Viajes en Zigzag, Rodolphe Toppfer

[Voyages en zigzag]. Obra del suizo, de origen alemán, Rodolphe Toppfer (1799-1846), recogida con este título en 1844, y originalmente constituida por dos series de narraciones: Primeros viajes en zigzag o excursiones de un jubilado en va­caciones por los Cantones Suizos y la ver­tiente italiana de los Alpes [Premiers voyages en zigzag ou excursión d’un pensionnat en vacances dans les Cantons suisses et sur le revers italien des Alpes], escritas entre 1837 y 1842, y Nuevos viajes en zigzag a la gran Cartuja, alrededor del Mont Blanc, en los valles de Hérens, de Zermatt, al Grimsel, a Génova y a la Comiche [Nouveaux voyages en zigzag á la grande Chartreuse, autour du Mont Blanc dans les vallées d’Hérens, de Zermatt, au Grimsel, á Genes et á la Comiche], que contiene varias excursiones de otros años.

Alegres grupos, bajo la guía del autor, que hace, junto con su esposa, de organizador, de cajero y de cicerone, parten en varios coches, a veces acompaña­dos por algún que otro extranjero curioso; entran ruidosamente en las fondas, ilustran sus observaciones sobre las costumbres de los lugares con dibujos y bosquejos y com­plican las situaciones con toda clase de payasadas y ocurrencias. En suma, sin darse cuenta de ello, aprenden muchas cosas, vi­sitan santuarios del arte y de la literatura y, como es deber de todo buen suizo, vuel­ven a sentir la dulzura y la majestad de sus montañas, y recuerdan el papel de su patria dentro de la historia y del mundo. La visita a Italia no es sólo la natural de­rivación de un tal afán de conocimientos, sino también el motivo de una especie de evasión del conocido mundo de la escuela y de las costumbres sociales.

Además, el San Gotardo, Milán, Como, el Spluga, Chamonix y Righi, y hasta una breve escapada a Venecia y Génova, además de los valles del Mont Blanc dan ocasión para levan­tar un himno a la laboriosidad de los hombres y a las maravillas que se ofrecen a los ojos y a los corazones puros. Así por caminos solitarios, con la nunca disimulada aprensión de dar con bandidos, los turistas llevan su devoto obsequio a las memorias del pasado, desde los lugares queridos de la historia patria a la Torre del leproso que cantó Xavier de Maistre (v. El leproso de la ciudad de Aosta), a la serena paz de los lagos lombardos, a la grandiosidad de Mi­lán, a los resplandores de la laguna de Venecia. Ediciones suntuosas, adornadas con dibujos, y numerosas reimpresiones hicieron pronto popular esta obra, escrita en un francés muy fluido, aunque no siempre im­pecable.

Aparte el valor didáctico del con­junto, estos Viajes expresan, en su variedad y ligereza, el éxtasis del hombre frente a la naturaleza, y la certidumbre de que todo en el mundo contribuye a mejorar la sociedad y a prepararla para una era de hermandad y de paz. Dibujos y narracio­nes, en las primeras ediciones admirados hasta por Goethe, enseñan cómo la carica­tura más divertida y el pensamiento más preciso pueden inspirar al autor para una obra totalmente nueva en la literatura, in­cluso en comparación con sus Novelas ginebrinas (v.).

C. Cordié