Ensayos de Montaigne

 [Essais]. Obra moralista del francés Michel de Montaigne (1533-1592) en tres libros: los dos prime­ros publicados en 1580, el tercero en 1588 junto con los primeros muy aumentados; muchas adiciones ofrece la edición pos­tuma del 1595. Después de haberse retirado a los 38 años a su castillo, del Périgord, disgustado de la actividad jurídica, deseo­so de vivir consigo mismo, con sus pensa­mientos y sus libros, Montaigne anota todo lo que le llama la atención de las diversas lecturas, los casos extraños, los textos in­teresantes o contradictorios, según el mé­todo de las Noches Aticas (v.) de Aulio Gelio, vuelto a tomar por los humanistas en varias partes de Europa, o bien apunta un juicio suyo sobre un libro, o un autor. Pronto pone a contribución los libros para una utilidad precisa; busca en ellos las re­glas y los ejemplos para vivir bien, para fortificarse contra la muerte, preparándose para ella y para resistir el dolor.

Séneca es su maestro, y al mismo tiempo lo es Lucrecio. A la lección de los libros une Montaigne la de la experiencia; experiencia suya y de la realidad, comenzando el «en­sayo» por su naturaleza, por su tempera­mento, con objeto de contrastar la rígida doctrina, de los estoicos, que no tardará en parecerle extraña. Su gusto se inclina por una virtud fácil y humana: Sócrates es preferido a Catón. La razón le muestra sus límites, sus incertidumbres. Deja las doc­trinas de los libros para encontrar su pen­samiento, para encontrarse a sí mismo; va de la razón a la naturaleza, de la voluntad tensa al abandono alegre. Pero liberado ya del ideal estoico, sigue partiendo de la orgullosa confianza en la razón humana, y dirige su investigación al juicio humano, siempre incierto, relativo. Adopta por di­visa la balanza en equilibrio, en una me­dalla que mandó acuñar en 1576, con el mote pirrónico «me abstengo» que él tra­duce: «Que sais-je?». Por aquel tiempo es­cribe un larguísimo capítulo, el XII del segundo libro «Apología de Raimundo Sibinda», que es la exposición de su estoicis­mo, la batalla alegre contra el orgullo hu­mano que tiene en la razón su vano fun­damento.

Mezquino es el hombre frente al universo, y a menudo en sus diversas facul­tades es inferior a los animales, y no cier­tamente elevado por la ciencia, la cual no le ha dado a conocer a Dios, ni al mundo, ni a sí mismo, como lo muestran la infinita variedad de hipótesis, opiniones y creen­cias. La razón está a merced del ambiente, de nuestras pasiones; los sentidos, camino obligado del conocimiento, se engañan o nos engañan. La única sabiduría consiste en abstenerse de juzgar, como lo hace Pirrón. Autoridades ilustres y leyendas in­ciertas, relatos de viajeros, maravillas del nuevo continente, todo coadyuva a sacar como conclusión la miseria de la razón nuestra. La extinta doctrina del Renaci­miento, que embriagaba de esperanzas y confianza a Rabelais, demuestra en el escri­tor de los Ensayos su vanidad, porque no ha traído la seguridad del espíritu, ni mu­cho menos la virtud, la paz. En efecto, a su alrededor se encarnizan las guerras de religión, manifestando — más que los moti­vos ideales — la maldad y la estulticia hu­mana. La duda de Montaigne, y su escepti­cismo quedan, por lo demás, limitados a su tiempo, entre el Renacimiento que se hunde en su ocaso y la época moderna; son provisionales hasta para él, que procede a una obra de reconstrucción, sobre todo en el terreno moral.

