Las Cartas del Provincial, Blaise Pascal

[Les Provinciales ou les Lettres écrites par Louis de Montalte á un Provincial de ses amis et aux RR. PP. Jésuites: sur le sujet de la Mor ale et de la politique de ces Peres]. Cé­lebre obra polémica del filósofo y científico francés Blaise Pascal (1623-1662). Consta de dieciocho cartas, escritas por él, publi­cadas anónimas entre enero de 1656 y mar­zo de 1657, y reunidas más tarde en un vo­lumen (Colonia-Amsterdam, 1657), en oca­sión del conflicto religioso suscitado en aque­llos años entre los jesuitas y los llamados «jansenistas» (v. Jansenismo), es decir, los instigadores del movimiento de reforma ético religiosa (dirigido a restaurar, junto con la doctrina agustiniana sobre el pecado ori­ginal, la gracia y la predestinación — tal como había expuesto en su Augustinus (v.), en 1643, el teólogo Jansenio —, la intimidad de la fe y la rígida disciplina moral y peni­tencial del cristianismo de los primeros si­glos) que tuvo en Francia su inspirador en Jean Du Vergier de Hauranne, abate de Saint-Cyran (1581-1643) y su centro ideal en la abadía de Port Royal. Pascal — que en 1654, tras una profunda crisis religiosa, se había retirado a Port Royal para practi­car la «perfección de la moral cristiana» — escribió de un tirón la primera carta, diri­gida a un amigo imaginario de provincias, con la intención de defender ante el tribu­nal de la opinión pública al gran teólogo Antoine Arnauld (1612-1694), acusado de ha­ber reproducido en un escrito una de las cinco premisas atribuidas a Jansenio, con­denadas en 1653 como heréticas por el papa Inocencio X, y amenazado de ser «censu­rado» y expulsado de la Facultad de Teo­logía de París (la Sorbona). Sus amigos de Port Royal, especialmente Arnauld y Pierre Nicole, le proporcionaron el material teo­lógico de esta carta y de todas las demás. Él aportó a la discusión su ingenio de pen­sador y escritor, su ardiente pasión moral, su educación de científico y de «honnéte homme».

Con una ficción literaria que tuvo fortuna, se presenta bajo la apariencia de un hombre de bien, Luis de Montalte, igno­rante de las sutilezas teológicas, pero cons­ciente de su sentido común, que procura instruirse consultando a los dominicos, jesuitas y jansenistas sobre las discusiones de la Sor­bona, y entera de éstas a un corresponsal que vive en provincias. La carta, publicada el 23 de enero de 1656, tuvo un éxito tal que indujo a Pascal a escribir otras. En las tres primeras trató de defender a Arnauld de las acusaciones de sus adversarios; de probar que las discusiones de la Sorbona, en vez de referirse a los más delicados proble­mas de la fe, se reducían a simples disputas doctorales, «a disputas no de teología, sino de teólogos»; y especialmente se propuso de­mostrar que no era el celo hacia la religión o el amor a la verdad lo que había indu­cido a los jesuitas y a los suyos a combatir a Arnauld, sino el deseo de echarle de la Sorbona, de desacreditar ante la opinión pública a los jansenistas, haciéndoles pasar por herejes y consolidar de esta manera su propio crédito. En la carta cuarta, y espe­cialmente en la quinta (25 de febrero y 20 de marzo) — escritas después de la «cen­sura» de Arnauld por parte de la Sorbona —, Pascal, cambiando de táctica, trasladaba la polémica del terreno de la teología dogmá­tica al de la teología moral e iniciaba la abierta lucha contra la moral jesuítica, que más tarde debía continuar y desarrollar en las cartas sucesivas, hasta la decimosexta in­clusive (4 de diciembre). Se vio animado en esta lucha por la milagrosa curación, des­pués de haber tocado una espina de la co­rona de Cristo, de una sobrina suya, enferma de úlcera lacrimal, y que había sido llevada a la iglesia del monasterio de Port Royal; en esta curación vio un signo divino de aprobación y aliento. Lo que ha combatido Pascal de las doctrinas y hechos de los jesuitas, con ágil ironía en las primeras car­tas, con vehemente pasión de la décima en adelante, ha sido (además de la doctrina de la gracia de Molina, que haciendo depender su eficacia saludable del libre albedrío del hombre, parece limitar la omnieficiencia de la gracia y anular el misterio de la predes­tinación) el abuso de la casuística que, sus­tituyendo en la valoración de las acciones el criterio ético por un criterio jurídico, y acostumbrando a las almas a sutilizar acer­ca de los motivos reales de las acciones y a su mayor o menor licitud, amenazaba con­ducir al debilitamiento y a la corrupción de la conciencia moral («laxismo»); además los insidiosos métodos del probabilismo, de la dirección de la intención de las restriccio­nes mentales; la tendencia a hacer menos ardua la ley cristiana y menos severa la disciplina de la penitencia; la preferencia dada a las prácticas externas de la devo­ción sobre el íntimo recogimiento del cora­zón; y la pretensión de controlar toda la vida de la Iglesia, identificando sus inte­reses con los de la Compañía y legitimando su «prudencia humana y política bajo el pretexto de una prudencia divina y cristia­na».

