Viaje del Joven Anacarsis a Grecia, Jean-Jacques Barthélémy

[Voyage du jeune Anacharsis en Grèce vers le milieu du quatrième siècle avant l’ère vulgaire]. Cuenta Jean-Jacques Barthélémy (1716-1795) que la idea de esta obra le fue inspirada por un viaje que en el año 1755 hizo a Italia, donde los recuer­dos de la Antigüedad clásica, reavivados por el nuevo interés arqueológico hacia las excavaciones de Pompeya, le fascinaron hasta el punto de imaginar una reconstruc­ción ideal de aquel mundo lejano.

Pero su conocimiento particular de la historia grie­ga durante las guerras macedónicas le in­dujo a preferir esta época para el Viaje de su Anacarsis, que le ofreció una oportu­nidad para «encerrar en un espacio limitado lo que la historia griega nos brinda de más interesante y una infinidad de datos con­cernientes a las ciencias, artes, religión, costumbres, usos, etc., de los que la histo­ria no se ocupa ordinariamente». La obra requirió treinta años de estudio y fue pu­blicada en 1788. En este intento de lograr una viva reconstrucción histórica del mundo antiguo, Barthélémy ha procurado salvar la dificultad que supone el descubrir los mínimos detalles cotidianos, recurriendo a ciertos artificios que podían justificarse por la escasez o la incertidumbre de las noticias concernientes a la vida práctica: así se imagina que Anacarsis escribe las memo­rias de su viaje de regreso a Grecia, en Escitia, habiendo perdido algunas notas en un naufragio. Otra dificultad que el autor aborda se refiere a la exactitud científica de sus evocaciones de la vida griega en tiempos de Demóstenes, las cuales, por otra parte, están apoyadas constantemente en citas de los textos antiguos.

Conviene observar, no obstante, que Barthélémy no tenía en cuenta la exigencia de una in­tuición superior que operase la asimilación de tal cúmulo de noticias eruditas en un elevado plano artístico; así la arqueología y la filología se trasladan directamente, sin mediación de la poesía, a la graciosa y lineal composición literaria «de salón», que con su realismo sensista insiste en el pro­pósito didáctico de la poesía antigua, pero queda limitada dentro de sus escasas posi­bilidades inventivas. Con todo, el éxito de la obra fue extraordinario: en realidad res­pondía al vivísimo interés que se mantuvo en el siglo XVIII por el mundo oriental, desde los tiempos de las Cartas persas (v.) de Montesquieu; pero, sobre todo, venía a apoyar aquella nueva tendencia del gusto, que de las gracias de la «sensiblerie» setecentista derivaba a las delicadezas neoclá­sicas de las cuales recoge la vivacidad dis­cursiva de aquel siglo. Por algo Barthélémy era un gran amante y coleccionista de me­dallas antiguas.

L. Rodelli

Es un Isócrates descriptivo y nada más. (Sainte-Beuve)