La batalla escéptica le ha acercado mejor a la vida. La suspensión del juicio aleja del orgullo de las pasiones, nos vuelve humildes ante la naturaleza ma­dre y guía segurísima, nos hace más so­metidos a las leyes religiosas y humanas, y más útiles para el consorcio civil. El de­ber de la educación consiste precisamente en mantenernos ceñidos a la naturaleza, contra la orgullosa razón: el joven, cono­ciendo su ínfima posición en el mundo, se prestará dócilmente a aprender la mejor sabiduría y las varias disciplinas más con­venientes a su estado, mirando siempre a llegar a ser no un sabio, sino un hombre, mediano. Y Montaigne ofrece el suyo, el solo argumento que conoce: su experien­cia más segura. Así muestra el camino recorrido por su espíritu en nueve años, su victoria sobre el altanero estoicismo y sobre la ambiciosa razón; y traza su retra­to, para sus familiares, para sus amigos. Con este fin privado imprime sus dos primeros libros, vivos, corrientes, desesperan­do de alcanzar la belleza antigua, pero de­cidido a expresarse cumplidamente sea como sea, y mostrando ya la aspiración a una prosa sencilla y franca, suculenta y nervio­sa, que en el recuerdo tiernísimo de su amigo Esteban de La Boétie (XXVIII capí­tulo del primer libro) llega a la más con­movida poesía. Antes del tercer libro está el Viaje a Italia (v.), la experiencia de cuatro años del alcalde de Burdeos. Entre 1586 y 1587 escribe los trece extensos ca­pítulos de su nuevo libro y prolonga los dos primeros.

El escritor está ya seguro de sí mismo y declara sin rebozos su tema, la descripción de un hombre mediano, la cual aprovechará a todos porque «todo hombre lleva en sí entera la forma de la condición humana». Montaigne está ahora de lleno entregado a la Naturaleza: los hu­mildes que en él confían no turban su vida con el pensamiento de la muerte; y cuan­do ésta llega la acogen serenamente, no menos que los estoicos instruidos por Sé­neca. No hay que desafiar al dolor ni huir del placer, sino, mejor, afinarlos con la moderación, huyendo de las pasiones. Bus­que cada cual en sí su cualidad maes­tra, esencial, y la rija, considerándola como la naturaleza particular de cada uno. Siga al mismo tiempo las costumbres dominan­tes: ésta es la sabiduría, la serena armonía, la virtud; quien se aleja de ella, en­cuentra el vicio, la culpa, que trae consigo el castigo, la úlcera del arrepentimiento. Los héroes de la voluntad, los santos que meditan las verdades divinas, son excepcio­nes, y no interesan a Montaigne. Su ideal consiste en una vida segura en medio de su mediocridad interiormente rica, que bus­ca el trato con los hombres, la familia y más todavía la amistad y la compañía de los buenos.

De ella no se sacia nunca, busca sus reglas en los italianos Castiglione, Della Casa, Stefano Guazzo, y las repite en el tercero y el cuarto capítulo en que se halla anticipado «l’honnéte hommeá del siglo XVII. En cuanto a la sociedad política, debemos aceptarla como nos la, haya dado la suerte; además de su natu­raleza, los acontecimientos del siglo y las calamitosas revueltas, inducen a Montaigne al conservadurismo, a la abstención. Es­cogerá un partido, si ello es necesario, pero, sin renunciar nunca a su opinión. Mon­taigne ha dado a sus cargos todo su traba­jo, pero guardando siempre para sí la tras­tienda del espíritu. Porque el primer deber, consiste en regirse a sí mismo; además, el que se ama a sí mismo con el más elevado amor, es amigo de todos, porque es todo él humano. Aquí vemos un rápido presenti­miento nietzscheano. Es conservador tam­bién en religión y por los mismos motivos, contrario a las novedades luteranas; pero su batalla contra la razón satisface más al pirronismo que a la verdad cristiana, y cuando pasa a reconstruir la vida y la norma, no le guía la fe, sino la simple obe­diencia a la Naturaleza.

