El Caballero Cifar

Libro de ca­ballerías del siglo XIV, cuyo verdadero título es: Corónica del muy esforçado y esclarecido Cavallero Cifar… en la qual se cuentan sus famosos fechos de cavallería por los quales, e por sus muchas y buenas virtudes, vino a ser rey del reino de Men­tón. Assí mesmo en esta historia se contie­nen muchas y católicas doctrinas y buenos enxemplos, assí para cavalleros como para las otras personas de qualquier estado. Y esso mesmo se cuentan los señalados fe­chos en cavallería de Garfin y Roboan, hijos del Cavallero Cifar. En especial se cuenta la historia de Roboan, el qual fué tal cavallero que vino a ser emperador del Im­perio de Tigrida. Impresa en Sevilla en 1512, la novela permanece anónima, aunque Me­néndez Pelayo opina que puede ser su autor Ferrant Martínez, de quien se habla en el largo y extraño prólogo (en el que describe su viaje a Roma, llevado a cabo entre 1299 y 1305, donde logró la autorización ponti­ficia para trasladar a Toledo los despojos del cardenal Gonzalo García Gudiel, y el solemne regreso), y se resiente de una doble influencia oriental bizantina y caballeresco- bretona. Encontramos, efectivamente, parte de la leyenda de San Eustaquio (o Plácido). El caballero Cifar, obligado con su mujer y sus hijos a abandonar la corte de un rey de la India, perseguido por la envidia y la mala fortuna (al valeroso caballero se le muere un caballo cada diez días), se retira a la ciudad de Galapia, a la que libra del asedio del conde Rodán; de un hijo de éste, hecho prisionero por Cifar, se enamora la reina de Galapia, casándose con él.

Cele­bradas las bodas con grandes fiestas, Cifar parte con su mujer y sus hijos, pero la fa­milia se dispersa a causa de naufragios, rap­tos y aventuras de toda especie. Su hijo Garfin es raptado por una leona, y el otro hijo por los marineros. Grima, huyendo de la brutalidad de los marineros, regresa a Galapia, donde funda un monasterio, y des­pués de nueve años, en una nave guiada por el Niño Jesús, llega a Mentón, donde se en­cuentran también Cifar y sus hijos. Ayuda­do por su escudero Ribaldo (v.), Cifar había liberado a Mentón, cuyo rey le concede la mano de su hija, con la que debía desposarse dos años después. Pero reconociendo a los suyos, y muerta oportunamente su pro­metida, Cifar, ahora rey, da a su esposa, que estaba a punto de ser condenada a la hoguera, el digno puesto que le corresponde junto a él. Cifar es llamado también el Ca­ballero de Dios, y, efectivamente, sus obras no son excesivamente belicosas, mientras sus hijos personifican más el tipo del caba­llero bretón, del guerrero, y esto se ve, por ejemplo, en la ejemplar venganza que lle­van a cabo contra el traidor Conde Nasón. Este episodio da lugar a uno de los parajes más interesantes: la narración de los pro­digios que suceden a orillas del lago don­de se hallan esparcidas las cenizas del trai­dor. El Caballero Atrevido es conducido por la Dama del Lago a un mundo mara­villoso, bajo la superficie de las aguas, en el cual la vida se renueva cada día, y de donde es expulsado dos semanas después (con el hijo concebido la primera noche con la hermosa Dama y ahora caballero), reo de infidelidad contra la soberbia do­minadora. Casi todo el segundo libro es, por el contrario, un tratado eticopolítico del tipo de los Documentos et Castigos de don San­cho y de los Castigos et Consejos o Libro Infinido de don Juan Manuel, y contiene los preceptos que Cifar da a sus hijos. Como en los libros citados, las normas están interca­ladas con apólogos, novelas y anécdotas, to­mados de la misma fuente, especialmente de Flores de Filosofía, escrito bajo el reinado de San Fernando, y de la Disciplina Clericalis, de Pedro Alfonso.

El tercer libro, fi­nalmente, habla de las empresas de Roboán, y en esta parte es muy notable el influjo de la novelística árabe, del tipo de las Mil y una noches, en la descripción de paisajes fantásticos en los cuales se desarrollan sor­prendentes aventuras, así como en las co­rrerías de los dos hermanos y en los otros casos se nota principalmente la influencia del ciclo del rey Artús y, en las aventuras de Cifar, la leyenda hagiográfica bizantina secularizada. La anécdota, el apólogo, el cuento, el precepto, que se hallan en todas sus partes, si bien predominantemente en la leyenda, dan a la obra una forma didác­tica en consonancia con el espíritu de la época, y que hace menos ágil el desarrollo como novela de aventuras caballerescas, alejándolo de las obras posteriores de este género en España, de las cuales se aparta también por su estilo, simple e inelegante, si bien no desprovisto de fuerza, y, por consiguiente, más fácil que la pomposa hinchazón de la que abusaron los escrito­res de tales historias, y que lo acerca un poco a don Juan Manuel, a quien, en el siglo, puede, a justa distancia, seguir como tipo de prosa narrativa. Una de las figuras más características del libro es la del fiel escudero de Cifar, Ribaldo, quien deja su cabaña de pescador y sigue a Cifar con práctico sentido del realismo, en medio de tan extraordinarias aventuras, salpicando sus constantes ocurrencias con proverbios; prototipo de Sancho Panza (v.), que aun­que no le falte a veces algún rasgo de pícaro, consigue superarse hasta convertirse en el «caballero amigo».

E. Lunardi