Protréptico, Aristóteles

Obra ju­venil de Aristóteles (384-322 a. de C.), que formaba parte de los escritos llamados «exo­téricos», o sea destinados al público en ge­neral; fue compuesta cuando Aristóteles es­taba todavía en la Academia, esto es, antes de la muerte de Platón (347 a. de C.) y ha llegado hasta nosotros en fragmentos prin­cipalmente en la obra homónima de Jámblico y el Hortensio [Hortensius] de Cice­rón.

Mientras por su contenido toma abun­dantemente del Eutidemo (v.) platónico, por su forma, en cambio, sigue la retórica de Isócrates (y por lo tanto abandona la forma dialógica seguida por Aristóteles en otras obras del mismo período); con todo, por lo que podemos juzgar por los fragmentos, con estricto proceder silogístico. La obra es, a este respecto, significativa por el esfuerzo, típicamente aristotélico, de conferir digni­dad filosófica a la retórica tan despreciada en los círculos platónicos, y hasta de erigir una retórica filosófica en contraste con la sofística (isocratea). El Protréptico va diri­gido a Temisón, príncipe de Chipre, para exhortarlo (de aquí el título) con energía a darse a la vida contemplativa, esto es, a la filosofía, y a fundar sobre la filosofía su go­bierno; es, pues, una obra de propaganda filosoficopolítica en favor de la doctrina pla­tónica del Estado.

El centro de la obra está ocupado por una viva, conmovida y, al mismo tiempo, rigurosa demostración de la superioridad de la filosofía sobre toda acti­vidad humana. Es menester filosofar: por­que la filosofía es educación moral, y sólo el alma moralmente educada es feliz. La filosofía pura, entendida como pura especu­lación, tiene su valor en sí misma; además es útil para la vida, y finalmente es nece­saria para la conquista de la felicidad. En efecto, el fin de todo ser puede consistir sólo en una realización activa de su natu­raleza específica: en el caso del hombre esta actividad es la razón, que tiene su fin en sí misma. La filosofía, en cuanto racional, es superior a las ciencias empíricas, porque es conocimiento de lo universal y de lo ne­cesario.

A la objeción de que la filosofía no tiene ninguna utilidad práctica, Aristóteles responde con la distinción entre bienes vá­lidos por el uso que se hace de ellos, y bie­nes libres, o sea válidos por sí mismos: en­tre estos últimos está la pura y desintere­sada contemplación filosófica que propor­ciona una absoluta felicidad. Por lo demás, la filosofía es disciplina libre y aristocrática. Con objeto, de demostrar esto, el autor deli­nea una historia de la civilización humana: después del Diluvio universal y las devas­taciones producidas por él, los hombres estu­vieron primero octipados en buscar los me­dios para asegurarse la existencia corpórea; después inventaron las bellas artes para deleitarse; finalmente libres de la necesidad se dedicaron a las artes libres (ciencias puras), la matemática y la filosofía.

Ade­más, la filosofía es necesaria para la polí­tica: ésta puede convertirse en técnica rigu­rosa sólo partiendo de la filosofía. Final­mente, sólo la filosofía hace felices a los hombres conduciéndolos a abandonar el tu­multo de la vida práctica y volverse hacia aquel mundo divino de que proviene el alma, y que es la patria de ella; a extin­guir la vida en la contemplación. Esta obra es de franca inspiración platónica, y los elementos propiamente aristotélicos afloran apenas. Con todo, la fe en el pensamiento puramente teorético, el sentido de su gran nobleza en comparación con las artes uti­litarias y empíricas, y el valor práctico (en sentido superior) de la filosofía, inspi­rarán siempre la vida y el pensamiento de Aristóteles. Y esta obra ejercerá por estos aspectos suyos una fuerte sugestión en los que sienten ese mismo gran ideal: como Cicerón, Jámblico, Proclo, San Agustín y Boecio.

G. Preti