El hombre lleno de miseria (como piensa Pascal) no se ele­va según Montaigne hallando en sí una grandeza más que terrena. La sumisión a la verdad cristiana es en él humildad, re­conocimiento de un misterio que lo tras­ciende tanto que se abstiene de él, sin que cause en su espíritu ni cuidado ni turba­ción. Y su fe — de todas maneras — se tor­na más ligera con los años; la vejez lo in­clina a un tierno epicureismo, que nos sor­prende un poco. Su conciliación entre los goces de la vida y la serena aceptación del misterio de la muerte, es cosa bien rara, y es el secreto de su sabiduría humana. Esa moderada alegría de vivir da calor a las páginas del tercer libro en que la palabra se toma aérea para adecuarse a la fluidez del espíritu, para expresar al hombre de cuerpo entero, ondulante y diverso con sus fantasías y sus ensueños. Ahora el escritor es todo él artista, atento no menos que a las cosas, a la manera de expresarlas. La obra es una verdadera «suma», pero ligera, varia, luminosa, totalmente humana. La In­glaterra del siglo XVII la hizo suya por medio de la traducción de Giovanni Florio, italiano (1603), y Shakespeare se nutrió de ella. El hombre del siglo XVII francés es todavía el de los Ensayos, ceñido a la dis­ciplina clásica. Pero al aspirar al clasicis­mo, Montaigne lo supera, por su curiosidad sin freno, llegando a tocar hasta en el mis­terio de lo consciente, anotando los más ocultos movimientos de la intimidad, hasta aquellos que la costumbre y el pudor pro­híben investigar.

Así el siglo XIX y más aún el XX han ahondado tanto en Mon­taigne a veces hallando en él una anar­quía inexistente. En efecto él no niega la regla, sino que predica una más vasta, en que cada cual pueda reconocerse y exoansionarse. Es un escritor típicamente nacio­nal, maestro en una literatura que, a pesar de poseer finísimos artífices de poesía, ha sido eminente sobre todo en la prosa, en la investigación moral. Su limitación con­siste en la falta de esas zonas trágicas que harto laboriosamente ha rehuido. Pero como manual, breviario del hombre, y de la vida enteramente humana, esta obra es capital, y de universal interés. [La primera versión castellana completa de los Ensayos de Mon­taigne es la de Camilo Román Salamero (París, s. a.). Existe una selección antológica de Páginas escogidas, – traducida por Enrique Diez Cañedo (Madrid, s. a.). Mo­dernamente ha aparecido la traducción de Juan G. de Luacés bajo el título de En­sayos completos (Barcelona, 1947-1951)].

V. Lugli

Lo que tiene de bueno Montaigne no pue­de ser adquirido sino difícilmente. Lo que tiene de malo (digo fuera de las costum­bres) se hubiera podido corregir en un mo­mento si hubiera visto que hacía demasia­da historia y hablaba demasiado de sí mismo. (Pascal)

El estilo de Montaigne no es puro, ni co­rrecto, ni preciso, ni noble. Es enérgico y familiar, y sabe expresar ingenuamente grandes cosas; esta ingenuidad es la que (place en él. (Voltaire)

Yo lo tengo por uno de los escritores más fuertes, más plenos, más libres de todas las trabas de que pueda preciarse la sabi­duría práctica, buena para los pequeños gastos de la vida, y por uno de los más grandes poetas que tiene la prosa. (Giusti)

No conozco libro más sereno ni que nos disponga más a la serenidad. (Flaubert) Montaigne cierra el siglo XVI del cual recoge todas las corrientes, y los Ensayos son como el gran depósito del que fluye el espíritu clásico. (Lanson)

Montaigne es el primero de aquellos ca­tólicos no cristianos que hacen profesión de adherirse a Roma y, sin embargo, ignoran a Cristo. (Gide)

Los pensamientos de Montaigne son her­mosos peces que viven pacífica y despreocu­padamente en su acuario y a los que Pas­cal saca bruscamente a la luz uno tras otro. (Du Bos)