Planteamiento Primero de la Ciencia del Derecho Natural, Gian Domenico Romagnosi

[Assunto primo della scienza del diritto naturale]. Obra de Gian Domenico Romagnosi (1761-1835), publicada en 1820. El derecho natural, según Romagnosi, puede ser enten­dido como ciencia, como ley y como facul­tad. Como ciencia consiste en el «conoci­miento sistemático de las reglas moderado­ras de los actos humanos, derivadas de las relaciones reales y necesarias de la natura­leza, para obtener lo mejor y evitar lo peor». Como ley es «el conjunto de accio­nes y reacciones entre el hombre y la na­turaleza, a las cuales para su mejoramiento debe aquél obedecer».

Como facultad es «la potestad del hombre, tanto de obrar sin obstáculo bajo la norma de la ley de la naturaleza como de conseguir de otro lo que le es debido en fuerza de esa misma ley». La ley natural es «de razón» inmuta­ble y necesaria; no lo es, sin embargo, de «posición», porque, debiéndose entender por posición «un juicio con el cual se afirma que la ley dada debe existir necesariamente y producir efecto» se sigue de ello que este juicio, refiriéndose a estados contingentes, da lugar a una necesidad puramente rela­tiva. Las potestades naturales dan lugar a derechos y a deberes, cuyo ejercicio, con todo, no puede ser asegurado sino con la defensa y la coacción, que constituyen de­rechos subsidiarios.

En estos dos derechos se compendia la «tutela general y natural del hombre», que junto con el dominio o señorío y con la libertad, constituye la autoridad de derecho o autoridad jurídica humana. Esta autoridad no puede existir en un hipotético estado salvaje indepen­diente, porque «el estado de verdadera y natural independencia, tanto de hecho como de derecho, de la especie humana, se reali­za verdaderamente sólo en el estado de sociedad conforme al orden moral». Funda­mento de la sociedad es el «comercio» y la «ayuda necesaria» entre los asociados. Con todo, a fin de que una sociedad pueda de­cirse constituida, es menester la más per­fecta colaboración de las miras, de los in­tereses y de las acciones de los hombres; en esto consiste el «orden de razón» de la sociedad, para realizar el cual es necesario que el interés individual se identifique con el social. En este aspecto, pues, la socie­dad es una verdadera persona moral. Esta unificación de los intereses se obti

ene sa­tisfaciendo las tres necesidades fundamentales: la subsistencia, la educación y la tutela. A estas necesidades corresponden tres estados de la sociedad: el económico, el moral y el político, que disciplina, diri­ge y confiere seguridad a los derechos y obliga a los deberes. El derecho natural así concebido constituye el arquetipo, el orden de razón, que sería por sí mismo una qui­mera si no estuviese dirigido por una fuer­za interior que impulsa a los hombres a actualizarlo. Esta fuerza es el conjunto de los sentimientos y de las tendencias, cuyo fin específico consiste en realizar el imperati­vo del derecho natural: procurar lo mejor para evitar lo peor. El autor asigna tres ca­racteres absolutos e inmanentes en todo derecho: la utilidad, la independencia y la libertad. De la independencia se origina el dominio, y de éste el derecho de propiedad.

Caracteres relativos al derecho son: la igualdad y la notoriedad. Además de estos cinco caracteres que pertenecen al derecho en su aspecto estático, en sí, hay un sexto, respecto a la posibilidad de su ejercicio efectivo: el de la oportunidad, que es la aptitud concreta para satisfacer una deter­minada necesidad. El derecho establecido por la autoridad humana es el derecho po­sitivo («el conjunto de las reglas modera­doras de los actos humanos establecido por la utilidad humana para obtener lo mejor y evitar lo peor»). Consta de dos elementos: uno de hecho — y es el «tenor positivo de la norma» —, el otro de razón, que con­siste en la relación con el orden necesario natural.

La justicia o injusticia del derecho positivo se mide por su conformidad o dis­conformidad con el derecho natural. La legislación positiva tiene límites, y estos límites están determinados por el contrato social. Éste no consiste, como quería Rous­seau, en una enajenación de derechos, sino en una asociación de socorro y de comercio, sobre el fundamento del precepto: no hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti. Por lo tanto, no sólo el hombre asociado no renuncia a su libertad, sino que la afirma en el sistema de las libertades iguales de los demás. La función de la legislación consiste, por lo tanto, «en asociar todas sus fuerzas con las fuerzas de los demás para formar una sola fuerza prevalente con la cual po­damos vencer, por lo menos disminuir los obstáculos que se oponen a la satisfacción de las necesidades comunes, en el acto en que se crean los medios humanos para la más feliz conservación».

La obra, débil desde el punto de vista sistemático, porque está inspirada en un fácil eclecticismo, co­rresponde a la tradición de derecho natural del siglo XVIII, en cuanto atañe al derecho racional; por lo demás abunda en acertadas intuiciones y fecundas ideas innova­doras. El carácter de personalidad atribuido a la colectividad social constituye un deci­dido progreso sobre las ideas de Rousseau, y su concepto de la sociabilidad como co­existencia de libertad es uno de los funda­mentos de la moderna concepción del dere­cho público.

A. Répaci