Viaje Alrededor del Mundo de La Pérouse, Jean- François Galaup

[Voyage autour du .monde]. Cé­lebre libro documental de la famosa expe­dición al Pacífico llevada a cabo por Jean- François Galaup, conde de La Pérouse (1741-1788). El intrépido navegante, al que Luis XVI había confiado la empresa con la , ayuda de militares y sabios, no volvería de ella con vida; y la obra sacada de sus diarios fue publicada en 1797, redactada por L.-A. Milet-Muzeau, y por Lesseps en 1831, según los manuscritos originales. La Pérouse salió de Brest el primero de agosto de 1785, en la «Brújula», mientras un segundo co­mandante, el capitán Langle, se embarcó en el «Astrolabio».

Llegados a América del Sur alcanzaron la Tierra de Fuego, y entre los indios realizaron descubrimientos cien­tíficos y geográficos; antes habían intentado escalar el pico del Teide y lograron ocupar la Trinidad. En el Gran Océano, la isla de Pascua les ofrece nuevas maravillas, parti­cularmente con sus famosas gigantescas es­tatuas; la gallina y el ratón son, respecti­vamente, el único animal doméstico y el único cuadrúpedo. Tocan tierra en el ar­chipiélago donde Cook había encontrado la muerte. La Pérouse no anexiona a Francia la tierra volcánica de Mowea por cuanto su empresa, atendidas las nuevas corrientes ilustradas, era la de llevar la civilización y no la lucha a los salvajes, hombres como los demás. Al ir avanzando hacia Amé­rica del Norte, las naves naufragan a la altura de una isla en la bahía de los Franceses; desde aquí se reanuda la marcha el 30 de julio de 1786. Una parada en California les permite conocer nuevas tribus salvajes y las costumbres locales.

Pasan finalmente a Macao, en China; a una isla entonces descubierta se le da el nombre de Necker, famoso ministro de Hacienda. Los indios se conducen de un modo poco amis­toso con sus nuevos huéspedes. En las Fili­pinas, bajo el dominio de España, se verifi­can nuevas investigaciones científicas, en­contrándose aquí con la agradable sorpresa de coincidir con algunas naves francesas. La expedición se adentra en el mar inex­plorado del Japón; contemplan monumentos de los tártaros, llanuras desoladas, vol­canes. Tártaros y manchúes ponen al des­cubierto ante la mirada de los franceses sus costumbres hasta entonces mal conocidas. La isla de Sakhalin, la alta Tartaria y la península de Kamchatka son sucesivamente exploradas; las costumbres de los rusos son estudiadas con particular interés en relación con el clima y con los acontecimientos históricos de tantas dominaciones habidas en aquel extremo territorio del Asia. El capitán Langle, pocos días después de tomar tierra con unas chalupas en la isla Mauna, rodeada de un arrecife de corales, es des­cuartizado por los salvajes, en unión de once compañeros (el 11 de diciembre de 1787). Por necesidades varias, La Pérouse se ve forzado a abandonar aquellos lugares sin vengar a los compañeros asesinados, y se dirige hacia Australia.

Digno de nota el paso por Tahití y el conocimiento que adqui­rieron de las costumbres de sus habitantes. Prosiguiendo el periplo por el archipiélago australiano son explorados con mayor pre­cisión lugares ya recorridos por Bougainville; pero poco después de haber enviado informes al Ministerio de Marina a conti­nuación del relato expedido meses antes, no hay noticia alguna de La Pérouse ni se sabe más de él. Presumiblemente las dos naves naufragaron junto a algún islote aus­traliano. En 1791 la Asamblea constituyente intentaba todavía ir en busca de La Pérouse, a lo que se ofrecieron algunos decididos voluntarios». En 1800, J. Labillardiére publicó su Viaje en busca de La Pérouse [Voyage á la recherche de La Pérouse]. Solamente más tarde se descubrió la verdad del terri­ble naufragio. El inglés Peter Dillon, en 1813, después de salvar a algunos marineros en lucha con los salvajes, los desembarcó en otra isla de la Polinesia, la Tucopia. En 1826 volvió a tomar tierra en el mismo lugar y supo por el alemán Martin Bushart, uno de los marineros que en dicha isla que­daron, que se habían encontrado restos del naufragio, entre los que estaba la espada de La Pérouse.

Una expedición expresa­mente organizada en 1826-29, con un dele­gado del gobierno francés, permitió encon­trar en la isla Vanikoro los restos del gran navegante y de sus compañeros, verosímil­mente muertos por los salvajes después del naufragio. En 1829 los trofeos de la legen­daria empresa fueron entregados en París a Carlos X; los cañones, la campana y los restos de las naves dan glorioso testi­monio en el Museo de Marina, en el Louvre. Dillon publicó poco después su Relato del viaje a las islas del mar del Sur, en busca de la suerte de La Pérouse [Narrative of Voyage in the South Seas for the Discovery of the Fate of La Pérouse] (v. Viaje alrede­dor del mundo de Dumont d’Urville).

C. Cordié