La Pneumática, Herón de Alejandría

Tra­tado de Mecánica del matemático griego Herón de Alejandría, que vivió en época im­precisa, entre el siglo I a. de C. y el III d. de C. Es necesario advertir acto seguido que con el nombre de Herón hay una vasta y heterogénea colección de obras fisicoma­temáticas en cuyos manuscritos manos des­conocidas efectuaron, en el transcurso de los siglos, añadiduras y mutilaciones innume­rables.

Hay que añadir que más de un hom­bre de ciencia de la época en cuestión res­pondía al nombre de Herón, y que aquel nombre (de origen egipcio) tenía en aquella lengua un significado correspondiente a nuestro «ingeniero», y se comprenderá lo complicada que es la «cuestión heroniana». Nos aproximaremos a la verdad admitien­do con Vincent (Extractos de manuscritos relativos a la geometría práctica de los grie­gos, París, 1858) que desde época antiquísi­ma debió existir una vasta composición usada como libro de texto; esta composi­ción fue transmitida de siglo en siglo y experimentó continuamente modificaciones, añadiduras, mutilaciones e interpolaciones. Los profesores se servían de ella poco más o menos como nos servimos hoy de Euclides, cuyo nombre se ha convertido en sinó­nimo de «geometría».

En lo concerniente a los dos libros de la Pneumática debemos tener por cierto que gran parte de lo que en ellos se contiene es sustancialmente obra de estudiosos anteriores y especialmente de Ctesibio, Filón y Arquímedes. La obra co­mienza con una disertación teórica sobre el «vacío», en la que se repite la errónea hi­pótesis del «horror vacui» por medio de la cual los antiguos explicaban todos aquellos fenómenos (acción de las bombas, de las jeringas, etc.) que sólo mucho más tarde habían de encontrar una exacta interpreta­ción gracias al descubrimiento de la pre­sión atmosférica por obra de Torricelli.

Sigue después la descripción de numerosí­simos aparatos en gran parte movidos por la acción del aire, del agua o del fuego: fuentes perennes de las que brotan separa­damente agua y vino, dragones semovientes, pájaros que gorjean, y así sucesivamente. Algunos de estos aparatos estaban destina­dos a suscitar en el vulgo ignorante un sentimiento de reverente estupor durante las funciones del culto: así el dispositivo — por medio de la dilatación del aire — que abría las puertas del templo cuando se encendía el fuego del altar. Pero no fue ciertamente Herón el primero que sugirió el recurso para semejantes efectos impre­sionantes; por el contrario, su uso debía ser muy antiguo, puesto que Homero (Ilíada, canto XVIII) recuerda con maravilla el hecho de que los trípodes de Delfos caminaban solos. Entre esta clase de apa­ratos se encuentran también la célebre «fuente de Herón» y la «heliopila» en la que está contenido el germen de la primera máquina o, mejor dicho, de la primera «turbina» de vapor. Estos dos aparatos se hallan descritos en varios tratados de física.

U. Forti