En las Cartas citadas, con la polémica contra la laxitud jesuítica enlaza luego — sobre todo a partir de la undécima car­ta — la defensa contra las acusaciones de herejía, de impostura, de calumnia, de mofa de las cosas santas, promovidas con cre­ciente violencia por los jesuitas contra Pas­cal y sus amigos de Port Roy al. En vista de que durante ese tiempo el papa Alejan­dro VII había refrendado, con una bula de 16 de octubre de 1657, la condena de las cinco premisas atribuidas a Jansenio, Pas­cal se vio obligado a dedicarse, en la decimo­séptima y decimoctava cartas, a defender la actitud de Port Royal frente a los decretos pontificios, y la ortodoxia de la doctrina jansenista de la gracia. Reafirmó la com­pleta adhesión y conformidad de ésta con las enseñanzas de San Agustín, insistiendo sobre la idea de que la gracia divina, a pe­sar de ser completamente eficaz, no deter­mina externamente la voluntad humana anulando su libertad, sino que obra en ella como una inspiración interior que la in­duce a volverse a Dios con un movimiento «completamente libre y voluntario». Y acer­ca de los decretos pontificios, apeló a la distinción de derecho y de hecho ya formu­lada por Arnauld: reconociendo que las cin­co premisas eran efectivamente merecedoras de condena, pero negando que se encontra­sen en su Augustinus o que expresasen su pensamiento genuino; y afirmando que si el Papa es infalible en las cuestiones de fe, no lo es en las de hecho. El haber Pascal interrumpido de súbito la polémica contra los jesuitas, después de la decimoctava car­ta, ha dado lugar a numerosas discusiones y conjeturas. Parece que fue inducido a ello — más que por escrúpulos religiosos o por la sentencia que condenaba las Cartas del Provincial a ser quemadas por mano del verdugo, pronunciada el 19 de febrero del año 1657 por el Parlamento de Aix (sen­tencia a la que siguió, el 6 de septiembre, su inscripción en el «índice de los libros prohibidos») — por la preocupación de no exasperar más aún a las autoridades políti­cas y eclesiásticas de las que dependía el registro y la aplicación en Francia de la bula de Alejandro VII.

Críticos y hombres de gusto han estado siempre de acuerdo en reconocer el alto valor artístico y literario de las Cartas del Provincial y en celebrar la elegante franqueza con que supo tratar, en el lenguaje del «sentido común» y de los hombres de mundo, abstrusas y complica­das cuestiones teológicas; la feliz conjun­ción de rigor demostrativo y de finura psi­cológica, de dialéctica y de pasión; la asidua continuidad de la acción polémica y la cons­tante variedad del tono. Sobresale además en ellas el mérito de haber «fijado» la len­gua literaria francesa del gran siglo. Indu­dablemente son una obra de pasión y de po­lémica; y de las obras de esta clase tienen la intemperancia, las deformaciones polémi­cas, la injusticia contra los adversarios. Sin embargo, no son un libelo. Por el contrario, tienen un contenido ideal que rebasa las circunstancias históricas y las necesidades polémicas a que está ligada su génesis. No sólo han arrojado luz sobre los peligros in­herentes a la excesiva benignidad moral profesada por muchos teólogos jesuitas, y llamado a los espíritus a una concepción de la vida cristiana y, en general, de la vida ético religiosa más pura y severa, sino que han dado además una irrebatible demostra­ción de las torturas lógicas y prácticas a que conduce necesariamente la aplicación del juridicismo casuístico a los problemas de la vida moral; y de esta manera han contri­buido, aunque indirectamente, a la disolu­ción crítica del legalismo ético y a la fun­dación del principio de la autonomía de la conciencia moral. Es muy importante la in­fluencia que han ejercido, especialmente en Francia, ya sobre la teología moral, ya so­bre la cultura laica. Su éxito fue enorme: en poco más de cuarenta años, se hicieron casi treinta ediciones del original; cuatro de la traducción latina de Nicole; y multi­tud de versiones en italiano, español, ale­mán, inglés, holandés. La mejor edición moderna de las Cartas es la de L. Brunschvicg y F. Gazier en la colección «Les Grands Écrivains de France» (París, 1914). [Traduc­ción española de Luis Ruiz Contreras (Ma­drid, 1933)]. P. Serini

Pascal, admirable escritor cuando conclu­ye y quizá más grande aún cuando queda interrumpido. (Sainte-Beuve)

Las Cartas fueron un acto de buen gusto y casi de higiene estética y literaria; útil en el tiempo en que la literatura profana empezaba a desembarazarse de lo novelesco español, para cerrar el camino a las fanta­sías extravagantes en las que hallaba deleite la imaginación religiosa de allende los Pi­rineos. (Lanson)

Pascal era un psicólogo realista. (A. Huxley)

En las Cartas, para usar la expresión de Chateaubriand, Pascal «fija la lengua en que hablaron Bossuet y Racine». (Du Bos) El supremo valor de Pascal reside en lo patético y sólo en esto; yo sé bien que no puedo releer alguna de sus frases sin emocionarme. Pero he aquí que cuanto más me adentro, le aprecio menos, menos apruebo que me agarre, digámoslo así, por el co­razón. (A. Gide)