Escritos de Lincoln

[The Writings of Abraham Lincoln]. Publicados en la edición Federal de 1905, comprenden las car­tas sobre los problemas de política nacio­nal, los debates políticos y forenses, sus famosos discursos políticos y el epistolario del gran presidente de los Estados Unidos Abraham Lincoln (1809-1865).

Los discur­sos sobre la esclavitud forman un grupo destacado, al que pertenecen los debates de la célebre campaña de Illinois de 1865; el famoso discurso sobre la sentencia del juez Douglas en el caso Dred Scott, dis­curso perfectamente constitucional y res­petuoso con las leyes, y totalmente revo­lucionario en su apelación al espíritu de la Declaración de Independencia (v.) y a una ley superior grabada en la conciencia humana: «todos los hombres son creados iguales»; el «Discurso perdido», de mayo de 1856 (así llamado porque, arrollados por su poderosa elocuencia que intimaba, «nosotros diremos a los estados separatis­tas del Sur: ¡no queremos salir de la Unión, y vosotros no deberíais hacerlo!», y conjuraba a que no se permitiera la des­gracia de que «manos fraternales se le­vantaran contra los hermanos», todos los periodistas presentes se olvidaron de que estaban allí para transcribir el discurso; y éste se habría perdido sin la presencia de ánimo de un joven abogado del auditorio).

Particular mención merece un breve dis­curso (marzo de 1865) a un regimiento del Estado de Indiana, frente a la horrible eventualidad de que los negros del Sur se dejaran alistar para combatir contra sus li­beradores de los Estados del Norte. «A lo largo de toda mi vida he oído enunciar ar­gumentos en favor de la esclavitud…; pero si los esclavos negros llegan a combatir para seguir en su estado de esclavitud, confieso que sería éste el argumento más elocuente que jamás me han opuesto. Sí, si ellos dan muestras de desear tan ardien­temente seguir siendo esclavos, hasta el punto de luchar por esta causa, merecerán ser esclavos. Y si uno de cada cuatro com­batiera para que lo liberten a él, mientras siguen esclavos los otros tres, también lo merecerá por su egoísta vileza. Quien de­sea para sí mismo y sus hermanos la es­clavitud, merece tenerla».

Entre los nume­rosos discursos políticos de Lincoln, el más memorable es el de la dedicación del Ce­menterio Nacional de Gettisburg en el campo de batalla de la guerra de Secesión para abolir la esclavitud. Magníficamente lúcido, sencillo, carente de adornos retó­ricos, pero fuerte, poderoso, incisivo, defi­nitivo, causó más impresión en todos los que lo leyeron, en América y Europa, que en el auditorio acostumbrado a la elocuen­cia decorativa de los grandiosos y enfáti­cos discursos: «Aquí solemnemente procla­mamos que estos muertos no pueden haber caído en vano; que esta nación, bajo la mirada de Dios, tendrá que renacer en la libertad; que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no deberá des­aparecer de la faz de la tierra» (10 de no­viembre de 1863). Algunas frases de sus discursos han llegado a ser famosas: «Nadie es bastante bueno ni bastante sabio para gobernar a otro hombre sin el consenti­miento de ese otro hombre».

«Podéis en­gañar a todo un pueblo durante algún tiempo, y a una parte del pueblo para siempre; pero no podéis engañar a todo un pueblo para siempre». De su epistolario, citaremos tan sólo las últimas palabras de una carta suya a una madre que en la guerra de Secesión había perdido cinco hijos: «…Siento lo débil e inútil que sería toda palabra de consuelo para tan inmenso dolor… Ruego a nuestro Padre celestial que alivie la angustia de su pérdida, y le deje solamente el tierno recuerdo de los que amó y el solemne orgullo de haber ofrecido en el altar de la libertad un sa­crificio tan precioso». Escrito únicamente para sí, sin ser destinado a nadie, hay un fragmento en el que Lincoln expresa una profunda idea religiosa: «En los grandes conflictos cada una de las partes pretende actuar conforme a la voluntad divina… Es probable que en la presente guerra civil la voluntad de Dios no se identifique con nin­guna de las dos partes. Sin embargo ambas, actuando tal como lo hacen, puede que sean los instrumentos más adecuados para rea­lizar sus designios. Así es como se cumple la voluntad de Dios».

En sus escritos y dis­cursos, al igual que en sus cartas, la sen­cillez, la rapidez, la amplitud de horizontes son las características de su pensamiento; la claridad, propiedad, sencillez y sobrie­dad, las de su dicción. Trata de llegar siempre al fondo de la cuestión y dar a conocer cuáles son sus más íntimos y pro­fundos pensamientos sobre ella. En su es­fuerzo para captar lo esencial, los datos fundamentales de toda cuestión, sus discur­sos tienen analogía con los de Cromwell; en su directa contundencia que llega sin ro­deos al fin, nos recuerdan la elocuencia de Bismark. Cuando apela a la emoción, lo hace tranquilamente y con solemnidad; su oratoria impresiona, no por la vehemencia del lenguaje, sino por la profundidad de sus convicciones, y la grandeza de espíritu que revela. Dirige sus discursos como diri­gió la joven República en la crisis más terrible de su historia, conduciéndola, con calmosa y serena fuerza, «sana y salva al puerto, terminando su viaje, intrépida vencedora, después de conquistar sus me­tas» (Walt Whitman).

G. Pioli