la historiografía posterior desde que se la combinó con la crónica de Desclot a mediados del siglo XIV y se la in­cluyó, más o menos completamente, en la Crónica Universal de 1425 y en el Llibre de les nobleses deis reis de France a me­diados del siglo XV, hasta que fue para­fraseada en obras como Expedición de ca­talanes y aragoneses contra turcos y grie­gos de Francisco de Monteada (v.) y Expédition des «Almugavares» ou routiers catalans en Orient de Van 1302 á Van 1311 de Gustave Schlumberger (1902).

La crónica que nos ocupa fue traducida al castellano por Miguel Monterde a fines del siglo XVI y por Antoni de Bofarull en 1860; al fran­cés por J. A. Buchón en 1827, y por el mis­mo en colaboración con Josep Tastú en 1840; al alemán por Karl Lanz en 1842; al ita­liano por Filippo Moisé en 1844; y al in­glés por lady Goodenough en 1921. Existe también de ella una antigua versión sici­liana fragmentaria. La mejor y más reciente edición de la obra de Muntaner es debida a J. M. de Casacuberta con la colabora­ción de Miguel Coll y Alentorn (Barcelo­na, 1927-1952). Incluye abundantes notas lin­güísticas y una guía cronológica marginal.

M. Coll y Alentorn